30.11.16

Un buen libro, un buen culo



                                                           Fotografía: Robert Doisneau


Mirar delata. El sencillo gesto de elegir constata un vicio. A veces he pensado que he perdido más tiempo pensando en qué libro escoger de entre los ofrecidos en las baldas de mi biblioteca que en su lectura. No tiene uno la conformidad de que los sacrificados, todos los que no han merecido esa aprobación, ese escrutinio bondadoso, han sido aplazados convenientemente, si el que vamos a acometer (no sé, anoche comencé un recopilatorio de relatos de Philip K. Dick) no será bueno del todo y estará ocupando el tiempo precioso que se podría invertir en otro de más fuste, que nos conforte más o haga que lo apreciemos con más hondura. Un tanto parecido sucede con el bar que se escoge cuando se sale de parranda con los amigos. Hay una pequeña deliberación y al final se decide que será éste o aquél. A veces es uno quien opina y deja caer un nombre o dos. No importa que no sea la mejor de las opciones, ni siquiera que sea abiertamente mala, pero me duele en el alma esa sospecha a veces inconsolable de creer que no se ha elegido bien. Que podría haber pensado más y, de entre los posibles, señalar uno más conveniente. Quizá sea enfermizo, una de esas patologías que precisan un psicólogo o un amigo que nos haga entrar en razón y nos descabalgue de ese permanente estado de actividad frenética que últimamente (yo al menos) padezco. Es un dolencia dulce, por supuesto, una de esas dolencias burguesas que no se nos ocurrirían si nos afecta el hambre o vemos que a final de mes la cuenta no da para pagar las cosas de más necesidad o la enfermedad (la de verdad, no las tonterías vestidas de enfermedad) nos visita más de la cuenta o con más saña. Los libros no son necesarios. Ninguno lo es. Por más que los adore, podría acostumbrarme a prescindir de su benévola influencia. Renunciaría a mi película nocturna o al episodio de mi serie favorita. Todo eso que nombre es secundaria. Importa más tener la cabeza limpia de preocupaciones, el estómago contento de viandas y el sueño manso y lúdico, no entenebrecido por pesadumbres y tormentas, por el miedo a que despertar no dé ningún alivio. Y sin embargo hay cosas que no varían, miradas que delatan, sí. Las da uno sin consentimiento de la razón, las produce sin elaboración previa. Es ver un cuadro en donde un buen culo se ofrece y la mirada se desvía, adquiere un brillo especial, se deja convidar por la opulencia de la carne y cae en una neblina pecaminosa de la que no siempre podemos extraer algo bueno. No creo que sea únicamente volunto masculino. No habla el hombre de este servidor que escribe. Imagino (sólo es imaginar) que la mujer se engolosinará con los atributos masculinos que se le pongan a ojo. Ya digo, es el ojo el que gobierna el mundo. Mirar no sólo delata, sino que informa de asuntos que, puestos a hablarlos, ocuparían charlas largas. No es aquello de que dos tetas tiran más que dos carretas, burdo refrán que no es materia de este escrito de miércoles noche. O sí lo es. Donde dice tetas o culo, puede el amable lector leer aquello le venga en gana y ocupe esa plaza con el mismo desenfreno lúbrico o con la misma intensidad semántica.

29.11.16

Santa Claus is coming back to town


Ya queda poco, no desesperen, pueden entretenerse en lo que deseen, no creo que se aburran, de verdad que después de tantos meses no creo que se haga muy cuesta arriba estas pocas semanas, prueben a pensar en otra cosa si les pueden los nervios, hagan calceta, lean clásicos, escuchen zarzuela o música indie, paseen por las avenidas por donde suelen ir a la carrera, ordenen el trastero, visiten a los amigos que hace tiempo que no ven, frecuenten los cines, vayan al campo, formateen el ordenador, cambien de look, asóciense a un club de lectura, compren bonos del estado, creen un blog en el que expliquen sus vicios, aprendan a tocar un instrumento, besen a sus hijos, pongan en orden el álbum de fotos, forniquen con sus parejas, afíliense a un sindicato, haced bricolaje, pinten su casa, háganse catequistas o youtubers o simpatizantes del partido que haya sacado menos votos en las últimas elecciones, háganse veganos, inviertan en bolsa, visiten páginas porno rusas, soliciten ser presidentes de su comunidad de vecinos, planten semillas en el jardín más cercano, pruebe comidas que no conoce, hinque la rodilla y confiese sus pecados en la iglesia del barrio, haga todo eso, haga eso y lo que buenamente se le ocurre, no sea perezoso, prueben con ahínco, no se me vengan abajo si al principio nada le sale a derechas, de verdad que al final uno ve que ha merecido la pena, no pierde nada, en todo caso un par de semanas, tres a lo sumo, no queda mucho más, si lo piensan con detalle, no son muchos días, pueden hacer todo eso y no pensar en el momento sublime en que la felicidad absoluta prorrumpa, se abalance sobre ustedes y los impregne de armonía y de paz y el mundo cobre sentido y sientan el cosmos entero como una extensión de sus sentidos. No, amigos míos, no queda mucho. Estén ustedes atentos a sus pantallas, miren los escaparates, si me apuran hasta el aire informa de que está cada vez más cerca. En el Corte Inglés no necesitan que se les anime. Ya han enviado a sus emisarios.

Manzana, Newton, suspenso, novia

En el momento en que la manzana cae al suelo piensa en Newton, en el profesor de instituto que me suspendió Física, en la novia flacucha que duró un verano y a la que no ha vuelto a ver después, en un amigo con el que salía de vez en cuando a pescar y en el viejo coche que papá le dejaba y en el que tuvo su primera experiencia amorosa. De ese primer escarceo lúbrico guarda un recuerdo impreciso, que cruza con fugacidad su cabeza cuando lo reclama. En ocasiones, por solucionar esa deficiencia memorística, comete la irresponsabilidad de corregirlo. Cuando escribe suele hacer eso. En el primer volcado el relato que acaba de hacer sale tal cual, pero conforme avanzan los días y piensa en él, sin que pueda evitarlo, quita esto o añade lo otro hasta que le agrada más o cree que va a agradar más a los lectores. Ya no recuerda si fue Silvia quien empezó o fue él. Una parte de sus recuerdos le inclina a pensar que la iniciativa fue suya, pero otra le corrige con firmeza y reivindica a Silvia, que era voluntariosa y no tenía, a lo que recuerda ahora, una brizna aunque fuese pequeña de pudor o de cortedad. Lo que no ha cambiado en todos esos años es la sensación de que se enternece más al recordar el coche que a la mismísima Claudia, de la que ya no tiene una idea clara sobre si tenía las piernas largas o el pecho pequeño y picudo, como ahora sospecha. En un sueño una señora mayor daba golpes con un paraguas en la ventanilla del coche. Les reprendía. Como no escuchó bien qué dijo, sólo preservó la cara de la señora. En otro sueño la señora era la madre de Claudia o la suya propia. Cuando tiene un sueño tan intenso, se esfuerza en registrarlo. No piensa en el poco tiempo que tiene entre vestirse, asearse, desayunar y preparar la pequeña maleta de trabajo. Lo que hace es abrir el ordenador y dejar una especie de pequeño inventario de todo lo que recuerda de lo soñado. Escribe: Claudia, coche, polvo, madre. Tiene un archivo en el escritorio en donde va consignando ese caos doméstico. En los fines de semana, cuando el trabajo se puede aplazar, lo abre y elige la combinación de palabras que más le entusiasma en ese momento. La de ayer fue manzana, Newton, suspenso, novia.

28.11.16

Fernando Baudelaire



O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.
E os que lêem o que escreve,
Na dor lida sentem bem,
Não as duas que ele teve,
Mas só a que eles não têm.
E assim nas calhas de roda
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração.

Traducción
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que en verdad siente.
Y los que leen lo que escribe
en el dolor leído sienten
no los dos que él ha tenido
sino el que ellos no sienten.
Y así en los raíles
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama corazón
Autopsicografía, Bernardo Soares (heterónimo)


Este poema no pertenece al Libro del desasosiego, ahí no dejó Pessoa poemas, pero he vuelto a él, como tantas veces. No porque ande contrariado con el mundo o porque cunda el desánimo o la tristeza. Me anima el libro en sí, su prosa deslumbrante, ese fragmentar las ideas, sin acabarlas, como si fuesen objetos que se colocan en un mueble y que informan sobre la realidad, aunque no la agotan, ni falta que hace que la agoten. Uno vuelve a Pessoa de vez en cuando. Y de un modo que no entiendo, por más que indago, cuando releo a Pessoa, metido en harina de heterónimos o de originales, pienso en Baudelaire. Van los dos unidos. Es estar en uno y acudir después al otro. Quizá alguien sepa explicarme este viaje antiguo, ese peregrinar libresco. Que vaya bien el lunes. 
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27.11.16

Deadwood es el infierno / Las cabezas son el infierno



El infierno está lleno de barro, de putas y de bourbon
Confío en que no existan ni el cielo ni el infierno. Vivir para siempre a la derecha de un padre que me espera o arder en un paisaje de caos y de alaridos (tales son las imágenes que he aprendido) no me entusiasma. Comprendo que otros medren en méritos en la vida para que al final, cuando concluya, se les invite a la morada divina. No tengo nada a favor ni en contra de la fe, salvo que yo no la profeso y que me fascina a diario su imperio en el mundo. Mi teología es doméstica; mi visión del paraíso, familiar, casera, íntima, privada. Todo lo que pueda pasar es que las historias sean ciertas y encuentre la paz en el cosmos o en el cielo o a la derecha del padre o en cualquier otro lugar que se me asigne. Que allí me encuentre con los que partieron y entable con ellos un diálogo o ni siquiera se precise el concurso de las palabras y baste con mirarnos para entenderlo todo. Incluso (puestos a ir muy lejos) entiendo que ni mirar haga falta y todos estemos allá arriba en una especie de liquido amniótico primordial en el que todo se sepa y todo se comprenda sin la intervención de los sentidos. Será el alma la que nos guíe. Anoche soñé que iba a un lugar parecido al cielo. Es la idea con la que me he despertado esta mañana. Todavía duran las imágenes que he traído.  Era un cielo despojado de belleza, debo decir; uno muy frío, desangelado (permítame el chiste) y poco confortable. Extraños como son los sueños, entenderán que allí viese a un vecino de la niñez del que no tenía recuerdo hace muchísimos años. Paseaba en bata de estar en casa y buscaba un mando a distancia. Mezclado ese sueño con otros o un sueño principal extendiendo su relato a otros que lo escoltaban, creo haber visto caballos. Uno coceaba a un hombre muy bien vestido. Le dejaba la cara irreconocible. En una escena de la serie que andamos viendo estos días (Deadwood) un caballo hace lo propio con un borracho que se emperra en quitarle las herraduras para que alguien no lo use. Deadwood es una obra maestra: lo dicen los críticos sesudos y lo corroboramos mi mujer y un servidor, absolutamente fascinados por esa recreación fantástica del Oeste americano y de sus turbulentos y dramáticos comienzos. Tan bueno es que se ha colado en mis sueños. No es la primera vez, pero hasta hoy no he sentido con claridad el mensaje que me enviaba. Porque Deadwood, el pueblo en mitad de la nada, es el mismísimo infierno. Quizá estén todos muertos. Actúan con la brutalidad de quienes lo dan todo por perdido. Albergan una brizna de ternura, sí, se advierte sin que haya que afinar muchos los sentidos, pero es una ternura de una tristeza que carece de humanidad a veces. Como si repitieran gestos que hicieron antes y de los que no desean desembarazarse del todo. Tal vez el infierno de verdad, si es que existe, sea un poco como Deadwood.


El infierno está en la cabeza
K. me confiesa (mientras lee lo que voy escribiendo) que el verdadero averno es el de la cabeza. El mal está en la cabeza, Emilio. El infierno es la angustia de que no podemos entenderlo todo o de que lo que entendemos no termina de satisfacernos del todo o  puede ser el cansancio puro, el que se adhiere al alma y la modela a su antojo. Tú no sabes lo que es el infierno, nadie lo sabe. Todo lo que se ha escrito o se ha dicho es una aproximación falible, una manera de prefigurarlo antes de que el infierno auténtico nos coja del cuello y nos hunda la cabeza en el barro hasta que no se aprecie que nos movemos. Tenemos que ir con cuidado, hay que pecar con tino. Lo peor que puede pasarnos es que nos visite la parca y no hayamos pecado en lo que más queríamos. Le consuelo en lo que puedo. K. viene para que lo conforte. Me cuenta cómo le ha ido, le cuento cómo me va, nos contamos los dos qué esperamos que sucede, si serán buenos o peores tiempos. Evitamos las grandes conversaciones, merodeamos los problemas, nos refugiamos en esa periferia amable en la que el infierno es una escena de una serie de televisión o un pasaje en un cuento de Poe. En realidad el infierno está en la cabeza, en la literatura con la que rebajamos la dureza de la realidad. Es mejor ese infierno impostado que el mentido en los libros de los santos y en las pesadillas de la noche. Sigo confiando en que no exista el cielo. Lo uno trae la presencia de lo otro. Dios y el diablo son en realidad una manifestación de una sola cosa. K. y yo somos una misma persona. Le traigo, le invito, le pongo a hablar. Por escucharme, por saber qué pienso. Esta noche viendo un capítulo de Deadwood (el nueve de la tercera y última temporada) me tomaré un bourbon y pensaré que soy otro durante cincuenta minutos.

Bennett para las mañanas de domingo (con coda castrista)



Sinatra eclipsó a Bennett al modo en que Messi eclipsa a Cristiano. Bennett es un crooner perfecto, da igual con quién pugnara por llevarse el sillón principal, el trono de hierro o la luz principal de los casinos de Las Vegas o la intimidad de la casa de quienes amamos a los dos. A su edad sigue haciendo discos deslumbrantes. Quizá sea el mismo repertorio, todos esos standards imperecedores. Tal vez cante la misma canción desde hace sesenta años, pero es la mejor canción posible. Este frío domingo de lluvia afuera me tiene entre el trabajo y el placer, corrigiendo exámenes, preparando papeles, cerrando de vez en cuando los ojos cuando Bennett y Charlap (qué contenido pianista, qué sensibilidad frente al maestro) dan con el tono adecuado y el libreto de Jerome Kern (otro tapado en el mundo de Gershwin, Cole Porter, Rodgers y Hart o Berlin) resplandece y todo cobra un sentido que la mañana, al abrirse, no tenía.
Por otra parte, al hilo de estos días, el viejo Bennett y el finado Fidel Castro se llevaban diez días. Tony un poco más viejo, ya ven. Noventa años, que no es poca cosa. Un siglo como quien dice. No hay color entre el legado sentimental que ha dejado cada uno. Frente a la revolución, a los puros y a los viejos coches rusos recorriendo el malecón, me quedo con la voz de este crooner, con sus trajes impecables, con sus bandas de swing y con su insobornable amor por la belleza.

25.11.16

El campo



Cortijo del Chusco, Carretera Grazalema-Ronda
Fotografía: Fernando Oliva


No tener intimidad con la naturaleza, no haber paseado de madrugada por el campo, ni haber sentido crujir la hierba o escuchar cómo tiembla el aire cuando se enfurece. No tener ningún recuerdo perdurable que yo ubique en el campo ni, a mi pesar, albergar la esperanza de que mi sensibilidad, la que pueda tener, se enamorisque del rumor de la luz cuando invade la paciencia de los árboles o cuando la noche lo impregna todo y el campo se vuelve olor puro, metáfora de algo que no se percibe con claridad, pero que sabemos valioso y a lo que, sin saberlo, nos inclinamos. Amo la naturaleza a la que no voy. Se me ha educado fuera de ella, pero comprendo que únicamente hay salvación en ella. La ciudad es una extensión bastarda del campo. Las calles son una insolencia, todo lo urbano es un simulacro. No hay día en que no comprenda que ando el camino equivocado, pero no hay tampoco ninguno en que no me obstine en confiar en que no tengo otro camino sobre el que sepa caminar. Me he criado en la ciudad, se me ha despertado todas las inquietudes en las aceras, en las avenidas comidas de tráfico, en el olor sucio de los claxons, en la proximidad del asfalto. No hay argumento serio que justifique esta desviación mía, no tengo asidero fiable sobre el que explicar el porqué de mi ceguera. Porque ando ciego, no veo con claridad. Me fascina la luz del campo, la del cortijo de Chusco, en Cádiz, fotografiada por mi amigo Fernando, que es un alma sensible como ninguna que yo haya conocido. Veo ese registro de la luz y lamento todo el tiempo perdido. Siento que no haya tenido una educación campestre. No hay que buscar culpables, no se pueden fijar, darles la responsabilidad de que las cosas hayan sucedido como sucedieron. Es una de esas cosas que no sabe uno explicar o que explica con atropello, sin esmero a veces, como si eludiera un relato razonable o como si pretendiera (tal vez sea eso) tapar ese error interior. Nada de lo que ahora escribo hará que mañana sábado salga de la ciudad (o del pueblo, viene a dar lo mismo) y me refugie en el campo y trate de aliviar o de compensar el tiempo perdido. No haré tal cosa. Me limito a exponer un desajuste, sólo trato de evidenciar una de mis muchas extrañezas. 

Escribir como el que corre

K. me dijo si seguía amando los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles y hasta las pompas de jabón. Le dije que sí, a medias, según el día. Una vez alguien dijo que yo era etéreo, a pesar de mi recia complexión. No era mala la intención que animó el comentario y yo supe entenderlo casi como un halago. Uno escucha lo que quiere y recuerda lo que le conviene. Como son malos tiempos para la lírica, últimamente escribo más. Quizá para tener la cabeza despejada. Lo dijo Ana hace unos días en un almuerzo en su casa: escribes como el que corre. Ya he olvidado la tentación (firme un tiempo) de abandonar la escritura o de aplazar su urgencia. Hay días en que no sabe uno qué sentido tiene esta rendición diaria. Soy capaz de escribir de cualquier cosa, pero me cuesta cada vez más justificar esa imposición a la realidad que supone escribir. El mundo ya está bien sin que se precise la existencia de este texto. A K. le debo seguir. En ocasiones se entabla un buen diálogo entre los dos. Creo es él quien al final  esté escribiendo, no yo. Y en eso también albergo dudas. Dudo con convicción, como suelo. Cuanto más intensa es la duda, más placer encuentro en ella. En cierto sentido, conforta esa incertidumbre, da un alivio agradable. Escribo como si corriera. No miro atrás, no corrijo, sólo tecleo, únicamente avanzo. Debo ser una forma avanzada de escritor irresponsable o ni siquiera alcance el grado de escritor, por más que me aplique y le dedique el comprometido rato diario. En todo caso, todas estas consideraciones (no sé de qué rango, ignoro qué propósito las anima) me ocupan el tiempo que precede el ingreso al vértigo del día. Escribir es ese café negro muy duro con el que se pone a funcionar la máquina. Y sigue la cita de Machado en mi blog y amo los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles y hasta las pompas de jabón.

24.11.16

Los cuentos del astronauta zurdo / Una historia del bien



Ilustración: Eva Vázquez

Hay que estar bien, bien con los demás o con uno mismo o las dos cosas juntamente, para escribir sobre la bondad. Se precisa ese estado armónico en el que sientes la tierra bajo tus pies y reconoces tu lugar en el mundo. Cuando se fuga, en el momento en que te abandona, todo lo que se te ocurre no trae bondad alguna, no permite que lo bueno que se tiene alrededor fluya y te impregne. No creo que yo haya escrito mucho sobre la bondad, no hace falta que relea ahora ni que pregunte a los lectores habituales, amigos en la mayoría de los casos. Hay una inclinación natural a que lo malo aflore. Tenemos esa inercia a pensar que lo ajeno no merece ningún elogio por nuestra parte. Los que damos, los elogios que inadvertidamente pronunciamos, son firmes, se entienden a la primera y no escatiman recursos, pero no abundan, no fijan una rutina fiable desde la que montar una nueva manera de contemplar el mundo. Parece como si explayarnos en halagos nos rebajara. Como si el esfuerzo en valorar lo de los demás hiciese que flaquease nuestro prestigio o como si aplaudir fuese un desgaste.

La educación consiste justamente en eso: en apreciar lo bueno, en agradecer que alguien decidiera escribir poemas de amor mejor de lo que podríamos hacerlo nosotros mismos, en sentir un infinito afecto por quien compuso una sinfonía o una canción pop de tres minutos para que mi cuerpo temblara o brincara o sintiese que el corazón se le pone tierno o se incendia o estalla de arrobo puro. Toda la posible cultura que yo pueda tener se basa en ese sentimiento de agradecimiento. Lo que a veces trato de hacer ver a mis alumnos es que los cuentos de los libros que leen están hechos para ellos. Que alguien se sentó un día en la sombra de un árbol o en una frondosa mesa de roble en una cabaña de campo de hace doscientos años o en un patio donde el sol de la tarde empieza a desvanecerse para que ellos pudieran escuchar todas las aventuras que adoran. Que esa gente que no conocemos nos visita a diario y está cerca nuestra al modo en que lo están los zapatos que calzamos o la calle que atravesamos para ir al parque o venir a la escuela. Viene Julio Verne, les digo. Ojalá pudiera conseguir que amen a Julio Verne como yo lo amé mucho más tarde la edad que ellos tienen ahora. He perdido el placer de leer Viaje al centro de la tierra o Veinte mil leguas de viaje submarino con once años. Ese es el bien que vence al mal, podría decirles. Es la literatura la que nos rescata. Basta abrir el corazón (o lo que sea que abramos cuando se pone a funcionar la mecánica íntima de los cuentos) para que no haya nada malo que pueda pasarnos. Es dentro de los libros en donde encontramos la paz y la armonía y el mundo cobra a veces el sentido que afuera no posee.

Por eso yo elogio a los mil escritores que están ahora mismo a mis espaldas. O los mil cuatrocientos, no los he contado. Yo escribo y ellos me tutelan. Todas esas baldas que revientan de libros me escoltan cada vez que me siento a escribir. Podría ser hasta que insuflaran ánimo y yo escribiese porque ellos están detrás, ya digo, cuidando de mí de una manera que no sabría explicar y de la que tal vez no habría que pensar en demasía. Es probablemente ésa la magia que hace que ahora yo continúe tecleando y piense en el mal, en el horror del coronel Kurtz, en el abismo de Helm, en el Maelstrom de Poe, en todo ese mal maravilloso que reside en el alma de los libros y que se ofrece cada vez que uno los abre y celebra el festejo íntimo de la lectura. Hoy, cuando andaba muy atareado en el trabajo, yendo y viniendo, subiendo y bajando, pensando en más cosas de las que soy capaz de pensar, recurrí a una vieja idea que siempre uso cuando la realidad viene sobrevenida, un poco asfixiante. Pensé en el libro qué empezaría esta noche. Anoche acabé Mientras agonizo. Faulkner es un amigo antiguo, pero le tengo desatendido hace años. Ahora, a poco de clausurar ya el día, me pondré a mirar aquí y allá y acabaré eligiendo uno. Será el bien triunfando sobre el mal. La belleza sobre lo que no posee belleza alguna. Y también hay que estar bien, bien con los demás y con uno mismo, para leer y encontrar bondad en lo leído. Incluso la hay, bondad digo, cuando uno presiente que todo es terrible y que la historia es de una tristeza espantosa, pero entrevé una luz, una frase suelta que acaudala toda la verdad del mundo, todo el amor del mundo en unas cuantas palabras.

Una historia del mal



           Ilustraciones: Travis Louie

Le debo a Cortázar mi fascinación por la palabra bestiario y a Travis Louie el compendio visual de las criaturas que animaron en mi imaginación está suerte de enamoramiento semántico y esta entrada en el blog. Luego uno ha ido coleccionando bestias, desajustes de lo humano, inclinaciones hacia lo impuro o hacia lo que suscita rechazo, desafecto o incluso hostilidad. El mal viene a visitarnos de muy variadas maneras, pero hay algunas a las que se les concede un silla y la posibilidad de que se pueda entablar un diálogo y descubrir en qué consiste, muy primariamente explicado, la desviación que nos fascina, el espectáculo sin ambages de lo grotesco, expuesto crudamente, como cuando al doctor Hannibal Lecter le dio por abrir la cabeza de un invitado y ofrecerle su propia inteligencia acompañada de ricos licores o cuando uno asiste a la contemplación televisiva de las ciudades que devasta la guerra y en las que no se atisba resto alguno de humanidad, como si fuese un decorado de una de esas películas muy caras en las que nos venden un mundo post-apocalíptico.

No creo que se le deba más al mal que a todo el bien que haya podido ocurrir en el mundo, pero la Historia es un relato de toda esa oscuridad, aunque se amenice en ocasiones con episodios líricos o hermosos. No es un punto de vista desesperanzado: es la constatación de una evidencia y es también la expresión de una especie de consentimiento. Es así y no hay que darle más vueltas. Vivir es un pulso contra la oscuridad y no se nos ha fabricado con la fuerza pertinente tal vez. Flaqueamos, nos dejamos intimidar por el ruido del vacío, por todas esas metáforas de la vida eterna o de que todo acaba cuando el corazón interrumpe su alocado vértigo. Contra el cese inevitable se interponen los instrumentos que habilitan todas las religiones que fueron, son todavía y las que están por venir. Hay un rico inventario de consuelos y de esperanzas para que el dolor se aplaque y podamos hacer el tránsito por la vida de un modo apacible, sin caer en la cuenta de que hay un fin o de que no existen certezas de cuanto ocurra después, por más que se vendan biblias y los templos sigan recibiendo fieles.

A Borges le parecía que la teología era una extensión de la literatura fantástica. En este blog ejerzo mi teología modesta. No hay quien no acabe extrayendo la suya si la situación lo requiere o en la intimidad, en cuanto se aparta del ruido y mira hacia adentro, por ver qué suena, por comprobar si todo funciona bien o hay algún rastro de incertidumbre o de extravío. El bien y el mal son circunstancias accidentales del relato. Lo que importa es precisamente el relato, no su estilística, ni el género en el que se adscribe. El mundo rueda y ahí vamos a su grupa, sorteando los obstáculos, inventando algunos. El mal viene a visitarnos de muy variadas maneras, sí. Parece que nos tienta, cree estar en posesión de las armas con las que combatir y vencernos. De hecho, por más que duela admitirlo, suele salirse con la suya. Somos buenos o somos malos a conveniencia, lo cual es una forma de aceptar que el mal es un enemigo experto y no es posible entablar con él un diálogo del que prospere una remota posibilidad de entendimiento.

23.11.16

Vicios




Fotografía: Michael Ackerman

Fueron tiempos de beber y de fumar como si oyésemos en la cabeza un anuncio de que acabase el mundo. Luego uno pasa media vida de la que le queda en convencerse de que no es bueno ni una cosa ni la otra y llega a la edad adulta bebiendo poco y fumando ocasionalmente, por no zanjar de cuajo un vicio del que jamás se ha podido desprender del todo. Se convive con ellos, se las consienten sus extrañezas, toda su promiscuidad y su ligereza. Al fin y al cabo, pensado con detalle, confortan, alivian, dan la paz que su ausencia muta en conflicto, en guerra a veces. Yo no sabría vivir sin que me acompañen. Son míos al modo en que lo es mi mano izquierda o el sonido que hace mi voz o la manera en que ando. En cierto modo son un fabricación personal, no estaban cuando me arrojaron al mundo y los he cultivado yo, cuidando de que no ladren y me den el bocado que no deseo. Los vicios son perros a los que se ata en corto y que nos sacan a pasear. Un vicio es un animal de compañía, uno con gesto de jauría si es preciso. Basta desatarlo para concebir el tamaño de la bestia. No hay quien no tenga alguno, nadie que pueda decir sin que le asome una brizna de rubor, rubor por mentir, que jamás se acercó a ellos y hasta intimó con soltura. Lo mejor de los vicios es que sólo mostramos los que no nos importan. Los aireamos, les damos vuelo, consentimos que los demás los observen y piensen de nosotros conforme a lo que esos vicios dicen que somos. Los vicios privados son los verdaderamente nutritivos. Dan la exacta porción de sombra que precisamos para huir de la luz. Porque a veces quema tanta luz o porque en la luz, a poco que se mire de frente, sin cuidar en rebajar su dureza, descubre uno que no hay nada que ver. Queda el humo, la cerveza a medio tomar y la sensación de que hay para cuatro o cinco caladas antes de apagar el cigarrillo en el cenicero y dar  el último trago con el regusto a tabaco en la boca todavía.

21.11.16

Una historia de las manos



Fotografía: Lee Jeffreis

Uno está hecho a sus manos, ni piensa en ellas, las usa tan sólo. La historia entera del mundo reside en el manejo que les hemos encomendado. Las del pasado eran manos fértiles, manos que explicaban en qué ocupaba el tiempo quien las hacía moverse, manos que decían más que las palabras, manos que rivalizaban con el rostro en expresar el duro o el placentero transcurrir de una vida. Siempre las manos que saludan o las que mesan una barba o se cierran para disimular o aliviar el dolor. También las del placer, las que viajan por el cuerpo de quienes amamos y buscan y escarban y hacen que gima o que se combe. Las manos que escriban el futuro serán manos más enjutas, tendrán dedos más filamentosos, dedos pensados para que percutan una tecla o para que rocen un icono en una pantalla. En ocasiones me fijo en las manos de los demás. En eso, en que lo ajeno recabe más atención que lo propio, se pierde un tiempo maravilloso que bien se podría emplear en actividades de más provecho. En todo caso hago que mi imaginación se descarríe y conjeturo con la posibilidad de que esas manos (o un rostro o la evidencia íntegra de un cuerpo) cuenten una historia, narren (a su modo) la rutina de su dueño, si pasea mucho o no lo hace en su absoluto, si se emplea con ternura en acariciar  o si están tensas porque amagan un golpe continuamente o han sufrido indecibles avatares, penurias que no han sabido disimular y se escapan en las arrugas, en todos esos pliegues que parecen estar siempre a punto de desgajarse de la piel que los mantiene y caer dramática o patéticamente al suelo. El juego que practico es baladí, no exige un método científico, no aporta nada, quizá únicamente bosqueja una distracción para cuando acaba el lunes y tan sólo apetece sentarse frente al teclado y hacer que los dedos (filamentosos o anchos, largos o menguados) bailen sobre las teclas y suena la música de las palabras. Ese es uno de los juegos en los que más advierto el peso que están tomando mis vicios, la dependencia que me han impuesto. Al final siempre se acaba hablando de las mismas cosas.

20.11.16

Casas



Fotografía: Julius Shulman

Hay casas que dicen de sus dueños más de lo que ellos son capaces de contar por sí mismos, con su proceder diario, con lo que confiesan en la intimidad con un amigo o en la barra de un bar, cuando aflora todo lo que no es posible que aflore si no se está allí y se tiene el alma un poco regada de licores. 

Hay casas que no parecen de este mundo o lo son de una manera que no es posible razonar, Porque son casas que no son racionales o lo son de un modo que tampoco es posible razonar. Entran el rango de casas utópicas o idílicas o imposibles. Quizá se trate de un montaje fotográfico y el ojo nos ande engañando. Lo primero que se piensa al verlas es que no son habitables o que lo son de una forma que se escapa de toda posibilidad de entendimiento. Se construyen para que no podamos pensar en ellas, sino para que las amemos o las despreciemos.

Hay casas que miran al mundo como si jamás le hubiesen pertenecido. Casas alojadas en los sueños. Quienes las visitan no salen nunca. Se quedan allí en una especie de fascinación cuántica. Casas que están fuera del tiempo y también del espacio. Quienes viven en ella no han conocido otra cosa. La primera ocasión en que abrieron los ojos supieron que ése era su hogar. Será la casa lo que vean antes de que se apaguen. Es el cielo o es el infierno, dirán en esas reuniones de amigos de los viernes por la noche. Verán la ciudad a lo lejos, iluminada, con su vértigo y con su fiebre, y dirán que ellos viven en el cielo o en el infierno. Nuestra casa es de fantasmas, dirán mientras beben y ríen. Somos fantasmas, somos temibles.

Hay casas en las que uno no desearía vivir jamás. Ni acudir de visita si la habita algún amigo o debe ir por cuestiones de trabajo. No sabría después regresar a la suya propia. No porque la casa le hubiese agradado especialmente o porque la adorara sin disimulo. No porque se sintiese mejor que en ninguna en la que hubiese estado y la sintiese una extensión de sus vicios y de sus flaquezas, de su vigilia y de sus sueños. No querría vivir allí porque no dejaría de pensar en ella. Le ocuparía todo el tiempo de esa vigilia y de ese sueño. Nada habría que ella no ocupase, nada tendría sentido más allá de su existencia.


18.11.16

El tren



Fotografía: William Eugene Smith

El paisaje es el que uno se inventa. Lo transforma a capricho, lo convierte en lo que desea ver. Días que parecen de verano cuando los inventa el frío. Días en que la oscuridad pugna torpemente por desangelar el camino. Uno funda a diario el mundo. Nosotros, a falta de un dios verdadero, somos el único dios disponible. De ahí el amor al tren y a su rectitud sin flaqueza. Una vez cogí uno en el que entendí cosas que no alcancé en otro lugar. Como si el tren perteneciera al relato del mundo y hablara y contara lo que ha ido aprendiendo. Sólo hace falta mirar el paisaje. Sólo desear perderse en el horizonte que ofrece. 

El matrimonio secreto



Fotografía: Bruce Davidson

Dante dejó escrito para su Beatriz que el amor mueve el sol y también las estrellas. Incluso Paulo Coelho tendrá su modo de entender la razón primera de las cosas, la que hace que todo pugne por ocupar un espacio en el cosmos y conspire para que la luz triunfe y la armonía engulla al caos. Seguro que una parte de razón hay en todo eso, aunque lo haya dicho Coelho. Sólo hay que fijarse en algo tan sencillo como el hecho de que dos personas se casen. La sencillez proviene del hecho de que compartan sus vidas. En esencia es ésa la prueba que asienta la existencia del amor, la de que dos personas decidan que el resto de sus existencias van a estar juntas y de que todo lo que suceda les sucederá a los dos. Este no va a ser el texto en que se detallen las bondades o la maldad del matrimonio. Tiene lo que tiene la vida: el mismo peso de felicidad y de tragedia, idéntica porción de belleza y de fealdad. Este es el texto en el que el autor se maravilla de la consistencia del amor cuando acaba de nacer. No creo que haya nada más firme que esa voluntad de fascinarse por el otro y de hacer que todo gire bajo el hechizo de esa manifestación pura de dependencia. El enamoramiento, al modo en que sucede la fe, carece de un protocolo, no es posible adiestrarlo, no se puede administrar, ni forzar. El amor y la fe son tal vez los dos hechos incontestables de la locura del alma humana. Nos enamoramos o sentimos la llamada de la fe sin que podamos verter argumento alguno que justifique ambas decantaciones del espíritu. Recuerdo una canción de Sting que habla de un matrimonio secreto. Lo son todos, en cierto modo. Funcionan en privado. Existe uno público, el de la pareja que funda un hogar y sale a la calle del brazo y compra en el súper el viernes o lleva a los niños al médico cuando enferman. Luego está el íntimo, el privado, el matrimonio secreto. De ése hay una literatura riquísima. Sucede puertas adentro, respira corazón adentro, en la intimidad maravillosa o atroz del salón de la casa, donde no hay música de Brahms ni valen las conspiraciones de Coelho o las ocurrencias cosmológicas de Dante. No importa qué tipo de pareja sea ni qué tipo de familia construya. Lo que me parece extraordinario de verdad es que perduren en el tiempo y se amen cuando la vejez les hace flaquear y empiezan a dolor todos los huesos, los huesos del cuerpo y los del alma juntamente. Es de una ternura asombrosa la visión de la pareja de ancianos cogidos del brazo, paseando o yendo de compras o regresando de casa de los hijos, que acaban de casarse tal vez o les han anunciado que ya no es posible ir más lejos y separan sus vidas y empiezan de nuevo. El amor es no empezar de nuevo o quizá empezar de nuevo diariamente, pero sin cambiar el decorado del tránsito. Da igual que la fotografía del casamiento sea de un gris que da pánico y las chimeneas vomiten el humo de las tripas infernales  de las máquinas o que el novio, por impericia del fotógrafo o por una pericia absoluta, no se vea del todo y esté tapado por el volumen de la novia, que mira las flores y piensa probablemente en qué hará con ellas o en si la tela del traje, tan mimada, acabará estropeada por lo abrupto o lo sucio del terreno. No importa, se dirá en sus adentros. El sol se mueve por lo que hago y a su par, en danza, las estrellas. El amor es el que escribe todas las páginas memorables. Las otras, las que no merecen elogio, no hacen que el sol brille en el cielo y la luna vigile el acecho de la oscuridad en la noche. 




17.11.16

Fundación de los bosques



Fotografía: William Eugene Smith

A veces conviene perderse, aunque sólo sea por encontrar el camino de vuelta. Ninguna edad mejor que la infantil para convertir el extravío en una aventura. Más adelante, conforme el tiempo nos impregna de su vértigo y de su insolencia, creemos que todos los caminos nos deben pertenecer y que los nuevos, los que no hemos hollado, sólo nos causarán trastorno e inquietudes. De los caminos que nos surgen preferimos el conocido. Poner el pie en la pisada que dejamos, mirar donde antes lo hicimos, confirmar los leves cambios y llegar al destino con el mínimo quebranto posible. Evitamos el asombro, no lo queremos. Se inclina el alma a lo que la confortó, no a lo que la sorprenda. Tenemos así una visión familiar de la existencia. El mismo hecho de viajar, cuando se hace, hace que acuda el miedo a que no sepamos desenvolvernos y alberguemos bien adentro el deseo del regreso. Se va para volver con más ardor. Son los imprevistos los que malogran el éxito de la jornada, en muchos casos. No hay extravío, ni aventura. Falta la inocencia de quien se pierde sin que intervenga la voluntad y sin que se posea un alcance del riesgo. 

A mi amigo K. se le ocurrió perderse por ver si le encontraban. Dice que era pequeño y que cuanto anhelaba era que lo abrazaran mucho cuando lo descubrieran en un parque o en la calle de atrás, a la que le decían que ni se le ocurriera ir. Hay quien se pierde a voluntad propia. Sale de casa y empieza a andar hasta que de pronto no reconoce la avenida a la que ha accedido. En Madrid quise yo que me pasara algo parecido a esto que cuento, pero me faltó tiempo para que la empresa se hubiese completado con éxito. Anduve feliz un buen rato, creí que el viaje era ése y no el otro, el de salir de Córdoba y montarme en el AVE y llegar al hotel de la Gran Vía y dejar allí las maletas. Cuando apremió el tiempo, deshice el hechizo de la aventura recién inaugurada y repasé de memoria las calles que recorrí hasta que salí a un lugar reconocible. Cuando se lo conté a K. me reprendió. Vino a decir que debía haber apurado un poco más y hacer como él, cuando pequeño. Piérdete, Emilio, hazlo de veras. Busca un bosque, anda un par de horas. El problema es que no hay bosques, le contesté. Los han ido quitando de los mapas. 

Las ciudades son los bosques. Han crecido a nuestras espadas, se han convertido en monstruos, nos engullen. Los que vivimos en un pueblo pequeño (Lucena, a su modo, todavía lo es) carecemos de esa perspectiva. Casi no hay calle del pueblo por la que no haya pasado o de la que no tengo una conciencia más o menos firme de dónde está y a qué otros calles conduce. Hablan de ciudades sostenibles, pero debería haber ciudades poéticas. No sé bien qué poesía tendrían. Hay muchas y no siempre todas convienen a lo que nos proponemos. La que ahora me apetece es la ciudad de la que no sepa nada. Ni siquiera una idea leída en los libros o la posesión de alguna estampa memorizada por haberla visto en la televisión o en las fotos de los amigos que las han visitado. Puestos a pedir, solicito una grande. Como un bosque que lo ocupe todo. Como un laberinto. De verdad que a veces conviene perderse. Lo hacemos en casa. Es fácil perderse en la habitación en la que lees o en donde duermes, en el cuarto de baño o en el sótano. Te pierdes cuando tienes el bosque dentro de tu cabeza. Hay libros que son bosques. Te hacen andar sin que sepas el lugar al que te diriges. Cuánto más te haga andar y menos sepas del destino, más ganan en su rango de bosque puro. Los niños pequeños, los que todavía no leen, se pierden en el libro de la realidad, que es el que tienen más a mano. Hacen la aventura que no es posible que otros les acerquen. De mayores, al alcanzar la edad en que el juego no nos entusiasma o del que recelamos porque no pensamos que todavía sea nuestro, no tenemos otras aventuras que las leídas o las encontradas en las películas. Queremos ser asombrados, pero confortablemente instalados en el sillón de orejas del salón. Una de las funciones primordiales de la literatura debe ser ésa: la de fundar un bosque donde podamos perdernos y la de llevarnos a salvo a la salida, donde nos espera la calma, el placer de lo que conocemos. 

Una historia del humo



Fotografía: Bruce Davidson

Miradme, prestad atención, no miréis el humo, haced como que no hay humo. Hay cosas que no afectan si no fija uno en detalle en ellas. Lo malo es permitir que te miren. Luego cuesta mucho deshacerse del dolor que causan. El humo no duele: lo que duele es el recuerdo del humo. Te acuestas por la noche y escuchas cómo sale el humo de las chimeneas de las fábricas. No es un ruido como los otros ruidos. Si te paras a pensar, con sólo ocuparte un momento del ruido, te das cuenta de que no hay nada que se pueda hacer para que desaparezca. No hay alivio, no existe una ventana que puedas abrir o una puerta por la que puedas escaparte. Está el humo a lo lejos y la seguridad completa de que no hay nada más allá. Una vez escuché que alguien se había ido. Dijo que no quería más cielo gris. Ni chimeneas. Por eso no es bueno fijarse mucho en las cosas. Ni en el cielo ni el humo.

Sales por la mañana de casa y vas a la escuela, aprendes a escribir sin faltas de ortografía, comprendes que las cosas son buenas o son malas y que no importa mucho qué piensas tú, si te alegras o te parece que estar triste es la mejor forma de que nadie se dé cuenta de que estás muerto. Lo están mi oso y mi muñeca. Muertos de una manera que no sabría explicar ahora o que no podría explicar nadie. Se puede estar muerto sin que se note desde afuera. Hay quien está vivo y no se nota tampoco. Ayer miré al oso y a la muñeca un rato bien largo. Por si parpadeaban. Por si hacían un gesto que delatara una brizna de vida. Dice mamá que no debo hablar con mis juguetes. Ni sacarlos a pasear cuando las chimeneas están trabajando a tope, pero cuándo no están, le digo. Ahora mismo vuelvo a casa. Ha sido un paseo corto. Suelen ser cortos. Me ha dado una tos muy fea. Creo que el oso ha tosido un poco. No estoy seguro del todo, cómo podría estarlo, pero ha carraspeado. A la muñeca no le he visto jamás debilidad alguna. Es firme. La admiro. Cualquier día le dejo todo el carrito para ella y la saco de paseo sin la presencia un poco intimidante del oso. Hay que entretenerse, les cuento a los dos. En un sitio como éste hay que buscar donde no hay. A veces, en mi desvarío, oigo que el oso le confiesa a la muñeca su malestar. Cuchichean, hablan sin mirarse apenas. No se les ve conducir una conversación seria. Ni siquiera pasa de un par de palabras. Un día escuché humo. No me atreven a contarle nada de esto a mamá. Me dejará sin salir. No podré sacarles de paseo. Tendré que ver el humo desde la ventana o escuchar el ruido que hacen las chimeneas desde la cama.




15.11.16

Jaime con su girasol de noviembre


Fotografía: Verónica Hurtado


Primero fue la luz, la bondad que regala. A veces uno entiende el mundo al asistir al milagro de la vida. Jaime tiene un girasol de noviembre. Es suyo, aunque no se lo lleve a casa, ni se le ocurra intimar con él. Suyo sin que lo sepa también. Hay veces en que no necesitamos tener la propiedad de las cosas para que nos conforten o nos alivien. A Jaime, pequeño como es, no se le ocurre pensar en los milagros. La suya es la vida del que aprende a todo. Luego se pierde esa inocencia, se canjea por la maldad de creer que todo nos incomoda o de que se ha puesto en nuestro camino para que no podamos recorrerlo como queramos. El mundo entero es de Jaime. No hay trozo de él que no sea incumbencia suya. El sol es suyo, el suelo que pisa y hasta en el que se cae son suyos. Todo le pertenece de un modo hermoso y limpio. Ahí anda, frente al girasol de noviembre, extasiado a su manera, haciéndose (sin que se aprecie) las grandes preguntas de la vida, asombrado de cuanto está alrededor suya y le gana en tamaño, sin saber cómo añadir el girasol al juego, que es el fin último de toda la vida social de Jaime. El mundo, con girasol o sin él, es siempre un descubrimiento a los ojos del niño. No hay día en que algo no le fascine o lo derrote, algo que merezca su entusiasmo o su absoluto desprecio. Ninguno en donde no mire como si fuese la primera vez en que se produce esa mirada. Eso es lo que perdemos cuando perdemos la visión de Jaime y de todos los jaimes del mundo. Perdemos esa virginidad asombrosa, perdemos la pureza del mirar sin doblez. De ahí que la fotografía sea un elogio de esa pureza. No se precisa que Jaime mire al fotógrafo o que la lente lo enfoque bien y cuadre su cuerpo con el fondo y con la luz, como si se pretendiese algo más que registrar la belleza. Los dos representan el ciclo de la vida, de los dos se extrae la enseñanza de que la vida (la luz, el amor, la belleza) se abren paso siempre. Lo hacen a empujones o lo hacen con suavidad, pero se yerguen, se izan, adquieren tallo y volumen y rivalizan con el aire en piruetas y en cabriolas, sólo que no las vemos, no tenemos modo de hacerlo. Quizá Jaime sí, tal vez todos los jaimes del mundo puedan ver lo que los mayores no podemos.

Después de la luz vino la sombra. No hace falta se la invoque. Acude sin que se la invite. Se presenta y hace casa en cualquier sitio. Quienes tenemos ya una edad o enfilamos dos edades juntamente sabemos que la infancia no vuelve. De hecho nada vuelve. Se puede echar atrás la memoria y extraer algún episodio de ese pasado incrustado en la cabeza, pero no es una visión fiable. A la memoria la perjudica el presente. Uno hace recuento y cambia el tamaño de las monedas o incluso el valor. Se recrea en la mentira si es que eso va a contribuir a que la verdad no haga daño. Por eso fascina ver a Jaime con su girasol de noviembre. Emociona de verdad. A los que nos dedicamos a la enseñanza nos parece fácil ese juego, el de ver el mundos con los ojos de Jaime. Es el mundo que no debió nunca censurarse y del que el adulto, en ocasiones, se retira o del que, llegado el caso, se avergüenza. Se quita de uno en medio, mira hacia otro lado, no comulga con juegos, no se deja intimidar por un girasol. No hay sombra en la fotografía de Verónica, su madre feliz. La cámara registra lo que el ojo le va dictando. Es el ojo quien hace el clic, no la máquina. La fotografía es el único modo de que el tiempo se detenga. Hay instantáneas que hacen que un instante se alargue infinitamente, uno que podría haberse perdido como lágrimas en la lluvia (se me va la cabeza al cine y luego la hago regresar), pero ahí está la cámara o la madre o las dos, alerta, sensibles a que un movimiento estropee el momento o que otro lo haga sublime. De cualquier manera, ahí está el infante, el niño con su girasol de noviembre, Verónica, sin escuchar otro ruido que el de su corazón al latir cuando se acerca y teme, en el fondo de su alma pequeñita, que la planta cobre vida y lo abrace y desee jugar con él a la manera en que lo hacen los perros. A ver mañana si se nos pone delante un girasol, uno de nuestra altura, un girasol puro y perfecto, el gran girasol con el que el mundo se explica a sí mismo. 





13.11.16

El árbol de niebla / Redux



A ratos tengo la sensación de que no estoy solo. En mi voluntad de no caer en la locura o en el deseo de no desear desesperanzadamente la muerte, prefiguro la idea de que, si no un mal sueño, uno de verdad triste o trágico, estoy ocupando un fragmento accidental de una trama invisible en la que yo soy el náufrago y el resto del mundo, sin exceptuar a criatura alguna, se afana en dar conmigo, mueve cielos y tierra por encontrarme, se afana por liberarme de mi cautiverio, procurándome los afectos que en este instante no poseo. Así, en esa maquinación de mi cabeza, como tantas otras que padezco y me hieren, paso los días en este isla. 

Ningún naufragio es razonable. Ninguno del que después uno pueda extraer una enseñanza o siquiera un buen relato, uno admirable, del hombre considerado en sí mismo como un verdadero héroe, enfrentado por el gobierno del azar al rigor más terrible, empujado al infierno mismo, exterminada su vocación de vida, rebajado a la condición más pobre del alma. En mi entusiasmo, el poco que tuve o el inventado ahora para aliviar mi penuria, imaginé también una suerte de ficción en la que cada ingrediente dramático contribuía formidablemente a que la historia fuese épica, fuese sublime, y concitara la admiración del público eventual que la escuchara, del lector fortuito o, bien mirado, del amigo cercano, ávido de que le cuentes todo y comprenda que has regresado del reino de los muertos como Lázaro en las Escrituras. 

A ratos caigo en el desánimo absoluto, me lamento de lo funesto de mis pensamientos y lloro a salvo del pudor, aunque mis manos tapan ridículamente mi rostro y mis ojos, entre los dedos, avizoran aquí y allá, cuidando de que nadie me observe en esa flaqueza mía. Porque soy un hombre entero todavía o porque no creo haber llorado nunca al modo en que en ocasiones lo hago. Carezco de la firmeza que otros exhiben al advertir el mal cerniéndose sobre ellos. No poseo tampoco la paciencia o la confianza que alguno manejará, especulo ahora. Manejos que distraen el curso imbatible de las horas. Argucias que combaten el desquiciamiento al que me acerco a diario. 

Tengo abandonadas todas las buenas costumbres de antaño. He comprendido que la vida en esta isla sería insoportable para el hombre que fui. He comido pescado crudo. He dormido en la orilla y me han despertado las olas. He hincado mis dientes en el cuello de un ratón y he saboreado la carne dulce hasta que mi estómago dio varias arcadas y mi cabeza reventaba de pánico. He dejado de ser quien era, sí, he dispuesto ser otro, soy inamoviblemente otro. He caminado con los ojos cerrados y la boca ocupada en un rezo en el que pedía al Señor que me partiera en dos un rayo o que una sima me tragase, aunque abajo me aguardase el mismísimo infierno. Así, de esta patética manera, fui dejando que pasaran los días juntamente con sus noches. Esta victoria sobre la isla la trajiné durante años, en soledad, escribiendo en mi memoria los prodigios a los que tendría que recurrir para que la isla entera desapareciese. Ese es mi propósito. Lo que mi imaginación febril ha fabulado es la impostura más fantástica. Ninguna iguala a ésta mía en fascinación. 

Pensé: no hay una isla, no hay un árbol a mi izquierda, no estoy sentado bajo su sombra. Es un árbol de humo o es un árbol de niebla. Mi conciencia no admite el árbol ni admite la isla. Todo eso, hechizado, pensé. Y mi esperanza o mi fantasía o mi instinto rubricaron con el sueño mi anhelo. Dejé la vigilia, olvidé la luz, abandoné la oscuridad de las noches, renuncié al sabor de la fruta, censuré los peajes de mi cuerpo. El árbol de niebla, a mi izquierda, el que me deparaba la solaz sombra, era un árbol solo en mi sueño. Ahí estaba a salvo de la lluvia o de la ausencia de lluvia, liberado de todas las servidumbres de las horas y de las nubes y de la tierra dura sobre la que orgullosamente se yergue. 

Anoche urdí este simulacro . No intervino la inteligencia, pues poseo la justa y no sabría administrarla con éxito. Fue la belleza la que acudió con amable presteza en mi ayuda. Yo la llamé y ella vino. Fue la poesía o fue el milagro de las palabras, acunadas con mimo infinito, recitadas como un salmo, invocadas para que algún dios me premiara y regalase la posibilidad de escapar de aquí, aunque mi cuerpo no abandone jamás la sombra en la que en este mismo instante yazgo. Son las palabras las que hacen que el mundo gire o se pare. O mi mundo. Ya no tengo las ideas todo lo claras que querría. Sé que si yo ahora dejase de escribir o de pensar que escribo, me quemaría el sol, me dolería la cabeza, me aturdiría dolorosamente el hambre. Si en este momento interrumpo el relato, mi corazón entero dejaría de latir, mis ojos no percibirían el cielo azul, atravesado de nubes muy blancas, que se mueven aprisa y que me ignoran. Soy como el árbol, soy de niebla.

Temo que un día mi cuerpo desista de lo que mi cabeza le ordena. Temo que se malogre este bienestar magnífico. Temo que la sima del infierno que dibujé se abra a mi paso o que el rayo que pedí acabe de verdad partiéndome en dos o en treinta. Que el frío importune mi voluntad de escribir o de pensar, no sé. Que el calor me despierte. En este prodigio no cabe la vigilia. Y con todo, en la ensoñación en la que habito, nada me es en absoluto ajeno. Todo lo siento mío y a todo me aplico con ardor. Concibo con precisión el río y escucho a mis espaldas su fluir dulcísimo. Aprecio el rumor de su caudal y el chapoteo sencillo de los peces cuando saltan. Amo el ruido que hacen las cosas cuando caen y amo la promesa de que caigan y yo escuche ese ruido. Sé que si despierto, no habrá peces, ni estarán las bestias que temo, ni la hierba glauca en la que el agua se abandona y donde hocican esas bestias para abreva, esas bestias que modela mi ingenio, mi aburrimiento, con las que entablo diálogos asombrosos. Como si fuesen criaturas humanas y me concedieran el inestimable privilegio de que yo converse con ellas. 

Creo que todo me pertenece y que nada de lo que me circunda desafía mi mando. En mi afán por adquirir en este mundo una vida similar a la del mundo que abandoné, he consentido que los animales se reproduzcan y que el cielo riegue los campos y me moje a mí, el que sueña. Es una temeridad, me ha reprochado una especie de tigre o de pantera con la que tengo unos parlamentos extraordinariamente inteligentes. En cuanto la lluvia arrecie con fuerza, ha insistido, te mojarás, enfermarás, despertarás, yo me moriré, dejaré de hablarte, se acabará el mundo. Por eso ando pensando en prohibirles la coyunda. Suprimo ese acto noble y evito que mi reino se pueble de excesivas criaturas. Soy un dios rudimentario y caprichoso, uno que declina volver a donde estaba, despertar, mirar el mar, ahí enfrente, observar el vaivén loco de las olas, escudriñar barcos que nunca llegan, cegarme con el vértigo del sol, quemarme con la fiebre de sus rayos. También soy un dios torpe y desaliñado. Un dios sin un templo. Un pobre dios abandonado que solo habla con los personajes de su locura. Que cree estar contándole a alguien el dolor que está sufriendo. Que se muere todos los días o que ya está muerto y está descubriendo poco a poco que el cielo y el infierno no existen. Que todas las almas del mundo, las antiguas y las novicias, duermen aquí conmigo, bajo el árbol de niebla, en una isla terrible al final del tiempo. 

ADENDA AL CUENTO:
Hay cuentos que salen por otros escribieron los suyos. Este, que ahora rehago (yo que nunca los rehago) y que vio la luz en la añorada Barra Libre, viene al pensar en dos autores fundamentales en mi crecimiento como lector y como escritor: Borges y Sábato. Los dos andan ahí, en espíritu; ojalá sea así. Creo que no hay cuento que alguien haya escrito en el que no se entrevea la presencia (muy cercana o atisbada a lo lejos) de otro cuento o el modo de trabajar los cuentos de otros autores, no los de uno, que es un aprendiz, en cualquier caso. La tarea de volver a escribir mis propios cuentos me está gustando, cuando pensé que no sería así. Nunca he corregido ni una sola línea de las que he escrito. Salen conforme las transcribo. Las corrige el lector interior que las lee al tiempo que el escritor interior las vuelca. Es un juego temerario, por supuesto. Mi amigo Pedro, al que debo mucho en eso de tener siempre presente la voluntad de hacer las cosas con todo el esmero posible, sin desatender ninguna minucia que pueda malograrlas, me dijo una vez que le concediera a mi escritura la reelaboración, que volviese a leer y tachase y hasta rechazase si fuese oportuno. Juan Luengo, mi eterno profesor de Didáctica de la Lengua, me contaba parecida cosa hace treinta años. Creo que empezaré a hacerles caso a los dos. 
Dibujo: Sergio Garval

11.11.16

En la muerte de Leonard Cohen



Hoy pondré Suzanne y escucharé la letanía evocadora de Leonard Cohen, su susurro familiar, su invitación a vivir por encima de todos los obstáculos. Hoy ha muerto Leonard Cohen, pero escuchando Suzanne no parece que morir sea una circunstancia que impida que continúe cantando. Quizá a estas horas de la mañana sepa ya si Jesús caminó por las aguas. En el fondo le importó poco si lo hizo o no. Lo que le fascinaba era hacer que otros pensaran en si pudo o fue disuadido. Es una forma triste de empezar la mañana, sin embargo. No por contada, por avisada con antelación, su muerte duele menos.

6.11.16

Los deberes escolares son el ruido de fondo




Lo primero que se me ocurre cuando escucho que los deberes escolares deberían ser eliminados es que los que hablan no son maestros o no son padres. Los primeros, salvo quienes ejerzan el oficio a ciegas o no se involucren a conciencia en lo que se le exige, saben que la escuela no se acaba en el edificio que la acoge ni que su horario finaliza cuando toca el timbre o cuando se cierran las puertas y las cancelas del centro. Los segundos, salvo quienes ejerzan la paternidad a ciegas o no se involucren a conciencia en lo que se les exige, saben que la educación no acaba en casa, sino que se extiende en la escuela y, en cierto modo, en la misma sociedad, que es la que en última instancia afina o malogra lo que padres y maestros han ido construyendo a lo largo de muchos años. Los dos, salvo que no pertenezcan a este mundo y lo transiten sin fijarse en lo que les rodea, saben que todo nace o muere en estas edades tempranas en las que se forja la educación, se crean los hábitos de trabajo y se adiestra al ciudadano del futuro a que valore el esfuerzo, respete al prójimo, sea honesto, responsable, solidario, constructivo, sensible y todo cuanto conduzca a que el mundo en el que viva sea mejor que éste y convivamos en armonía en él. En esa tarea, no pequeña ni fácil, andamos los maestros y andan los padres.

Se mandan deberes porque la escuela no acaba a las dos de la tarde o porque hay que afianzar lo que se aprende o porque el trabajo en casa implica una disciplina de trabajo y un tiempo en el que se toma conciencia de todo lo que se ha ido impregnando en el transcurso normal de las clases. Toda esta agitación sobre la pertinencia de los deberes está equivocada de base. No son los deberes los que lastran el tiempo libre de los alumnos, justamente el que reclaman algunos padres. No en mayor medida que todas las actividades extraescolares que se programan desde casa y que ocupan las tardes. Quizá el debate estribe en si asistir a unas clases de karate, ballet o teatro rivalizan con el tiempo que se precisaría para que las tareas se hiciesen en casa. El problema no es el hecho de que existan deberes (pues claro que deben existir) sino la cantidad y la calidad de los que se envíen, con independencia de que se manden para un jueves o para el fin de semana. Quienes desean abolirlos o reducirlos a una expresión mínima, por contentar un poco al afrentado maestro, no pueden usar el argumento de que la familia, asfixiada por ellos, no podrá hacer lo que es legítimo, esto es, salir de paseo los domingos, ir a misa o visitar museos. Hay tiempo para que todas esas nobles ocupaciones tengan su hueco en el horario de la casa sin que se sacrifique la comisión del deber escolar.

El padre no es un maestro ni debería serlo. Tampoco el maestro puede arrobarse la función de padre. Hay cosas que se enseñan en casa y que son de incumbencia paterna, aunque al maestro se le encomiende en cierto modo continuarlas o, en todo caso, no hacer nada que las malogre. También hay cosas que se enseñan en la escuela y que están asignadas al maestro, aunque el padre pueda colaborar en ellas y, en cualquier caso, no desautorizarlas, no hacer pensar al hijo que la casa y la escuela están en abierto enfrentamiento. Es la intersección de esas dos realidades la que hará que ambas funcionen. La supresión de los deberes es tan aberrante como su abuso. El término medio de la virtud se decide cuando el maestro y el padre poseen una información clara de qué precisa el alumno o el hijo. Basta con que se vean y hablen. Seguro que llegan a un acuerdo. Seguro que hay una voluntad o un compromiso. Los deberes no son buenos ni malos por sí mismos. Nada, en cierto modo, es bueno o no lo es sin que intervengan matices, sin que se observe con atención, por apreciar cualquier anomalía, por no dejar pasar un error que estropee la bondad prevista. Hay tareas mecánicas que no sirven para nada (restitución de ejercicios vacíos, repetitivos) y tareas mecánicas que son imprescindibles. Pienso ahora en la lectura, en el tiempo en que los primeros cursos de primaria los padres se sientan con sus hijos y les hacen leer. No es cosa de abolir o de mantener, sino de medir qué se suprime y qué se cumple. Ese compromiso lo decide el maestro y lo acata el padre. Se entiende que es el maestro el que tiene a su disposición toda la información y que, en base a ella, escoge y desecha, aplica con corrección la cantidad de deberes que mandará para casa. Lo que no es posible que gobierne, ni debería gobernar nunca, es el uso del tiempo del que dispone su alumno en casa, con sus padres. Si los padres le tienen cuatro horas de frenética actividad extraescolar, consagrada a que baile, aprenda inglés en academias con nativos o juegue al baloncesto en un club, la cosa cambia drásticamente. Porque el tiempo es el mismo y no se puede estirar más de lo que ya estira. Entonces es cuando se vulneran los derechos del niño, cuando se fractura el insobornable principio de que la infancia no debe cargarse con responsabilidades propias de los adultos.

Antes que debatir la vigencia de los deberes, deberíamos pensar en si la enseñanza está bien considerada en la Administración que la gobierna. Si se la prestigia desde dentro o se van sucediendo carteras, despachos y órdenes sin que haya una voluntad firme de coherencia y no de deriva, de peregrinaje de un modelo a otro, sin decisión firme de cuál es el más idóneo, si alguno es coherente y propicia un verdadero cambio en los resultados, en la confianza que la escuela da a la sociedad y en la profesionalidad que los políticos de turno aplican a su oficio. En el nuestro, en el día a día de tiza en mano y paseos entre las mesas, tengo una idea muy clara de lo sacrificados y eficientes que somos. Si no nos jaleamos nosotros mismos, no debemos esperar a que otros, sin saber o sabiendo mal, lo hagan. En todos los países en donde brillan los resultados escolares hay una buena financiación detrás. El gasto educativo en España está en consonancia con los resultados educativos que exhibe. Los países de evaluación modélica (Finlandia a la cabeza, aunque luego sea el país con el mayor índice de suicidios, en fin, no se puede tener todo) no tendrá este tipo de controversia, no se tendrá al maestro en una estima social tan baja como aquí se estila, no será la educación una de las preocupaciones menores de sus habitantes. Allí ya están en un modelo escolar en el que no hay exámenes, ni horarios rígidos, pero eso es ciencia-ficción aquí. En España, a poco que uno se fija, advierte que sólo se trae lo educativo al escaparate cuando interesa que ocupe titulares o cuando se exhibe la desgracia de que un alumno ha sido agredido en las aulas o en el patio. Interesa el acoso, interesa que se sepa bien lo largas que son nuestras vacaciones. Todo lo demás es secundario. La escuela no está todavía involucrada en la sociedad, no se la mira con el respeto con el que se debe. Ahí empieza el roto que luego deshace todas las costuras y deshilacha completamente el traje de la Educación, por demás viejo, gastado y muy poco renovado.

Ahora andan pidiendo un Pacto, no otra ley que derogue la antigua insatisfactoria, algo inédito en los últimos cuarenta años. "Preparamos a nuestros estudiantes para trabajos que aún no existen, en los que tendrán que usar tecnologías que no han sido inventadas para resolver problemas en los que no hemos pensado todavía". Lo dejó escrito Richard Riley, un secretario de Educación estadounidense. Sí, todo eso es cierto, pero no llegaremos a preparar para el incierto futuro si no pensamos con tranquilidad en el balbuceante presente. Y el centro de toda esta vocación de futuro es el maestro de ahora, el que ahora parece un fanático de los deberes, como si ésa fuese la única traba que impide que la escuela avance. Ojalá este gobierno recién formado, esta legislatura de pactos, concite la voluntad mayoritaria y no sólo prosperen las ideas de unos, sino que se concilien las de los todos y salga una verdadera senda por la que transitar, como han hecho otros países, y no tengamos que aficionarnos a usar el verbo derogar, tan triste a veces, y a ver pasar modelos educativos como el que, sentado en un parque, ve pasar perros desamparados, sin dueño ni sitio al que ir.

En lo visto hasta ahora, en lo que se advierte en la escuela del día a día, parece que la preocupación más urgente es la de transcribir todo lo que acaece en el aula, la de registrar las toses y los ruidos, las risas y los bostezos. El fracaso escolar, que no dudo que exista, no se palia con el nuevo modelo curricular que pretenden que adquiramos. Pesan más las anotaciones que propicia la explicación que la explicación misma. Ah, perdonen, no son explicaciones lo que ahora hacemos. Son otra cosa, no sé cómo llamarla. Lo único que a veces parecen que hacen los teóricos de despacho es innovar en lo semántico, en los pilotajes, en las competencias, en lo que antes fue y ahora no hay ni que mentarlo. No se nos pregunta a los maestros, no estamos en las reuniones en donde dirimen qué vamos a hacer y qué no, no se nos confía la sustancia de fondo, ni se nos interroga sobre los males que apreciamos, las soluciones que nuestra modestia inventa. Y mientras tanto el ruido es la tarea, no calidad de la tarea, ni siquiera la necesidad de mandarla, los porqués.  No es cosa de inventar libros blancos o de reunir a los maestros en reuniones donde quienes las convocan se enredan en la espesura del lenguaje que manejan y no bajan a la arena, no miran de frente la realidad que pretenden modificar. Al paso que vamos, repetiremos este argumento (el de los deberes, el de la financiación escolar, el del prestigio de los maestros, el de la cobertura de las bajas, el de la consigna masiva de datos en registros inútiles) de aquí a un par de años. Porque no sería de extrañar que viniesen otros magos y sacaran de la chisteras conejos que no conocemos, justo ahora que estamos empezando a domesticar a estos.

Lo desacertado de que cunda en casa la idea del desacato sí que me parece grave. Lo digo por lo resuelto por los padres de la CEAPA que reclaman la posibilidad de que un menor de edad haga huelga. Si en esa temprana edad anida en la mente del alumno que puede rebelarse contra la opinión o la decisión de su maestro, no sabremos qué modo de manifestar su descontento adoptará de mayor. Es el camino equivocado. Es una célula pequeñita que se convertirá en un alien y colonizará la escuela y, por añadidura, la sociedad, resquebrajando su convivencia. Si en casa se menosprecia la escuela, si se habla mal de ella o se discute su proceder o se pone en entredicho lo que allí se decide, estamos perdidos. Lo que ha puesto sobre la mesa el debate sobre los deberes es a la educación misma, la ha hecho pensar, se ha producido eso tan importante (y tan educativo, permítanme) de dialogar y de entender que a veces no lleva uno razón o que la lleva en parte y aceptar la razón contraria y dormir después con la conciencia tranquila y en paz con uno mismo. No sé cómo dormirán los padres y los maestros finlandeses. Imagino que con edredones de IKEA.



El tiempo, ah nuevamente el tiempo

Cuando se te ocurren muchas cosas que luego no haces terminas haciendo las que ni pensaste, empiezas a mover cosas que no debían ser movidas o a decir cosas que no debían ser dichas. Un día vas a un lugar en el que no se te espera cuando hay otro en el que se impacientan porque no acudes. El problema es no saber emplear bien el tiempo, poseer ese sentido de la propiedad que, en otros asuntos, está bien enraizado, convertido en parte de nuestra propia identidad incluso. Uno es, por ejemplo, dueño de su piso o de su colección de libros o de una bufanda, pero no siempre podemos asegurar que hemos sido dueños de nuestro fin de semana o de una vida entera, ya puesto a entrar en honduras. Del tiempo se tiene siempre una impresión fragilísima, de las que se vienen abajo si se interrogan a fondo. No sabemos mucho sobre el gobierno del tiempo. Lo paradójico es que ocupamos una parte considerable del tiempo en organizar cómo emplearlo de manera eficiente. Se gasta en hacer planes más que en llevarlos a cabo. Lo malo es el remordimiento, la idea muy precisa de que no regresa, de que el tiempo no mira jamás atrás. Hay quien dice que tampoco especula con lo que está por venir. Que sólo somos presente, triste, aburrido, jovial, alegre, trágico, poético o amoroso presente. Está el hoy tan lento y el ayer tan breve, pero es al mañana al que damos el mayor esmero, sobre el que edificamos la completa existencia. Yo ya estoy pensando qué haré el próximo fin de semana, tengo preparado el libro que empezaré a leer y hasta sé qué película estrenarán y a la que, si no hay impedimento, asistiré. Está el ahora, el ahora que dura tan poco que a veces ni tiene consistencia, como el azúcar que echamos en la palma de la mano que de pronto empezamos a abrir. De hecho ahora tendría que estar haciendo lo que tenía pensado hacer, pero aquí me tienen, escuchando blues de los años cincuenta (suenan sucios y llegan antes al alma) y considerando la posibilidad de hacer algo enteramente novedoso, tener la satisfacción de sorprenderme y de que me agrade el asombro. 


4.11.16

Los malditos y el amor




Hay amores difíciles. Los tienes a mano, sabes que el corazón te inclina a ellos, te borra toda posibilidad de que la cabeza argumente y te ponga los pies en el suelo y no haya paseo por las avenidas ni besos en las calles oscuras. Lo bueno de que el amor sea inalcanzable es que puedes hacerlo durar toda la vida. Hay algunos amores carnales, tangibles, de una realidad insobornable, que flaquean a poco que echan a andar o se vienen estrepitosamente abajo cuando la rutina los baña con toda su gama selecta de jabones mediocres, sin el olor deseable, sin el tacto anhelado en la piel. Podemos aliñar ese idilio platónico con esquelas funerarias. Si el objeto de nuestro desvarío muere y, sobre todo, si la muerte acaece en edades tempranas, el amor se acrecienta, adquiere una solidez que rivaliza con los otros, con los amores cercanos, con los que organizamos las vacaciones de verano y hacemos la lista de la compra del súper. En cierto modo uno quizá lo que ande evitando sea esa desconcertante aventura doméstica que consiste en pagar los plazos del lavavajillas, cuidar de que los hijos vayan bien aseados y vestidos y que la hipoteca se salde en el menor número de años posible. Nada de eso sucede con las divas del soul a las que de pronto reconocemos como el amor privado, el amor imposible, el gran amor que no será nunca factible. En el caso de Amy, en ese cráter lúbrico y blasfemo de sexo, drogas y hermosas canciones de los años cincuenta, canciones negras y untosas al oído, la cosa se complica extraordinariamente. No se nos ocurre que podamos soportar su voluble manera de mirar cara a cara la vida. Se desvanecería la pasión, se dormiría en la cama, cuidando de que no nos sobresalten las pesadillas, el olor a sucio que tiene el cuerpo cuando no se le conceden los cuidados que calladamente exige. Queremos, en el fondo, mantener alejado al amor que encarna Amy. Deseamos una existencia sin sobresaltos. Le pedimos a la vida que nos alivie cuando nos hiere, pero aceptamos que un poco de daño es aceptable. No hemos venido al mundo a vivir en un carrusel de alborozo, decía la canción. La cosa es que tampoco sabemos muy bien a qué hemos venido, si hay un propósito, aparte del encomiable de acostarnos por la noche con la conciencia tranquila, el trabajo hecho y el pecho henchido porque hay un lugar en el mundo que nos pertenece.

A Amy Winehouse no le tocó en suerte pertenencia alguna. Las que tuvo las fue arruinando, se obstinó en que ninguna prosperara. Se despeñó en otro carrusel, el de las drogas, tan conocido. La noticia de su muerte no fue un verdadero acontecimiento. Estaba muerta, a decir de quienes estaban más o menos al tanto de su ajetreada vida. Ella misma, imagino, también pensaría en que la muerte la rondaba por las noches o al romper el día, no sé. Mientras ese momento terrible no se presentara, vivió con la velocidad con la que suelen todos los que saben que el final está cerca. Fue una maldita en vida, no hizo falta que se ganara ese atributo mítico cuando la acogió la tierra. Todos los que la quisimos de una u otra manera no entendemos de malditismos. Oímos esa palabra y no sabemos ir más allá de dos o tres tópicos. El arte tiene siempre mártires para que toda esa mitología continúe fascinando a las generaciones siguientes.  No hemos nacido para ser malditos a tiempo completo o para ser la pareja de quien de verdad ha decidido que ése es el camino correcto o el menos aburrido. La vida, en cuanto tiene ocasión, se abre paso, nos pone la sensatez que en ocasiones rechazamos, y la abrazamos y pensamos que está bien mirar a los malditos desde una buena butaca, frente al televisor 4K, curvo, de pantalla muy negra y contrastes altísimos. Asistimos al pasaje luctuoso de la diva a la que amamos un tiempo, cuando sacó un disco maravilloso y pensamos (escuchando su voz, teniendo conciencia de lo buena que de verdad era) que a veces se hace insoportable la fama o que la vida, la de los otros, quiero decir, no se parecería en nada a la nuestra. Como si todos estos muertos insignes, tan brillantes, no se miraran al espejo por la mañana y se hiciesen las grandes preguntas, las que nos hacemos de cuando en cuando nosotros, si no saldrían a la calle a comprar el pan y se sorprendieran de que valiese un poco más que ayer y si no tendrían también gente a la que admirar, de la que enamorarse y por la que sentir, cuando murieran, un pena honda, como la que yo sentí hace unos años cuando me enteré de que había muerto Amy Winehouse.

3.11.16

Kandinsky en mi escuela



En mi colegio los alumnos de cuatro años saben quién es Vasili Kandisnky, el precursor de la abstracción en pintura. A este paso, conforme avancen los años y progresen en sensibilidad y en conocimientos, en actitudes y en competencias varias, acabarán comprendiendo todas las corrientes pictóricas. Sabrán el porqué de los trazos, los motivos. Kandinsky, en Infantil, es el punto de partida. Yo pido un aplauso a la maestra que está detrás. Los maestros, de vez en cuando, tenemos que jalearnos de esta manera, darnos ánimo, poner un poco de respeto y de prestigio al oficio. Afuera, a poco que nos descuidemos, nos lo arrebatan a manotazos. Sólo hay que poner la televisión o leer la prensa o escuchar algunos comentarios, casi nunca bien intencionados, con los que se nos zahiere y ofende. Y por hoy ya está bien la cosa. Viva Kandinsky y las maestras de Infantil de mi estupendo colegio.

1.11.16

Todo es de color



No dudo que estemos en los límites absolutos de la abstracción, ni que algunos, al ver Untitled (Yellow and blue), el cuadro que cuelgan los dos operarios, o Orange, red and yellow, la segunda fotografía, la de la señora pasando inadvertidamente frente a la obra, piensen en Rothko como un genio absoluto de la pintura del siglo XX. Al final va a ser verdad que lo etéreo emana o que el nihilismo transpira como un atleta de maratón en el tramo final o que el drama humano se exhibe con absoluta y descarnada fiereza. Soy capaz de prestar toda la atención de la que dispongo y escuchar lo que me cuenten sobre este cuadro famoso. No se me ocurre que mi ignorancia interrumpa a quien me esté ilustrando con alguna ocurrencia jocosa, del tipo mi hijo era capaz de hacer eso en cuarto de primaria. De llevar yo razón, no se habría vendido en una subasta en Sotheby's por 46,5 millones de dólares. De verdad que no soy enemigo de lo abstracto; de hecho, en ocasiones, me he sentido tentado de volver a estudiar Filosofía, como antaño, cuando más joven, pero me ha disuadido la realidad, que va siempre muy rápida y no da tregua a nadie, ni siquiera a un voluntarioso aprendiz como un servidor. Tal vez no tenga la sensibilidad que el ingenio de Rothko exige a su público. Porque será público, imagino. O igual, en este rango de hondura pictórica, es otro el nombre con el que se les llama.



En mi entendederas, cortas a más no poder, alcanzo a razonar que lo trascendente de esta obra no es lo pintado en sí, sino la idea de que nadie había hecho nada parecido. En el arte a veces no triunfa la belleza sino la historiografía de la belleza, una especie de acuerdo consensuado entre los críticos que hace que se privilegie el discurso que precede a la observación del cuadro más que el cuadro por sí mismo. Leo con infinito asombro que la obra de Rothko es compleja. Me informo de que era un ruso judío que anhelaba sentir la vibración del espíritu en lo que pintaba. Lector de Nietzsche, fascinado por la música sinfónica rusa del siglo XX, Rothko debió ser un tipo inteligente. Lo es sin duda el que hace que los demás inteligentes ocupen su tiempo en hablar de él y hacerlo con absoluta devoción. No hay ningún texto (de los que he ojeado) en el que el articulista decline la posibilidad de ensalzar al pintor o de rebajar la monumentalidad de su obra. Será cosa de leer más (pero no lo haré) o de ver los cuadros a un par de metros, en un museo, en donde verse los cuadros. Quizá ahí adquieran todo su incuestionable esplendor. Lampo por encontrar alguien que zanje mis contradicciones. Seguro que hay un amable lector que entiende el arte más que yo. Acabo. Rothko se suicidó en 1970. Sus obras, conforme se acercaba ese desenlace funesto, abandonaban los colores vivos y abrazaban sin disimulo los grises, los marrones, incluso negros empalidecidos. Como siga escribiendo, voy a terminar por comprenderlo todo de manera íntegra y limpia. Me van viniendo las palabras. Se me ocurren ideas que antes no vislumbraba siquiera. Creo que estoy viendo la luz. Veo la angustia, veo el conflicto, veo con imprevista claridad la armonía del cosmos y estoy dispuesto a defender mi súbita epifanía con cualquiera que la rebata.