31.12.16

2016 / Fin



Tengan hoy ustedes una noche antológica, una noche sublime, una a salvo de la pesadumbre, una con colmo de júbilo, una festiva hasta el desmayo, una que no deseen que acabe, pero no caigan en el error de olvidar el mañana, el día que se cierne con todas sus luces, también con sus sombras; el año que entra con su vértigo y con su fiebre. Esta noche, no obstante, desfóndense. No sean tímidos en nada, no flaqueen en nada. Sean felices sin otro dios que les guíe que el recurrido Epicuro: que él sea el aliado. 

Miguel Brieva, el autor de la imagen que traigo todos los años, en esta fecha, a mi blog, se lo dice muy claro. El texto no cambia. Los últimos años entran a trompicones, amenazando con llevarse todo por delante. Así que hoy, si pueden, bailen, beban, no escatimen ningún entusiasmo. Volvemos mañana. Pongo aquí, a modo de despedida del año, el agradecimiento por las atenciones que le han deparado a esta página en la que vuelco mis júbilos y mis desconsuelos, en donde me explico el mundo e invito a que se me acompañe. Gracias por las entradas, por las muchas visitas, por los comentarios, por las adhesiones en el facebook, en el twitter, en todos esos escaparates en donde, como decía Cortázar en Rayuela, andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Así que sean felices, ustedes y los suyos, los del goce perpetuo al saberse en el mejor de todos los mundos posibles. Sean felices sin interrupción, prueben y verán que sienta bien.Eso dicen, 

30.12.16

La niebla



Fotografía: Chris Killip

La niebla es un cáncer. Avanza a su antojo, ocupa el cuerpo entero. Los días en que el sol barre las calles nos quedamos en casa y la miramos desde la ventana. No es de fiar el sol. Quema la piel, los ojos duelen. Salimos con la bruma. Cuando lo ocupa todo. Hay días en que jugamos a fantasmas, días en que los fantasmas juegan con nosotros. A veces escuchas palabras, percibes un ruido, crees que el juego empieza a ponerse interesante de verdad. Alguien dice que ha muerto. Lo dice como si lo festejara. He muerto, he muerto. Se puede morir un rato o el juego entero. Entonces es cuando ves la niebla con nitidez. Ella es la que inventa el juego, ella es la que elige las normas, ella es que la gana siempre. Hay dignidad en los perdedores, en los muertos. Cuando alguien gana, no presume. Tampoco se lamenta al perder. En casa, al cerrar la puerta, se echan las cortinas. Sentado a la mesa, pensando en la niebla, se la echa en falta. A veces es la niebla la que nos echa en falta a nosotros y se cuela en nuestros sueños. Huele a niebla la almohada, se cuela su frío antiguo y nos despertamos tiritando. En verano hacemos otros juegos. El sol es un contratiempo cuando has visto lo que puede hacer la niebla por ti. En sueños, si te dejas, aparece. Viene a verte, quiere intimar contigo, contarte qué ha planeado para el otoño. A mi padre le oí una vez contar una historia sobre la niebla. No le presté atención, no la suficiente. Luego no quiso repetirla. Ya ha hablado bastante, dijo. Veranos demasiados largos, algo así. El abuelo se deslengua más, pero ha perdido la memoria. No sabemos si es verdad o lo adorna todo. Al acostarnos, cerrábamos los ojos y pedíamos que viniese. Nunca tardaba mucho. Eran sueños muy buenos, nunca los he tenido mejores. Al despertar, lo recordaba todo. Como si fuese una cosa vivida. Al crecer dejamos de jugar. La niebla nos perturba de noche. Danza en nuestros sueños, los entenebrece, hace que duelan a veces. Debe estar vengándose. Hoy la he visto merodear una plaza. Los niños no se daban cuenta, pero jugaba con ellos. No saben que están enfermos, no hay quien les avise. A mí no me creen. Les he contado cómo fue entonces y veo cómo es ahora. Tampoco vale quedarse en casa. No salir no ayuda. La niebla se cuela por las rendijas, por los huecos. No hay lugar al que no acceda, ninguno en donde no se presente. La niebla es un cáncer, la niebla es un cáncer. Te podrás morir de otra cosa, te vas a morir de viejo, pero lo llevas dentro. Sale de ti, eres tú.

Cuatro cuentos navideños...


Hace unos días volvimos a hacerlo. Años después seguimos buscando a George Bailey en Bedford Falls. La idea de escribir unos cuentos navideños (con su coda en forma de canción) es una de esas costumbres irreemplazables con la que festejamos la amistad. Siempre suelo dejar por aquí el comienzo de mi cuento a modo de invitación para que el amable lector encuentre los otros. El mío de este año sigue los pasos de un sicario teológico en la gran ciudad. Ya han pasado unos días y les he dado buena lectura a todos. Aseguro que son muy buenos. Mi historia, a decir de mi amigo Pedro, no es enteramente navideña, pero creo que hay por ahí un cierto espíritu de fraternidad universal y hasta hay indicios fiables de que los milagros existen. A pesar de lo que dicen sus autores, son buenos de verdad. 
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El diario de los muertos
Leí una vez que Dios te mira desde los ojos de un perro. Por eso nunca mato si hay uno delante. Lo hago sin pudor y lo hago bien. Uno sabe su oficio, reconoce el lugar, se lo piensa mucha veces antes de mandar al infierno a alguien y luego lo envía allí. Ahí acaba mi trabajo. Luego viene el suyo, el de Dios. Los dos nos entendemos a nuestra manera. Todos los muertos que le he enviado, todos esos sacrificados a los que no se les cruzó un perro, fueron mi contribución a la población celestial. Dios decide luego si los acoge o las manda al diablo. Por insólito que parezca, concilio bien el sueño y no tengo pesadillas. A veces la voz de Dios se me cuela en el oído y me susurra cosas que luego no sé recordar, pero no me despierto con el corazón desbocado, ni tengo la sensación de que me reprende o me sancione. Creo que cuenta conmigo para que limpie la tierra de pecadores. Al final, cuando no tenga fuerza o no confíe en mi eficacia, me ofreceré yo mismo, le diré que estoy dispuesto o no cruzaré palabra con Él, tendrá asuntos de más importancia, y me presentaré a sus puertas, le diré que haga conmigo lo que convenga y aceptaré lo que diga sin un mal gesto. Estarán todos mis muertos encantados con recibirme. Me harán entretenida la eternidad, pero si todo se conduce como espero y el buen Dios me sienta a su derecha, seré dichoso y no habrá nada de lo que me arrepienta, ni muerto que me angustie. En la espera de que llegue ese momento, sigo haciendo mi trabajo. Sólo evito a los perros. Me da pudor que Dios me mire desde sus ojos. De hecho, me preocupa la idea de que no sean sólo perros.   (sigue aquí)

La escuela que deseamos


Fotografía: Valentín Vega

Miren con atención la fotografía: cuesta entender que de allí saliese una generación deslumbrante y que la de ahora exista porque ellos se aplicaron y encontraron el tesón y la inspiración para encontrar un sentido a sus vidas y, mucho después, hacer que nosotros demos con el sentido de las nuestras. La escuela es un templo al modo en que lo son las iglesias. No se busque fe en quienes la ocupan, en los alumnos, en los maestros. No, al menos, el tipo de fe que se cincela a diario, confiando en creencias que no encuentren asidero en prueba alguna. Aprender es un gozo comparable a creer. De hecho no dudo que la fe religiosa sea también una especie de aprendizaje lento, del que se extrae un saber que alivia o conforta el espíritu igual que lo consuela la cultura. He visitado y he trabajado en las suficientes escuelas como para apreciar ese sentido catedralicio, ustedes me entienden. En ese orden de las cosas, no hay sociedad que piense en sí misma y en cómo avanzar o en cómo no arruinarse que no la mime. Por eso duele que se la zarandee a veces, que quienes la administran antepongan otros intereses, más bastardos, de más rédito inmediato, o sencillamente jueguen con ella, la desmonten y la vuelvan a montar, por ver si les satisface el manejo y los adornos. Duele que a estas alturas, después de tantos años, se la cuestione, se la tome poco en serio, se le dedique tan escaso margen de las arcas públicas. Lo que uno ha aprendido es que no hay futuro que no provenga intramuros la escuela. No existe país que progrese, ninguno en absoluto, en donde la escuela se exponga a los vaivenes de la moda o a las probaturas de sus políticos. Porque son ellos, los políticos, los responsables de que el templo siga en pie y no se venga abajo. A veces parece que no está firme del todo: se aprecian rotos. Si se la mira con esmero, vemos lo que no cuadra, todo lo que (sin entrar en honduras) la rebaja, la jibariza, la convierte en un establecimiento ajeno a la sociedad, escindido de ella, considerado una extensión poco fiable. De hecho somos los maestros quienes no despertamos excesiva confianza en el pueblo que nos confía sus hijos para que los eduquemos o los formemos o como cada uno estime conveniente etiquetar la labor que ejercemos.

Una de las mayores tragedias, de las que no se levanta cabeza con facilidad, es la de no respetar el oficio del magisterio. Se inventan planes, se articulan normativas, se obstinan las mentes del bien pensar en idear un modelo público sostenible, uno que afronta la realidad circundante y prevea la que se cierne. Se hace todo eso, claro que se hace: lo que desbarata las nobles intenciones es la indiferencia de la sociedad hacia la figura del maestro y, por añadidura, hacia el concepto de escuela. Les molesta a algunos que tengamos las vacaciones que se nos conceden o el sueldo que recibimos. Miran con lupa las horas que empleamos. Zanjan airadamente cualquier conversación en la que exista la posibilidad de que el magisterio triunfe como oficio capital, absolutamente relevante y trascendente. Es de idiotas (de muy idiotas, permítaseme ese esfuerzo hiperbólico) depositar en manos de gente a la que, a sus espaldas, cuando no nos oyen o incluso si lo hacen, le encomendamos la formación de nuestros hijos, de todos los hijos disponibles, de los que en adelante ocuparán los hospitales y nos intervendrán en un quirófano o los que se pondrán una toga y defenderán nuestros intereses o los que montarán coches en una cadena de montaje en una fábrica. No hay trabajo que no sea decisivo para que el mundo gire como debe hacerlo. Otro asunto es que nos gane el desánimo y sólo miremos de frente el hoy, esa franja de realidad en la que hocicamos cada mañana. El futuro es de las escuelas como lo ha sido el pasado. Al maestro se le reverencia en Japón, tengo entendido. No hace falta que entremos en ese protocolo, en ese posicionamiento civil. No se busca la heroicidad, no andamos al acecho de que se nos mire como si fuésemos otra cosa distinta a la que somos. Tal vez nos conformamos con poseer la certidumbre de que los demás saben qué responsabilidad manejamos. Que cuando abre la escuela y empiezan las clases se produce un prodigio, un milagro. Debe ser considerado así. Incluso normalizado, sin que nadie crea que hay que endiosar nada, ni que pedimos algo extraordinario, la escuela es un templo en el que los milagros suceden, en la que no dejó de haber milagros desde tiempos de Cicerón, haya bancos vetustos, pizarras a medio caerse, dispositivos digitales de última generación o la sencilla conjunción (mágica casi) del que enseña y del que aprende. Lo hermoso es que el camino es de ida y vuelta.




29.12.16

La vida no es aburrida


Fotografía: Valentín Vega



A Pepe, A Gabriel, que son los que tengo más cerca

La consigna tácita era derrotar al frío. Ya puestos, en esa inercia combativa, entraba el hambre. Los soldados, involuntarios y ajenos a la guerra que cubrían, crecieron con la firme voluntad de no regresar jamás al campo de batalla. Los mayores con los que he hablado relatan con desapasionamiento la crudeza de los días. Mentan con frecuencia el mendrugo de pan con manteca o las gachas y terminan siempre en la cartilla de racionamiento. No es que fueran malos tiempos, dicen: sólo que no comíamos, ni entrábamos en calor en el invierno crudo. En todo lo demás, recuerdan la bondad del juego, la fortaleza de los lazos que se creaban alrededor de esa crianza tristísima, de poco o ningún alivio, en la que la radio (quien la tuviera) amenizaba los días y amansaba las noches. Quienes no hemos vivido eso, los que nacimos a lomos del progreso, bien izados a su grupa, en el deseo de auparnos más arriba, en los hombros mismos, carecemos de la perspectiva adecuada: no es posible que podamos entender, no hay manera de que sintamos el frío o el hambre o la ilusión de que habrá días mejores. Los de ahora, estos días de google y de hamburguesas, tendrán otros agujeros, se entenebrecerán por otros asuntos, pero ninguno es como aquéllos. De entrada hemos perdido la humanidad del juego, esa sensación de fraternidad con la que se jugaba entonces. Y no hace falta echar la vista tan atrás: basta fijarla en la vida cuando las nuevas tecnologías todavía no habían hecho su brutal acto de presencia. Los niños de la fotografía exhiben la alegría que no corrobora enteramente el decorado que les circunda. Parece que no les duele nada, semejan vivir en un permanente estado de alborozo en el que, a falta de distracciones mayores y de más enjundia, se conformaban con pasear o con azuzar perros o esconderse a ver quién es el chulo que les encuentra. Yo creo haber vivido un poco esa licenciosa existencia, haberme entregado en cuerpo y alma a perderme y pensar que no daban conmigo; haber dado la vida con tal de que la canica entrase en el hoyo; haber pasado mañanas enteras de sábado con las manos en los bolsillos, sentado en un banco de un parque, deseando únicamente que no lloviera; haber regresado a casa con un siete en la pernera del pantalón o un roto inapelable en la punta del zapato por el atrevimiento de confundir una piedra con una pelota; haber intercambiado cromos de la liga de fútbol y brincar, en serio que se brincaba, cuando conseguías la estampa de Gárate o el de Leivinha. Yo, entonces, era del Atlético. Mis tiempos fueron ésos, pero seguro que el amable lector pondrá otros jugadores y pensará en otros motivos. Ya no está ese fervor por la rutina, la bendita rutina de hacer siempre las mismas adorables cosas con los mismos entregados compinches. Porque la amistad, si se esmeraba uno en ella, era un asunto de pactos y de secretos, de entregas y de renuncias. La épica consistía en tener en casa la satisfacción de que la verdadera vida estaba en la plaza o en un callejón en donde se congregaban los gatos o en una explanada que permitía echar un partido, uno pequeño, sin árbitro ni excesivo entusiasmo en el resultado, pero maravilloso y trascendente.

Luego estaba la inminencia de que algo extraordinario estaba a punto de suceder. No sé si la chiquillería de ahora razona estas cosas, si presiente esa anomalía formidable de vivir algo por primera vez o de que harás cosas que nunca había hecho antes. La conmoción de la novedad ha desaparecido porque todo está catalogado y en stock. Porque lo tienen todo. Si precisas algo, es cuestión de tiempo (no mucho a veces, la verdad) que lo consigas. Hay incluso más cosas ofrecidas que cosas pensadas. No somos capaces de procesar la oferta masiva de atracciones. Las de antes, no menores, sino infinitamente menores, tenían la calidad ética que muchas veces éstas de hoy no poseen. Se manejaba uno con poco y se las apañaba para que esa minucia maravillosa contuviese el mundo entero en su interior. Y más atrás, en los tiempos del hambre y del frío, los que yo no viví, se contentaban con menos aún. Sentían que todo era un privilegio, una especie de regalo. Ni siquiera tenían el refugio de la lectura. Los libros, los que existían, no estaban al alcance y, de haberlos, no eran fáciles de adquirir ni, en ocasiones, apropiados para que el despertar del ingenio lector se instalase de un modo indeleble, creciente, insobornable. No hacían falta, los libros. El sucedáneo era la calle, el simulacro de ficción no era preciso porque toda la ficción posible estaba en las aceras, en las plazoletas, en el campo para quien pudiera acercarse a él. Todo lo que nos hace sentirnos especiales cuando entramos en la literatura estaba a mano en la calle. Hoy, salvo quien todavía sabe qué milagros alberga y qué felicidad procura, no se vive la calle. Les decimos a los hijos que vuelvan pronto, se la demoniza, se la convierte en un campo minado para la adversidad, cuando es la mejor escuela. Sucede que se la suple en casa: se buscan los sustitutos óptimos, los que hacen que no haga falta vestirse, salir, intervenir en el correr aleatorio de las cosas y modificar el curso de su existencia. Lo hacemos, sí, intervenimos en ese correr, modificamos ese curso, pero en videojuegos, que no son malos en sí mismos. Las redes sociales, a su modo, también contribuyen a que nos encapsulemos. Se vive bien sin que nos amenace el frío, ni el hambre. En facebook, en twitter, en todos esos émulos de la vida a los que, no se salva casi nadie, nos entregamos con fruición, en la consideración de que sabemos frenarlos o de que obedecen a nuestros deseos. Ya se sabe que no es así y de que va camino de que sea aún peor.

Todo se olvida rápido o no se llega ni siquiera a entender para que de pronto nos demos cuenta de que ya lo hemos olvidado. Lo que permanece y se le concede la diligencia más exquisita en su relato merece la mayor de las atenciones. Por eso nunca desoigo a los abuelos cuando cuenta las batallitas del glorioso o del penoso pasado. Escucho cómo se aplican en dar una pátina de humor a lo contado. Citan nombres enteros de amigos que hace sesenta años que no ven, conversan sin desmayo sobre las desventuras que sufrieron y, antes de acabar, piden a quien escuche (alguien habrá, dice el más descreído de ellos) que no vuelvan esos tiempos. Que estos, siendo malos, se sobrellevan bien. Que hay hambre y hay frío, sostienen, pero no es ese hambre, ni es ese frío. A todos nos coge la lluvia a cubierto o a la intemperie. Nosotros vivimos en un mundo en donde yo puedo levantarme, prepararme el café, sentarme en el ordenador y contar una parte del mundo que no viví, pero hay quien no ha podido llegar a viejo y dejar caer, a título narrativo, sin pretensiones heroicas, lo que presenció, toda esa crudeza con la que se crió y que le hizo, a estas alturas del camino, sentir que la vida ha sido cualquier cosa menos aburrida. 

28.12.16

La amabilidad de los extraños



Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños. Lo dijo Blanche DuBois por boca de Vivien Leigh en Un tranvía llamado deseo, la obra de Tennessee Williams que llevó al cine Elia Kazan y que supuso, entre otras cosas, la irrupción del Actor's Studio, con Marlon Brando de bandera, en Hollywood. Hoy pensé en esa frase. Me vino a la cabeza sin que atinara con las palabras exactas que pronunció Blanche. No hay manera de cribar qué recordar y qué no, cuándo tendrás en la cabeza un verso de Poeta en Nueva York o un estribillo de The Beatles. Acuden las frases (o las imágenes o los sonidos) sin que nada las reclame. Hoy de camino de vuelta a casa (después de un agradable periplo de bares con buenos amigos) escuché la frase por ahí adentro y ya no pude soltarla. Por más que he pensado, no tengo ni idea del porqué de su visita, ni tampoco de los porqués (habrá más de uno) que me hacen depositarla aquí, no sé si a modo de petición para que alguien la acoja y me libere a mí de su peso. Uno acarrea muchos, no exigen que se les preste más atención de la precisa, pero incomoda que se entrecrucen y se mezclen con conversaciones que tienes con los demás o las que, en ocasiones, uno monta consigo mismo. Ahí estábamos los dos, Blanche y yo, de vuelta a casa. El recado que dejó Williams en su obra de teatro (la frase antológica de su personaje frágil y necesitado de afectos) perdura así, imagino. No hace falta ver de nuevo la película, ya que no he leído nada del autor en libro. Lo que sabemos, todo lo que prorrumpe sin permiso, ese bagaje a veces inútil de frases o de imágenes o de sonidos, dice cómo somos. Sin doblez. Libremente. También uno depende de la amabilidad de los demás, sean o no extraños. Con ellos, con los que no conoces y tratas, siempre sentí una especie de inclinación natural a tratarlos como si de verdad les conociera. Como si hubiese estado con ellos antes. No es algo que prevea hacer, nada que yo organice para que el trato discurra con más naturalidad. Sale solo, se arrima a la realidad sin que yo lo organice ni cribe. El mundo, en cierta forma, parte de él, pertenece a los extraños. Yo me muestro amable con quienes no conozco. Lo hago sin pensar en después, en si yo mereceré esa atención o si alguien la apreciará. En cierto modo no me importa ni una cosa ni la otra. No sé hacer otra cosa. Otro asunto es que a veces cueste. Depender de la amabilidad como Blanche no es sensato tampoco.

The OA / Otra impresión


(Puede contener pequeños spoilers) Cosas que están bien y que están mal al tiempo. La creencia de que no podrás defender ante los demás los vicios que tienes por mucho que los conozcas y por mucho (también) que hayas pensado cómo hacerlo, de qué manera explicarlos. No se puede sostener con firmeza que uno sea bueno todo el tiempo. Somos buenos y somos malos. La posible belleza que portamos flaquea y se aparta y, cuando menos la esperamos, acude y se queda. The OA, en la que sigo, plantea que existan otras dimensiones. Que los que están a punto de morir reciben información del más allá que puede hacernos acceder a alguna de ellas o a todas. Que la humanidad es, en esencia, buena, aunque el mal planee las ciudades y haga su campaña por desbaratar la armonía. Es posible que la serie entera hable de la armonía. Como si fuese una oración de ocho episodios. Sólo que no hay un dios al que interpelar, ninguno con el que conversar. La espiritualidad es hueca: lo que se cuenta es una doctrina antiquísima en la que una especie de secreto se va expandiendo. Si vivimos en una dimensión de entre muchas es posible que cualquier día colisionemos con una muy próxima. Leí un cuento hace tiempo en el que alguien sostenía que los sueños eran ese limbo doméstico en el que se unen todas las que cosas que se rechazan. Anoche yo vi ciervos en una especie de enorme instalación deportiva. Pastaban sin hacerlo. Los recuerda hocicar, masticar sin que nada hubiese en sus bocas. Si nos dedicásemos a contarnos a diario los sueños que hemos tenido compondríamos un mapa más o menos fiable. The OA propone una cartografía, un modelo, un sistema de acceso al más allá. Lejos de ser ciencia-ficción al uso, su patrón es plenamente romántico. Todo es una gran historia de amor. El Ángel Original de Prairie y el héroe homérico. La épica, sin embargo, es casi nula: no hay batallas que se venzan, reinos que se conquisten. Los personajes son piezas de una trama a las que se entregan con agradecimiento. Intervienen porque están fascinados por la historia que les cuenta Prairie cada noche. Como una Scheherezade que sabe que su final está cerca. La historia que han trenzado Brit Marling y Zal Batmanglij es mística y no lo es a partes iguales. Deja una puerta abierta a que concurran atenuantes más prosaicos. Se le ve a veces una especie de decaimiento, un no querer avanzar más. Por miedo a quedarse en el aire tal vez. Por pensar que nadie se prendaría de un experimento narrativo. Los premios y las audiencias manejan otros estándares. He dicho estándar y me ha dado un crujido interno. Como si nombrara al mismísimo diablo, pero esa es otra historia y no hace falta ir a otra dimensión para contarla como merece. A mi amigo Mycroft, que no ve a Stephen King por ningún lado, le daré argumentos para seguir discutiendo en el hilo privado. Seguro que sí. Los ciervos están de camino. Queda un poco de pasto en el polideportivo.

27.12.16

The OA / Primera impresión



A veces uno desea que no le den las cosas hechas: prefiere no tener todos los datos, andar a ciegas. Incluso a sabiendas de que le pueden dar gato por liebre, se inclina por el asombro, aunque se le ha hecho subir tan arriba o ir tan lejos que después no haya manera de que le hagan bajar o volver. Luego está la consideración de si es siempre necesario que todo esté resuelto o de que exista un fin a cada principio, aunque eso es reflexión para otro momento. En este: también, en otras ocasiones, no desea que le enreden mucho. Quiere una buena dosis de evasión: anhela que se sepa quién es el asesino. Buscamos el nombre, la evidencia tangible, el punto con el que se cierra la frase larga que hemos estado leyendo. Nada de eso tiene The OA, la serie que programa Netflix Es una historia desconcertante, una de esas que rumias en la cabeza mientras esperas la cola de la charcutería o un amigo te habla de lo que hizo ayer al salir del trabajo. No se puede hacer nada para que esa especie de irrupción no deseada concurra y se quede. De hecho no es éste el mejor momento para que yo me explaye, habida cuenta de que hace un mal cuarto de hora que he finalizado los ocho episodios. Tengo la impresión de que he disfrutado y también de que no. Albergo la sospecha (fundada) de que soy yo quien tiene que aportar una parte de la trama que deliberadamente se escatima. Porque los guionistas, astutos y brillantes, juegan a que deliremos al modo en que lo hacen los personajes. Nos deslumbran en cada plano, en cada giro de la trama. Hay suficientes anzuelos como para que piquemos en una posibilidad o en otra. Las hay en abundancia. Todas, a pesar de que no parezcan que ensamblan, lo terminan haciendo. O al menos yo he visto cómo se van arrimando, aunque tampoco tengo eso del todo claro.

The OA no nos dejan alternativa: o entramos en el juego o nos quedamos insobornablemente fuera. De hecho, pensando en si recomendarla o no, he decidido no hacer ni una cosa ni otra. No diré qué me pareció o las razones por las que pediría que no se la perdieran. No es que no vaya a dejar aquí spoilers: es que no haré nada a favor o en contra de que se le dé una oportunidad. Si hay segunda temporada, como acabo de leer, la devoraré, pero no importa que la cancelen. Me satisface lo visto, me fascina lo que me han enseñado hasta ahora. Con diferencia, es la serie más adictiva que he visto. No porque sucedan muchas cosas y todas te atrapen. No porque el guión sea un prodigio narrativo. Hay decenas de series que defendería con más ardor que The OA. Lo que no tiene ninguna de ésas que adoro es la extravagancia de ésta. Ninguna se acerca al grado de delirio colectivo que tiene The OA. Tendré tiempo de asimilarlo todo y es posible que me aclare más adelante. Escribir hace que todo se despeje un poco. Ahora está todo ahí bien guardado. Prairie es un ángel, uno de ellos. No siendo una historia de amor, no lo es, de verdad que no lo es, he visto pocas historias que estén impregnadas de tanto amor. No siendo una historia de ciencia-ficción, no lo es, no al menos de un modo académico, he visto pocas historias que tengan ese vuelo fantástico, ese trasegar entre lo místico y lo policíaco. Se rinde uno ante la rareza. Piensa que la verdad es extraña también. Y no deje de rondarme la cabeza de que podría haberla escrito Stephen King. Será porque ando metido en faena con su Quien pierde, paga. Es muy grande King, ahora que lo pienso, verdad, Antonio? A ti te encantará The OA. Dile a Alberto que te la agencie.


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Lo bueno de que pase un año es que no sepas si ha sido el mejor o el peor que has pasado. Se vive bien sin pensar tanto. No conviene hacer balances, inventariar lo que se ha hecho o lo que se ha dejado de hacer. Al calendario se le da más importancia de la que tiene, pero a veces, según se tercie, me da por pensar en todo lo que estaría bien hacer y no hago. Una idea lleva a otra y me conforta saber que hay otras a las que me aplico con diligencia, de las que me valgo para ir ocupando los días y conciliar el sueño con la convicción (más o menos firme) de que todo ha ido bien y que mañana toca repetir. No se me ocurre ningún balance que importe. Los que compongo en la intimidad, los que no se airean, no me importunan, casi concluyo que me agradan.

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Hace pocos días le envié a mi amigo José Antonio mi pequeña contribución a su post de cuentos navideños. Hoy he tenido un rato para leer los de los demás (son cuatro) y releer el mío. Anoche me enchufé dos sesiones de cine clásico. Volví a ver Al rojo vivo Qué bello es vivir. Sesión doble. Me acosté con la felicidad de quien hizo lo que debía. Como si en ese momento, en esas cuatro horas de cine, no tuviese otro oficio que ver cine. Como si antes y después no hubiese nada que me importara o nada que me tuviese que importar. Se tira uno una parte considerable de la existencia haciendo lo que demás esperan. Considerada esta afirmación en profundidad, produce pánico. Hay alivios disponibles, modos de vencer el vértigo. Uno de los más eficientes es la literatura. Leer da un consuelo inmediato y duradero. El asunto de la escritura es complicado. Creo que ya no es posible escindir de mí al escritor. Tampoco haría falta, no habría motivo. En alguna ocasión me he decidido resueltamente a dejar de escribir, pero nunca se me ha pasado por la cabeza renunciar al cine o a las novelas.

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Todo lo que le dije que haría y no he emprendido no me atormenta. A mi amigo K. se le ocurrió en cierta ocasión la idea de que yo podría recluirme en la habitación en la que escribo y no salir jamás. Dijo, sin que yo advirtiera traza alguna de broma, que podría existir ahí dentro, feliz y completo, rodeado de todo lo que sabía que me hacía feliz. Una especie de búnker, dijo. Creo recordar que escribí un cuento sobre eso. Alguien que decide refugiarse en su casa y cerrar todo contacto con el exterior. Leer de nuevo al capitán Ahab y ver ballenas blancas en sueños. Escuchar a Bach hasta que notas que estás llorando. Escribir la novela aplazada largamente. Hoy no haré ninguna de esas cosas recomendables. Saldré a la calle, tomaré café en un bar, pasearé mi pueblo. Hasta puede que mire los escaparates por si veo algo hermoso que regalar. A mí siempre me ilusionó que me regalaran discos y libros.


26.12.16

El año de la poesía

Alivia la poesía. Creo que casi nada como la buena poesía para que te sientas nuevamente en armonía con el cosmos. Hay poemas que confortan como sólo el amor sabe hacerlo. Poemas en los que de pronto encuentras un sentido a la existencia. De no existir la poesía, no habría mundo que girase. Son los poetas los que han hecho que prosperen las civilizaciones y se enseñoree la belleza. Todos somos poetas, aunque no lo apreciamos a diario, ni haya evidencias tangibles de que es poesía lo que hacemos. Somos poetas y somos teólogos. Un poco de lo uno y de lo otro o ambas cosas juntamente. Dios, en cierta medida, es una especie de poeta de lo etéreo. La creación que se le atribuye sólo puede encuadrarse en un poema. Todo lo que se lo ocurrió (y ya saben que en tanto poco tiempo) es cosa de poetas. Un novelista no podría crear el cosmos. Se le iría de las manos, se expondría a que un hilo de la trama quedase sin afinar o que todos, a su manera, se malograsen por una ambición desmedida o por no cuidar del estilo o de la sintaxis. Visto todo con perspectiva, Dios es un novelista. Lo hizo mal, no se esmeró, podía haberse empleado con más ahínco, no ponerse un horario, qué absurdo lo de los siete días y la necesidad de descansar después. El poeta, en cambio, está más cualificado. En estos días en que acaba el año, yo me quedo con la poesía, con Dios, con George Michael (Last christmas I gave you my heart...), con el desenlace tristísimo del Coro Ruso del que ahora, de fondo, hablan en televisión y con todas las metáforas que me consuelan cuando llega el caos y nos mira de frente. Ojalá Dios fuese un poeta.

Ver qué hay afuera

El mejor plan no es no tener ninguno a mano, nada que hacer, ni que espere nadie que hagas. Hay días en los que sólo tienes ese anhelo. El de no ser visto. Hay más días en los que no dejas de hacerte ver. Pones el pie en el suelo y se sabe dónde estarás y qué estarás haciendo. Se puede montar una especie de manifiesto de campaña en el que se hace inventario de los pasos que das y de los lugares que visitas. El de hoy tiene toda la pinta de ser uno de esos días huecos. Están abiertos a que se los llene a capricho. No se espera nada asombroso de ellos, no hay tampoco evidencia de que nada los saque de su tránsito manso. No importa que nadie nos llame, ni que tengamos que pronunciarnos con solemnidad sobre algo trascendente. No se nos va a pedir cuentas cuando el día acabe. Ni se nos ocurre a nosotros estar al tanto de lo que hacen los otros y, mucho menos, hacer que nos cuenten. Se vive bien en esa pequeña armonía doméstica en la que despachas quintos de cerveza, tapas de queso, novelas largamente abandonadas o escribes un poema larguísimo que guardas para subir al blog más adelante. Un día en el que no piensas en nada de lo que acostumbras y vas de una actividad a otra sin urgencia, un poco también sin empeño. Da igual hacer esto o lo otro, abrir otro quinto o servirte un plato de berberechos, poner un CD de Ella Fitzgerald (uno con standards de Cole Porter) o asomarte al balcón por ver qué hay afuera. Lees, con pena, que han muerto George Michael y Gil Parrondo. Piensas en Faith y en Dr. Zhivago. Cosas que no tienen hilo que las una, pero que hoy se ensamblan por obra de la muerte. Y piensas también en Kafka. Hay veces en que, sin venir a cuento, aparece Kafka. Necesito que alguien me explique a qué viene esta aparición inesperada. Vendrá Kafka con su desánimo bajo el brazo, me dijo una vez K. en una noche de farra. Y acabar el día con el mismo pijama con el que te levantaste. Qué lujo eso del pijama.


25.12.16

Berg en Mahler


Berg escribió Lulú sin pensar en Mahler, pero a mí me recuerda a su séptima. No recuerdo cuándo escuché Lulú. Tampoco cuándo la séptima. Uno va olvidando las cosas. Quizá porque no son relevantes. Hay quien administra con mimo los datos. Cuándo hizo esto, cuándo lo otro. Si en el año mil novecientos ochenta y siete tuvo su primera revelación mística o en el ochenta y nueve encontró en otro cuerpo el verdadero sentido del cosmos. Soy de los que piensan que el cosmos está en los lugares más insospechados. No está ahí afuera ni está en los libros de los que entienden. Está adentro, en el corazón, en el alma, en todos esos lugares a los que los poetas les dedican su empeño. Ya no sé si soy un poeta. Si lo he sido a tiempo parcial, mientras desgranaba unos versos, o se es poeta a tiempo completo y todo agita el lado sensible. De la poesía tengo la impresión de que nos visita a su antojo y no hay manera de que podamos convenir que aparezca a voluntad propia. Uno trata de ordenar todo esto y desbarra. Será desbarrar el estado natural del que escribe. Uno escribe y el lector, el eventual o el cómplice, encuentra los significados. Ahora mientras que el lector lee este texto, sube la mirada y me encuentra arriba del texto, cuando debería estar debajo o dentro. El poeta tiene su periferia y el lector, la suya. Me hago estas consideraciones sin que las suscite propósito alguno. No deseo saber. Me conformo con no dejar de hablar. Dijo alguien que escribir era una forma de que no te interrumpan cuando hablas. Algo así. Hay quien se preocupa cuando hablo mucho y quien lo hace cuando no lo hago. K. me dijo que es bueno no decirlo todo, dejar algo, no exponerse en demasía. Por otro lado, sigo sintiéndome bien expuesto. Me lo reprendía mi abuela. No llames la atención, me recomendaba. Tú deja a los demás, tú observa. Eran esas o eran otras las palabras. No valieron mucho o han valido en parte, según las circunstancias o la incontinencia sobrevenida. 

Ahora no me gusta Lulú. Hasta creo que en realidad no me gustó nunca. Me prestó un CD un amigo hace muchos años. Dijo que descansara de tanto jazz. De Mahler guardo querencia por ciertos pasajes, pero yo casi no tengo que ver con quién los escuchó entonces. Ya digo que voy olvidando las cosas. Unas más que otras. No somos quien nos precedió. No somos quien vendrá después. Es este presente impreciso el único asidero del que disponemos. Está el día haciendo que oscile su luz. Está la luz apartando las sombras. Luego viene la noche. La de ayer fue consoladora. Me venció el sueño muy tarde. Caí rendido como hacía tiempo que no sucedía. Como suele pasar, imaginé que el cansancio extremo me depararía sueños intensos, de los que no se apartan cuando abre la mañana. No ha sido así. No tengo nada que recordar, no hay ninguna imagen en mi memoria. A lo sumo un tren que se pierde en la distancia, pero no tengo la certeza de que esa escena la haya inventado mi deseo de que la noche no fuese en blanco. 

24.12.16

Respeto, educación, cultura, sensibilidad


Un momento de los ensayos del coro de 500 personas en el Auditorio en una edición anterior de 'El Mesías' participativo de Haendel. Fotografía: Samuel Sánchez (El País)
Lo que no hay es respeto. No sé si andamos hacia el bien o es el mal el que toma cuerpo en la calle. No percibo en las conversaciones de los supermercados o en las tertulias de los platós de la televisión o en el congreso de los diputados que haya respeto. Ni siquiera, en ocasiones, lo siento cerca en la escuela, por más que los maestros batallemos a diario por integrarlo en los planes de estudio, en las programaciones de aula o en las competencias que nos hacen consignar como si no tuviésemos otra cosa que hacer o como si no supiéramos que en breve, en cuanto se les antoje, cambiarán a otro modelo, nos harán aprender nuevas claves y gastarán tiempo y caudales públicos en venderlo como la panacea que fueron los antiguos. Entiendo muy bien que William Christie, el director de orquesta, interrumpiera, en mitad de un aria, El Mesías de Haendel en el Auditorio Nacional de Madrid hace pocos días cuando sonó repetidamente el móvil de un asistente. Christie conminó al causante del incidente a que abandonara la sala y prosiguió con la función. Tuvieron suerte quienes estaban allí. En otras ocasiones, ha salido del escenario y ha dado por concluido el evento. Lo que irrita de todo esto es que una persona que de verdad ame la música clásica y haga el esfuerzo de pagar un buen precio por ocupar una butaca y dejarse conmover, aislado del mundo y de sí mismo, permita que suceda una cosa así. Da lo mismo que Christie tenga fama de gruñón y se le vean venir las malas pulgas a la mínima: puede hacer lo que venga en gana. Su trabajo consiste en restituir la música escrita en las partituras, en hacer que los músicos se ensamblen y la belleza prorrumpa. En lo que no puede intervenir es en la educación de quien asiste a lo que él ofrece. Leo que no sólo ha ocurrido en España, lo cual no consuela, pero advierte de un cierto estado de las cosas globalizado. Como si el mundo se estuviese viniendo abajo y nada importara lo más mínimo. Si somos capaces de permitir que sucedan las catástrofes terribles, no hay motivo para que nos preocupe un móvil en mitad de un aria. 



No sé dónde está el respeto en el cine. A veces creo que todos deberíamos ser Christie y reaccionar enérgicamente cuando alguien, a título particular, por voluntad propia, estropea el visionado limpio de la película. A la sala grande del cine sigo yendo con la frecuencia que puedo, pero no hay vez en que no entre con la sospecha de que alguien malogrará esa intimidad absoluta que se produce cuando las luces se apagan y comienza la función. Las veces en que he padecido la cercanía de alguien que decide hablar o reír o atender de modo enfermizo su móvil me prometo no volver nunca y ver las películas en casa. Promesa que, por fortuna, nunca cumplo. En casa, perdido el romanticismo, elabora uno el escenario alternativo idílico y lamenta, al finalizar la película, no dejar la butaca, no salir del cine y no andar con la trama que hemos visto metida en la cabeza. Ayer, viendo Rogue One con mi hijo, sentí que no todo está perdido. Tuvimos la sensación de que las naves galácticas volaban el hiperespacio sólo para nosotros. Y pensé en Christie y en el móvil infame que hizo que, al menos hoy, todo el mundo hable de que El Mesías fue interrumpido en el Auditorio. En España se habla de cultura cuando le sale un roto, cuando su periferia (los móviles, la falta de iniciativas estatales, el IVA o la vida privada de quienes la trabajan) se hace visible. Seguimos mirando el continente más que lo contenido. Luego dirán que es la escuela quien debe procurar esa impregnación, la de la cultura, la del respeto, la del silencio cuando la belleza aparece. Somos muchos los responsables. No es, en exclusiva, la escuela. Yo, en mi aula, pido continuamente que mis alumnos escuchen con atención y pido, sin que todavía me haya sentido descorazonado o haya flaqueado mi voluntad, que se respeten entre ellos. El anhelo es el de evitar que los christies del futuro echen de la sala al insensible de turno. Porque es una cuestión de respeto, sí, o de cultura o de educación, pero sobre todo es una cuestión de sensibilidad. De haberla, no habría que hacer nada más. Ella hace que entremos en la sala con solemnidad y sintamos que lo que vamos a contemplar o a escuchar está hecho para nosotros y se le debe expresar un agradecimiento, aunque sea invisible. Da lo mismo que programen el Mesías de Haendel o Rogue One

23.12.16

Dj's de blues



Esta mañana escuché un disco de Ten Years After, la estupenda banda de Alvin Lee. En cierta ocasión, en un pub en Priego de Córdoba, Antonio me refirió las bondades del blues que hacen los blancos. No hay vez que no escuche a Rory Gallagher, no son pocas, en que no huela el fondo del vaso cuando has acabado la cerveza. Esmerándose uno, percibe el aroma turbio de la nicotina en el aire y ve, en esa bruma casi onírica, el trasegar de los amigos. Algunos, ajenos al runrún del blues, se limitaban a soportarlo, sin dar a entender que les molestase; otros, impulsados por una suerte de estremecimiento ancestral, hacían mohines, se retorcían en un espasmo imaginario al que seguía otro más vistoso. Al término del baile, cuando se escuchaba el último estertor de las cuerdas de la guitarra de Lee o de Gallagher, volvían a una normalidad anómala, que producía extrañeza. Yo me sentía bien en los dos lados. A veces hacía como Joe Cocker en el escenario y movía los dedos en una guitarra improvisada; en otras, quizá atareado en una charla que me interesase mucho, me desprendía del halo eléctrico y me centraba en las palabras. Lo que todavía recuerdo es que no eran conversaciones como las que teníamos afuera. Dentro del pub, bendecidos por esa liturgia doméstica, el blues lo impregnaba todo. Hace tiempo que no voy de pubs de ese o casi de ningún otro modo. Son etapas (imagino) y ésa, tan feliz, se dejó atrás y se abrazaron las que vinieron, con igual consistencia, abriendo los ojos o las orejas a otras invitaciones, sobrecogidos por distintas influencias. Cuando comparto con los amigos una pista de baile, cerveza en mano, caigo en la cuenta de que no entiendo la música que hace que se brinque o que se contonee uno. La entiendo porque su función es la misma, pero no posee historia, no tiene dentro a gente chiflada como Rory Gallagher o Alvin Lee. Hace un par de noches, invadido por decenas de vatios bastardos, metido en faena, decidí desistir, renuncié a que una tromba infame de sonidos que no entiendo ni comparto hicieran que yo me desmelenase, verbo que hará reír a quien me haya visto en persona. Representé lo mejor que pude el papel de integrado y juro que de cuando en cuando, sin atender a si me sentía o no observado, me moví como si el mismísimo DJ me hubiese pedido que no me perdiera un solo compás. No hay DJ's de blues. O los que tienen inclinación se guardan, esperan el público cómplice, piden que alguien les escuche y entre en la homilía. Por lo demás, en lo dicho, queda la idea de que éste que subscribe no es proclive a exhibirse sin que se le arrime lo que le envicia, todas las cosas (las grandes y las pequeñas) con las que ha crecido y que le han hecho ser, para bien o para mal, el tipo que es. Más allá de estas consideraciones personales, el blues blanco no rivaliza con el negro. Mayall era muy bueno, pero yo suelo quedarme con John Lee Hooker,

Los días se persiguen




Hoy leí algo que decía un buen amigo mío al que cada vez veo menos. Sostenía que la novela es el único lugar del mundo donde cabe todo. Lo vuelve a decir Eduardo Mendoza, entrevistado en prensa. Hay novelas en las que está el mundo, es cierto. A mí, después de leer algunas, me quedo con las sencillas, las que no ambicionan mucho o las que, pareciendo de asunto menor o no ajustándose al canon clásico del género, el que vierte Bloom o el nuevo lumbreras que surja, luego se alambican, se extienden hacia adentro y no tienen fin dentro de la cabeza de quien las ha leído. Acabo de terminar Jakob Von Gunten y siento justamente eso, la sensación de que la historia está creciendo en mi memoria, se está apoderando de una parte de la realidad o está consiguiendo que esa realidad, sin que yo medie en el tránsito, se deje abrazar por la voz del esforzado Gunten, aprendiz de tanto, modesto y sencillo ser humano que sólo aspira a servir y a elevar su servidumbre a las más altas cotas de excelencia. En los tejemanejes que el alumno registra en su diario está el mundo en sí mismo. No falta nada, ninguna voz. Hablan los seres bajos y los humildes, a decir de uno de los dos, Jakob o el mismo Robert Walser. Pensar en él (en Walser) retirado del mundo, en la clínica psiquiátrica donde estuvo recluido treinta años y donde murió, me hace pensar en que de algún modo esa idea estaba planteada en la novela. Cabía, cabía y estaba. Sólo hace falta leer, cuidar de que no se escape nada. No sé si no conocer esa circunstancia, la de saber sobre la vida del autor, incide o influye o modifica la lectura que se haga de su obra. No debiera y, sin embargo, sucede, la manchamos, la contaminamos con esa periferia innecesaria. Hoy he empezado a ver una serie en televisión de la que no había tenido noticia alguna. La han puesto en la parrilla principal de Netflix como novedad interesante. Se llama The O.A. Acabo de terminar el primer episodio y estoy desconcertado, feliz y desconcertado. He estado tentado de leer algo sobre la serie, pero no lo he hecho. Evitaré caer, la veré sin ninguna injerencia externa. Hay días que deberían vivirse con esa especie de pureza cultural. No saber nada de ellos, no proceder con el sesgo que proporciona la experiencia, actuar como si todo fuese nuevo y se nos estuviera presentando. No sabemos hacer eso; yo, al menos, no tengo ni idea de cómo afrontar esa aventura vital. Los días se persiguen, nosotros observamos. Un día es como una novela. Cabe de todo. Hoy mismo el día ha sido una novela. Creo que de género introspectivo. Será que estoy cansado.

22.12.16

Leibniz con Cutty Sark


A Alfredo Buenadicha, buena persona.

Una conversación de anoche con mi amigo Alfredo me hizo acostarme con la duda de si las mónadas de Leibniz son extensas o inextensas. No suelen ocurrirme estas cosas, pero es sabido que uno no gobierna lo que sueña y, en ocasiones, tampoco la vigilia ni que lo a ella le concierne. En un uno de los varios sueños que me asaltaron el mismo Leibniz, ataviado con una enorme peluca de época,gordo y con cara de satisfecho, me hablaba en latín escolástico o en alemán, según la intensidad de los argumentos. Por lo que entendí, en esa bruma dulce del sueño, las razones de peso, las enjundiosas, precisaban de la contundencia del alemán, su terrible maquinaria fonética, mientras que las divagaciones se manejaban bien con el latín. De cualquiera manera, como no conozco esos idiomas, me conformaba con ver qué gestos hacía Leibniz, y cómo se movía su peluca majestuosa. En un tramo de la escena, creí que, en lugar de ser el filósofo, era algún rey francés de la época, pero desechaba al momento esa sospecha porque una parte de mí se sentía relajada y feliz con el Leibniz, y además porque a mi amigo Alfredo, con el que sostuve una conversación sobre cristianismo antiguo y sobre dioses egipcios, le tira más un filósofo en su cubil que un monarca en su trono.

Hoy, nada más despertarme, la palabra mónada ha ido percutiendo en mi cabeza pasillo abajo hasta que esa efervescencia de índole metafísica se desvaneció completamente al entrar en la cocina y escuchar las noticias que mi mujer tenía puestas en la televisión. La realidad, la que preocupaba al bueno de Leibniz, con sus mónadas y su unidad y su caos, con su lleno absoluto y su vacío incoherente, desaparecían frente al terror de las bombas y la maldad de quienes las ponen. No sé qué me deparará el día. A poco que prevea, irá a saltos, como suele. A los momentos de plenitud les sobreviene una flaqueza inadvertida que, sin durar mucho adentro, precede a otra especie de estallido de jovialidad. Así van las horas persiguiéndose. De lo que no tengo duda es que esta noche no tendré la misma conversación, aunque me encuentre con Alfredo o quedemos y con un vaso de whisky en la mano, a la puerta de una gozosamente alargada comida de escuela. No siempre están a mano esas charlas deliciosas de dioses y de hombres, de santos y de pecadores. Es muy difícil llegar a ese acceso puro de verdad o de ontología o de misticismo encaramado a la bruma etílica o al sopor digestivo. En cuanto le vea, le hago retomar el argumento en donde lo dejamos. Creo que fue en la parte de los evangelios en donde empezaron a gestarse todas las metáforas. Los dos somos así felices. Carmen y Toñi no daban crédito. Creían que eran efluvios de los licores. No andaban alejadas. Qué sencilla felicidad de amigos. Ah, quedamos en que el próximo día le metemos mano a Schopenhauer.

19.12.16

Las palabras mágicas


Yo creo que no hay mejor sitio en el mundo para escribir una novela triste que un balneario para tuberculosos. La montaña mágica, la imponente obra de Mann, no habla de la tristeza; ni siquiera es un argumento secundario de entre los muchos que la cruzan. Lo que cuenta es la historia de la lentitud. También es un monumento al aburrimiento. No porque la novela sea aburrida, a pesar de que algunos tramos incomoden, deseemos que corran más aprisa, sino porque hace un estudio pormenorizado del tedio, que atenaza a todos los personajes, impregnando sus conversaciones. Sobran muchas de las que larga Settembrini, un vividor, un filósofo, un hombre de su tiempo y un coñazo, según uno soporte sus digresiones. Imagino que no hay personajes como los de Mann en la vida real, en la de las calles, en la de las terrazas de mi pueblo. Siempre pensé que la verdadera vida estaba en las novelas de los grandes escritores. De pequeño recuerdo que me llamaba la atención lo bien que hablaban los personajes de las películas. Las suyas eran conversaciones que yo jamás escuchaba en casa o en la escuela, conversaciones de una profundidad enorme. Todavía sigue esa fascinación, perdura la idea de que un personaje secundario de una película italiana de los cincuenta es capaz de formular oraciones que yo no sabría. En Deadwood, la imponente serie de la HBO sobre el nacimiento del Oeste americano, entre otros asuntos de más hondo calado, los personajes hablan como si les insuflara el mismísimo Shakespeare una brizna de su genialidad. Y el caso es que los escucha uno con absoluto asentimiento. No hay renuencia, no existe nada que pueda parecerse a un rechazo o una incomodidad. Gusta que los demás hablen bien. Se enreda la cabeza en la bondad de las palabras, se engolosina con los adjetivos o con esa especie de subordinación hipotáctica, de recorrido largo, que sabes dónde empieza y abres la boca mucho, por puro asombro, cuando adviertes dónde ha acabado. Pensé en las novelas tristes hoy, nada más levantarme, hace un momento. Será porque es lunes o porque ayer estuvimos todo el día en casa o porque no rige uno qué se le va a venir a la cabeza nada más poner el pie en el suelo, poco después de que la trompetería apocalíptica del despertador te robe de la felicidad consoladora del sueño. El de anoche es deliciosamente caótico. Es curioso: jamás usaría en la calle, en una conversación con un amigo, el adverbio deliciosamente matrimoniado con el adjetivo caótico. Sin embargo, una vez escrito, me agrada. Amamos la literatura porque amamos el lenguaje. Estamos prendados de que exista. No lo manifestamos, no vamos por ahí diciendo que amamos la lengua que usamos, pero es la verdad. Que el lunes vaya bien.

17.12.16

Viajes con K. / La literatura es una burla que se le hace al tiempo



                                                            Fotografía; Edward Norton

K me dijo: Uno está condenado a vivir una única vida posible. Que sea plena en experiencias, que se la premie con viajes o con amistades, con libros o con afectos, no rebaja la idea de que concluye o de que esa conclusión la rige el azar en cierta medida. El deseo de inmortalidad, tan antiguo, arrimado a todas las culturas, esgrimido como chantaje espiritual por casi todas las religiones, no palia esa orfandad de la que hablo. No es que debamos vivir eternamente; lo que sucede es que a menudo no tenemos ni idea de cómo vivir ni el transcurso de un sencillo y minúsculo único día. A mi amigo K. le fascinan estas diatribas existenciales. Desea, en el hondo fondo de su alma, ser cuántico. Dice que en la física cuántica puedes vivir varias vidas al tiempo o incluso sucesivamente. Puedes levantarte aquí y a media mañana estar en otro lado. Le hago ver que no hace falta la física avanzada: que yo ayer estuve en el transcurso del día en cinco o en seis lugares. Que a uno le siguió otro y así hasta que a eso de las dos de la mañana el sueño me venció y caí a plomo en la cama. Trato de hacerle ver que hay muchas vidas en cada una de las pequeñas vidas que creemos estar ejecutando. Este diálogo nos trae buenos ratos de cuando en cuando. A K. le gusta que se le contraríe. Basta un argumento que no le cuadre o un frase que no se ajuste a su manera de pensar. Hay que vivir adrede, le contesto. Saber qué sucede en cada momento. Ayer, sin ir más lejos, deseé estar en una fotografía que vi en un suplemento dominical. Luego busqué al autor y la alojé en mi blog. Estuvo ahí toda la noche hasta que esta mañana la he subido. Lo que no he logrado es que yo pasee esas calles de lo que, en lo que entiendo, parece Nueva York. En una vida cuántica quizá puedas estar en donde desees. Sólo tienes que pedirlo, dice K. Los libros son cuánticos, añado yo. Te permiten oler las hojas de hierba de Walt Whitman o visitar pueblos olvidados en una zona de costa pensada por H.P. Lovecraft. He leído algunos que me han hecho viajar tan lejos que no he deseado volver y otros que, estando muy cerca, me han hecho sentir muy lejos. Otros que no me han movido del sitio, pero sentí como si me explicaran lo que me circundaba como si lo estuviese viendo por primera vez. Hay libros cuánticos, pero también hay vidas cuánticas. Vidas que suceden como si fuesen libros o libros que son vidas tangibles y fiables. El tiempo, ah el tiempo. Es de lo que estamos hechos y lo que no podremos conocer nunca. La literatura es una burla que se le hace al tiempo. 

16.12.16

Sigrid / Aquí todos flotamos




No sé de qué salva escribir, pero no puedo concebir una vida sin que me la cuenten, sin que otros escriban para que yo los lea. Cuando el volumen de lectura es brutal, no escribo. Prescindo de interferir en esa restitución metódica que proporcionan las historias ajenas, las que yo no controlo. De hecho se trata de una cuestión de control. El escribir te da la libertad que no te proporciona nada en este mundo. Insisto en decir que no hay nada parecido. Todas las cosas placenteras que ganan en esplendor a la escritura no alcanzan la satisfacción moral (o estética o intelectual) que te ocupa el alma entera cuando escribes. Es curioso otro hecho: el de la convivencia entre el lector y el escritor, entre quien elige la opción de que le narren o el que se decanta por narrar él mismo o, en el peor de los casos, en el más doméstico y también triste, el de narrarse. Lo que ocurre cuando uno lee es que la soledad adquiere un sentido formidable. Escribir también embellece la soledad, la acaricia y la adora sin doblez alguna. No buscamos nada, no se desea escapar del mundo, no es ése el motivo que causa ese placer, ese amor puro. Uno entra y sale de la realidad cuando lee o cuando escribe. Entradas y salidas de duración variable. Recuerdo haber estado una noche entera leyendo de modo convulso, un poco enfermizo. Se me reprendió en casa, creo recordar también, que castigara así mi vigilia, que la forzara a ese trasnoche libresco, que no tenía (a ojos de los que me censuraban) sentido alguno. Lo tiene, sí  lo tiene. La realidad, de la que no se huye necesariamente, está a mano y sólo el que ha metido su cabeza en un libro conoce la alegría que produce el regreso a lo real, a sus primores sencillos, incluso a su rudeza. Se sabe que existe un refugio, una especie de búnker, de patio privado, de sueño dirigido a placer por otro y volcado en nosotros. Nunca agradeceremos lo suficiente la existencia de que Robert Louis Stevenson escribiese La isla del tesoro o de que Robert Walser, antes de que le devorara la locura, dejase escrito Jakov Von Gutten, la novela que acabo de terminar hace poco más de una hora y de la que todavía no he salido, por más que me haya puesto un café en la cocina o de que haya estado hablando con mi mujer sobre lo que ha acontecido hoy en la escuela. Los libros de verdad son los que se quedan adentro. No se tiene una propiedad perenne, pero están siempre ahí cuando les pedimos asilo, cobijo, la posibilidad de que nos permitan volver a ellos, aunque no los toquemos, ni recordemos fiablemente cada pequeña trama de las muchas que nos confiaron.

A lo que no renunciamos es a esa posesión preciosa, no se sacrifica, no se canjea: en mi cabeza sigue existiendo el Capitán Trueno. Una parte considerable de todos esos recuerdos de la infancia está impregnados de sus aventuras. Las conozco, he vivido con ellas durante cuarenta años. Están a recaudo Goliath, Crispín y Sigrid. Ahora pienso en cómo la miraba. Sigrid, la reina de la isla de Thule, podría haber sido ese primer amor inalcanzable, la constatación brutal de que yo deseaba ser el Capitán Trueno y poder acudir en su ayuda cuando, ah Víctor Mora, ah Miguel Ambrosio, me la raptabais, la metíais en aventuras y la salvabais al final del capítulo, cuando todo parecía que estaba abocado al desastre. Ésa es la herencia que he recibido: la imagen imperecedera de su arrojo  y de su belleza, las dos cosas juntamente. Nunca después una heroína parecida o, de haber existido alguna, sería de rango menor, llegada a destiempo, en esa edad en la que uno ya conoce el valor de la fantasía y la crudeza de lo real. La literatura, no necesariamente la Gran Literatura, sino la pedestre, la de escuchar las historias y recorrer el mundo a sus lomos, perdura con la misma intensidad que los recuerdos de lo que hemos vivido. No es posible separar un ámbito del otro. En cierto modo, cuando pienso ahora en los años en que empecé a leer a Cortázar, se me viene a la cabeza la Facultad en la que estudié y los amigos que me hice y ahí anda, de por medio, entrando y saliendo de la escena, la Maga, fumando Gitanes, escuchando a los demás, sin entrar al trapo mucho o, de hacerlo, entrando con fiereza. Tantos años después, sin que flaquee ese aprendizaje, sigue uno leyendo historias. Las desea con más ardor, las anhela con mayor empeño. Hay historias que no sé contarme, que no es posible que yo pueda escribirlas. De ahí que lampe por encontrar una voz que me las susurre. Da igual que sea el Capitán Trueno o Funés el Memorioso, Travis Bickle, La Maga, Dorian Grey, Frankenstein, Gregor Samsa, el coronel Kurtz, Peter Parker, el capitán Ahab, Dartagnan, Gatsby, el reverendo Harry Powell, Jekyll o Hyde, Scrooge, Luke Skywalker, Norman Bates, Rufus T. Firefly, Smiley, Holden Caulfield, Humbert Humbert con su Lolita, Romeo con su Julieta, Alicia, Alonso Quijano, Peter Pan, Atticus Finch, Sherlock Holmes, Sam Spade, Jane Marple, Justine, Buzz Lightyear, Shylock, Bonnie con su Clyde, George Bailey, Darth Vader, el inspector Closeau, Harry Callahan, King Kong, José Arcadio Buendía, Roy Blaine, Jack Torrance, el Jabato, Conan el Bárbaro, Indiana Jones, Drácula, Monsieur Hulot, Vito Corleone, Norman Bates, Thomas Ripley, Tarzán, el Doctor Mabuse, Nosferatu, Juan de Mairena, Jim Hawkins, James Bond, Lisbeth Salander, Stephen Dedalus, Phileas Fogg, Oliver Twist, Pennywise, Hercules Poirot, El Pequeño Nicolás, Pippi Calzaslargas, Pinocho, Mickey con su Pato Donald, Scarlett O'Hara, el profesor Tarantoga, Mycroft, Othello, Joel Barish con su Clementine, John Silver el Largo, George Kaplan, el Padre Brown o Íñigo Montoya, y me dejo tantos...Los personajes van y vienen, pero nunca se van. Se puede contar con ellos, se dejan querer y nos acompañan a menudo sin que tengamos que llamarlos.

adenda:
Mi amigo Antonio tiene un personaje sólo para él.


15.12.16

El odio



                                                          Fotografía: Europa Press


Lo único puro es el cielo: lo demás es caos, es odio y es sangre. Las ruinas de abajo, las de la ciudad devastada, no deberían tocarse nunca. Cuando haya paz se debería acordonar la zona demolida y dejar que sea pasto del tiempo y los drones registren cómo crece la hierba y empiezan a izarse los primeros árboles. Que nadie entre, pero que todos la miren. Que sea la evidencia de la maldad de los hombres. Que ilustre a los que vengan sobre lo perturbados que estaban quienes dispararon las bombas y la hicieron polvo. Es el polvo lo que quedará al final, en un final hipotético. No hay nada que añadir. Da una tristeza muy honda. Sin entrar en quiénes son los buenos y quiénes los malos, la guerra es un negocio en el que nunca gana nadie. Pierden las ciudades. La de Alepo es la ciudad de la vergüenza. No hay quien sostenga un solo argumento que justifique ese holocausto. La misma palabra holocausto, en su firmeza fonética, carece de justificaciones. Hay palabras que no deberían haberse inventado nunca. Holocausto, hecatombe, hambruna, horror. Es curioso que todas lleven hache, que es muda. No ha dejado de haber conflictos en los que han ido cayendo ciudades. Vistas cuando la población se ha marchado, observadas fríamente, parecen un escenario cinematográfico. La propia guerra, sin fijarse en su parte verídica, es una especie de representación teatral. Lo malo de que la ficción lo impregne todo es que no sabemos mirar la realidad con el respeto que merece. A todo le asignamos una cuota de simulacro. Alepo es la ciudad del lejano oriente en la que todo el mundo está jodido o está muerto. Parece una de esas frases con las que se abren las novelas fuertes, las duras, las que, conforme se leen, se cuestiona el estado del bienestar y la paz con la que conciliamos el sueño cada noche. No sé muy bien qué sentido tiene hablar de ciudades muertas. Porque hablar de los muertos es una costumbre antigua. Hoy miramos la ciudad. Nos fijamos en los agujeros que han dejado los bárbaros en las casas. No han podido barrerla del todo, reducirla a cenizas, como quien dice. No hemos aprendido nada en todos estos milenios de convivencia. Estamos peor que al principio. Entonces, cuando todo comenzó, no había saña. Entonces, en los primeros tiempos, no existía el odio. Ahora el odio avanza como la peste. Gana adeptos, se curte en las batallas, escribe su discurso, se cree legítimo, pero es odio, puro y visceral odio, el odio que no se para cuando se ha cobrado la pieza y sigue arañando y dando bocados.

Polvo, tiempo, sueño, agonía


                                Fotografía: Semana Santa (Cuenca, 1950) Nicolás Müller

En algunas fotografías importa más lo que no se ve. El ojo se afana más en imaginar lo que el fotógrafo oculta. En algunas novelas muy extensas que he leído todo conduce a que descubramos una realidad que no aparece en ninguna página. Hay días de los que recordamos algo que estuvo a punto de pasar o que sucedió y no lo percibimos o no le dimos entonces la importancia que luego cobró. De la vida, en ocasiones, se tiene la impresión de que nos guarda un acontecimiento extraordinario, uno que le dará un sentido o que la justificará ante nosotros mismos o ante los otros. Nos fascina lo invisible, nos conmueven las cosas que no vemos, todo lo que nos aguarda en la sombra o en el sueño o en la parte que no enfoca la cámara o a la que no pueden acceder nuestra mirada. La creencia en que no se muere uno cuando le abandona la vida se sustancia en esta voluntad de no conformarnos con lo tangible, con todo lo que la luz ilumina. Nos enredamos en la ficción que ofrece la literatura porque rinde la parte de la realidad que no es posible vislumbrar sin que otro nos guíe. Creemos en Dios porque es una especie de escritor absoluto. La suya es una novela infinita. Estas líneas que ahora escribo están en alguna parte de la trama. Yo, sin que lo advierta, soy un personaje. No importa que consienta participar en la historia, ni que me moleste que se me reclute sin mi aprobación. Lo que a mí me atrae de Dios es precisamente esa parte metalingüística, la semiótica, la posibilidad de que podamos fantasear y ejercer también de escritores absolutos. Como si, al inventarlo, le atribuyésemos una autoridad y, al tiempo, pudiésemos arrebatársela en cuanto se nos antojase. Toda la ficción literaria proviene de ese deseo íntimo de tener una oreja que nos escuche. Dios no es el Ojo: es la Oreja. No pedimos que nos vea: lo que anhelamos es que nos preste atención y escuche lo que le decimos. No hace falta pedir: basta contar. Ese diálogo doméstico puede ser precioso. Es la parte invisible de la parte invisible, el lado oculto del lado que no se ve. En esa privacidad ocurren los sueños, imagino. Siempre es fácil volver al poema del ajedrez de Borges, el del Dios que detrás de Dios la trama escucha o empieza de polvo y tiempo y sueño y agonía. 



14.12.16

Soy muy bueno viendo cine negro de la RKO


A mi amigo Rafa Padillo, rkoista declarado.
A mi amigo Pedro del Espino, el trasegador de imágenes.

Hacer algo tan bien que no parezca que se esté haciendo, llevar la maestría al extremo de que no produzca la impresión de que algo extraordinario esté sucediendo, sino que fluya con normalidad y se asiente adentro y sepa uno que ya no es posible evadirse de ese pequeño resplandor interior. Yo he pensado en qué ejerzo esa maestría, sobre qué asuntos exhibo un dominio firme al que no afectan el rigor de lo real, el roto grande que produce vivir, aunque forcemos a diario las maneras para que los días nos besen. Hay algunos que besan con más ardor que otros y los hay que arañan y rompen, días en los que no se alberga la esperanza de que florezca algo bueno. He pensado en qué me manejo con esa soltura formidable, la del maestro que oficia su trabajo, la del paciente obrador de su propia causa. Tras haber pensado (en serio que le he dedicado tiempo) sólo he llegado a la conclusión de que soy muy bueno viendo cine negro de la RKO o de la Paramount. Me vale, sin que se resiente ese ardor primigenio, Universal o la Warner. He sentido placer confesable al ver a Sam Spade buscando en los bajos fondos un halcón maltés o a Philip Marlowe aceptando el caso de dos hermanas de familia noble y vida turbia o a Cody Jarrett diciéndole a su madre, a poco de morir abrasado, que está en la mismísima cima del mundo o al infame, corrupto y gordo Quinlan, sediento de mal o, una de mis favoritas, la del agente de seguros que se deja engolosinar por la cliente rubia y le hace el trabajo de liquidar al marido. He sido feliz al asistir a esa representación del mal, he apreciado mi inclinación natural a dejarme conmover por el blanco y el negro impecables que en la pantalla dibujan el mundo. Creo que no hay cosa que haga mejor que ésa. Hay otros asuntos que se me dan bien, en los que salgo airoso si los acometo. No siendo pudoroso en absoluto, reconozco que sé hacer ciertas cosas y que hasta podría enseñar a otros a procurarse la misma intendencia que yo poseo, en las que me aplico con absoluta naturalidad. No es una distinción que sólo yo haya adquirido: la cumplen con igual o mayor calidad muchos a mi alrededor. No albergo la vanidad de pensar que únicamente yo las acometo con esa solemnidad y calidad de las que aquí presumo.

Aparte de mi apasionamiento cinéfilo o de mi entusiasmo a la hora de escuchar la trompeta de Chet Baker o el piano de Oscar Peterson o del noble vicio de releer cuentos de Borges o de buscar poesía en las librerías, sé estar solo, anhelo a veces ese momento en que nadie te distrae de lo que has decidido hacer. Hasta hay veces en que no hay particularmente nada que hacer. Ni siquiera escuchar a Bill Evans, leer a Thomas Mann o ver la última película de Woody Allen. Todas esas distracciones culturales no rivalizan con el momento en que mi mente se disipa en la contemplación limpia de la realidad. En ocasiones reparamos en el paisaje que nos rodea, en los objetos que nos circundan. No se les da aprecio, no se les tiene (creo yo) el respeto que merecen. Ayer vi a un amigo enganchado a su cámara. Paseaba el pueblo. Parecía no tener prisa. Sólo tenía esa voluntad de mirar otra vez todo aquello que ya había visto cientos o miles de veces. La idea es que hay algo que, a pesar de que se conoce, puede asombrar todavía. Pensé en el placer que le esperaba, en esa caza sin víctimas en las que el ojo acecha lo real y lo aprisiona, lo recluye en su memoria (en la de la cámara) y lo fija en el tiempo, como si fuese una especie de compensación a la certeza de que el tiempo lo acabará erosionando, corrompiendo, haciendo que pierda su esencia o dándole otra, otra que no coincide con la que nosotros barajábamos. De verdad que soy bueno en estas cosas: en la RKO, en la Paramount, en la MGM... No hay vez en que acabe una de esas películas en que no sienta la convicción de que una parte de mí, no creo que una desdeñable, existe únicamente para que yo la siente frente a la pantalla y le proporcione su pequeña ración de cine negro. A las alturas de mi vida en las que estoy todavía ando buscando mi lugar en el mundo. Voy eligiendo uno y descartándolo, fiándome de que alguno que sospecho fundamental lo sea fiablemente y zafándome de los que de verdad no me incumben y no son míos ni lo serán en modo alguno. Uno de los lugares a los que pertenecemos debe ser esa restitución doméstica del placer, venga de donde venga, proceda del lugar que sea. Es una especie de refugio, un monumento a la intimidad más pura.

13.12.16

Trenes

A veces nos gana la añoranza de las cosas que vivimos poco o incluso casi ni vivimos siquiera, pero que se impregnaron bien fuerte adentro. De entre todas, la que más echo en falta es la cercanía del tren, pero ni siquiera la idea fluida del tren, el que circula, recorre una distancia que nos transporta de un lugar a otro. Es la estación la que ocupa esta melancolía, la posibilidad de que el mundo se abra en ese edificio noble, antiguo a ser posible, en donde nacen y mueren todos los caminos. En las estaciones hay tanta o más vida que en cualquier otro lugar de la ciudad. Está la vida tangible y está la que se especula, la vida con la que el narrador engolosina su ocio y entretiene la espera. Recuerdo la de Córdoba, no la que hicieron cuando se inauguró el tren de alta velocidad; la que yo viví fue la estación vieja. Ahí está una parte de mi vida; no sé si una considerable o trascendente, pero justamente la que ahora siento desplazada en mi memoria, ocupada por recuerdos nuevos, como si no cupiesen todos, como si pugnaran por instalarse en un espacio de más relevancia o más sencillo alcance. Quizá los recuerdos sean también trenes que van de aquí para allá por la cabeza, subiendo y bajando escenas de la vida que se ofrece en el trayecto. Me quedo con el otro, con el tren lento, el que no gana adeptos porque se zampe los kilómetros sin que nos percatemos del viaje. Yo lo que deseo es percatarme, sí, degustar la distancia. No perder nada de lo que custodia mi memoria, no permitir que el olvido se permita ejercer su oficio y acabe devorando las cosas más preciosas. El tren fatiga la distancia que nos separa del olvido. La hace pequeña o, en el caso de que no logre ese deseo, produce la sensación de que es pequeña y de que el viaje es disfrutable y único también.

11.12.16

Kafka sin Kafka



No sé mucho de la vida de Kafka. No he leído ningún libro biográfico, ni tengo información más allá de la que aparece en ocasiones en suplementos culturales de prensa o en notas encontradas en blogs de amigos (Carmen Anisa lo adora, Juan Pedro García lo adora) o en ciertas revistas literarias a las que acudo con cierta frecuencia. No sé mucho y, al tiempo, de alguna forma, no preciso saber más. He logrado que Kafka no interfiera con el escritor Kafka. Se hace a veces difícil separar lo escrito de quien lo escribe; la persona, del autor. Podría añadir a Lovecraft o a Borges, a Cortázar o a Pavese. Debiéramos leer sin que nos contamine la periferia de la lectura. Estar en Jakob Von Gunten, en su instituto escolar, comido por el frío y por el tedio, sin pensar en que Robert Walser murió en la nieve en una clínica psiquiátrica de Berna en la que fue paciente durante treinta años. Pensar en Neruda y no escuchar su voz acaramelada, como de niño que ensaya la fonética de las palabras y las declama como si estuviese rezando y Dios le escuchase. Pensar en Onetti sin caer en la visión del cenicero en la cama y las colillas ocupándolo entero, escribiendo su prosa impecable desde la enfermedad o desde la pereza más absoluta o incluso juntamente con la influencia enriquecedora de ambas, si es que tal cosa pueda pasar. Dicen que la última rendición de las causas y los azares de la desdichada vida de Franz Kafka contiene trazos de una existencia no tan triste, a pesar de la tuberculosis, de sus proyectos matrimoniales frustrados o de su temor a que nada prosperase y la vida no le invitara a nada mejor que escribir a la salida del trabajo. Leo ahora que entretenía a los amigos proyectando la sombra de sus manos en las paredes o que era especialmente habilidoso en chispeantes juegos verbales. Deberíamos leer a Kafka pensando en Poe. Hacer que en nuestra cabeza se impregne bien fuerte la idea de que fue Poe quien escribió La metamorfosis o América. Hacer que Kafka o la idea que nos hemos hecho de Kafka reemplazara la que tenemos del mismo Walser, encerrado en el psiquiátrico, esperando que la muerte lo alcance en un paseo invernal a las afueras del recinto de su pabellón. Leer sin información añadida, podemos decir. No manejar ni siquiera nombres. Dejar de manejar nombres y sólo ocuparnos de la bondad de lo leído, pero es sólo un pequeño volunto dominical. Ni siquiera yo, proponiendo esto, sería capaz de llevarlo a término. A veces la propia vida del escritor se cuela por la evidencia tangible de su obra. Sin que ellos, al escribirlo, lo pretendan en absoluto, pero sucede. Poe planea por Poe. Lovecraft es una especie de espectro que pasea pueblos deshabitados en donde se ocultan dioses primigenios. Kafka es Gregor Samsa con más frecuencia de la que desearíamos. Samsa convertido en Kafka. En otro orden de cosas está leer la novela o la poesía de quien conoces, con quien has paseado o tomado café o empinado el codo en una barra de viernes. He leído con absoluto alborozo cuentos y novelas de gente a la que profeso un afecto muy grande o a quienes admiro no ya como escritores sino como personas, de esas (ya digo) con las que hablas de fútbol o de lo mal que está la educación o los precios del marisco en las plazas. Esa lectura, hecha así, sabiendo quién está detrás, es curiosa también. ¿Cómo separar la persona y lo que sabemos de él y lo que nos ha confesado también del autor, de quien ha volcado otro yo, no lo dudo, pero íntimamente el mismo? Uno mismo, al escribir, se escinde también, se hace dos o tres o los que se precise para que, en esa disolución, el yo real se desvanezca o desaparezca de cuajo incluso, pero todas estas cosas, al ser pensadas, también se desvanecen, se pierden, no sabe uno cómo acometerlas, con qué palabras volcarlas. El domingo se ha puesto una brizna kafkiano. Roto asumible. Lo remendará el sol en la calle. Hoy luce con elegancia. Luego saldré a ver si distraigo las obligaciones (cien exámenes que corregir, por lo menos) y lo saludo. Al sol, digo.

10.12.16

El blues de Willy Wonka



Fotografía: Elliot Erwitt (Gentileza de mi querido sobrino Alberto)

No siempre tiene uno la familia que desea. Ni siquiera la mejor que pueda tocarnos en suerte lo es a tiempo completo. La felicidad (sea lo que a cada uno se le antoje) se ejerce de modo discontinuo y no siempre fiable. De la familia se tiene a veces esa idea un poco subversiva de que conviene que esté cerca y otras, bien lejos. Hay tantas familias como personas desean formarlas. Las hay de todo jaez. Conozco algunas que se llevan de maravilla y, en apariencia, jamás discuten. También las que confirman la ocurrencia de Groucho Marx de que la familia es una gran institución; por supuesto, contando con que te guste vivir en una institución. No creo que sea malo que existan tantos modelos de familia o que la tradicional esté en entredicho o (sencillamente) no cuente con los predicamentos morales de antaño. De puertas hacia adentro, en la intimidad de las casas, no hay nada que desde afuera deba ser evaluado, observado con esa mirada que algunos dejan caer con la superioridad de quien se sabe poseedor de un rango moral superior o de un conocimiento que los otros, los de más abajo, los menos agasajados por la inteligencia o por la rectitud, no tienen.

A veces recuerdo a Willy Wonka, el personaje de Charlie y la fábrica de chocolate, la estupenda obra de Roald Dahl. Le decía a uno de sus visitantes lo poco estimulante que era la familia para fomentar el genio creativo. En realidad, no hay compañía que no malogre cualquier inclinación artística. Da igual que sea montar una novela, pintar un paisaje o componer una sinfonía. Yo creo que he escrito de noche. Casi todo lo que he escrito ha sido al dulce amparo de la noche. Era (sigue siendo) la única manera de que mis adicciones (los vicios de la escritura y de la lectura) no restaran tiempo a mi vida familiar. No tiene nada que ver una vida con la otra. Al escribir, se requiere un encapsulamiento especial. Un retirarse, un no estar, un no ser interrumpido incluso. La idea que he ido conformando (matizada, discutible) es que es imposible ser escritor a tiempo completo. Con lo feliz que yo sería, le digo a K. Me levantaría pensando en la obligación de escribir, en la de rendir cuentas conmigo mismo, de entrada. Como tal cosa no sucede, y está bien que sea así, dicho sea de paso, se escribe a estas horas, se cuenta el mundo a oscuras, se deja constancia de cómo funciona cuando afuera todo está apagado y en casa, mientras uno teclea el teclado, los demás duermen, ajenos, anchos, felices y ajenos. 

9.12.16

Episodio de sueño con corzo

Soñé que atropellaba un corzo o me levanté con la idea de que en una parte del sueño mi coche lo atropellaba. Al final del sueño, a poco de despertarme, el corzo volvía a pasar por la curva en donde mi coche lo derribó y yo daba un volantazo que evitaba el accidente. Los sueños, al menos los míos o ése mío de anoche, dan la segunda oportunidad que la vida no ofrece casi nunca. El tiempo, en los sueños, es un material moldeable, de fácil gobierno. En el transcurso de la mañana ha habido dos circunstancias (da igual cuáles, no importa qué las animó) que hubiesen requerido que no perteneciesen a la realidad sino al sueño. En esa bruma de las cosas, pensé en que al final, una vez que todo ha concluido, el incidente del corzo no difería en exceso de los otros, de los que  no nombro, porque no es necesario que se consigne aquí nada de esa otra parte. Que justo en este instante las dos cosas están alojadas en el mismo depositorio de la memoria. Ambas, cada una a su modo, comparten el mismo rango. La ficción rivaliza con la realidad. El relato de lo que ha sucedido no es mucho más fiable de lo que se ha fabulado. Además, por si no lo he contado, no conduzco.

8.12.16

Las rosas de Saramago


Es triste y es cierto que quien ha dado rosas una vez ya sólo puede dar rosas. Se lo leo a Joaquín Ferrer, en su facebook, en un comentario a una fotografía que ha hecho a la figura de una Virgen. Él lo trae de Saramago, al que leí con apasionamiento y del que  me desprendí sin que intermediara una razón sostenible. Hace un par de veranos volví a leer su Viaje a Portugal, y no me fascinó como antaño. Nada grave. La próxima vez encontraré el hueco por el que pasar que ahora no he franqueado. No creo que debamos dar siempre rosas. Hay veces en que las rosas acuden sin que las llamemos, no sabemos bien el porqué, pero prorrumpen, se presentan y hablan por nosotros. Incluso las cuestionamos, bien a pesar de que las haya alumbrado nuestro trabajo o nuestra inspiración. No creemos que podamos estar a esa altura. Se teme ese instante de lucidez en el que uno crea algo que sabe muy bueno. No hace falta que venga nadie y lo halague: hay una constatación objetiva. Se aprecia que hemos encontrado una perspectiva novedosa o muy vista, pero igualmente hermosa, o que la manera en que hemos juntado las palabras (o Joaquín la luz en las estupendas fotos que hace) es la manera idónea de que se junten. Lo que no perdura es la sensación de que podemos volver a afinar así. Se jacta uno de lo leído (que es ajeno) y no de lo escrito (que es propio). Lo sentenció Borges hace cuarenta años y sigue siendo válido. No tenemos a veces todas esas rosas adentro. Damos algunas, las rosas del numen puro, todas esas rosas que Milton trajo del sueño y las impuso a la realidad inexplicablemente, pongamos, sí, de acuerdo, pero no hay quien esté siempre inspirado. Y en cierto modo hasta es bueno que sea así y no haya una iluminación permanente, un estado de gracia perpetuo, ese constatar a diario de que somos estupendos. No hay nadie que lo sea. No se puede brillar a tiempo completo. Una brizna de brillo, un pequeño esplendor valdría. En la intimidad, en ese instante en que el autor habla consigo mismo, llora. Es un llanto de una suavidad que enternece. El llanto privado libera de todos los demás llantos, los públicos, los que te anulan ante los demás, los que te rebajan o te desaniman. Las rosas de Saramago son elocuentes, expresan un deseo que no se aviene a la realidad, la merodea, la mira desde lejos (la mira poéticamente) y luego se aleja. Sólo sirve como frase preciosa. Y la sombra de que lo hecho es de verdad bueno no debe durar en demasía en la cabeza. Zafada la idea, todo fluye mejor, sin la presión de la brillantez, que no sólo debe venir de quien observa, del lector, del que escucha. Lo demás es literatura.