24.3.21

Días

  Hay días que parecen muchos días. No sabes cuándo empiezan, ni cuándo acaban; tampoco la razón que los mueve, ni la que los detiene. Bien pensados, no parecen que sean reales, se prefigura uno que pertenecen estrictamente a una trama novelística en la que has ingresado y de la que sabes que puedes salir en cuanto desees, como cuando lees y la atención se evade y miras la realidad y detienes la realidad libresca y después regresas y censuras una y activas otra.

as con la sensación de que algo extraordinario está a punto de suceder, pero no cuaja, ni oteas la inminencia de ese prodigio, por más que mires, por mucho que te afanes.
Días sin Dios, días en los que sueñas con Dios, días en los que Dios te visita y te cuenta de qué va la trama celeste y todo eso, pero luego no eres capaz de contarlo y andas huérfano de Dios y sabes que esa orfandad es larga y te hará tener un desconsuelo muy grande cuando te acuestas por la noche y hablas contigo y sabes que no está por ahí escuchándote.
Días Frank Zappa en el iPod por la periferia del pueblo, a paso rápido, quemando algoritmos y frases de alambique poderoso y sustancia insulsa.
Días como un pen de sesenta y cuatro gigas lleno de valses vieneses.
Días que parecen un gospel, días que parecen un foxtrot.
Días donde ves la cara oculta de la luna, días en que David Gilmour y Roger Waters te invitan a unas pintas en un pub inglés en 1972.
Días sin entrar en facebook, ni mirar whatsapp, ni escribir en cien caracteres o en ciento y algo lo bien que estuviste ayer o lo bien que crees que vas a estar mañana.
Días de bebop, días de swing, días de cool jazz, días de grandes bandas, días sincopados, los días hermosos con su colmo de besos en el alma.
Hay días de tres bourbons a última hora de la noche, escuchando a Chet Baker, desplazando el miedo a que algo malo suceda mañana por la sensación muy plácida de que el amor nos visitará más tarde y nos hará dormirnos muy cansados, felices, inocentes, blasfemos y puros, sabiendo que no hay nada que podamos hacer, en la creencia de que tampoco hemos hecho todavía nada y que nos han arrojado al mundo en el instante en que apuramos el último sorbo del bourbon y Chet dejó de soplar para buscar el suyo.

Días para entenderse uno, días sólo para entenderse uno, días que acaban con la evidencia de que sabemos quiénes somos un poco más y somos hospitalarios con nosotros mismos y nos queremos un poco, a veces incluso (durante un rato muy pequeñito) mucho.

Días de vértigo y de fiebre, días en los que no haces nada que hayas pensado, sino cosas que han pensado otros y que tú aplicadamente ejecutas, sin que se advierta queja o se te note pesadumbre o decaimiento o un tímido qué mierda de mundo es éste.

Días como un disco duro al que hemos ido echando cuanto no sabíamos qué uso dar, días de una consistencia inútil.

Días perdidos, días huecos, días grises, días sin que nada verdaderamente hermoso nos visite, pero ah qué placer el regreso al vaivén dulce de las horas, al compromiso con la belleza, al amor carnal, a esa luz con la que la mañana nos invita a que la paseemos.

Días de andar por casa con el corazón muy abierto.

Hay días en que uno vive la vida de la que habla y días que no nos corresponden y con los que tenemos un trato distante, al modo en que se producen las tramas de las novelas o de las películas, como si todo fuese ajeno y en esa dimensión sucediese y no nos incumbiese en absoluto, al modo en que se observa un cuadro, en el que sentimos una realidad extraña, que no nos incumbe y de la que tenemos una impresión subjetiva, no precisa, sujeta a la ocurrencia de quien lo pintó y también de nosotros en ese instante, que no será la misma visión si la retomamos con posterioridad y es otro el ánimo y somos igualmente otro, no el que miró, ni el que creyó estar falsamente en la propiedad de lo observado. 

Días precisos como una sílaba tónica, días suizos, días con colmo de aritmética, que nos cuestionan la lírica de las cosas y se incrustan como una enfermedad y nos hacen flaquear y caernos. 

Días Kierkegaard, días con absoluta indiferencia a la intimidad, bruscos, llenos de palabras que conocemos por separado pero que no sabemos manejar si se juntan y nos hablan.

Días mansos. Yo adoro los días mansos. Días en que no ocurre nada. Blancos, los días. De una blancura que intimida. Blancos como la idea primeriza de la nieve, antes de que irrumpa, con anterioridad al momento en que es nieve y dejó de ser otra cosa, que no sabemos con certidumbre qué fue o cómo influyó para que hubiese nieve y hubiese blanco y hubiese esa mansedumbre que adoramos.

Días Hal 9000, días Kubrick en vena, días yesterday  or let it be en una terraza a la caída de la tarde, días para contar secretos, días que merecen un aparte, donde cuanto sucede es una cosa extraordinaria, días que bendice un dios caprichoso y rudimentario y completamente feliz.

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