20.9.19

Antes de que mi boca sea un páramo yerto



Para Antonio Sánchez Huertas, que ama también a Beverly Marsh

Anoche soñé que Stephen King me contaba el secreto del escritor total. No uno que únicamente manuscriba  a diario un par de folios limpios y corregidos de una novela en la que ande metido, ni siquiera uno que mantenga a flote un blog y ahí vuelque sus libranza con la realidad, la dura y la blanda, la que duele y la que conforta. Tampoco el escritor ocasional, imagino que hay muchos: uno de esos que cae en la cuenta de que hace días que no escribe nada y se sienta en su butaca favorita y echa a respirar el pulmón de las palabras. Ninguno de esos es de los que Stephen King me hablaba. Los dos sabíamos cuál era el escritor total, a qué dura labranza se enfrentaba, qué debía sacrificar para satisfacer la llamada de las letras, que no se sabe bien de dónde procede, ni cuando acude y qué batalla libra con quien la escucha. Hoy, al despertarme, poco después de preparar el café y esperar que humee y poder servirlo, me he abalanzado al ordenador con la fiereza del que desea probar un objeto mágico, por ver si la maquinaria íntima de sus engranajes funciona y la luz torna sombra si lo agitamos o las palabras exactas brotan de nuestra boca cuando se precisan, como si fuese otro el que nos las arrimara al pronunciarlas. No me he convencido del todo del fracaso, pero me da que tardaré poco en cerciorarme plenamente de esa certidumbre. Tengo otras. Las cojo y las desecho según la necesidad que me acucia. La de escribir es una de las que no debería producir desconsuelo. No es una necesidad en sí, no flaquea la salud si no se ejerce, tampoco se mejora cuando se procura su uso, pero el veneno de las letras, una vez inoculado, cuando corre por ahí adentro, lo emponzoña todo, lo impregna todo. Estaré alerta por si de pronto recuerdo con nitidez lo que me dijo Stephen King anoche, en un sueño del que ahora sólo transcribo retazos, pequeños grumos, polvo de ese limbo oscuro. Algún día, quién sabe cuándo, tendré una iluminación, se dice así; tendré una epifanía de las que duran después y no se comban ni se pudren. Esa epifanía me traerá las palabras del maestro y yo sabré entonces cómo ser el escritor total, el que no tenga desfallecimiento y sepa que ha venido al mundo a dejar esa huella junto con otras, pero la huella de la escritura es hermosa y hay que aprovecharla si sabes que tienes ese vicio y va contigo y habla contigo y te escucha cuando duermes. Bendito Stephen King en mis sueños, bendita su voz clara de escritor sin desmayo. Yo aspiro a escribir menos, no puedo igualarle, tal vez ni asomarme a una porción pequeña de su elocuencia y de su prolijidad, pero yo quiero seguir escribiendo, no quiero que me venza el desánimo, no quiero que un día no sepa qué decir y mi boca sea un páramo yerto. Es un bonito título para una novela. "Antes de que mi boca sea un páramo yerto". Me lo pido. Ya lo tengo. Es mío. Ya tengo mi iluminación del viernes. Gracias, Stephen. Te espero esta noche en un sueño. Ojalá vengas y me confortes y me ilumines.

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