1.8.19

Bill Evans y el frío


Están por venir los días fríos,
los días a los que no le aplicamos esmero alguno,
los días sin resplandor, 
los vacíos,
los días de Bill Evans en una habitación de la planta de arriba,
tocando el piano sin que nadie lo escuche,
pero saber que Evans está arriba,
bebiendo whisky directamente de la botella, sin protocolo ni hielo,
buscando en el paisaje que le ofrece una ventana muy grande árboles,
árboles grandes, nubes tocadas de tragedia.
La pieza que toca puede llamarse Tree.
Me sigue pareciendo inquietante que una pieza instrumental pueda llamarse de una forma o de otra.
Que se llame Tree o se llame Aspecto número tres o I fall in love too easily.
Aceptamos el título, lo integramos en la melodía.
No tenemos la misma voluntad con el frío.
No le permitimos ninguna excentricidad.
El frío carece de ceremonias.
A Evans le subimos un sandwich frío de pollo, pero no lo toma.
Hace días que apenas habla.
Está flaco, está nervioso.
Parece un recluso.
Tiene tabaco para un par de temas.
Le amarillean los dedos.
El humo pesa en el aire.
Bill Evans es un poeta con gruesas gafas de pasta.
Se ha dejado barba.
La tiene descuidada.
El pelo, largo, un poco hippie.
Viste con descuido, nada de traje.
El jazz es una cárcel.
Él es el preso, él es la jaula.
Mañana es posible que el frío sea lo único de lo que hablemos.
Hoy hace calor.
Suena el vals para Debbie.
La sobrina favorita del jazz.

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