7.2.17

El tiempo


Siempre asombra constatar que hoy es el mañana que nos dijeron ayer. Del tiempo se tiene siempre una impresión confusa. Siendo el bien más preciado, no habiendo otro que rivalice con él, le hacemos poco aprecio, no le damos el asiento debido en nuestras prioridades, no se le concede la autoridad que merece. Miramos otras cosas, pensamos en otras cosas, pero no en el tiempo. Se hace uno de objetos que ocupan un lugar distinguido, preeminente. Cuando el objeto anhelado se gasta, sin que tarde mucho la mudanza, elegimos otro con el que satisfacer el hueco que dejó el sacrificado. Está el hoy tan lento y está el ayer tan breve. Del mañana no tenemos consideraciones fiables, del futuro nada se sabe. El pasado es un historia que cada uno cuenta como le place o como conviene. K. me dijo que la literatura entera es una reflexión sobre el tiempo. Que no hay autor que no lo haya incrustado, con mayor o menor vehemencia, en su obra. Discrepé sin entusiasmo. Uno escribe de lo que le rodea o de sí mismo. En ambas posibilidades todo está impregnado de tiempo. La certeza de su paso lo ocupa todo. También otras certezas: la de su severidad, la de su supremacía. Tampoco sabemos nada de lo que aguarda cuando el tiempo concluye. Asombra la fugacidad. Siempre es fugaz su paso. Hay días que pasan en un soplo. Días que parecen rebajarse en tamaño, días que hacen creer que contravienen (a su capricho) las leyes de la naturaleza. Luego están los días que no acaban. Días que duran más de lo soportable. Días que se hacen eternos y que parecen contener varias vidas. Nunca se extrae una lección útil de estas evidencias. Anoche, leyendo nuevamente hojas sueltas de Pessoa, en un rato entre la cena y la serie que vemos en casa, pensé en lo dura que fue la vida de este hombre. Por extensión, pensé en lo dura que es la vida en general, en las escasas instrucciones con las que se nos instruye para que la recorramos. Pensé en la fe y en su ausencia, en la felicidad de los que creen y en la felicidad (también) de quienes no lo hacemos. Cada uno avanza según su voluntad. A todos nos une la misma oscura filiación: la del tiempo, la de esa incógnita de la que sabemos tan poco o de la que no sabemos nada y con la que batallamos y de la que nos valemos. Al final será verdad que en el fondo todos somos teólogos. Ejercemos el oficio sin obligaciones, un poco lúdicamente, como si hablar de las grandes preguntas (las de la filosofía, sí, ésa que desean apartar de los planes de estudio los lumbreras del ministerio) nos liberara de tener que sufrirlas por dentro.