31.10.16

Hoy me he levantado Leonard Cohen




A veces hay que hablar con los mayores. Por pedirles que nos guíen, sí, pero también para escuchar dónde flaquearon, en qué no fueron buenos, ni quizá desearon serlo. Por curiosidad. Por el puro placer de hacer nuestro lo que no nos pertenece o lo que no vivimos. Por saber con qué aplomo afrontan el final del trayecto o por dejarnos entusiasmar por la constancia con la que llegaron a ese punto final. Siempre pensé que Leonard Cohen era un señor mayor. Me lo parecía en las portadas de sus discos cuando los descubrí en la adolescencia. Luego está la voz adulta, la hondura a la que nos dejábamos caer. Ahora lo veo como si fuésemos un poco iguales. Hemos estado en hoteles, hemos escrito poemas, hemos ganado y hemos perdido, hemos buscado a Jesús en el mar y no lo hemos visto. Soy una especie de Leonard Cohen sin la pose de gentleman de anuncio. Hoy me he levantado escuchando su último disco, I want it darker, y no se me ocurre nada más que agradecimiento. No hay forma de que pueda expresárselo. No la hay de ninguna manera, no existe el conducto que una el leonard cohen improvisado de aquí (impostado, usado para la gestión del texto) y el leonard cohen verdadero, el que dice que se está muriendo y que ese disco es el último. Las cosas póstumas no deberían existir. Lo que sabemos que se realiza por última vez. Las últimas veces son las más tristes, pero igual alguien nos ilustra, nos pone en la senda del conocimiento y nos hace ver qué belleza hay en la vejez, qué dulzura, qué formidable valor lo recordado, lo transmitido, toda esa experiencia acunada a conciencia, convertido en himno o en bandera o en asunto de taberna cuando la tarde flaquea y la lengua se despeña en intimidades.

30.10.16

Apunte sobre la muerte del lector Monteagudo

En algunos cuentos de Jorge Luis Borges, los personajes alquilan quintas de espaciosas habitaciones en donde encuentran novelas de autores alemanes de primera mitad del siglo XIX o ejemplares de la Enciclopedia Anglo-Americana. Los pisos que se alquilan hoy en día carecen de este encanto libresco y únicamente podemos aspirar a que alojen revistas dominicales atrasadas o novelitas rosa de tomo amarillento que, al gusto de los inquilinos o al albur del azar, han quedado abandonadas, a beneficio de las inclemencias del olvido, ofreciendo su alquimia de pasiones y de fugaces momentos de felicidad a quien habite la pieza. Sorprende siempre cierto rasgo intelectual –o meramente estético– en el mobiliario arrumbado en las habitaciones. Permitan que tire de ejemplos: un Paul Klee evidentemente falso, un disco rayado de arias de Verdi, un crucifijo al que le falta la cabeza del caído, un mantelito con blondas que prefiguran olas. Hay quien interroga el asombro ajeno con estos objetos singulares. Mi amigo Gustavo Monteagudo, que murió días después de que un caballo alocado la coceara la cabeza, gustaba asistir a las presentaciones de libros. Como no tenía familia cercana ni amigos lo suficientemente íntimos – yo nunca lo fui, en realidad – imagino que en los pisos en donde vivió (algunos, a decir suyo) habrá evidencias de sus gustos literarios. Le excitaba sobremanera que un amigo le pillara embutido en su sillón, frente al ventanal, distraído en Baudelaire o en RimbaudNunca sabremos si los leía o no: jamás hablaba de literatura, pero no había ocasión en que no llevase un libro bajo el brazo o tuviese alguno intencionadamente abandonado en el taquillón de la entrada a su piso o encima de la cama. El caso era que supiésemos que leía y, sobre todo, qué leía (y luego dicen que las tildes carecen de importancia).

El salto a los filósofos nórdicos requería de una situación especial. Una vez se llevó una “Exégesis del pensamiento cartesiano” de un autor noruego de apellido imposible al velatorio de una tía suya. A fuerza de cuidar con detalle estos exabruptos, Monteagudo acabó muy sobrado en lo que podríamos nombrar como “cultura erudita”. Un día nos desarmó con una reflexión agudísima sobre la influencia de las escuelas pictóricas vienesas en el cromatismo de Picasso o cómo cierto viaje a la Italia profunda abrió a E.M.Foster un mundo de nuevas y exquisitas sensibilidades que, a la postre, inundaría su abundante obra literaria. Y yo sólo había visto las adaptaciones cinematográficas de James Ivory en cine, qué vamos a hacerle. Este conocimiento no requería lectura alguna ni se garantizaba que Monteagudo discerniera entre un Monet y un Tolousse-Lautrec o alcanzara a percibir el sutil sentido del tiempo en Proust, ya saben, el café, la magdalena, todo eso que todo el mundo, sin leer a Proust, conoce de antemano. Prefería, no obstante, leer – o no leer, según se mire – argumentos livianos frente a la pesadísima enjundia de autores mayores, pero los años de perfecta simulación le condujeron a advertir que el efecto Schopenhauer era infinitamente más contundente y explícito que el efecto SalgariQue citar a Mahler producía reacciones más intensas que nombrar el inventario doméstico de músicos abonados a la zarzuela. Nunca entendió este escalafonato en los matices, pero jamás se resistió a usarlos.


Tras la coz letal, Monteagudo abrió, sin voluntad, el piso de alquiler. Días antes, premonición del fatal deselance, confesó a un amigo común la posibilidad de que algún percance le ocurriese y el fondo de catálogo de sus anaqueles quedase expuesto a la voracidad de los curiosos. Gustaba de pensar que el piso fuese suyo y poder cambiar el papel pintado o los muebles. No le agradaba que las Obras Completas de Azorín, edición de Castalia, ocuparan un rincón escasamente iluminado de día y al que no llegaba de noche la luz de la lámpara, pero los sitios más golosos, los más indisimuladamente expuestos, estaban inevitablemente ocupados por escritores que, a su juicio, merecían más ese privilegio: MelvilleJoyce, Flaubert, Malraux, Faulkner, Dickens, Calvino, Camus.


Todavía guardo fresco recuerdo de lo que vimos en el piso cuando acudimos a recoger algunas de sus cosas antes de que el casero lo preparase todo para un nuevo inquilino.
Monteagudo había colocado sus libros por el piso en lo que, a ojo de un desconocido, pudiese parecer obra del azar, pero nosotros sabíamos que aquel reparto no obedecía al concurso de la casualidad. Sobre la mesita de noche, un Espronceda. En el salón, junto al ventanal, Dante. En la cocina, mal apilados, Poe, Neruda y Asturias. Tirado en el suelo, en la alfombra del recibidor, un ejemplar pisado de la Biblia. Poeta en Nueva York estaba sobre la taza del retrete. El Quijote, debajo de la almohada. Una fabulosa edición de los cuentos de Hemingway en el alféizar del ventanuco del cuarto de baño, expuesta al rigor del sol y de la lluvia. Poesía del 27 para la terraza. La metamorfosis, la historia del sublime Gregor Samsa, descansaba en la mesita de noche. Como si hubiese sido el último libro que leyera. Ceso aquí el inventario. Esta empresa absurda en apariencia no puede ser fortuita: tampoco baladí o frívola. Monteagudo quiso decirnos algo con ese desorden de libros. Se entretuvo en contar algo y en hacerlo del modo que más le satisfizo. A quienes le frecuentábamos nos dolió que se nos escapase alguna parte de esa especie de carta invisible que nos había obsequiado. 
Al modo en que a Alonso Quijano le perturbó el tino la lectura de las andanzas de los caballeros andantes, nuestro querido y tristemente finado Gustavo Monteagudo también fue aquejado por alguna fiebre de naturaleza enteramente libresca. He pensado que se dejó cocear como un exótico modo de suicidio. También que Monteagudo es ahora Samsa y se esconde para que no veamos la obscena evidencia de su transformación. Ignoro si el caballo estaba al tanto cuando le empotró la coz de que todo era un plan urdido por su víctima. Nunca lo sabremos. Nada hemos perdido.

26.10.16

Cita

        Porque la fe y el amor y la esperanza
        Están contenidos en la espera.

                     T.S.ELIOT

22.10.16

Cántico I

Hay vidas improbables que le tocan a uno
O es una sola vida y su vértigo la multiplica.
Duele siempre su conclusión.
La noticia del cese.
La evidencia notarial, las palabras
Confiadas al acta
Que consigna
La ebriedad de los días,
el vacío de sus noches,
Ese dulzor
En los labios
Que nos escolta, ufanos,
Al sueño.
Y sin embargo,
El ala siempre festeja el vuelo.
No importa que se le explique
Lo corto del tramo que recorre.
O si al final nada de lo encontrado
Hizo que mereciera la pena
El trayecto, el tiempo empleado
En acudir al desenlace.

21.10.16

El oficio de contar / Leonard Cohen, Paul Auster y Richard Ford en Asturias





Leonard Cohen invita a naranjas y té de la China. Tiene una biblia en la mano, pero no se cree lo que dice; sólo recita los pasajes controvertidos, los que encierran las metáforas más hermosas. En cierto sentido, su poesía es de índole teológica. Lo que hace en muchas de sus composiciones es indagar en la naturaleza de lo espiritual, en la posibilidad de que Dios exista y de que no sea una construcción humana, como sospecha desde que echó a andar por los libros y por las personas. Lo más hermoso de todo lo que Leonard Cohen ha escrito proviene probablemente de ese deseo enorme de aceptar la cultura que ha recibido y de convivir con ella con armonía. Maldito a medias, entre la voluntad de vender discos y hacer giras y la de pasar desapercibido y cantar a solas y escribir sin que todo importe, Leonard Cohen está en el ocaso de su vida, eso ha dicho, y You want it darker es su obra póstuma. Siempre me impresionó lo póstumo, lo hecho en la creencia de que nada lo continuará, todas esas últimas palabras que se dicen para que consten o para que la memoria de los demás las reciten o las pronuncien (más modestamente) cuando piensen en qué hicimos en vida y cuánto duele que no podamos añadir nada más. Este bardo feliz sigue fumando en las portadas de sus discos y desafía heroicamente a quien le reproche su mensaje, su discurso tras haber pasado por los hoteles de las ciudades a las que va a tocar. Cuando le dieron el Príncipe de Asturias de las Letras hace cinco años Cohen expresó una gratitud muy profunda: la de la tierra, la de la vocación por componer, la de ubicar su yo en el mundo, tarea a la que contribuyó (lo dijo varias veces) el poeta Federico García Lorca.

Richard Ford escribe para percibir el entusiasmo del mundo. Es la gracia que emana de la vida la que lo impulsa a consignar palabras, en hilar historias, en concederse el oficio de novelista, que es un trabajo en donde no trabaja la inteligencia (lo dijo hace pocos días) sino la imaginación. AHace poco ha estado contando las razones de la escritura. Dijo que recibir el galardón del Princesa de Asturias de las Letras 2016 le parece una evidencia de la maravilla del mundo, que no deja de producir asombro y de hacernos sentir perplejos. Ha dejado la sensación de que hay algo noble en la construcción de una novela, algo que puede hacer que el mundo sea un lugar mejor o de que gire con una armonía más hermosa. De sus libros, de los que conozco, extraigo también esa visión extremadamente frágil, como a punto de resquebrajarse en cualquier momento, de lo humano. Sus personajes (pienso en Bascombe, el periodista deportivo, su personaje central, una especie de alter ego gozoso) trenzan una peripecia vital tan delicada, tan expuesta a la zozobra de las emociones, que crees estar asistiendo a una confesión íntima, de una intimidad absoluta. En eso, en hurgar en lo oscuro, Ford es un maestro. Uno que no se exhibe en demasía y al que los actos de reconocimiento le parecen útiles si le conceden la visita de más lectores a la casa de sus libros. No es a él a quien se premia, parece decirnos, sino a la literatura en sí misma, al oficio de contar, tan antiguo.


Hoy, viendo a Richard Ford, he pensado en Leonard Cohen nuevamente. Me persigue Cohen estos días de Bob Dylan. Veo a Cohen en todos lados, oigo su voz cavernosa continuamente, se me viene versos sueltos (Suzanne takes you down to a place near the river; First we take Manhattan, then we take Berlin) y pienso en que hay personas que no dejan de hacer el mismo maravilloso trabajo durante toda su vida. Da igual que sean poetas o registradores de la propiedad, vendedores de coches o maestros de Primaria. Lo hacen con la convicción de que no podrían hacer otra cosa. De haber otra, si hubiese un Cohen distinto al que se nos ha ofrecido o un Ford que no escribiese Canada, perderíamos una parte fundamental de toda esa bendita cultura que está ahí, firme y expectante, dispuesta a impregnar  con su halo de inteligencia y de belleza a quien desee arrimarse. Todos los cohens y todos los fords que no vemos y andan en la oscuridad, sin que hayan podido manifestarse enteramente, todas las canciones perfectas que no hemos escuchado, todas esas novelas grandiosas que no han visto la luz, andan esperándonos de algún modo. Los premios no se entregan a las personas que suben a recogerlos con más o menos henchida felicidad: se dan al oficio que representan. Los dos, Cohen y Ford, son personas que manejan el tesoro más grande, el de la palabra. Son las palabras las que de verdad importan. Nada es más precioso que su tacto lírico o su presencia justa o terrible o lujuriosa. Otros escritores galardonados (Muñoz Molina, Auster, Claudio Magris, John Banville, que ahora recuerde) habrían dicho lo que hoy ha dejado en el aire, en el Teatro Campoamor, el viejo Richard Ford, que tiene tiempo para apresar la vida y luego verterla en un libro. Los escritores son categorías especiales, imagino. Se podría pensar que no obedecen a las reglas de la física tradicionales. El tiempo, en ellos, actúa de una manera diferente. Como si fuese más elástico. Como si pudieran modelarlo a capricho. Seguro que al pobre Bascombe, tan extenuado siempre, tan al borde de tantas tragedias y tan a flote en muchas partes de ellas, le parecería que estos son los verdaderos argumentos, no la prosaica y a veces lastimosa tarea de salir a la calle y lidiar con la realidad. Auster es un poco Ford en ese aspecto. Podrían haber salido los tres juntamente. Hubiese estado bien. Una fiesta para los amantes de la literatura.


19.10.16

No poder volver a la Nostromo nunca más, no escuchar a las seis de la mañana Stormy Weather...

Todo sigue felizmente en desorden. El primer impulso es coger unas cajas y meter los libros que ya no leemos y coger más cajas y meter los discos que ya no escuchamos. Una vez que hemos llenado montones de cajas y hemos aliviado el desorden se procede a inventariar meticulosamente el material sobreviviente. Entonces advertimos que la habitación sigue reventando por todas las paredes y ya no tenemos cajas en las que meter más libros ni más discos. El siguiente impulso es cerrar el cuarto con llave y abrir otro cuarto donde comenzar una nueva vida de libros y de discos. Encerrar a Cortázar con Kundera. A Shostakovich con Robert Johnson. A Gloria Fuertes con José Ángel Valente. No volver al Nostromo ni perderse en el jardín de senderos que se bifurcan. Tampoco fugarse en un solo de Chet Baker, convenientemente a recaudo, ni sentir la primavera dinamitándonos el pecho al escuchar la voz lisérgica de Janis Joplin. Cuando la necesidad apremie y uno sienta que debe iniciar el regreso, nada más sencillo que buscar la llave y abrir la pandora de los recuerdos, pero a cierta edad conviene abrir un cuarto nuevo e ir administrándolo (esta vez) con cierto rigor. Salir una mañana y comprar el primer libro. Colocar en un anaquel espacioso, que no esté combado, y mirar el lomo y la pasta, que puede ser dura o blanda. Abrir sus páginas mientras haces tiempo para salir al trabajo y visitar el episodio en el que Quinn o William Wilson busca a Stillman, que ha renunciado a la vida o que parece que ha renunciado a la vida en el fondo. Los años repiten gestos y la memoria se parece sospechosamente a la habitación que estamos engordando. Al final no es posible desmantelar la memoria y empezar de cero y no saber quién es Humbert Humbert ni cómo se dejó atravesar por aquella dulcísima maraña de espinas. Lo mejor es renunciar al orden. Se vive mejor en esa dulce anarquía consistente en que sean los objetos los que te sorprendan y no tú a ellos. Vas en busca del libro de Mark Twain contra la religión (uno de una consistencia argumentativa especialmente elocuente y amena) y encuentras San Manuel Bueno Mártir. El azar tiene conductos que no esperamos, vasos comunicantes que enlazan el pasado y el presente o las bragas de la muchacha de Marsé ( por ahí deben andar el libro, no sé en qué balda, no sé si en una caja en el trastero) y una cinta de cassette en donde grabé un montón de versiones de Stormy Weather (I don't know why there's no sun up in the sky...) Siempre es bueno tener a Frank Sinatra a mano. 

18.10.16

El amor empieza en la persona primera del verbo


Estoy alertado contra la pereza, se me ha informado de lo que alcanza, mi voluntad está avisada de que posee malas artes y de que caer en alguna no es infrecuente ni, en la mayor parte de los casos, desagradable, pero por mucho empeño que pongan en contarme el mal que me causará no pongo obstáculo alguno para que me abrace. En cierto sentido, facilito el acceso, dejo abiertas la cancela, abro las ventanas, dejo que mi cabeza no se oponga y le pido al cuerpo que se deje hacer como tantas veces, que no se ponga tenso ni exhiba en ningún momento un gesto reacio, un indicio de que está siendo invadido. De la pereza, de lo que me incumbe de ella, amo su absoluta intimidad, amo que no me obligue a nada, amo que me mime sin tocarme. De cuanto la pereza ofrece es su comprensión lo que más admiro. Está ahí siempre, espera siempre, conoce el placer que concede y la rutina formidable del regreso. La pereza comprende que a veces la desechemos, no aceptemos su confort indolente, no queramos tumbarnos a su raso, contemplando el manso sol que regala. No sé quién fue el que antepuso tener hambre y sed al hecho de beber y de comer, de modo que únicamente así la bebida y la comida serían de verdad apreciadas. La pereza se ama cuando uno ha merecido tenerla, en todo caso. Si la religión es cosa de domingos, la pereza es de veranos, pero no desoye al frío, ni lo desecha. Se tiende a la pereza sin instrucciones. Entramos en su residencia como quien entra en casa y sabe dónde está el libro que dejamos a medio leer o las zapatillas de paño a las que dejamos para calzarse de calle y afrontar el día. Hay días en que uno desea con fiereza que un poco de esa mansedumbre nos invada. No se busca, no hay maneras de que ese acceso de lentitud nos alcance a posta. Es como el amor o como la fe: llega sin que sea invitado, acude aunque no sepamos de la visita. De la pereza amo precisamente eso: su naturaleza ajena, su voluntad de no contar con la mía, toda esa bendita lujuria que consiste en no tener nada que hacer o nada que los demás esperen que hagamos. Vivimos muy pendientes de los otros. De cuando en cuando hay que sentirse hospitalarios con nosotros mismos. El amor empieza en la persona primera del verbo. 

17.10.16

Los escritores son lectores agradecidos



Los escritores son lectores agradecidos. Cuanto más se lee, es más hondo ese agradecimiento. En un extremo, el argumento invalida al mismo escritor, lo recluye en la lectura. El hecho de escribir es apartarse del vicio mayor y afanar la voluntad en la comisión de uno de rango menor. He aquí la paradoja: todo escritor, por serlo, renuncia a ser el lector que quisiera. Un avance más: el lector que de verdad se cree el oficio que ha elegido no se convertirá jamás en escritor. En lo personal, el tiempo que empleo en escribir es el que no le dedico a leer lo que los demás escriben. En ocasiones, he dejado un libro porque no he podido sustraerme del deseo voraz de escribir. Si tuviera que elegir entre seguir escribiendo o seguir leyendo (puestos a que tuviera que escoger, pensando en que se me obligara a esa disyuntiva terrible) elegiría la lectura. No sé vivir sin leer. Prefiero las ocurrencias de los otros a las muy privadas y modestas mías. En todo caso, todo es baladí. No se produce nunca una diatriba íntima tan drástica. Tras una novela, sin discontinuidad, abro otra. Vengo de La vida sexual de las gemelas siamesas (Irvine Welsh) y anoche comencé (de nuevo, años después) Mil cretinos (Quim Monzó) Hubo un tiempo en que me propuse anotar qué leía, consignar en una libreta los libros que iban cayendo. De hecho inicié ese labor muy agradable de hacer constancia de lo consumido. No sé cuándo dejé de anotar. Imagino que no le vi interés. Ahora no tiene sentido. Estaría bien si fuese el de esta noche el primero de todos los libros. No lo es, nunca lo será de nuevo. Qué maravillosas son todas esas primeras veces. Nunca vuelven, jamás aparecen. Ni uno es el mismo. Lo dijo Heráclito, lo registró Borges más tarde, lo cuento yo ahora como quien entona una especie de plegaria. Agradecida también. Es bueno no perder la costumbre de dar las gracias por las que cosas que nos hacen felices. Creo que es mucha escritura por hoy. El día ha sido intenso, mucho, bien pensado. Los cuentos de Monzó son cortos. Entran bien. Duran dentro, pero entran muy bien, sin estridencias. Welsh no me parece un escritor altamente recomendable. Se traba en un lenguaje quizá un poco hosco. Tiene su momento esa liberación de las formas, pero en estos días prefiero que se me hable con menos fiereza.

16.10.16

Prensa

A mi hermano del alma, Antonio Sánchez , que compra el Córdoba y lo lee a entera satisfacción, sin que nada se le escape, sin que algo no le afecte.


Un periódico recién comprado es un cuerpo enfermo al que se le practican unos primeros auxilios inservibles. Tomamos contacto con las heridas, las miramos con atención, nos preguntamos cómo es posible que las cosas hayan llegado a ese lamentable estado y si existe alguna posibilidad fiable de reanimación, pero el cuerpo no manifiesta mejoría, las heridas se multiplican conforme hurgamos dentro. Nada nos conforta, no hay alivio. Va uno de lo previsible o a lo que no se espera y se detiene con empeño en unos fragmentos más que en otros. Hoy no salí a comprar la prensa. Me gusta hacer eso los sábados y los domingos. No hay placer mayor que el de vestirse en domingo (pongo por caso que sea el domingo) y andar dos o tres calles hasta que ves el kiosko. Lo que disuade de ese rito fantástico es precisamente el objeto idílico que lo promueve. Se lee con temor, como si fuese inevitable caer en la cuenta de que estamos perdidos o de que la maldad triunfa. Creemos, conforme nos vamos enterando de cómo va el mundo, que no habrá nadie que le ponga la brida al caballo que dejaron desbocarse. No se advierte que las cosas vayan a mejor, no hay evidencias tangibles de que nos pongamos de acuerdo. Puestos a pensar en eso, casi no recuerda uno cuándo sucedió eso de que nos pusiéramos de acuerdo en algo. Y si en algo encontramos un consenso, duró poco o hicieron que durara poco. Siempre hay quien gana con las malas noticias. Tiene que haber un gremio de ganadores en la oscuridad. Porque imagino que estarán a oscuras. Me pregunto con qué cara se mostrarán a la luz a sabiendas de que los hemos descubierto, pero una cosa es que uno sepa de qué va la cosa (no crean, no se acaba nunca de saber certeramente) y otra bien contraria que decidamos perder la ingenuidad, esa inocencia bendita con la que te pones la ropa de los domingos (un chandal muchas veces, unas zapatilla de las que la gente usa para correr) y paseas tres o cuatro calles hasta que ves el kiosko o la estación de gasolina o el local que subsiste con las revistas, el tabaco y los cuatro periódicos que todavía se venden. Hoy no he salido (ya digo) a comprar mi prensa dominical. Y ahora la echo en falta. No me vale que todo esté tan a mano y baste pulsar un par de botones para que la tableta te ilustre de lo que está pasando en el mundo. Es el papel, la sensación de que es a ti a quien le están contando las cosas. Lo otro, la parte digital, esa restitución estupenda, pero fría, no posee intimidad alguna. En este hilo del relato, pienso en los libros, en que la frialdad es la misma cuando coges un ebook y empiezas (hoy lo he hecho yo) una nueva novela. Será que eso de la ingenuidad o de la inocencia o del romanticismo. Todo juntamente.

13.10.16

Mal lo de Dylan, bien lo de Dylan



Puestos a dárselo a quien no se lo merece o a quien, sin entrar en la categoría de escritores profesionales, hubiera destacado por su contribución a la literatura, ya sea en el formato del libro o en la canción popular, yo hubiese sugerido que fuese Leonard Cohen el agraciado en esta especie de lotería libresca en la que se han convertido los Premios Nobel. No entraré en que Juan Luis Guerra sea propuesto para que le concedan el de Química, ni que nuestro egregio Joaquín Sabina posee merecimientos para que se le premie con el Nacional de Literatura, por citar un galardón de fuste como lo es el Nobel de los suecos. No atiné en las quinielas que hice. No consideré que Bob Dylan fuese de verdad un aspirante serio, aunque en otras ocasiones su nombre entrase en la terna con los grandes conocidos o con los grandes desconocidos. Dylan, en ese aspecto, es de mi predilección. Tengo muchos de sus discos (no todos, no hay quien los tenga todos, salvo que se le adore fanáticamente, y no es ése mi caso) y aprecio muchas de las letras que ha convertido en canciones o las canciones cuyas letras son en este momento festejadas por los miembros de la Academia de Estocolmo.

La secretaria que se ha encargado de difundir su nombre ha dicho que Homero o Safo también escribieron textos poéticos cuyo modo de trascender fue la declamación o la inclusión en piezas musicales. Tampoco, de haber vivido en estos tiempos, hubiesen sido ganadores justos, como no lo es Dylan, por más que me guste su música y entienda que Masters of war, Blowin' in the wind, Subterranean homesick blues, All along the watch tower o la inmortal Hurricane (con ese mantra de periodismo poético) son letras muy pensadas, muy sentidas y muy concluyentes. No olvido que es un trovador de primer orden, pero el arte de la trova no está a la altura artística (literaria, metafórica) que la novela o la poesía. Quizá lo que no comprenda sea que no esté enteramente definida la cuestión de los géneros. Imagino que un humorista (un Lenny Bruce) que exhiba un dominio sobresaliente del lenguaje podría ser valorado en años venideros. Uno de esos cómicos  que hacen monólogos feroces y que, en su retahíla sobre el escenario, no dejan títere con cabeza, de los que zahieren con fina mordiente a los poderosos y se dejan abrazar por la clase popular, con la que ha crecido y a la que se inclina con humildad y agradecimiento. Incluso si nos apartamos de la lengua inglesa, que tanta gloria ha dado a la literatura, veo más a un Pablo Milanés o a un Silvio Rodríguez en la ceremonia, aunque ninguno de los dos haya tenido la influencia del bardo de Minnessota y sus mensajes (tan hermosos) no haya sido tan reverenciados. Hasta aquí la parte de mí que no entienda que le hayan dado el Nobel a Dylan.

La otra es la que festeja que el rock se inmiscuya en las letras. Ha habido grandes letristas, hay grandes letristas todavía. Si no ha sido Cohen, en su otoño, en su declinar sin dolor que hace unos días difundían los medios, debe ser Dylan. No precisa que una guitarra acompañe la restitución sonora de sus versos; tampoco que se reciten en reuniones de disidentes o de anti-sistema o de los pocos hippies que todavía existen o los que vendrán en el incierto futuro. Sus letras pueden ser leídas si hubiese decidido arrimarse al oficio de poeta (con editorial, con firma de libros en las casetas de las ferias, con entrevistas en los suplementos culturales de los sábados, todo eso) y pueden ser escuchadas con la banda sonora con la que él mismo las ha vestido. Una parte de mí celebra que sea Dylan, al que conozco bien y del que me sé muchas letras, y no haya sido uno de esos novelistas sin gran proyección previa, nacido en un país al margen del circuito literario o, si me permiten, capitalista. Ese festejo al que me refiero no es el que primeramente me ocupa cuando pienso en este Dylan agasajado. Siempre pensaré que esta lotería de los Nobel desoyó la conveniencia de que los verdaderamente buenos, los imprescindibles, los que eran clásicos cuando todavía podían coger el avión y recoger el premio, fuesen premiados. No lo fue Nabokov, ni Borges, ni Joyce, ni Cortázar, ni Proust, por pensar en unos pocos, no los únicos y quizá no los más damnificados. Mientras tanto, que hablen de Robert Allen Zimmerman, que se escriba sobre él, con admiración o sin ella, pero que el que no supiera haga el esfuerzo de buscar sus letras y raspe un poco a ver si descubre belleza o lo que quiera que la literatura traiga y le haga sentirse mejor persona y disfrutar un poco más de su estancia en este mundo. De eso, al cabo, se trata.

posdata:
además Dylan no tiene una hija que se llame Lorca. Leonard Cohen, sí.


10.10.16

K. nuevamente invitado

K. cuenta cómo empezó a enviciarse con los cuentos. No había noche en que no le contaran uno. A veces, el mismo cuento, por falta de cuentos a mano. Lo mejor era (dice) cómo cambiaba conforme iba siendo contado. En uno, la luna era amable y tierna; en el mismo, narrado la noche siguiente, la luna era roja, pendenciera, canalla. En lo que se le contaba había seres terribles con aspecto maléfico y también seres de aspecto bondadoso, pero intenciones oscuras. Nada aseguraba que la historia se repitiese; incluso le molestaba el hecho de que acabara siempre de la misma predecible manera. Prefería la varianza, cierta movilidad de los hechos. Donde el lobo, ahora una oveja. A mí (razono ahora) me sucede algo parecido. No me gusta releer al modo en que lo hacía antes. Ansío material nuevo. Prefiero que el asombro llegue limpio, no manejado, no rehecho. Quiero leer lo que no conozco. Me dolerá no volver a Stevenson o a Kafka o a Borges o a Lovecraft (cuatro de los grandes), pero transigiré, adquiriré la suficiente firmeza como para compensar el vicio antiguo de volver a ellos con el vicio nuevo de ampliar escritores. No he leído tantos, ahora que lo pienso. No sé. Será cosa de hacer una lista y ver cuántos me han acompañado, con cuántos he salido y viajado y gozado y sufrido.

8.10.16

Vislumbres

Naufragios
La vida se escora a la muerte como el barco hunde su duro cascarón en el tembloroso oleaje que lo agita. La vida, si amor la mece, carece absolutamente de naufragios.

La buena vida
Se aspira a que la muerte nos sorprenda viejos, sin dios al que aferrarse ni tierra que custodiar, sin otra voluntad que ese ir dejándose, ocupado en recordar a qué nos entregamos, con qué secreto esmero amamos u odiamos, hacia qué lugar dirigimos los pasos del día y cómo conciliamos el sueño por las noches. Alegre por haber realizado el trayecto, consciente de que no hay manera de que se pueda echar la vista atrás y escribirlo todo de otro modo. Como el novelista que, al concluir su obra, no la relee, no la pasa hoja a hoja, por si cae en la cuenta de un roto en la tela o de muchos, sino que se contenta con la evidencia de su acabado, con la felicidad de que puso el alma en todas las palabras que la visten. Como el poeta que da con la metáfora y la pule con oficio hasta que de pronto advierte que no es posible avanzar más, darle una hondura mayor, hacer que brille con más entera eficacia.

Literatura
Hay mentiras que, repetidas, convencen al que las dice y se convierten en verdades que no se refutan. Hay mentiras de una belleza dulcísima. Algunas, las de más contenido fuste, ni siquiera incitan a que nadie las rebatan. Toman vuelo y adquieren la relevancia que ciertas verdades no adquieren nunca. Mentiras que obran su ladino trabajo de desgaste en quien las escucha, pero que fascinan mientras se pronuncian. Cuando la verdad acude siempre es tarde. Hay verdades que se desean a medias. Como si no quisiéramos saber más de la cuenta. Como si importara la impresión que nos dejan las cosas y no la veracidad de las mismas. Como si todo fuese literatura y no vida. En ocasiones, la ficción ocupa la realidad y la somete a su criterio. Toda la literatura es una extensión formidable de estas afirmaciones.

La fatalidad
La fatalidad emponzoña el campo fértil, esquilma la virtud, carcome los tallos prósperos, apaga la vela más firme, revienta la placenta de la dicha. La fatalidad es imprevisible, camina a su antojo sin que nada la ate, no obedece a consejos, no se arredra de sus barbaries, no tiene ni tiempo de ver el desmán que produjo. La fatalidad es ciega, es sorda, es muda. La fatalidad te estampa en la cabeza la mierdecita del jilguero o te hace cruzar cuando gira el coche imprevisto o te hace decir lo que no querrías o callar cuanto debiera haber sido dicho. La fatalidad tiene su turbamulta de alucinados que la corean cuando hace su trabajo. Hay religiones que se levantaron para entenderla. La fatalidad existe para que Dios no tenga que sellar el cartoncito del paro.

Escribir sobre Dios
Hay entendidos que sostienen que se escribe de un solo asunto. Que ese argumento (breve o extenso) impregna todos los demás, por ajenos a éste que, en principio, parezcan. Yo creo que escribo sobre Dios. Soy, en una medida amateur, un teólogo privado. Todo está untado de Dios. A todo acude Dios y en todo deja su huella. No hay nada que pueda ser dicho que no posea una marca divina. Se puede creer o no en que Dios ande ahí, un poco temerariamente, observando el camino que tomamos, pero es hermoso pensar que es cierto, aunque luego uno comprenda la extensión del engaño y se dedique a conferenciar en los bares sobre las cosas de la mística. Tengo amigos que dicen creer en Dios y no han pensado en él ni la mitad en que pienso yo, el descreído, el que se descarrió del amparo de la madre iglesia y de todas los discursos con los que trata de mantener abierto el negocio. Soy un teólogo. Todos, en cierto modo, lo somos.




7.10.16

Volver a casa



Volver a casa con el silencio dentro como una música. Eso tuve anoche. Hay días de una extensión insoportable que se alivian en esa quietud sobrevenida. Luego concilia uno el sueño sin buscarlo y sueña que todo es de espuma. La realidad de espuma. Como pompas de jabón.