12.5.17

El reino de los cielos

No hemos aprendido nada.
Ni a morir hemos aprendido,
ni a esperar la muerte.
Nada nos conforta, nada nos consuela.
El camino invita a que lo pisemos,
pero no se sabe de dónde viene
ni hay información fiable
sobre el lugar al que va.
Transcurre la sangre en el cuerpo,
ocupa la ciega extensión de su reino.
Sin descanso la horda terrible de las horas
deja un terco rastro de palabras.
Las pensamos, las decimos, las cantamos.
Elevamos a Dios las más hermosas.
Le imploramos que las acoja y las escuche.
Creemos que nos salvarán.
Cansada la carne y ciega, confiamos
en su dulzura, en su condición de ala.
Persiste el amor como la niebla.
Es un reino el suyo de fantasmas.
Pasean en la noche, no temen lo oscuro.
Estamos a lo que nos echen.
Vivimos a espaldas de la luz.
Somos los que fatigan, a ciegas, la sombra.
Somos torpemente esos fantasmas
y Dios no escucha los lamentos.
Somos los que fatigan el polvo y la luz.
No se nos termina nunca de confortar.
No nos basta el camino. Ni el cielo basta.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Mucho, mucho, mucho tiempo sin venir por aquí. Recuerdo tus reseñas de cine, que leía con verdadero entusiasmo. Ahora veo que has dejado la cosa del cine y tiras para derroteros poéticos. De todas maneras, regresaremos de vez en cuando. Sigues teniendo esa fina sensibilidad. Escribir bien es lo que tiene, compañero,

El arrastrado