1.1.18

La vida en serio



Hubo una época en que me encantaba hacer balances: premiaba y sancionaba con absoluta conformidad conmigo mismo, con sólida convicción y firmeza, prestigiaba a mis adentros lo que me había conmovido durante el año por acabar, elegía lo que me había decepcionado. Eran cálculos privados, no precisaban ser volcados; a lo sumo, entre copas, comentar con los amigos, por ver sobre todo si algo era compartido, si J. o M.J. o A. opinaban como yo y censaban su año al modo en que yo lo había hecho. No eran decisiones muy pensadas las mías, sino montadas mientras se me iban ocurriendo. Tenían el maravilloso valor de lo improvisado, a pesar de que esa iniciativa esté a veces malhadada, convertida en recurso poco fiable, ya se sabe. Piensa uno en este uno de enero en que lo mejor del año fue una cantata de Bach, un noir con Sam Spade o la poesía de Gil de Biedma. Como si fuese un balance de una vida y no el del año ayer cerrado. No he estado o no he querido estar este 2017 pasado muy al tanto de novedades, no he ido al dîa, no hubo interés. Así que Bach, El halcón maltés y Las personas del verbo. A lo mejor me dejo a King Vidor o a Charlie Parker o a Montaigne. Es la primera vez que pasa, no será la última. Se hace uno viejo, se aprecia en esas cosas lo de que la vida iba en serio de Don Jaime. Ahora, tras el café, está Muti con la Filarmónica de Viena acometiendo briosamente la obertura de Guillermo Tell de Rossini. Luego vendrá Johann Strauss Padre, el bello Danubio Azul y la lujuriosa y contagiosa marcha Radetsky. Todo en la 1. Parace que el año empieza en Viena. Algunos en casa duermen todavía. El mundo gira. Feliz paseo. Feliz año, añado.


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