11.5.17

Atlas


Mamá es un atlas y papá es un atlas.
En la lógica cartográfica,
en esa serenidad sin futuro,
los países son extensiones del alma.

Tengo el vicio pequeño de ir 
                 de un lugar a otro con el dedo.
Repaso los ríos, voy perfilando 
la longitud retorcida de las costas.
Pienso en la suma sencilla de accidentes geográficos,
en el inventario de ocasionales incidencias topográficas.

Papá yendo al trabajo al abrir el día.
Mamá poniendo en orden la provincia de la casa.
Todos esos años ahora no existen.
El mapa fue calcinado por el olvido.
Las carreteras se pierden página adentro
sin un cielo hondo que las vigile,
sin ardorosas estrellas ni secretas nubes.
No hay ríos, no hay elevadas montañas, 
no hay un cielo azul e invisible en mi mano
al recorrer los ríos y al acariciar las montañas.
Está vacía la luz, no tiene pulso en su centro,
se ve cómo vibra y a cada latido se aleja.

El mapa de la infancia está abandonado 
a su triste suerte testamentaria.
El insensato mapa de la felicidad
convertido ahora en la memoria del dedo que lo surca,
el dedo metafísico, el dedo voraz, 
el dedo que escruta el alma dispersa en los perímetros.

Los libros son mapas de un mundo a punto de ser revelado.

Veremos las ciudades, pasearemos las calles nuevamente.
Es la memoria la que escribe. 
Toco el mapa y siento que regreso.
Me duele el mundo. 
Siempre duele cuando no lo vemos.

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