22.6.17

Pájaros y dioses

I
Está la luz mordiendo un limón y duele la sangre en la cabeza como un enjambre de agujas. 
Una dulce música de cámara, una sin nombre, a la que se presta una atención sin compromiso, aletea torpemente, disimulando su inocencia de cosa volada o de asunto muy pequeño. 
Al aire de este domingo lo visita Bach. 
Yo recojo unos libros, abro las ventanas, huelo de pronto a café, siento a lo lejos un vértigo de pájaros, una fiebre de alas, una costumbre de voces que no entiendo. 
Quizá ellos piensen igual de la música de cámara y anticipen todo lo que viene después. 
Si uno cae en la cuenta de la presencia de los pájaros ya no puede dejar de pensar en ellos. 
Hay que apreciar no solo que existen y encabritan el vuelo y pían fieramente como si el mundo acabase hoy mismo, sino también todo lo que los pájaros traen, todo lo que dicen si prestamos oído, si percibimos el volumen del cielo y la majestuosa caricia del aire mientras lo profanan con su vuelo. De haber sido otra cosa, no sé, de haber podido prescindir de ser hombre y de haber podido elegir qué ser, creo que yo hubiese pedido ser pájaro, el tipo de pájaro irrelevante, en cierto modo, el que empeña todo su ardor en batir las alas, en ir de un lado a otro, sobreviviendo, sin otro cometido, sin metafísica. 
Habría querido ser pájaro o sombra o viernes por la tarde.
Uno desea ser lo que no es nadie, anhela sólo lo fantástico. 
De ahí viene la religión, de ahí viene Dios.
En cuanto entra en escena la metafísica, vuelan todos los pájaros que llevamos dentro. 
Todos los hombres son teólogos, dejó escrito el poeta, pero todos los hombres son dioses. 
Vamos midiendo los días, contando el espanto, sintiendo el peso del amor venirse un poco abajo, renacer sin que se le espere y caer nuevamente. 
Estaría bien sentir menos, no ser tan exigente, pensar al modo en que lo harían los pájaros o los dioses.
Con toda la dignidad del pájaro, ir escribiendo la herencia recibida, dejando consignado el aliento, el empeño de sobrevivir a uno mismo, de escribir porque al final te mueres y es bueno, quizá sea bueno, que alguien venga y sepa qué pensaste o cómo lo vertiste. 
Con toda la hondura de Dios, ir escribiendo el mundo, dejando consignado el pulso, el color y las palabras.
En lo que le ganamos a los pájaros es en la facultad de subordinarlo todo a la memoria o al olvido. 
Yo creo que tenemos a Dios porque no es posible soportar la idea de que existe un fin. 
Hay una idea de Dios que está en la luz mordiendo el limón o en la sangre, doliendo en la cabeza. 
Se cree en Dios porque la luz vence a las tinieblas, aunque la apariencia sea otra y la sombra prospere y haga su imperio y lo propague.
Se cree en Dios porque es la única forma de creer en uno mismo.
No el Dios de las Escrituras, no ése, no necesariamente ése.
El Dios de la voluntad de cada uno, el espiritual, el providente, el que nos acaricia.
Un dios con su interior brusco, con su silencio violento, pero un Dios hecho racimo, volando, volándose. 
Ese Dios queremos.
No altares, no libros en donde se registren los salmos, queremos a Dios como el que desea besar su corazón y dar gracias continuamente de que lata.
Luego sobreviene la tormenta y descree uno, desbarra, cae en la cuenta de que no hace falta que ninguna divinidad nos tutele, ni nos acaricie.
Vamos así, en esa zozobra.
II
Acaba de empezar el verano.
Suenan arriba unas sillas, afueras siguen los pájaros. 
El olor a café ya no lo encuentro. 
La música de cámara no la escucho. 
Acabo de venir del trabajo y tenía que dejar escritas estas cosas.
Luego se atropellan los verbos o no sabe uno qué quiso decir.
El olvido es el rey, la edad es del olvido.
Hoy mis alumnos me han regalado un libro que habla de hombres y de dioses.
Lo llevaba en una bolsa y me hablaba.
Me ha ido susurrando durante toda la mañana.
Escuchaba, pero perdía lo que entendía.
Dicho todo con una precisión de mucho más calado narrativo: se me está yendo la olla. 

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