13.1.17

La bondad de las metáforas



Soy de letras porque confío en la bondad de las metáforas. La realidad, al convertirla en misterio, gana en suspense, en literatura. No deja de ser un planteamiento ingenuo el que sostengo, pero a mí me va bien mientras que otros sean los que inventen y prefieran la rotunda bondad de la razón, el peso cartesiano de las cosas y el imperio previsible de los logaritmos y de la ciencia binaria. De hecho, es gracias a ese selecto grupo de iluminados de la ciencia que yo ahora pueda escribir o buscar en el bendito google referencias sobre el CERN o sobre los músicos que tocan en el disco de Chick Corea que suena justo ahora mismo. Por cierto: New Crystal Silence, 2CD: Waltz for Debby, mi favorita de Bill Evans deslizándose por el aire. Pienso en todo esto a propósito del empeño del gremio de los científicos, de los que se alinean con la ciencia subatómica, con el pulso de lo infinitamente infinitesimal, de los que buscan la teología de los números y lampan por ver a Dios dentro de una ecuación o de un colisionador de hadrones. Yo a Dios lo busco en Borges y en San Juan de la Cruz. Ni siquiera lo busco en los textos de los evangelios ni en la misa de los domingos. Soy laico porque confío en la bondad de las letras. Debo tener un ejército de dudas medrando en mi cabeza, pero convivo con ellas y hasta hay ocasiones en las que veo que de esa metástasis benigna (dudas que crean dudas, enigmas que alumbran más enigmas) nacen momentos de una incredulidad fantástica.

Soy incrédulo porque confío en la bondad de mis dudas. Si las mentes pensantes del tostón cuántico dan con Dios y lo ofrecen en prime time, en portada de los grandes rotativos o en botella de 20 ml. embutida en una caja de formas atractivas, me estropean la fiesta al modo en que se la estropean al creyente. Yo, no siéndolo, practico la creencia de que se vive mejor siendo unos creyentes y otros no; caminando algunos por una acera y otros, a capricho, por pura voluntad intelectual o estética, por la otra. La inteligencia, poca o mucha, me dice que es mejor seguir en el terreno de las metáforas. Cada uno hace después lo que viene en gana con ellas. Quienes se abrazan a lo imaginario y creen con toda su alma en que lo que no se ve es lo que verdaderamente nos salva y nos hace mejores y quienes se abrazan a lo imaginario no porque salven o nos hagan mejores sino sencillamente porque contribuyen muy eficazmente al ocio metafísico, a la filosofía de andar por casa, al muy discutible pero noble género de la discusión teológica. Prefiero leer ficción a leer cualquier otro género, pero agradezco que otros prefieran el piso firme, las palabras sin doblez y la mecánica limpia y previsible de los números.