4.8.17

Rufus Wainwright hizo que me sintiera inusitadamente feliz durante casi cuatro minutos

Esperamos ser felices, dar con el libro que nos alivie el trasiego de la realidad, con la historia con la que podamos sentirnos a salvo del rigor de lo tangible, con la canción perfecta, con la conversación maravillosa, pero se obstina la vida en hacernos vulnerables o frágiles o heridos. No nos da lo que anhelamos cuando lo necesitamos o cuando vendría bien que se nos cruzara y lo abrazáramos. Tienen los días puertas que no siempre están a la vista o incluso que, cuando las vemos, se obstinan en no dejarse abrir, en dejarnos afuera cuando nuestro afán es franquearlas, acceder a su secreto dominio. Estamos hechos de historias. Ellas nos llenan, nos cubren, nos concilian con el girar de los planetas y con el latido del corazón. El error es desear esa felicidad de manera continua e ininterrumpida. Alguien me dijo el otro día que los reveses son buenos. Que está bien encontrarse con una situación dolorosa. El miedo y el dolor están hechos de la misma naturaleza. No se nos educa para acometerlos con entereza, no se nos dice qué cara debemos ponerles, qué palabras debemos usar para que no se nos incrusten y tan sólo nos rocen. Luego están los ratos felices, esos instantes de felicidad pura, inmarcesible, sin posibilidad de que nada las arruine ni las rebaje. Ratos en los que miras el cielo y admiras su azul o escuchas una canción (hoy una de Rufus Wainwright, Candles en directo) y adviertes que el pecho se te ensancha y los ojos se abren y el corazón se pone a latir sin estruendo, pero con más entusiasmo, como si él también apreciara la belleza de la voz de Wanwright o el esplendor del cielo ahí arriba. La asignatura pendiente es esa, la de la felicidad. Deberíamos darla por perdida. Bastaría con aprobar parciales, exámenes sueltos, lecciones fragmentarias, no la totalidad, no la materia completa. Rufus Wainwright hizo que me sintiera inusitadamente feliz durante casi cuatro minutos. Antes de tomar el camino a casa, saludé con alegría a un par de amigos, tomé un café y compré churros para mi hijo. Al llegar, recogí un par de cosas en el piso y me senté a leer el periódico. Sentí que todo lo que me pasaba era un cuento de Raymond Carver.

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