14.10.21

Dietario 207

Qué delicia embrumarse uno, perder la conciencia a sabiendas, no tener los pies en el suelo, sentir que milagrosamente se flota, ayuntar el aire al corazón y adquirir la facultad del vuelo. Lo malo de tener tanto con que ocupar el tiempo es que se pierde una parte preciosa de ese tiempo disponible en decidir cómo ocuparlo. Si en desoír el ruido o en acunarlo y darle motivo y residencia. Si en hacer memoria y convenir una trama inédita o en desprender las palabras del eco que las convoca. Y el espíritu elude la responsabilidad de entender el porqué de su zozobra y el cuerpo vaticina un esplendor del que los poetas extraerán la sustancia del cosmos. He ahí el recado del vuelo, su trampantojo dulce y alado. 

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Dietario 216

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