17.11.19

Oficio de nube


Con la vida viene a suceder en ocasiones como con ciertas películas comerciales: que sólo entretienen, que se acaban olvidando, que nunca merecen el entusiasmo ni soportan el rigor de los años, el escrutinio moroso, acomodo en ese espacio sentimental que es la memoria, que es un festejo íntimo de lo vivido. Vivir así sin otra exigencia que ese acto puro y descomprometido. Tener la vocación pasajera de la nube, de la que no nos preocupamos si avanza con apremio o se consolida en un lugar del cielo y, a lo sumo, muta el matiz y de pronto advertimos un gris más crudo, un blanco limpio o un negro que anticipa lluvia. Colores imprevistos, formas volubles. Ser nube tan solo. Manejar una conciencia agradecida, no enturbiarla con excesiva metafísica, perderse jovialmente en el apresto de otra nube en la que reconocerse y tal vez difuminarse sin aviso. Ese es la última escena de la no pedida trama. Pero es difícil ser incluso nube, aunque haya días en los que el aire nos halaga y nos anuncia la belleza de nuestro oficio.

Hoy es uno de esos días de aire festivo. Convida a vivir, sin más. Es bueno apreciar esos repentinos accesos de felicidad completa o de alegría súbitamente sobrevenida, valen las dos (cada una en su rango y con su efecto, la felicidad y la alegría) para zafarse de la inminencia de los otros, de los días huecos y terribles; poseen el don de la elocuencia, su curtido hacer sin instrucciones; hacen que el ala se recree en el vuelo y se expanda la danza maravillosa del tiempo. No sabemos qué es el tiempo, pese a que no dejemos de pensar infructuosamente en él, en sus ardides, en sus dilaciones, en sus penurias y en sus dones. Le concedemos la más alta consideración pero continuamos a ciegas, torpes, tanteando con escaso dominio lo que nos ofrece, desperdiciando una parte (que no vuelve, que no vuelve) en su estudio. Quizá no haya que indagar en demasía, igual conviene aceptar su arcana invitación, posponer (procastinar se dice ahora) cualquier investigación que nos ocupe más de la cuenta. Como la sencilla nube que ahora me cubre. Ahí está. Libre la quiero, dijo el poeta, pero no mía. No preciso saber y, sin embargo, qué de preguntas le hago y qué complicadas son siempre las respuestas.

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