26.5.17

No somos Fred Astaire, no somos Javier Marías


Si yo hubiese tenido los pies de Fred Astaire, habría comprado una casa sólo para los zapatos. Habitaciones enteras llenas de zapatos. Creo que es Javier Marías el que tiene un piso en el que sólo hay libros. Quizá no sea él. Seguro que hay alguien que puede permitirse ese lujo. Tener un piso que funcione a modo de biblioteca. En casa tenemos los zapatos en el alto de un armario enorme y los libros en un mueble que ocupa una pared entera. En algunas baldas los libros deben ser apilados en varias filas. No sé si tras Nabokov está Proust o si hace falta coger la escalera para coger la poesía de Whitman. En cierto modo acepto no saber dónde están, comprendo que no tengo tiempo para ordenarlos de una manera coherente. Leo a bocados, leo a merced de lo que el azar a veces me depara. Me paro delante de una fila de libros y decido cuál vendrá conmigo. Cuando lo acabo, lo devuelvo a una balda diferente, no le doy un lugar cabal, uno fiable. Imagino que a Fred Astaire le pasaría lo mismo. Cuando tienes trescientos pares de zapatos, puedes dejarte convencer por cualquiera que se te ponga a mano. Es la vista la que disfruta en la elección. Si fantaseas con la posibilidad de ponerte unos determinados, Oxford o Monkstrap, es probable que no des con ellos. Recuerdo una vez en que desistí en el deseo de volver a leer los cuentos de Rudyard Kipling.  De hecho es posible que estén en una de las cajas que hay en el trastero. Mi trastero es una especie de piso de Javier Marías, pero sin el pedigrí que se le supone a éste, exento por completo de glamour y poco o nada recomendable para enseñar a los amigos cuando te visitan. Mi desventura adquiere visos de dramatismo cuando entro en una librería y dudo si comprar tal o cual novela, no sabiendo con certeza si la leí de un libro que yo comprara o si me lo prestó alguien y, en cualquier caso, no teniendo ni idea de si está en el trastero o no. Me sigue fascinando el asombro. Creo que vivimos para que el asombro nos asalte a diario y nos desarme. Hace tiempo que comprendí que los placeres más hondos provienen del azar. Los otros, los previstos, son a veces tan buenos como ésos, pero no los igualan en ardor. Es el ardor el que al final cuenta. De no estar, si no se le convoca, el resultado final flaquea. Hoy mismo he sentido el ardor o el fervor o lo que a uno le convenga que sea que lo haga sentir pleno. Fred Astaire lo está con su ejército fiero de zapatos en el suelo. Yo lo estoy incluso cuando no sé si Kipling está aquí a mi espalda, arriba o abajo, o está en el trastero, en una caja, en una de ellas. Si yo fuese Javier Marías tendría también ese piso comido de libros. El hecho de saber que está hará que Marías duerma mejor, sienta que su vida entera está en esas estanterías, en todas esas habitaciones ocupadas por libros. Son los libros quienes nos cuentan. Eso en el hipotético caso de que se lea. Como no somos Fred Astaire, nos trae más al fresco tener un par de zapatos de más. Igual él no leía. Somos los objetos que tenemos. Ellos nos justifican ante el mundo o ante nosotros mismos. A ver si este verano pongo en orden el trastero y saco de las cajas los libros importantes. Todos, en uno u otro sentido, lo son. Probablemente no haga nada. Hablo por hablar. Este blog me sirve para eso.

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