3.11.17

No somos nadie

Nunca entendí eso de no ser nadie. Tampoco su reversa evidente y constatable: la de ser alguien. Ninguna de las dos, tan usadas y de tan público arraigo, dice nada en concreto, aunque a su manera digan tanto y lo hagan de una manera tan de teatro. Se es alguien siempre hasta que cesa el ser, si es que uno se arrima al decir meramente ontológico. Lo difícil o lo inapelablemente imposible es que no seamos nadie, que seamos excluidos de la ecuación del ser y no tengamos entidad en ninguna de esus partes, en la visible o en la incógnita, sea cual fuere el problema. No ser nadie es un desarreglo psicológico más que una desubicación existencial. Sé es por encima de cualquier otra consideración, se constata el yo cabal a poco que se indaga o incluso sin que intermedie ninguna valoración. Lo de sospechar que no hay nada o que ha sido extraviada o extirpada la individualidad es un ejercicio lingüístico, uno que sólo anhela borrar al objeto, retirarlo de la circulación, arrumbarlo al limbo de las cosas sin propósito ni desempeño. En el transcurso de una vida uno puede arrogarse la facultad de no ser a su entera voluntad. Hay quien se inhibe, quien no contribuye, quien se zafa, quien declina. Hasta quien se obstina en progresar en su ser (esto me sigue sonando a la filosofía que me enseñaron en el extinto COU) pero al margen de los demás, aplazando o negando lo ajeno. Varios son los motivos. Dos me cuadran más: en uno imagino al apartado antojizadamente, el que prefiere ir a su aire en la creencia de que no precisa el concurso de los otros y se basta y se colma a solas; en el otro está el que no está (o no desea estar) porque no ha sabido desenvolverse en la realidad común, en el escenario compartido, en la ciudadanía. No somos nadie, como frase, no pertenece a ninguna de esas categorías, ninguna explica la hondura que encierra. No somos nadie es la evidencia absoluta de que no hemos llegado a lugar alguno o de que el lugar al que hemos llegado no es, ni en la más optimista opinión, el que esperábamos y en el que se confiaba. Cae uno en la cuenta de que no es nadie cuando percibe que no tiene nada claro o que lo tenido en claro no es lo que ahora de repente parece lo razonable y lo exigible. El reverso, ese más luminoso ser alguien, queda para los íntimos. Ellos sí que saben quiénes somos y a qué nos dirigimos, cuál es nuestra senda y el motivo de nuestros pasos. Ellos comprenden y aprecian lo que hemos sido, lo que somos y lo que es predecible que seamos. Al final todo queda en malabarismo o en una ocurrencia semántica. Si al final triunfa la idea de que no somos nadie será porque no lo somos en realidad. Prefiero pensar que siempre habrá alguien, un elegido, ojalá más de uno, muchos, que sepa quiénes somos o si somos más de uno y a todos nos profesa el mismo desinteresado y materializado amor. La insignificancia final, esa sublimación inversa que consiste en anularse, en borrarse, quedará como perla lingüística para velatorios. Se expresa así lo frágil de la existencia, lo irrelevante de nuestro destino, lo paradójico de no poder gobernar lo único que es enteramente nuestro: el vivir, el querer vivir más, el vivir (en todo caso) mejor de lo que lo hacemos. No somos nadie, menos todavía si nos pillan en paños menores. K. me consuela, en lo que puede. Sostiene que somos siempre lo mejor y lo mejor en cada momento, que no hay nadie que pueda invalidar ese hecho mensurable, el de ser uno mismo y ser ambiciosa y poderosamente el mejor de todos los que podríamos ser. A Pedro, que suscitó este comentario sin que tuviera empeño, se le ocurrirá que no somos nadie, pero que tal vez podríamos ser alguien si es viernes y las circunstancias (las obligadas, las ineludibles) nos permiten un receso, un parar para pensar o para no hacerlo en absoluto.

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