5.8.17

Skubbs y cuentos de Carver

La parte del día que más me gusta es en la que cobran sentido las cosas que antes nunca lo hicieron. Siendo revelaciones ocasionales, no ocupan sitio en la memoria y acabo por perderlas. No es cosa que lamente. Pasa lo mismo con los sueños. Se tiene de ellos una brizna, una brizna maravillosa, pero nada perdurable, nada que pueda uno declarar pertenencia suya. Las otras partes del día, las que no revelan nada maravilloso, se ajustan admirablemente, confortan a su manera, nos hacen entender que se puede ir por ahí sin necesidad de entender nada. Incluso es mejor así a veces. Entender es decepcionarse. En verano, en esa bendita lujuria privada de no tener en la cabeza las ocupaciones habituales, los días adquieren una elasticidad asombrosa. Transcurren con morosa lentitud o se atropellan sus horas, como si temiesen ser las últimas. Días luminosos afuera y luminosos dentro. Ve uno lo que se oculta. Traduce La Luz, aunque después desbarate el hallazgo y pierda su significado. Lo hermoso es ese instante de plenitud en el que percibes la naturaleza de las cosas o la razón por la que tú andas ahí, de por medio. El altavoz del centro comercial en el que estoy anuncia en inglés la posibilidad de que te lleven a casa la compra. Un panel electrónico confiesa que estamos a 23 grados. Como en casa con el Mitsubishi del salón. Hay tiendas que se obstinan en hacerte sentir confortablemente insensible (como la canción de Pink Floyd de The Wall) y te ponen sillones para que te sientes. Tiendas que son casas simuladas. Ahora suena un jazz dulzón a lo Kenny G. La gente va despacio o va muy deprisa. Atestados todos los carros, me pregunto si han almorzado ya o si pagaran, irán a casa y lo harán allí. Será una cosa o la otra. Me fascina esa verosimilitud. Todo puede ser cierto o no serlo en absoluto. En el fondo no importa que la verdad triunfe y se conozca o que uno maquine narrativas alternativas. Como si fuese un cuento de Carver. Hoy veo historias de Carver. Ayer sólo me llegó una. Por la noche escribí un cuento muy largo sobre una pareja que se da cuenta de que no han tenido una conversación seria en todos sus años de cerrada convivencia. Han reído, han llorado, han fornicado, han comentado las noticias de la tele o han viajado a París en los aniversarios, pero no se han sincerado jamás. No han revelado nada que les preocupe, no han hablado como a veces se hablen los amantes franceses en las películas de la Nouvelle Vague. Ya estamos yendo para la cola de la caja. O no. No llevamos ningún skubb. Creo que en casa habrá alguno de la última vez que vinimos. Si ahora digo que está sonando Miles Davis y su So what tenéis derecho a ser incrédulos, pero juro por todos los skubbs de la historia que es cierto. Estos suecos saben vender. 

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