31.5.20

Escribir es un acto de amor

Voy de mi dolor a su alivio, de mi fracaso a su sacrificio, el pecho henchido, la voz tremolando en el aire, el corazón en su atalaya, hondo aljibe, hierba del aire que lo alfombra todo. Voy como si no tuviese otro oficio o como si no supiese ejercer otro. Porque uno, en ocasiones, pasa los días tratando de entenderse, buscando la ecuación en la que hallarse. Por si viene alguien y nos despeja y nos pasea por las tardes, contándonos el rubor de las noches y la hombría desatada de las mañanas. No habiendo tal, queda el ejercicio vano, el placer de acuñar una frase que perdure en la memoria y nos condense. No la hay, no puede haberla. Es vasto y es inabordable el campo. Ni siquiera da la vista para zanjarlo en un suspiro. Estoy en el centro de las cosas, impregnado de luz, cuajada en mi voz, contemplando la claridad que me abraza, en el acto puro del ser, sintiendo amor por toda la blonda fragilísima del alma, pero no acaba de sentirse invitado, no termina de pasar adentro y reclinarse sin prisa, a la espera de que yo le acoja y lo convenza de que no se vaya nunca o de que, si se va, no esté mucho afuera y vuelva, comoquiera que vuelva, a contarme el esplendor del mundo, la fiebre del mundo, el vértigo del mundo. Escribir es un acto de amor.

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