2.3.17

Los días

Días en que uno vive la vida de la que habla y días que no nos corresponden y con los que tenemos un trato distante, al modo en que se producen las tramas de las novelas o de las películas, como si todo fuese ajeno y en esa dimensión sucediese y no nos incumbiese en absoluto. 

Días precisos como una sílaba tónica, días suizos, días con colmo de aritmética, que nos cuestionan la lírica de las cosas y se incrustan como una enfermedad y nos hacen flaquear y caernos. 

Días Kierkegaard, días con absoluta indiferencia a la intimidad, bruscos, llenos de palabras que conocemos por separado pero que no sabemos manejar si se juntan y nos hablan.

Días mansos. Yo adoro los días mansos. Días en que no ocurre nada. Blancos, los días. De una blancura que intimida.

Días Hal 9000, días Kubrick en vena, días para contar secretos, días que merecen un aparte, donde cuanto sucede es una cosa extraordinaria, días de máquinas más complejas que uno mismo, ante las que palidecemos y nos postramos, como si fuesen dioses.

Días de tres bourbons a última hora de la noche, escuchando Chet Baker, desplazando el miedo a que algo malo suceda mañana por la sensación muy plácida de que el amor nos visitará más tarde y nos hará dormirnos muy cansados, felices, inocentes, blasfemos y puros.

Días para entenderse uno, días sólo para entenderse uno, días que acaban con la evidencia de que sabemos quiénes somos un poco más.

Días de vértigo y de fiebre.

Días como un disco duro al que hemos ido echando cuanto no sabíamos qué uso dar, días de una consistencia inútil.

Días perdidos, días huecos, días grises, días sin que nada verdaderamente hermoso nos visite.

Días de andar por casa con el corazón muy abierto.

Días que parecen muchos días, días con colmo de bondad en las palabras que escuchas y en las que dices, días de una semántica dulce como una lengua en el centro de vaso ancho de whisky lleno hasta de arriba de mermelada.

Días con la sensación de que algo extraordinario está a punto de suceder.

Días sin Dios, días en los que sueñas con Dios, días en los que Dios te visita y te cuenta de qué va la trama celeste y todo eso, pero luego no eres capaz de contarlo,

Días Frank Zappa en el iPod por la periferia del pueblo, a paso rápido, quemando algoritmos y frases de alambique poderoso y sustancia insulsa.

Días como un pen de sesenta y cuatro gigas lleno de valses vieneses.

Días que parecen un gospel, días que parecen un foxtrot.

Días donde ves la cara oculta de la luna.

Días sin entrar en facebook, ni mirar whatsapp, ni escribir en cien caracteres lo bien que estuviste ayer o lo bien que crees que vas a estar mañana.

Días de bebop, días de swing, días de cool jazz, días de grandes bandas, días sincopados.