25.6.17

Teoría de las primeras veces



Hay gente que no va a ningún sitio y tampoco parece que vengan de ninguno, gente que alienta la idea de que están incrustados en un paisaje o de que siempre estuvieron ahí. Ningún gesto delata lo que sienten. Se desconoce, al mirarlos, si anhelan escapar o están encantados del lugar que les tocó en suerte. Esta misma ocurrencia podría aplicarse a quienes no paran de moverse. Da lo mismo que ayer desayunasen en Londres y hoy almuercen en Atenas. El movimiento no es una cosa enteramente física. Hay gente que recorre distancias enormes y no experimenta viaje alguno. Por otro lado, es razonable que exista gente que no haya movido un pie y tampoco haya dejado de ir y de venir. No todo es topográfico, no todo es cartografía. Siempre aprecié los libros de viajes. Está uno en las selvas tropicales sin que tenga que vacunarse o puede andar las calles de cualquier barrio marginal de Los Ángeles sin temor a que lo tomen por un negro o por un paria y le descerrajen dos tiros. Es mejor el riesgo, ya lo sé. Lo ideal es combinar el viaje interior y el otro, el que hace sudar al cuerpo, el que deja huellas en la cara. El alma es otra cosa. Al alma, si se la adiestra bien, se la puede sacar de paseo sin tener que salir siquiera a la calle, no digo ya coger un avión y plantarse en la otra parte del mundo. El otro día me preguntaron sobre dónde iba a ir cuando me tocase disfrutar las vacaciones. No tengo nada elegido todavía, dije. Me da igual el sitio, añadí, un poco diciendo la verdad y otro poco no. Un verano en el que recorrimos cinco mil kilómetros en coche no disfruté más que otro en el que estuvimos un mes entero en un piso en primera linea de playa. Recuerdo que todos los días eran un viaje. Volvía por la noche con la sensación de plenitud, de haber visto más cosas de las que podía procesar, de haber sentido más de lo que podría entender, pero las sensaciones no entran en el catálogo de lo comprendido. Leer es la única actividad en la que puedes desgajarte de tu residencia física (por decirlo adornadamente) e ir lejos. Siempre hay un regreso. Que sea duro o placentero o incómodo depende de lo mucho o de lo poco que te empleaste en la lectura. Hay libros de los que no sales nunca. Estás incrustados en ellos. Como la azafata de la fotografía de mi amigo Fernando. Hay vidas de las que no puedes escindirte. Eres lo que eres y no hay regreso o fuga o constatación de que es posible regresar o fugarte. Se nos ha concedido un cuerpo y se nos ha colocado en un paisaje. Yo soy Emilio Calvo de Mora Villar y vivo en Lucena. Hay días en que no voy a ningún sitio y días en que no parezco venir de ninguno. Son los días de tránsito, los días grises en los que los más allegados te dicen si estás bien, te dicen tienes mala cara, te dicen te pasa algo. No siempre tienes contestación. Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa que ni yo mismo me entiendo, cantaba Aute. Luego están los días de las expediciones, los días grandes en que sales de tu casa o sales de ti mismo. Esos son los mejores. Vas a un sitio en el que nunca has estado. Da igual que sea un libro o una calle. Da lo mismo que ya lo hayas leído o que ya la hayas paseado, pero tienes la sensación de que es la primera vez. Vivimos añorando las primeras veces y están siempre a mano. Se entra en un libro como se entra en un cuerpo. Has entrado ahí cientos de veces, sabes qué hacer y tienes memoria física de lo que esa entrega produce, pero hay veces en que no recuerdas nada y crees que se te ha concedido la oportunidad de olvidar y de volver a sentir limpia y primerizamente. Como si el mundo acabase de empezar y te tocara ser el dios rudimentario y caprichoso que tuviese que fecundarlo todo. La azafata de la foto está pidiendo que alguien la rescate y le diga he venido a buscarte, vamos a Estocolmo, vamos a Atenas, seguro que no has estado nunca

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