28.5.20

La cultura es barata






No, no es cara, nunca es cara. Incluso siéndolo, no es cara. Porque a veces es cara, claro que es cara, en ocasiones muy cara, pero ya digo: al final es barata, por muy cara que sea, sale bien de precio la cultura. Un disco de Britten despachado en diez euros. La pieza la dirige el propio autor. El otro día vi también una caja de tres compactos de Bill Evans en Paris. Doce euros en el Corte Inglés. Barato. Sale a 4 euros por compacto. Si cada disco tiene unos cuarenta minutos - las piezas de Evans son largas, vienen a ser cinco o seis cortes por álbum - el minuto de Evans está barato de verdad. Hagan ustedes la división. No sé a cuánto sale el minuto de Javier Marías de Así empezó lo malo, que no es tan voluminosa como El señor de los anillos, pero no es endeble en páginas. El no saber me hace conducir el argumento con ingenuidad, pero no viene mal: sale barata la ingenuidad, el desafecto por los quebrantos, esta apetencia por mirar el lado brillante de la vida, no el gris, ni el depreciado. Si a la cultura le ponemos un balance de cuentas sale cara, por supuesto. El cine es caro. Quizá sea el minuto en el que más apoquinas. Una película de 120 minutos, que es una duración generosa, puede salir a euro cada quince minutos. En ese plan contable, una película de 80 minutos encarece el minuto dolorosamente. Más caro sale no pagar ese minuto, no ver cómo corre George Kaplan por un maizal o cómo Travis Bickle, el taxista más desquiciado del cine, le habla al espejo y nos acongoja seriamente o cómo Joe Cocker le pide ayuda a sus amigos o cómo Charlie Parker busca pájaros en el techo de una habitación de hotel o cómo Roy Batty con una paloma en la mano explica lo que ha visto y lo que se perderá cuando cierre los ojos y se pierde el escrutinio de la memoria como lágrimas en la lluvia o cómo Atticus Finch hace que la bondad y la justicia nos parezcan tesoros en nuestras manos o cómo Darth Vader le confiesa a Luke Skywalker la paternidad que había ocultado o cómo George Bailey es salvado por un ángel o cómo Hal 9000 nos hace pensar en Dios metido en las tripas de una máquina o cómo Lolita Haze (se dice Lo-li-ta) enciende la luz de la perversión en la cabeza de Humbert Humbert o cómo Harry Powell se tatúa el amor y el odio en los dedos o cómo Louis Armstrong y Ella Fitzgerald ven marchar los santos por los algodonales o cómo Borges encuentra el paraíso bajo la especie de una biblioteca o cómo Sam la toca de nuevo o cómo Rufus T. Firefly seduce a las damas de la alta sociedad en los bailes de salón o cómo Vito Corleone exige respeto en una habitación oscura mientras una boda esconde el mal absoluto o cómo Freddie Mercury llama a Galileo en la parte operativa de la Rapsodia Bohemia. Britten no es caro a diez euros. No es caro en absoluto. Es una ganga. Tienes réquiem hasta que te duela el alma. No hay dinero en el mundo que pague la belleza y la inteligencia del arte. Son caras otras cosas, es caro no poder pagar el placer que proporciona atiborrarnos de cultura, sentir que estamos abastecidos. En estos tiempos de pandemia, la cultura es un desahogo, un alivio, un consuelo, un refugio. Volvemos al argumento antiguo de pagar por las cosas buenas de la vida, pero es un asunto que no era el que animó este hilo. 

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