14.7.19

Domingo

Vuelvo a Chesterton: en su Ortodoxia reconocía una emoción que brotaba subconscientemente y advertía el hecho de que este mundo nuestro debía tener algún objeto verdadero, alejado a veces, no previsto ni retenible más tarde. Que la vida era un cuento y que, en tanto cuento, debía tener un narrador. ¿Quién me narra a mí? ¿A qué género pertenece la trama en la que estoy? ¿Será un subgénero? Igual es una trama romántica o un thriller o ambas o todas las tramas entregadas azarosamente. Me agrada el thriller, pero no tengo alma de Sam Spade ni mi perfil se arrima a la épica sucia de un callejón a oscuras en el que dos policías de paisano custodian el cuerpo obscenamente acuchillado de una stripper. (Ayer vi cine negro del bueno, una vez más) Bien pensado no tengo ni idea de en qué cuento estoy metido. Me lo pregunto en ocasiones. Sin abusar. Fantaseo con la posibilidad de revelarme contra el autor invisible que me guía. O con ser un personaje de Julio Verne o de Marlowe. Sólo que no los tengo a mano. Ni siquiera tengo la certeza de encontrarlos. Tampoco de que existan. Ahí andamos. Liados en metafísicas. Siempre estamos en metafísicas. Este blog entero (todo lo que escribo) es la extensión blasfema (o lírica, ojalá) de esa intriga teológica. Dentro de cada uno de nosotros hay un teólogo. Lo escribió también Chesterton. Borges remató que para serlo no es imprescindible la fe. Dos pájaros buenos. Uno descreía de un modo creativo, considerando que la construcción de la fe contaba siempre con ingredientes literarios, propios de la ficción, de tramas de género fantástico. El otro, el gordo inglés, veía una epifanía en lo divino, una que lo traspasaba al punto de que toda su inteligencia, y también su sensibilidad, estaba cruzada de parte a parte por la caligrafía de Dios, por las palabras susurradas por la Divinidad a su goloso oído. Borges conversaba con Dios, al que confería un aura teatral; Chesterton esperaba que Dios conversase con él, dándole una autoridad carnal casi, un espacio ontológico limpio, sin la traba de la ciencia, tan descreída también. Gana siempre la literatura, aporto yo. Incluso el feligrés, hablo del feligrés letraherido, consiente que Dios forme parte de la trama, solo que la Gran Trama, la trama celeste, la urdida en el principio de los tiempos y la trabajada en el trasegar de sus días. Hay días de metafísica, oh amigos. Hoy domingo también, Raúl. Abre el domingo con timidez pero ya ha tomado la luz y la ha hecho vibrar y expandirse sin pudor ni arredro. Ninguno de esos benditos días , no obstante, carece de ella, aunque no percibamos el rumor de los ángeles, el peso de las grandes palabras cayendo a plomo sobre nuestro estar en el mundo. Días de nubes con salmos, días huecos, días de feliz conversación con uno mismo, días caídos en desgracia o izados como una espuma salvaje. A los días los salvan las palabras, pensé anoche. Me quedé ahí, en ese pensamiento pequeño, que batalló por perderse conforme el sueño me iba venciendo hasta que caí en él sin la certeza de haberlo perdido, conciliado en la trama del sueño, cancelada sin saberlo la vigilia. Volvió a poco de abrir los ojos esta mañana. Pensé ahí, nada más pisar la luz del día, en Borges (suele caer una borgiana al alba a veces) y en Chesterton, en el texto que empecé hace tiempo. Ningún texto está enteramente terminado cuando lo rindes a quien lo lee. Está ahí, a la espera de que se le engorde la panza. Ojalá los altos astros me sean favorables. Borges, acabo, dijo de Chesterton que no había página suya que no contuviese una felicidad. Ningún día la censura del todo, añado yo. Los días avanzan a su antojadiza bola. Algunos con más extrañeza que otros.

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