13.5.17

De la vida privada

Hay cosas de las que uno nunca habla. Se las reserva, las salva de la exposición pública, no permite que se maleen en la charla o que se expandan sin que ya se pueda manejar su impacto. Tiene de ellas la secreta impresión de que quizá no deban ser manifestadas o de que el hecho de custodiarlas de ese modo tan severo hará que perduren. Si alguien las aborda o la conversación propicia que se aireen y se duda de que convenga guardarlas más tiempo, mejor las calla, hace el esfuerzo que sea necesario, pero las oculta, las ahonda más, deja que se impregnen por ahí abajo y las considera a salvo del tiempo, absolutamente irreducibles, perfectas en su soledad interior. Todos tenemos algo que esconder, a todos nos satisface tener algo que nadie conoce, como si ese trozo de vida nos hiciera únicos, diferentes a los demás, por completo individuales y, por supuesto, hermosos y épicos. Hay quien, a escondidas, con el esmero de un profesional, ejerce un vicio del que nadie sabe nada. Conforme pasa el tiempo, esa rendición privada se robustece.

Puede consistir en levantarse bien temprano, procurando no hacer ruido, fatigando la casa con sigilo, prepararse un café, abrir un libro de poesía de Kavafis y leer unos cuantos poemas junto a la ventana, viendo cómo abre el día, observando cómo la luz prospera y el ruido de la calle hace que vibren, con timidez, con rubor también, los cristales.

O pensar en el amor de juventud, pensar en su cara, confirmar que ninguno de sus trazos se ha extinguido, obligarse a repetir los gestos que hacía y fantasear con la posibilidad de que un día se nos cruce en una acera o haga cola en el banco y nos salude, lo cual (bien pensado) arruinaría la novela de su recuerdo y nos enfrentaría a la realidad, que suele ser (casi siempre) inferior a la idea de realidad que nuestra voluntad ha ido esculpiendo en la memoria.

O profesar el calvinismo en la intimidad, un tipo de calvinismo modesto, los fines de semana, de modo invariable y obstinado, y caer durante los días de corriente en un laicismo convencido.

O cantar en la ducha, sin la estridencia de quienes presumen o la inocencia de los que no se escuchan, arias de ópera en un italiano o en un alemán ínfimos, risibles.

 


1 comentario:

JLO dijo...

Que lindo conservar esos momentos íntimos... Como pretender ir a un café, solo, por la aventura de sentirse solo, haciendo no se qué...

Saludos 🙋