18.6.17

All that's jazz / Mingus, Haynes, Monk y Parker conmigo aliviando los rigores del domingo




Charles Mingus, Roy Haynes, Thelonious Monk and Charlie Parker jam at The Open Door in Greenwich Village, Sept. 1953.


Puede que estén tocando What is this thing called love? All the things you are
El gordo del traje blanco es mi favorito, es Charlie Parker, quizá el que llevo la etiqueta de maldito más a la vista, el que voló como un pájaro, el que hizo que Cortázar le metiera en un cuento, el que hizo que un blanco de aquella época abriera mucho los ojos y abriera mucho las orejas, porque aquella música era celestial. 
Los demás no son ángeles, no son puros, ni aspiraron a ninguna pureza. 
Monk toca el piano como si Dios mismo le mirara. Cada nota, incluso las notas bastardas, las que no seguían el canon, eran una genuflexión. Mírame, Dios, estoy aquí, soy tu hijo, haz que la música fluya por mis manos y se eleve y te alcance. Eso le dice. Hay más fe en estos cuatro descarriados que en muchas iglesias de domingo en mi pueblo, reventadas de feligreses, pero es una fe contaminada, una que no sigue un patrón, ni obedece unos preceptos. 
Monk golpea las teclas como si fuese sábado por la noche y tuviese el alma empeñada en contrariar al cuerpo. Está bendecido, pero toca el piano como si fuese la primera vez y suda como si fuese la primera vez. 
Mingus está pensando que si falla una nota estará llorando toda la noche. Es un perfeccionista. 
Mingus es el que más ama el jazz, pero no presume. Hace su oficio oscuro, toma el mando sin que nadie lo note. El contrabajo en el jazz es el instrumento secreto. Se vendría abajo media historia del género si lo borráramos. 
El jazz es de los que se equivocan. Un jazzman de los buenos hace oro de un error. De hecho el jazz entero podría ser considerado un error. No hay regla que no se salte, no hay certeza que no se pervierta, no hay canción que suene igual dos veces. Eso es lo más importante. Que el jazz sea siempre nuevo. 
Roy Haynes los mira con los ojos cerrados porque los tiene a los tres metidos en la cabeza. El jazz es un matrimonio de tres o de cuatro o de cinco. Cada uno sabe lo que piensa el otro, pero le permite abrir una brecha, darse aire, crear una distancia desde la que mirarse todos. Lo glorioso es cuando están todos muy lejos y logran escucharse, saber qué va a hacer cada uno, aunque ni ellos mismos, antes de acometer la siguiente línea del texto, sepa por dónde va a tirar. Si seguirá la melodía y la estrujará o la alargará y la convertirá en otra cosa, pero sin abandonar jamás el cuerpo principal, la parte invariable que hace que estemos escuchando Summertime o Body and soul. 
Es jazz. Es júbilo con síncopa. Mis amados B&W aplauden por dentro cada vez que los premio con estas exquisiteces. 

3 comentarios:

Antonio dijo...

Amas el jazz, lo sé desde hace tiempo. Este texto lo corrobora, amigo Emilio. Me dejaste hace años una cinta con una pequeña selección que todavía guardo como un tesoro, aunque haya comprado decenas de discos después. A mis hijos les digo que ahí empezó el vicio de su padre, en esa cinta, gracias a ti. Agradecimiento eterno, compadre.

Antonio

Emilio Calvo de Mora dijo...

Gracias Antonio, recuerdo ese día, los ratos que echamos en ese día y en otros. Dile a tu hijo que el jazz no es un enamoramiento rápido. Requiere adiestramiento, cierta voluntad. Jazz aparte, un abrazo.

Anónimo dijo...

Parker es también mi favorito. Tiene un disco With Strings que es el favorito en casa. No somos jazzísticos del todo, pero admito que cuando escucho buen jazz me doy cuenta de lo pequeño que soy. Como Bach en sus cantatas o en las sinfonías de Beethoven.

Pedro Antonio Álvarez