3.4.21

Una dulcísima maraña de espinas

 Todo sigue felizmente en desorden. El primer impulso es coger unas cajas y meter los libros que ya no leemos y coger más cajas y meter los discos que ya no escuchamos. Una vez que hemos llenado montones de cajas y hemos aliviado el desorden se procede a inventariar meticulosamente el material sobreviviente. Entonces advertimos que la habitación sigue reventando por todas las paredes y ya no tenemos cajas en las que meter más libros ni más discos. El siguiente impulso es cerrar el cuarto con llave y abrir otro cuarto donde comenzar una nueva vida de libros y de discos. Encerrar a Cortázar con Kundera. A Shostakovich con Robert Johnson. A Gloria Fuertes con José Ángel Valente. No volver al Nostromo ni perderse en el jardín de senderos que se bifurcan. Tampoco fugarse en un solo de Chet Baker, convenientemente a recaudo, ni sentir la primavera dinamitándonos el pecho al escuchar la voz lisérgica de Janis Joplin. Cuando la necesidad apremie y uno sienta que debe iniciar el regreso, nada más sencillo que buscar la llave y abrir la pandora de los recuerdos, pero a cierta edad conviene abrir un cuarto nuevo e ir administrándolo (esta vez) con cierto rigor. Salir una mañana y comprar el primer libro. Colocar en un anaquel espacioso, que no esté combado, y mirar el lomo y la pasta, que puede ser dura o blanda. Abrir sus páginas mientras haces tiempo para salir al trabajo y visitar el episodio en el que Quinn o William Wilson busca a Stillman, que ha renunciado a la vida o que parece que ha renunciado a la vida en el fondo. Los años repiten gestos y la memoria se parece sospechosamente a la habitación que estamos engordando. Al final no es posible desmantelar la memoria y empezar de cero y no saber quién es Humbert Humbert ni cómo se dejó atravesar por aquella dulcísima maraña de espinas. Lo mejor es renunciar al orden. Se vive mejor en esa dulce anarquía consistente en que sean los objetos los que te sorprendan y no tú a ellos. Vas en busca del libro de Mark Twain contra la religión (uno de una consistencia argumentativa especialmente elocuente y amena) y encuentras San Manuel Bueno Mártir o una Biblia. El azar tiene conductos que no esperamos, vasos comunicantes que enlazan el pasado y el presente. Ahí las bragas de la muchacha de Marsé (dónde  andará  el libro, no sé en qué balda, no sé si en una caja en el trastero) y una cinta de cassette en donde grabé un montón de versiones de Stormy Weather (I don't know why there's no sun up in the sky...) Siempre es bueno tener a Frank Sinatra a mano. 

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224/365 Bruce Chatwin

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