9.4.17

Intentado recordar un día mejor...

A la música se le atribuye el consuelo con más declarado oficio que cualquier otra disciplina artística. Posee la virtud de sanar lo que anda enfermo o de abrillantar lo que no exhibe, en apariencia, vistosidad o empaque o vigor alguno. No es algo que haya que forzar en demasía, no se precisa un adiestramiento, no hay nada que impida que el menos dotado iguale en sensibilidad al que más la frecuenta, a quien está acostumbrado a que le visite y lo impregne. He encontrado en la música placeres que no he vislumbrado en nada que mi voluntad pueda acometer o que el azar pueda entregarme o restituirme. La bondad de su influencia no es discutible en modo alguno. Es un asunto incontrovertible, que no se deja manosear o rebajar o convertir en un asunto baladí o frívolo. Se puede estar mal (mal adentro y afuera) y sentir que el cielo entero está derribado sobre nuestra cabeza y abrir los ojos y apreciar la belleza de una melodía, advertir que cala y por un momento, aunque sea transitorio, el mundo vuelve a cobrar el sentido que ya no poseía. Para que todo esto cuadre y se aplique, como una especie de posología que contuviera el uso de un medicamento, no se precisa un género, un tipo de composición o un determinado estilo tímbrico. Da lo mismo un aria de Bach que una canción pop de Madness. Un arrebato pop o un cuarteto de cuerda de Brahms. Todas las variantes, cada una en su registro, responden con completa eficacia al cometido que se les encomienda. Esta pieza acudió anoche. La escuché en un coche abierto, aparcado junto al mío. Dentro había una pareja, parecía que discutían, pero no podría asegurarlo. El pudor hizo que no llegase más lejos. A veces pienso que la realidad es una representación teatral a la que uno asiste, de modo que no pienso en si soy atrevido al aplicar mi atención a beneficio de comprensión de la trama. Lo que sí me llevé de ese pequeño acto fue esta maravillosa banda sonora. Madness es una de las bandas de antaño, de las primeras, de las que uno tiene como favoritas cuando empieza a tener bien marcados los vicios y sabe que son irrenunciables. Sé que todavía hacen discos, quizá menores, como si hubiesen perdido la habilidad antigua de hacer canciones perfectas. De eso se trata. De que algo sea arrebatadoramente limpio, ofrecido sin compromiso alguno, con la seguridad de que nos sentiremos reconfortados al escucharlos, vivos y sublimes también, elegidos para degustar incansablemente la belleza. Que sea bueno el domingo.

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