19.2.18

Todo lo que me va viniendo, todo lo que me va viniendo


                                                                Fotografía: Tan Kraipuk


Lo primero que pensé al ver esta fotografía es que era un cuadro de Edward Hopper. Siendo una fotografía, da la impresión de que no lo fuera. Quizá ése sea el ideal del fotógrafo o del pintor: que no sean fotografías lo que registran las cámaras o que no sean pinturas lo que fijan en el lienzo los pinceles. En un extremo, la buena literatura debería no parecer literatura: debería ser leída como si no hubiese formato que la acogiese, que llegase un momento en que el libro que tenemos entre manos no tuviese peso ni sintiéramos que lo estamos sujetando. La música funciona así: no fijamos un foco, no tenemos la certeza de que proviene de un instrumento o de un caja acústica que la restituya. Se escucha y pareciera, digo en un sentido ideal de las cosas, que no tuviese un origen y anduviese libre, pero no mía, como quería el poeta. Hay conversaciones que tenemos con los amigos que luego regresan cuando ellos no están. Algo parecido sucede con algunas representaciones artísticas: las tenemos dentro, no nos dejan, están alojadas en nuestro interior de manera que en ocasiones, a su antojadizo capricho (mira que me gusta ese adjetivo casado con ese sustantivo) cobran vida y prorrumpen (mira que me gusta ese verbo) en nuestra cabeza. Porque todo sucede en la cabeza. La luz maravillosa de esta fotografía de Tan Kraipuk (descubro hoy que es un artista tailandés y ya estoy buscando más obra suyas) no ha dejado de acompañarme desde que la vi esta mañana temprano, antes de ir al trabajo. Me suele levantar muy temprano y llenarme de cosas que me gustan antes de salir a la calle. Esas cosas de las que me aprovisiono me alimenta en el tráfago del día, me confortan, me consuelan, me hacen avanzar y disfrutar de todo lo que me va viniendo y disfrutar de todo lo que me va viniendo.

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