1.5.17

Las buenas personas



Hay personas que tienen propensión a agradar y a hacer el bien continuamente. Lo hacen con el afán que no ejercen en otros asuntos y adquieren, en esa disciplina, una suerte de destreza. Algunos se afanan por gustar muy a pecho descubierto, exhibiendo las maneras, haciendo ostentación de los gestos y de las palabras aprendidas. En un hipotético ranking, esta rama ocupa una consideración inferior. Por el contrario, en la cúspide, en una idílica cima, figuran los que agradan sin que se aprecie esfuerzo, como si esa labor insistente no ofreciese señal alguna con la que identificarla. No se observa que esa inclinación natural a procurar el bienestar ajeno se realice para obtener un beneficio a cambio. Se hace el bien y no se espera que nadie nos lo agradezca o devuelva. Al término del día, quienes así actúan, no hacen cuentas de las buenas obras que han hecho, ni de la bondad que han diseminado. No precisan el recuerdo de su trabajo para conminarse a proseguir en su magisterio y esmerarse en el del día siguiente con más ahínco o más oficio. No tienen, que yo haya inferido, un dios al que rendir un informe. Quienes profesan una religión no suelen pensar en si agradar o hacer el bien a los otros será también del agrado de la divinidad. La excluyen, no dejan que interfiera en su labor, no reclaman sus presencia en los momentos de incertidumbre. Tampoco ponen al tanto de lo que hacen a quienes tienen más cerca. Si perciben que su trabajo es demasiado evidente, se aplican en disimularlo. Prefieren, por decirlo de alguna forma, la sombra y por ella progresan hasta que se alojan en la luz. He hablado con algunos, les he expresado mi admiración, les he dicho que yo no podría, que acabaría extenuado o triste o convencido de que no merece la pena ese esfuerzo estajanovista, esa voluntad firme de medrar en la bondad y de no presumir del medro. No desean recompensa, no la buscan, no creen que les haga mejores su cobro. Yo sería (les dije) una especie de obrero de segundo orden. Haría el bien, buscaría con empeño el bienestar de los míos y de otros a los que o haría distinción por no conocer o por pensar que ellos no me conocen, pero abdicaría, me levantaría un día con el pecho cansado y los ojos tristes, los anegarían las lágrimas. Sentiría la necesidad de que alguien viniese y me confortase. Querría que uno de ellos se sentase a mi vera y dijese todas las palabras que mi abatimiento anhela. No creo que esta legión de servidores del bien tenga una cofradía en la que compartir sus andanzas, sus éxitos, también sus fracasos, aunque no dudo de que tienen la facultad de reconocerse entre ellos. Los padres no delegan sus enseñanzas a sus hijos. No es una doctrina que perviva en el tiempo y tenga su épica y su libro de salmos. Insisto en lo fundamental de su anonimato. A veces pienso que si hay una brizna de amor en el mundo es porque ellos se sacrifican para que esa brizna se ice, tome vuelo y luego se esparza como si fuese una semilla. Uno de ellos, un poco a lo loco, sin pensar, me confesó que el mal es fuerte y que a veces se pierden las batallas incluso antes de acometerlas. Me refirió que en sus filas cunde en ocasiones el desánimo. Que él mismo consideró la posibilidad de retirarse y ser como los otros y hacer el bien de cuando en cuando, no con la fijeza de ahora, con la secreta obstinación de ahora. Se rió cuando dije que eran ángeles. Hace mucho tiempo que no le veo. En algún momento he creído ser como él, ser uno de ellos, pero me ha vencido la flaqueza, se ha ocupado de hacer que se arrodille ese ansía mía por derrotarla. Soy débil, somos débiles. Creo que prefiero ser consolado a consolar. Se vive mejor cuando nos curan y nos halagan con los cuidados que cuando aplicamos nosotros la cura y nos esforzamos en los cuidados. Ahora mismo, sin ir más lejos, mientras escribo esto, pienso en si alguno de esa legión de ángeles lo leerá y le incomodará que hable de ellos y de que secretamente existen. Por otra parte, no es posible que les importune mucho, no hay nada que les arredre, ni que les abata. Hoy, al salir a la calle, te cruzarás con alguno. Los tendrás cerca, amarás a alguno, aunque no los reconozcas. Están ahí, perdidos en la muchedumbre, como ángeles, como fantasmas. Son las buenas personas de las que a veces te hablan y no ubicas y no sabes dónde se encuentran realmente.

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