23.12.19

Galería de favoritos 106 / Charles Laughton



No le dieron jamás un papel de galán. Eran más frecuentes los de marido deprimido, juez de carácter agrio o personajes perversos y un poco melancólicos también. No cortejar a las damas en pantalla, no recibir nunca esa encomendación dramática debe curtir como actor, imagino. De ahí su reciedumbre en el gesto, su casi permanente estado de embobamiento facial, como si la vida transitara a la vera y no fuese cosa o incumbencia suya, que él estaba para las alturas intelectuales o morales. Una cara y un cuerpo como el suyo daba para rey o para bufón, daba lo mismo. Era el asesino rondando en la sombra o el inspector concienzudo. Hubo poco más dotado que él para el oficio de ser otro, que es básicamente el encarnado en cualquiera que se sube a un escenario o se deja filmar por una cámara. Fue otro tantas veces que es probable que en algún momento dejara de ser sí mismo y se transmutara en todos los demás, los personajes malvados, bonachones, enfermizos, tiránicos, humanistas o enamoradizos en los que tuve que transformarse. El hecho de transformarse, en el fondo, debe traer algún efecto secundario al modo en que los medicamentos que nos sanan traen consigo una rémora de malestar que requiere la presencia de otros medicamentos que lo subsanen. Charles Laughton, él y todos cuantos fueron como él, tienen inoculado el veneno de la farándula. Me encanta esa palabra: farándula. Da igual ser Enrique VIII que un profesor universitario o un juez. En cambio, aunque nunca encandilase a las actrices ni remótamente produjera cualquier atisbo de flechazo amoroso, tenía el bueno de Laughton un encanto en la pantalla que no estaba al alcance de otros con más apresto estético. Me estoy refiriendo a la tranquilidad. Hay actores (actrices también, claro) que crean en quien los observa una especie de afecto manso y duradero. Se les quiere, hay una inclinación natural a considerarlos algo propio, que no puede ser vulnerado ni modificado por nada de lo que hagan, aunque los guionistas les den las líneas menos brillantes o las más crueles. Además hizo una joya del cine como director, La noche del cazador. Esa fue su única contribución a la dirección. Querría ocupar el tiempo en la dramaturgia, en salir en escena, en mostrarse, en hacerse querer.

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