16.12.19

Una historia de la Santa Inquisición / Divertimento teológico



Ahora que estamos descuidados y no nos apremia la prisa, déjame que te cuente una historia de la que tal vez no tengas conocimiento y que hará bien al viaje y aliviará el discurrir cansino de las horas, querida Claudia. Dice así: "El brujo Cornelius de Cóstumo tenía fama de contaminar harina con cornezuelo y empanar con ella  los peces que luego daba a quien lo visitaba. La dimetiltriptamina de la mezcla del cornezuelo machacado con hierbas y preparado en una infusión inducía al trance y a una suerte de sueño levitatorio que era concebido por la Santa Inquisición como evidencia de la presencia del Diablo. Los precipitados a ese encantamiento padecían una ebriedad insana, en nada parecida a la adquirida por la ingesta del alcohol. Se corrió en la ciudad de Toledo el rumor de que ser invitados a la casa de Cornelius de Cóstumo era lo más parecido a visitar cielo y apreciar con soberbia nitidez la urdimbre de las mismas presencias angelicales, si no más, con el añadido de que no se precisaba el concurso de la muerte para percibir esos dones del espíritu. Alguno salía malparado tras beber la pócima y degustar el pez enharinado con briznas del delirante cornezuelo, de resultas de lo cual contemplaba al mismo Dios, pero atrochando por el camino más corto. A la vuelta del viaje a las alturas celestiales, el poseído por el estrago del hongo de marras se explayaba a su antojo en el relato de los arcanos contemplados. Se esmeraba en contar cómo era Dios de primera mano, en el tú a tú más íntimo. La población de Toledo, al menos la más inclinado al riesgo, refería con ardor sincero las bondades de la hechicería . En esto que un alto cargo del clero, viendo la competencia desleal y pecaminosa que le hacía el brujo, mandó apresarlo y de inmediato se  le encerró en una mazmorra del Obispado, habilitada para los desmanes espirituales del devoto descarriado. No se volvió a saber de él. Los entusiasmados, en la sospecha de que lo habían ajusticiado o enterrado en vida, cosa comprenderás que peor, reclamaron su puesta en libertad. Adujeron que la fe se puede alcanzar por intermediación de la sabia madre natura, sin que ese detalle logístico hiciera flaquear la asistencia a misa y la comisión de los imperturbables precepto de la Iglesia. Baldío propósito. Una calle de Toledo exhibe una inscripción en la que se recuerda a Cornelius y sus visionarios peces"

Todo esto le cuenta Adolfo Castro de la Vega a su joven esposa, Laura Velázquez de la Cruz, cuando el autocar de la empresa Albus estaciona en la puerta del Cambrón, en pleno casco histórico de Toledo,  con objeto de que la expedición haga sus unánimes evacuaciones y tomen los refrigerios de rigor en un bar especializado en carnes de caza. Ella le escucha con la atención habitual, sin que se le tuerza el gesto ni exhiba desinterés. Es más tarde cuando le reprende en estos términos. “Adolfo,, amor mío, hazme el favor de controlar el vino. En cuanto sabes que vas a probarlo, te pones insoportable. Te enciendes y cuando te enciendes mareas la cabeza de Jesucristo si se te pusiera a mano. Ahora tómate un refresco. Te lo pido por favor. No me des el viaje. No vaya a ser que seas tú el que se ha metido un dedo de hongo de esos que dices en el café del desayuno”

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