4.5.17

Perros



Fotografía: Kurt Hutton

De todas las criaturas que pueblan el anchuroso mundo es el perro a la que más admiro. Convencido de que no tengo uno porque terminaría descuidándolo, aprecio que haya quien se esmere en esos cuidados y tenga uno o tenga un par. No hay vez en que no los mire con verdadero afecto y ninguna en la que no me sienta reafirmado en el deseo de que no los deseo cerca. Como todo el mundo, admiro también su inteligencia. En cierto modo es el perro el que sabe siempre qué pasará después. Si al final de la calle hay más perros o si la niebla se levantará pronto o tardará. Nada de lo que barrunta el perro lo conoce su dueño. No basta que ladre de una manera o que haga que el rabo oscile con más o menos entusiasmo. No sabemos qué le está diciendo el perro al fotógrafo. Probablemente sospeche que se cierne un peligro. A los perros no les cuesta trabajo especular. Su carencia de raciocinio está ampliamente cubierta por un extraordinario instinto. Yo mismo, agasajado por algún secreto plan cósmico con una porción de inteligencia, desearía renunciar a una parte de ella si gano en instinto, si se me permite reconocer el peligro, olisquear cómo se acerca, con qué artera maña se planta frente a mí y me embauca. No entra en ningún cálculo razonable mutar a perro, no es un argumento convincente, sólo despertaría la chanza ajena, pero qué aventura sería la de ser perro un tiempo. No de modo continuo, no sé si un perro se conmovería escuchando un aria de ópera o un poema romántico. Ser un perro a media jornada o un par de horas sueltas al día o incluso unos minutos; los suficientes para adquirir una visión realmente canina. Ahí entendería algunas de las cosas que admiro cuando las observo desde afuera. Comprendería la que más me emociona: la fidelidad. Hay perros que parecen una extensión física de su dueño. No hay forma de amor mejor expresada. Vendría a ser algo parecido a lo siguiente: yo existo más allá de mi propiedad corporal, yo vivo en el cuerpo de quien amo, yo soy ese cuerpo. Conforme maduro la idea de transformarme en perro me viene a la cabeza Gregor Samsa, a quien Kafka hizo cucaracha, y la desecho casi con desprecio. Proseguiré en mi rutina humana. Pasearé los parques y recaeré en la visión limpia de los perros. Si alguno particularmente afectuoso se me ofrece, le tocaré la cabeza y el lomo. Creeré falsamente que si toco la cabeza del perro podré entrar en ella o él, por yo acariciársela, podría mano arriba, por el brazo, llegar a la mía. Le diré Argos y el sabrá que soy Odiseo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente escrito, que no comparto, aunque (evidentemente) respeto. Yo amo los perros en toda la extensión posible y me desvivo por cuidarlos igual que cuidaría a un hijo. De hecho no tengo hijos (quisimos, no pudimos) y tenemos 3 estupendos y amantes perros. De todas maneras, mi aplauso por tu tacto y tu brillantez estilística.

Joaquín Rosado

Marc dijo...

Me saco el sombrero ante tu forma de escribir. Excelente.
También quisiera poder ser un perro. Un ser maravilloso que sólo sabe de amor y fidelidad.
Un gran abrazo