20.5.21

Brines, in memoriam

 


Se cree leer sin que lo leído traspase, pero algunas líneas se alojan adentro y luego no sabemos mucho sobre ellas. Sólo concurren, irrumpen, hacen que lo hablado las acojan y aireen. La memoria no tiene la cabal restitución de las palabras, sino que bandea, se consuela en esa oscilar de lo verdadero a lo impostado, de la incertidumbre a la pura vehemencia. Mueren las personas a las que no conoces, pero con las que has estado en paz y en armonía, con las que has sentido toda la belleza que puede dar un poema. La felicidad que puede dar un poema es enorme. Lo sabe quien haya leído alguno que de verdad le haya calado hondo. Queda simple lo del calar y lo de la hondura. Es inefable la poesía, no se la registra: se pierde algo suyo cuando se intenta explicar. Sólo debe fluir. Permanecer. Hacer que el mundo sea más hermoso con ella dentro. Hoy, en la muerte de Francisco Brines, pienso en todo lo bueno que su literatura (alta, dulce, honda) dio. Se mueren los poetas y siguen los poemas. "La luz que a las hojas asciende y las abrasa". Esa era el verso. No sé si exactamente así, Podría buscarlo y corregir, pero no lo haré. Será así como quede en mi memoria. Cuando dé con el poema (tengo el libro a mi espalda, puedo auparme y cogerlo) veré que difiere del suyo ese verso improvisado, hecho mío, mutado, convertido en una especie de extensión de su voz cuando la escuché y creí que me hablaba. Hace eso la poesía: hablarte. Ese diálogo no pertenece a nadie. 

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