13.3.17

Matrimonio del cielo y del infierno





A poco que indague uno, sin entrar en honduras, descubre que no hay religión en la que no estés condenado a vagar una eternidad por el infierno. No sé si merece la pena buscar la que menos te penalice o la que te aplique un correctivo más benigno. Lo de la eternidad no me acaba tampoco de cuadrar mucho. No hay vida con la que se pueda trasegar sin que exista un fin en el horizonte. Una de las funciones del sueño es precisamente ésa: la de cancelar la realidad, la de encapsularnos durante unas horas para que podamos reponer el brío que se ha ido vaciando durante el día. Hay noches en que, a poco de caer en el bendito sueño, piensas en lo bueno y en lo malo que hubo durante ese día, en la manera en que hemos acometido las obras con las que seremos vistos, con las que los que nos medirán. Quizá la conciencia sea el infierno. Debe estar ahí, cosida a los pensamientos, embutida en ellos, convertida en una extensión fiable de las palabras que decimos y de las que callamos, de los gestos que hacemos y los que censuramos.  El infierno es siempre uno mismo. También el cielo. Toda esa propiedad mística de las bendiciones y de los pecados es sólo literatura fantástica. Anoche leía a William Blake. No he podido evitar dejar escrito aquí una brizna de ese influjo. El lunes no ha sido el infierno tan temido. No obstante, en uno de sus tramos, he percibido el influjo de Blake. Escribió, por ejemplo, que no esperes veneno del agua estancada. También que a la atareada abeja no le queda tiempo para la pesadumbre. Ahí esta la abeja, en su dulce molicie, en la ajena propiedad de la ignorancia. Ni siquiera sabe que existen los fines de semana. A mi amigo Antonio le dejo una frase que solíamos dejar caer en los bares cuando la cabeza anunciaba los quebrantos habituales: el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría. De eso hace pronto treinta años. Hay bares a los que hemos vuelto. Algunos han cerrado. Ahora, en esos locales, dispensan medicamentos o venden tabaco o te convencen para que te afilies a un sindicato o escuches a uno de los dioses de las últimas tierras conquistadas por el Mayflower. Todo viene a ser lo mismo.

1 comentario:

Adanamarth dijo...

Me ha parecido una interesante recomendación. Tomo nota para futuras lecturas.