14.12.19

Un viaje

En cierta medida, pasear es un sucedáneo de viajar. La idea romántica de salir y exponerse a las inclemencias del azar y no saber qué circunstancia del paseo nos hará adquirir un gozo duradero o una especie de trascendencia. He teñido paseos vacíos que cubrían la cuota de salud prevista. También paseos antológicos, finamente cubiertos de belleza o de dolor, pero inevitablemente impregnados de vida. A veces hace falta provocar esa irrupción de experiencias. Las fiamos a la narrativa gloriosa de la literatura o del cine, pero la calle posee su hatillo de historias. De hecho la literatura (el cine, una extensión suya) se aprovisiona de ellas cuando ofrece su rendición de prodigios. Estro oficio es el viaje. Leer es un atajo. Uno lee por pasear sin moverse de una butaca o de una mesa en una terraza en Córdoba, tomando un café, fumando, como estoy yo ahora. Lee en ocasiones sin que haya lectura de por medio. La realidad es un libro y estamos leyendo continuamente. El hecho de que yo ahora registre este milagro es accesorio. No siempre vence la voluntad de compartir el trayecto.

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