2.5.17

El viaje de regreso a casa



 Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.

Jorge Luis Borges, El hacedor



En ocasiones, uno sale sólo por volver. La idea del regreso está infravalorada: no se le ha dado autoridad narrativa, peso metafórico, etc. Importa la ida el trayecto, pero se acaba arruinando la belleza del retorno, esa delicia que consiste en retomar lo que se dejó, en repetir los gestos, en sentir la rutina como una propiedad y aplicarse con esmero en defenderla. Si no se sale, no hay regreso, paradójicamente. A mi amigo K. se le ocurrió que salir mucho le haría detestar el exterior. Por el contrario, la estancia en casa, ese especie de estado larvario o encapsulado, no le produjo la misma zozobra. Recuerdo insistirle en que saliera. Habían abierto un bar nuevo o le recomendaba que le diese la vuelta al pueblo. Hay rincones de casa, me dijo, que son perfectos. Cuánto más los impregnas de ti, más cuesta abandonarlos. Tengo un sillón de orejas en el que he leído todo Chesterton. En realidad, insiste, todo sucede en la cabeza. No diferimos mucho los que hacemos vida monástica, en casa, de los que están continuamente en la calle. Lo que ellos viven acaba alojado en el mismo sitio en donde alojo lo que yo vivo. Siempre se pueden intercambiar los papeles. Hoy mismo me incliné a no salir, obró mi voluntad el deseo de eludir el trajín previsible. De pequeños, recuerdo, a ese abandono de las oblitgaciones se le llamaba rabona o novillos. Uno inventaba una enfermedad y representaba con maestría sus síntomas. Lo que le esperaba en casa era siempre lujurioso. Se tenía esa idea perversa de que los demás prosiguen la inercia de la trama y de que uno se ha eliminado momentáneamente del juego, quizá por verlo desde afuera o por ejercer la rebeldía sin que se aprecie del todo. Quedarse en casa, le digo a K., es la opción adulta de los novillos infantiles o juveniles. En muchas ocasiones, más de las que mi pudor estaría dispuesto a publicar, he deseado adquirir ese blindaje, cobijarme frente al rigor de lo real, encapullarme, no tener que mirar lejos, preferir lo privado, amar lo íntimo. Creo que no fuimos tan distintos K. y yo. Dijimos parecidas cosas, nos expresamos de similar manera, ambos reconocimos compartir un ideal común, el de disfrutar la intimidad, el de ir con la idea de que fascina el regreso, el de la convicción de que hay que excederse en algunas cosas para desear ansiosamente otras. Sale uno solo, pasea las calles, las fatiga, percibe la realidad con absoluta nitidez, se impregna de ella, atesora sus primores, percibe los colores, recoge los ruidos, siente que existe para que uno la recorra, pero no valdría nada este loco avanzar si no hubiese un lugar al que volver, si la realidad que descerrajamos nos negara un punto de retorno. El verdadero problema que devasta el mundo es la pérdida de un regreso. Vamos, avanzamos, giramos, nos adentramos en lo profundo o lo merodeamos, pero no siempre disponemos de una casa que nos acoja. Como un útero duradero y fiable. No sé quién de los dos dijo esto. La Historia de la Literatura no se resume, tal como algunos pretenden, en el triunfo del bien o del mal, el del amor o su reverso: toda ella es un viaje de regreso a casa.

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