11.8.17

El que cuenta las sílabas / Redux estival / Poema automático

Ahora estoy aquí sentado en la enfermedad de las palabras. 
Las acecho, me esquivan, les insisto.
Me explotan cien alejandrinos en el pecho, pero el pánico asoma su boscoso lenguaje de trampas y de leche agria por la ventana. 
Patrullas de agentes lingüísticos escoltan un desatino semántico que amenaza con acostarse con todas las nínfulas del barrio. 
Tienen la boca fruncida, tienen el semblante severo, tienen el vuelo agitado como de pájaro sin convicción ni oficio.
Cuento las sílabas, las cuento de nuevo.
Me esmero en el computo, me esmero otra vez, pero lo que veo es desorden, brújula loca que avizora el horizonte y lo reprende.
Siempre tuvo éxito el pecado, siempre estuvo ahí, agazapado,
convencido de que nadie rivaliza con su comercio de pétalos, 
con su taimada conferencia de naipes.
Precisamente ahora uno de esos tozudos agentes ha hocicado su ojo hebreo por la hoja en blanco y temo que la burda canción devenga tragedia, vasallaje del tiempo al instinto, la menor de las voluntades de un dios caprichoso que aturde la tarde con su coro evangélico de pequeñas hostias musicadas. 
Me duele el oído interno, tengo el yunque devastado.
Me duele la boca de tensar todos los verbos que acuden a ella.
Siempre tuvo éxito lo clandestino. 
Ángeles de discreto aspecto victoriano fatigan las aceras a la caza de algún niño con anginas o de alguna princesa convocada para la ceremonia de la lluvia. 
Ahora mismo Chet Baker proclama la vigencia de las anfetaminas en el muestrario de vicios burgueses. 
A Chet Baker le partieron la boca en Holanda, pero se recompuso el sex-appeal, su aspecto dandy venido a menos y grabó algunos discos memorables en la vieja Europa. 
La música es lo que queda cuando te sacias del silencio.
No me preocupa el silencio. 
Recatado y puro, el dios de la cosecha, el dios del orden, mordisquea sin estridencias un salmo con versos endecasílabos. 
El poema es una bofetada sin mano, una hostia de los tiempos primeros,
cuando el aire no estaba viciado ni el mundo era gris y binario.
Vírgenes coreanas encienden incómodos verbos copulativos a la altura de todas las circunstancias.
Mi madre, que ha aparecido de improviso, viste un kimono rosa en donde puede leerse un verso de Mallarmé en vasco, un verso de Keats en ruso, montones de versos decimonónicos expuestos como un cielo sin nubes.
Los versos de Keats en el kimono rosa de mi madre, aparecida de improviso, imponen a la realidad una aureola de irrealidad o es justo al revés y yo estoy en la perplejidad del limbo, exploro el limbo como quien sale de casa y va al mercado y ve los puestos y se admira de la prolijidad de lo real. 
Lo dijo el poeta. 
Yo solo me dedico a poner al día los registros.
Solo soy el que en la vana noche cuenta las sílabas. 
El inútil.

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