2.1.17

No desear ninguna pequeña bola de cobre en la mano

Alejandro Magno, al acostarse, con temor de que el sueño le privara de las cosas esenciales de la vigilia, ponía una mano fuera del embozo y, dentro de ella, una pequeña bola de cobre. Al caer dormido, por el ruido de la bola precipitada al suelo, se despertaba y podía regresar a sus asuntos, todos de mayor importancia que los guardados en el sueño. La posibilidad de que la vida sea tan corta como para que no la distraiga el sueño es antigua. Hay sueños que pueden interferir más en la vida que la propia vida en esos sueños. De hecho, en lo que entiendo, tengo yo algunos que rivalizan con ficciones poderosas que he leído o visto en una pantalla o en trasiegos de la realidad, cosas vividas, episodios que son verídicos y han sucedido en torno mío. Mi afición por los sueños no es distinta a la de cualquiera, sólo que yo la manifiesto y la difundo con vehemencia. Como el que escribe y de pronto se queda en blanco y no sabe por dónde tirar, tengo sueños que concluyen de manera abrupta y que no me permiten regresar a ellos, moldearlos, darles una especie de oportunidad para que terminen de contar lo empezado. Otros, muy sin embargo, interrumpidos por la injerencia de la realidad (un ruido en la habitación, una urgencia del cuerpo que hay que aliviar) piden a gritos que se les permita el regreso. Es entonces cuando me obligo a dormir de nuevo. Como el sueño ha estado ahí, tan cerca, acude prontamente. Lo que hago, al emboscarme otra vez en esa bruma onírica, es dejarle que termine. La historia, la farragosa historia, en casi todos los casos, debe finalizar. Los sueños tienen desenlace, poseen el rigor de la mejor literatura, adquieren la rotunda presencia de una trama novelesca a la que nos entregamos con fruición y de la que no somos capaces de escapar. Se trata de no poner la mano fuera del embozo, bien sujeta la pequeña bola de cobre: por no permitir que caiga y nos despierte y perdamos la información fundamental, la que falta para que podamos recordar, al despertarnos, los caminos que hemos pisado, las vicisitudes que hemos vivido.