11.1.17

Todos los lectores de Poe nunca dejan de serlo



Soy infatigablemente todavía el lector asombrado por la presencia (física también) de un libro sin el que hoy sería otro, yo mismo, pero aquejado de otras dolencias, conmovido por otros intereses, secretamente entregado a otros vicios. Es el vicio el que nos guía, aunque él ande a escondidas y procure, las más de las veces, no aparecer en público, no mostrar nada de lo que después pueda hablarse y ante lo que tener que extender una justificación o un arrepentimiento. Yo soy de Poe antes que del resto de los escritores que me marcaron porque él llegó en la edad en que mi espíritu estaba más abierto. De esa apertura, que se mantiene a ratos y se cierra a conveniencia en otras, saco el impulso para aceptar la incoherencia del mundo y pedir (a gritos en ocasiones) que me continúe asombrando. Como la realidad queda corta, uno tira de literatura. La de Poe fue primordial para que viniesen más tarde todas las demás. No recuerdo en qué año compré este libro. Tengo la costumbre tenaz de apuntar con lápiz la fecha en la que los compro, pero esa tenacidad es falible y alguno, por el azar, por descuido, queda sin signar. La edición decimoséptima salió en 1990, leo en una página de libros de segunda mano. Me intriga saber cuándo lo compré. Me acuerdo de que ya había leído antes a Poe y hasta la portada de algún libro cogido de la biblioteca municipal o prestado por algún amigo, no sé bien ahora. Uno que manejé tenía una cara ancha del autor y unos cuervos entre unos árboles como paisaje de fondo. Lo que me sigue fascinando es este libro, aparte de la importancia (enorme) de lo que contiene. No es El gato negro, ni El corazón delator, ni tampoco La caída de la casa Usher, tres de mis favoritos, sino el volumen en sí, su existencia tangible y fiable. Sigue ahí, en una balda, entre otros con quienes tal vez establezca, sin que yo me percate, una especie de diálogo secreto. Es posible que se hablen entre ellos y digan de quienes los posee (yo en este caso) cosas que no alcanzo a imaginar. Sé de ellos al modo en que ellos (por mi trato, por el amor que les profeso) saben de mí. Quizá haya un par de libros más a los que les deba lo que a éste. Pienso en Ficciones, de Borges. Curiosamente los dos publicados por Alianza Editorial, en su formidable colección de El libro de bolsillo. El tomo de Poe, bien grueso, con un segundo volumen de cuentos menos terroríficos o de menor peso inquietante, está nuevamente conmigo en estos días. Lo cogí sin verdadera gana. Empecé a releer la introducción que hace Julio Cortázar (traductor también de esta edición) y después ya no quise o no pude dejarlo. Soy ese lector de hace treinta y tantos años, cuando paseé de mi casa a una librería de barrio (que ya no está) y elegí el recopilatorio de narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe. Soy ese mismo, no hay excesivo cambio. He leído mucho desde entonces y he escrito también. No he visto trazas de Poe en mi escritura, no al menos alguna que yo haya podido comprender o entrever entre todo lo que he hecho. Habrá alguna, sin duda que sí. Poe estará por ahí, escondido, pendiente de cualquier pequeña trama de la que extraer un episodio turbio en el que el alma humana, la que le atormentó, exprese su lado más tenebroso. Es la tiniebla la que le llamaba. Nos llama a todos sin que lo advirtamos. Lo está haciendo ahora. Esta noche me refugiaré en las sombras. Suena bien. La literatura permite que hagas estas cosas y luego puedas volver, consolado y alegre, a la realidad. A veces dan ganas de no regresar, ya lo sé; en ocasiones es mejor quedarse por ahí, en la parte oscura, en esa ficción sobrecogedora e íntima.

2 comentarios:

Arturo Muñoz dijo...

Tuve esa edición y la presté sin que se me devolviera. Suele pasar, como se dice. El recuerdo es imborrable, Emilio. Estaba un poco estropeada por el uso, como le pasaba a todos esos libros estupendísimos de Alianza que citas en tu escrito. Después de Poe, vía Alianza también, vino Lovecraft. Qué pareja de inquietos los dos. No sería el mismo tampoco, Emilio. Los libros hacen que seamos un poco lo que somos. Depende cada uno. Yo leo más que releo, es verdad, pero hoy mismo rescato en la memoria y en la bilbioteca al viejo Poe y le doy un rato esta noche. Gracias por traerlo nuevamente.

Arturo Muñoz

Felipe dijo...

Siempre he pensado que los libros que tenemos en nuestras bibliotecas, modestas o muy ricas, hablan entre ellos, como bien dices. El diálogo "secreto" que mantienen es cosa de escucharlo. No es bueno poner a Stephen King a la vera de Antonio Machado. Es que no tienen nada que ver absollutamente... Y sin embargo, por eso lo digo, Emilio, ahí los tengo a los dos. Una antología de poemas del poeta andaluz y Misery. Es curioso pensar en eso.