22.9.17

La elegancia de lo simple

Lo que sé del corazón no se lo debo a la ciencia. Ninguna información técnica relevante, ninguna evidencia cartesiana valdrá más que la poesía romántica inglesa o un verso suelto de Pablo Milanés. No hay lenguaje de más probado oficio que el de las metáforas. A ellas confiamos el entendimiento del mundo, aunque revistas tipo Science sean recetarios de prodigios al modo en que lo es un libro de Kavafis. Del cerebro dice, en un número antiguo del que anoche leí una breve reseña, que es elegantemente simple. Que el mapa de alta resolución de su maraña sináptica respeta un orden. Del corazón no he leído nada parecido. Como si le concedieran el rango de brújula espiritual del universo. Como si el desorden del cosmos proviniese de los espasmos de su funcionamiento, de ese hermoso mantra de percusiones privadas que produce para que yo ahora escriba y usted lea, para que percibamos el olor del campo recién llovido o la belleza incuestionable del vals número dos de Shostakovich. Como si la armonía de esa oscuridad (donde nadie puede oír tus gritos, como decía la publicidad de Alien) se acompasara a la de tu corazón y una y otra se mirasen y buscasen tocar la misma canción y no desafinar en demasía. Que tengan ustedes un buen viernes y la música del corazón, con su elegancia sencilla y luminosa, les acompañe en sus quehaceres.

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