14.12.19

Los asuntos del corazón

No es qué hacer sino qué deshacer. Hay que aplicarse a veces en la tala antes de ocuparse en la germinación. Es una especie de síndrome de Diógenes de orden mental en el que uno va acumulando emociones y experiencias (unas están dentro de las otras o viceversa) en la confianza de que habrá sitio para todas y no se estorbarán, pero está comprobado que ahí adentro, en la procelosa cabeza, no hay gobierno ni patrón fiable que maneje las entradas y las preserve del olvido (o del caos) ni tampoco intendencia que pese el valor de los recuerdos y sepa a cuáles dar salida. La cabeza está zarandeada por tormentas, dice mi amigo K. No hay día en que una no haga naufragar un barco. Tenemos muchos navegando por ella. Cada salto sináptico es un barco que está intentando llegar a buen puerto. Algunos hacen agua. A otros los espolea la fortuna. Cada vez que algo bueno te pase es porque la química hizo su trabajo y la idea prosperó en tu cabeza, me comenta K. de nuevo. No me ha dicho si la química es la causante de la desdicha, pero imagino que así sera. Las monedas tienen dos caras. Una no puede existir sin la otra, en fin. Lo que cuesta es librarse de lo que se ha vivido, le respondo yo. Incluso las adversidades poseen un rasgo de pertenencia de la que no siempre deseamos desembarazarnos. Hay quien es feliz cuando los muchos reveses lo atenazan. Es una felicidad paradójica porque carece de bondad. Se basa en la costumbre. Millones de años de evolución han hecho que el hombre tenga admirables mecanismos de defensa. Somos criaturas perfectas en ese aspecto. A todo le sacamos beneficio, todo lo malo que nos ocurre contiene en su interior una brizna de bondad que emerge y se planta ante nosotros deseosa de que la cojamos. Quizá en el fondo lo que se tema sea ser igual de desgraciado cuando no hay motivo que justifique la desgracia. Mis males son míos, podría aducirse. No tenemos la voluntad firme de deshacer el rumbo equivocado, aun a pesar de constatar su daño. Cada uno se administra su porción de veneno. Todos tenemos nuestra parcela en el infierno. El cielo es solo un deseo. Cuánto más a mano se tiene, más conforta aplazar coronarlo.  Por eso el cielo está siempre a medio hacer, como dijo el poeta. Así que hoy sábado salimos a la calle y pedimos que nada nos contraríe. Hacemos esa petición sin verbalizarla. Es un pensamiento fugaz, una especie de invocación a la divinidad, como si escuchara allá arriba o allá adentro. K. sostiene que Dios está en la cabeza. Que forma parte de todos los saltos sinápticos que tenemos desde que el corazón empezó a ensayar sus primeros latidos. El pobre corazón. De ese no hemos dicho nada. También tendrá su opinión en estos asuntos. Dicen que son suyos. Asuntos del corazón. Le damos una carga excesiva al pobre, no tenemos consideración. Bastante trabajo tiene con bombear la sangre. Todo es muy complicado. La sencillez es una adquisición costosa, pero aprende uno a tutearla, la ve con familiaridad, sienta que es parte suya. Somos felices cuanto más sencillos somos. Debe ser así. K. no me está haciendo ni puñetero caso. 

No hay comentarios: