22.7.17

Elogio del jazz


                                  fotografía: John and Alice Coltrane, Chuck Stewart, 1966

Adoro el jazz por lo que no cuenta. A diferencia de otros registros, el jazz circunvala la información: la esquiva, la retuerce, la esconde, la elimina, la rescata y, al final, informa de su irrelevancia, de que al fin y al cabo lo que importa no es la cadena de notas, ese hilvanar arabescos en el aire, sino la vida que se origina en el vuelo, la posibilidad de agotar todas las vistas sin que se precise abandonar una favorita, la que se retoma para que exista un vínculo, una especie de refugio al que acogerse. Lo que importa en jazz es el merodeo, la periferia feliz de las cosas. El músico regala la melodía principal, nos declara solventes para retener, al menos, unas líneas tarareables, un asidero fiable, pero después renuncia a la formalidad, se declara libre y avanza (a trompicones, a capricho de su genio) sobre una mullida alfombra. El mejor jazz es el que no se agota en las primeras escuchas, el que precisa un adiestramiento, una voluntad de ahondar o de involucrarse sin reservas. Incluso un jazz liviano (el que sólo se nutre del canon, sin extenderlo, sin avanzar) tiene tramos a los que se puede regresar en la confianza de que nos reservan algún pasaje inadvertido, una nota perdida.

Los músicos de jazz,  los que han logrado un óptimo estado de ensamblaje sonoro, los que en su oficio visitan la excelencia, van siempre por libre: realizan piruetas melódicas que amenazan el derribo absoluto de la pieza, crean ilusiones mentales en las que uno sabe con más o menos certeza de qué lugar partió pero desconoce enteramente al lugar al que le dirigen. Es un maravilloso viaje a ciegas. Anoche, escuchando Spirituals, la pieza magistral de John Coltrane, rocé la plenitud, sentí esa comunión dulce que nos reconcilia con el cosmos o con uno mismo. En algunos casos hasta podemos encontrar piezas sin nexo con la realidad: limbos, estadios intermedios entre dos diferentes grados de belleza, el dominio de la creatividad sobre la rutina. Como si entras en una catedral y te apabulla la altura, el silencio o la imponente severidad de la piedra antigua.

Un disco de jazz, bien escuchado, atendiendo a todas las capas de sonidos que ofrece, puede ser inagotable. He pensando que Kind of blue (Miles Davis) es el disco más inagotable del jazz, pero confieso que me mueven motivos que no pueden ser analizados sin que el que sufraga esa opinión salga seriamente perjudicado. No soy imparcial: se me nota la devoción, el espíritu de absoluta rendición ante el tamaño descomunal de la pasión que exhibo. En esencia, soy uno que escucha a diario jazz y que procura aprender a diario en el vicio que me alegremente me administro. Si hoy fue Coltrane, mañana ya he pensado que me administraré una sesión de Joe Pass. Sé que en algún tramo del día, habrá ocasión para que me retire a mis vicios y me enchufe Virtuoso, que es el disco elegido. Ahí está Night and day o Round about midnight. Las habré escuchado decenas de veces, pero sospecho que sentiré el deslumbramiento de la primera vez. Como el amor a veces. Al modo en que el feligrés se ofrece al dios que lo observa en la homilía, la escucha del jazz es también una rendición, una a la que la razón no puede rebajarla al lenguaje que le es propio. La palabra que más se ajusta es euforia. El jazz es un secreto. Nos lo vamos confiando unos a otros como una revelación. Ahora voy a comer a la fresca (ay, qué placer) y dormir después como si no hubiese nada más en el mundo.


2 comentarios:

RECOMENZAR dijo...

Refrescante tu texto.Instructivo
me voy habiendo aprendido lo que me gusta y no conocía
gracias

gemmacan dijo...

Me gusta el jazz; casi toda la música tiene su momento para ser escuchada. Lo que no había percibido eran tantos matices como nos cuentas, y eso está bien, porque ahora tendré un motivo más para disfrutarlo.