14.3.18

Tempus fugit

Cuando se te ocurren muchas cosas que luego no haces terminas haciendo las que ni pensaste, empiezas a mover cosas que no debían ser movidas o a decir cosas que no debían ser dichas. Un día vas a un lugar en el que no se te espera cuando hay otro en el que se impacientan porque no acudes. El problema es no saber emplear bien el tiempo, poseer ese sentido de la propiedad que, en otros asuntos, está bien enraizado, convertido en parte de nuestra propia identidad incluso. Uno es, por ejemplo, dueño de su piso o de su colección de libros o de una bufanda, pero no siempre podemos asegurar que hemos sido dueños de nuestro fin de semana o de una vida entera, ya puesto a entrar en honduras. Del tiempo se tiene siempre una impresión fragilísima, de las que se vienen abajo si se interrogan a fondo. No sabemos mucho sobre el gobierno del tiempo. Lo paradójico es que ocupamos una parte considerable de él en organizar cómo emplearlo de manera eficiente. Se gasta en hacer planes más que en llevarlos a cabo. Lo malo es el remordimiento, la idea muy precisa de que no regresa, de que el tiempo no mira jamás atrás. Hay quien dice que tampoco especula con lo que está por venir. Que sólo somos presente, triste, aburrido, jovial, alegre, trágico, poético o amoroso presente. Está el hoy tan lento y el ayer tan breve, pero es al mañana al que damos el mayor esmero, sobre el que edificamos la completa existencia. Yo ya estoy pensando qué haré el próximo fin de semana, tengo preparado el libro que empezaré a leer y hasta sé qué película estrenarán y a la que, si no hay impedimento, asistiré. Está el ahora, el ahora que dura tan poco que a veces ni tiene consistencia, como el azúcar que echamos en la palma de la mano que de pronto empezamos a abrir. De hecho ahora tendría que estar haciendo lo que tenía pensado hacer, pero aquí me tienen, escuchando blues de los años cincuenta (suenan sucios y llegan antes al alma) y considerando la posibilidad de hacer algo enteramente novedoso, tener la satisfacción de sorprenderme y de que me agrade el asombro, pensando en mi amigo Clemente, que me hizo pensar en el tiempo. Suelo pensar en él, en el tiempo, con frecuencia, quizá demasiada. Aflige no poder echarlo atrás o adelante. Querríamos negociar algún tipo de receso, usaro para ser hospitalarios con nosotros mismos. No hacemos eso casi nunca, no nos queremos lo suficiente. Amamos a los otros, les damos las mayores atenciones, pero se nos pasa cuidar lo que tenemos más cerca. No hay manera de atender nada de afuera si no cuidamos lo de adentro. Luego están las grandes decisiones, Clemente, la necesidad de entendernos a nosotros mismos, pero quién se entiende, quién tiene claro nada. Todo lo zarandea el azar, a todo le sobreviene un acceso de tragedia. De cualquier manera, seguimos braceando contracorriente. A veces concurre las circunstancias más propicias y el río fluye y nos lleva. Ahí es donde no pensamos, esos son los momentos en que nos sentimos plenos. Lo de que el tiempo pasa es algo de lo que no se debe ni hablar siquiera. Qué otra cosa podría hacer. 


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