21.2.20

Morir




Cuando tenga que suceder, más vale tarde, querría morirme con las paces hechas conmigo mismo, no habiendo molestado mucho a quienes me acompañaron y convencido de haber dejado huella en el mundo, aunque tampoco esa voluntad me quite el sueño. No se me ocurre pensar en cómo habría de ser la escena de esa fuga ni la trama que la invita a personarse y reclamarme. Irse sin más, convidado al festín del vacío, a pesar de que uno desearía prorrogar un poco más allá la realidad de los pájaros festejando el vuelo y la de los niños enredados en el delirio dulce del juego en un patio de escuela. Siempre se anhela más. Es la cantidad lo que importa, parece; la creencia de que no hemos hecho nada aún y queda todo por hacer, quedan terrazas en las que beber café y leer la prensa mientras la tarde se deshace en la oscuridad que con lentitud la cierne y clausura. Somos el barro primigenio de las páginas sagradas, el cuerpo del que apenas tenemos propiedad, el alma con la que nos entendemos a medias y con la que avanzamos a ciegas. Somos la imprecisa conciencia de que la vida no acabará nunca, aunque tenga su fecha de finiquito. Tenemos la convicción de la eternidad. El cielo está siempre a medio hacer. Lo dijo el poeta. Los poetas son los investidos de luz, los que escrutan la tiniebla y la apartan. Otro dejó escrito que si Dios existe yo soy inmortal; si no, acabaré cuando se desvanezca el cuerpo con el que avanzo y no haya luz que me cierne ni aire que me nutra. 

En todo lo demás, me declaro dueño de mi existencia, prefiero ser yo el que manuscriba sobre ella y no conformarme con que otros la legislen y decidan sobre lo que no les incumbe lo más mínimo. Soy propiedad mía, tengo opinión y decisión sobre lo que me afecta. Deseo tener voluntad sobre mi vida cuando el dolor la embargue y no haya nada que lo rebaje. Reclamo dignidad en mi partida. No tiene sentido que alguien ajeno a ella elabore un documento que la gobierne. No es una cuestión meramente ideológica, ni debe arrimarse a ella la presencia de la fe. Bien está que quien la tenga obre a criterio suyo y se obstine en hacerla durar, sin recabar paliativos (habrá quien crea que el dolor es un pasaporte a la salvación eterna) y sin que se le pueda asistir en su muerte, esto es, no emborronar su última voluntad (no tendremos que repetir que no hay más de uno que ese deseo póstumo) e impedirle cerrar a su privado capricho la vida que se le ha enquistado y lo está haciendo padecer indeciblemente. Consiento los matices, no es una barra libre. Concurrirá un padecimiento insoportable (físico o mental) que solo pueda aliviarse con un suicidio asistido. Debe mediar esa petición expresa, no podrá inferirse de las circunstancias visibles cuando el que la padece no pueda expresarla, aunque si hay una evidencia absoluta de que el desenlace esté próximo o su duración sea crónica (dolorosa, insostenible) podría (al menos) despenalizarse, no convertir en delito lo que es un acto de hermosa humanidad. Varias cosas a tener en cuenta: cautelas, controles, objeción de conciencia del facultativo que no desee contribuir a ayudar a morir. Siempre habrá quien lo haga con respeto y eficacia. Siempre habrá también quien desee proseguir, no interrumpir el viaje, ni interferir en las arcanas leyes de la naturaleza. No son sujetos que se enconen en un litigio que los enfrente. Lo que uno decida no afecta al otro. Como el que va a misa y el que ni la pisa. Como el que se casa con uno de su mismo sexo y que lo hace con uno del contrario. La injerencia del Estado no puede inmiscuirse en todo. Que existamos no es un regalo, no es un don que se nos ha dado: es un simple hecho natural. No pedimos venir al mundo, pero nos pertenece la facultad de irnos.

1 comentario:

elf dijo...

Hermosamente expresado. Coincido.