20.4.19

Galería de favoritos 77 / Tubular Bells / Mike Oldfield (1973)



Se le tiene a Mike Oldfield el afecto suficiente como para que no se vea comprometido por ninguna de las flojedades con las que suele ocupar el espacio creativo en el que fue un absoluto maestro. En mi caso, se lo perdono todo. Da igual que haga un disco de cumbias o uno de tradicionales irlandeses tocados con ukelele o que se autoplagie sin que exhiba una brizna de rubor, por desperdiciar el talento. De hecho no hay ningún disco suyo que no haya escuchado con reverencia, apreciando los destellos de genio y, en la misma medida, repudiando (con más ímpetu, con mayor ardor) las partes blasfemas, todo lo que nunca debería haber hecho y que, sin embargo, hizo. En lo personal, sigo en ese hilo de las cosas, Mike Oldfield fue una especie de sacerdote en esa religión primitiva y sensorial en la que uno entra cuando deja la adolescencia y acomete la edad adulta. Hubo una época en que existía este disco en un lado de la balanza y todos los demás, por buenos que fuesen, en el otro. Creo haber escuchado cien veces (cien son pocas) Tubular Bells. En mi casa, teníamos hasta sesiones de audición. Nos sentábamos en la mesa camilla de mi dormitorio (era amplio, tenía sitio para ese esparcimiento) y poníamos el disco. Mi amigo R, dijo en cierta ocasión que el final de la parte primera debía haber sido colocado al final de la segunda, asunto de la mayor importancia que yo asentí sin que me temblara la devoción ni flaqueara mi adoración absoluta. Se adoraba a Mike Oldfield por razones que no pueden explicarse. Fue la primera obra completamente instrumental (hay graznidos y grullidos, hay carraspeos y sorbidos pero eso no entra en el capítulo vocal, con letra y peso lírico) que yo escuché. Todavía no conocía a Stravinski ni a Mozart. No tenía ni idea de que existía Beethoven, salvo las obligadas escuchas en el instituto, cuando la profesora de Música nos ponía fragmentos de la novena y se exponía en el entarimado, entre arrebatado de éxtasis puro y comprometida con el orden de la clase, que n0 comprendía los fulgores del discurso sinfónico, ni falta que hacía en aquella edad dorada, tan revolucionaria e ignorante. Mike Oldfield fue el primer Mozart o el primer Shostakovich. Todavía hoy pienso en esa idea cuando se me ocurre escuchar Tubular Bells. Lo hago con frecuencia, no dejo mucho tiempo entre una escucha y otra, y en todas sale esa anuencia agradecida, la de la pedagogía, como si Mike Oldfield hubiese sido la puerta que me hiciese acceder a otras muchas. como si Tubular Bells hubiese sido el principio del amor a la música. 

El disco era inagotable, no se cerraba por más que se lo obligara; no cansaba, por más que se forzara. Hay veces en que uno entra en un disco o en un libro como el que entra en una catedral y se deja abrumar por la piedra o por la altura incontestable de las bóvedas. Tubular Bells es una catedral del siglo XX. Una a la que se accede con la reverencia de lo sagrado. No hay año en donde yo no peregrine a su interior y me postre al modo en que el feligrés lo hace ante la cercanía pristina de sus dioses. La liturgia no precisa una disciplina excesiva. Ninguna que provenga del corazón la precisa. A mí, en los treinta que llevo escuchándolo con absoluta devoción, no se me ha presentado jamás esa necesidad. El disco, a diferencia de tantos que se ajan con el tiempo y exhiben sus malas costuras, a pesar de lo buenos que nos parecieron de primeras, se ha mantenido maravillosamente íntegro en estas convulsas décadas. No me interesan (o lo hacen a título de curiosidad) las campanas posteriores, todos los discos que el zorro de Mike Oldfield hizo para que las monedas siguiesen tintineando en el fondo de la taza. No me interesan más allá de la memorabilia a capricho de coleccionismo. Ninguna de las razones con las que se pueden componer el elogio perfecto entran en las que convoco para justificar mi amor por las dos caras de este disco pletórico, inmarcesible, referencial. Amor puro al que no se puede sobornar. Gloria al glockenspiel.

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