10.7.19

Conversaciones II

A K. le contraría que le desoigan, a quién no. Hace al principio como que no le molesta, pero en el fondo le incomoda, hasta irrita. Se enfurruña adentro, se ve cómo se agita, aunque se arredra y mide los gestos. Cuando no ocurre, cuando abandona la prudencia, más veces de la cuenta, frunce las cejas, suspira, hiperventila, mira hacia otro lado si hablan los demás y no se da por aludido cuando lo apremian a que se involucre en la conversación, si le exigen comba, pero una vez que K. se percata de que no le permiten meter cuña a su desaforado antojo, desconecta. Se evade. K., invisible. A veces es tan evidente esa renuncia que se produce un ligero vacío, una tentativa de ausencia. La conversación sobrevenida más tarde flaquea, se diluye, las frases son cada vez más cortas y acaba desvaneciéndose, herida, como si la hubiesen lanceado y tuviese un boquete en el costado por donde mana la copiosa sangre. Es un vicio antiguo el suyo, irremediable y de poco o ningún lustre. No conozco a nadie que se ofenda (es ofensa a su ver) tanto ni nadie, que una vez plenamente ofendido, toma el mando de la conversación y, sin decir una palabra, la corrompe con más eficacia. Además no se esfuerza mucho. Basta con un suspiro, basta con fruncir las cejas. Un mirar, un no hacerlo. También uno en ocasiones se ve apartado, quién no. No se encorajina tanto, no ve mal, es un lance de lo hablado, todo el mundo tiende a hablar más que a escuchar, ese es el pecado, esa la falta tan habitual. Ayer K. estuvo callado más de la cuenta. Hay días, dijo, en que no hay nada que decir. Nada dicho por otros que merezca atención ni opinión válida.

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