23.8.19

Wagner y el origen del cosmos


I
La sangre está hecha de vértigo y de fiebre, está gobernada por el caos, no obedece a nadie. Siempre que veo sangre, pienso en el origen del mundo, en la luz primera, en el chasquido fundacional, en el instante sublime en que surgieron el escenario, los actores y la trama de la obra. Lo del autor no ha estado nunca claro. Fascina la voluntad de esa fuerza invisible, intriga que siga avanzando, incluso maravilla extraordinariamente el hecho de que, a decir de los que saben de estos asuntos, tenga un final. A la sangre es a la que hay que interrogar. Está dentro, en su oscuro centro, en su pulso secreto, el significado del amor y las razones del odio. Contra la sangre no hay nadie. No se puede gobernar la sangre. El mundo es una extensión, una poco fiable a veces, de la sangre izada como estandarte, cantada como himno, pronunciada como salmo. Creo que esto lo he escrito más veces, pero es la sangre la que escribe, se replica a sí misma, se contradice y luego desdice lo contradicho. Solo por asomarse al mundo. Solo por ver cuáles son sus dominios. 

II
Antes de la luz no fueron las tinieblas. En realidad no hubo nada que el poeta registre. Nada que después los predicadores aireen en los púlpitos, cuando inventan las gestas de sus dioses y los hacen volar, como fantasmas, por el templo. Antes de que nos contaran que se hizo la luz, mucho antes, solo podemos pensar que existió la nada. Una nada rutilante, pero esquiva, de poco afecto por las consideraciones narrativas. Todo lo humano procede de esa nada primera. De ella se extraen las metáforas de los juegos florales, los gritos de la guerra, el goce de los amantes, las palabras del profeta, la fragancia de los jardines, el peso sentimental de los muertos. Toda la felicidad y toda la tristeza. El bien entero y el mal completo. La melancolía. La fugacidad. Los vientos. La locura. La lluvia. El invierno. La esperanza. Es a la nada a la que se debería rendir los homenajes del espíritu. Es ella la festejable. Todas las catedrales del mundo son, en realidad, celebraciones de esa nada fundacional, que no es exactamente un vacío, sino la esencia absoluta de lo que no es, de cuanto no ofrece ninguna evidencia de que pueda ser o de que anhele ser. Luego debió producirse el espasmo, la chispa primera, ese instante insensato del que procedemos. Una vez que la nada dejó de ocupar toda la extensión del espacio y toda la dimensión del tiempo, habló Zaratustra. A Wagner le fascinó esta idea. Este verano escuché a Wagner, sonando en cien altavoces, en un esplendoroso jardín polaco y sentí que esa masa orquestal me hablaba y me pedía que la entendiera. En eso ando. 

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