30.6.16

Como en Roma

Hoy he leído que en la Antigua Roma los dioses eran verdaderos para la plebe, falsos para el filósofo y útiles para el político. No creo que hoy podamos pensar en dioses como los romanos. Sin embargo, nada o muy poco ha cambiado dos mil años más tarde. Sólo el plural adjudicado a la divinidad. Se venera un solo dios verdadero, da igual de qué religión sea. En lo demás, en lo que piensa el pueblo (la plebe es una acuñación semántica de rudo trasfondo; tampoco cuadra grey, que es una acepción de más fuste literario o de homilia) o los filósofos o los políticos, no se advierte que haya mudanza. Los políticos (ay) continúan amañando adhesiones, pactando acuerdos (menos aquí, menos ahora) o haciendo pragmática pura (demagogia, no podemos cambiar nada). Los romanos de antaño no han perdido actualidad. No se apuñala a nadie por la espalda, pero las puñaladas son los titulares de la prensa diaria. Los filósofos están, los pobres, desprestigiados. Son los políticos los que los apartan, quienes ven qué peligro tienen sus discursos en las aulas, con qué poca y hermosa mecha se puede prender el fuego de la inteligencia en el pueblo. No sé si quedan teólogos. Creo que hay uno por persona. Todos somos teólogos, aunque no lo sepamos. Hablamos a favor o en contra de la divinidad, pero no hay quien la soslaye, quien la aparte. Creo también que estamos todavía en la Antigua Roma. Nada ha pasado en dos mil años. Todo es un paradójico bucle.

29.6.16

La vida lenta


Una vida lenta es lo que uno quiere. A veces cuenta la lentitud, ese dejarse llevar, ese no estar, ni siquiera parecer que se está. La posibilidad de que pueda uno detenerse, pensar sin tener que avanzar al mismo tiempo, obedecer al cuerpo, que a veces pide un receso, una especie de intimidad que no le concedemos casi nunca. Después volver, acudir a donde se solía, saludar como entonces, beber en la barra del bar, mientras los cercanos despachan las razones de las cosas. Volver más tarde, sí, con el trabajo personal hecho. Se tira uno la vida entera, la vida lenta y la acelerada, buscando razones a las cosas. Empieza el verano. Hoy tengo esa sensación de que el verano acaba de empezar.

26.6.16

La escuela que tenemos, la que ojalá venga




Recuerdo un amigo que decía que la televisión hace que cierren muchas librerías. Podemos ampliar el rango a los videoclubs (que viven asfixiados por el streaming y por las descargas) o al de los cines. No sé si la escuela está amenazada seriamente. Si su prestigio y su vigencia rivalizan con el monstruo que tenemos en la sala de estar de casa. Que lo peor está siempre por venir lo corrobora precisamente esa muchas veces nefasta televisión. Lo último es un programa que trata de poner en alza la educación, poniendo en escena a maestros en una especie de puesta en escena de la realidad del aula. El proceso de banalización de la cultura no tiene límites. El guión de los desatinos que programa la caja tonta lo escriben los mercaderes, no los catedráticos, ni los poetas, tampoco los mismos maestros, que son los que modelan el barro de las cosas. El programa de marras lo patrocina Telefónica y puede rivalizar con Master Chef en audiencias. En lugar de contar cómo hacer un pastel de salmón y gambas, desmenuzarán el proceso por el cual un alumno adquiere la competencia lingüística o la matemática, asunto que no dudo que amenizará las cenas familiares y hará que la profesión docente se incruste más en la sociedad. Porque incrustada no está, de eso estoy seguro. Está ahí, merodeando, sin acceder del todo. Somos una población rara la de los maestros. Se supone que sobre nuestros hombros descansa el futuro, pero nos niegan tozudamente el presente y nos ningunean y hasta hacen mofa de nuestra valía y de las largas vacaciones que tenemos. De lo del sueldo, a la vista de lo que informan los medios y lo que se evidencia en lo que cuenta los cajeros automáticos a fin de mes, no dicen nada. Hay gremios que nos superan en nómina y sobre los que no se depositan tantas esperanzas.
¿Que hay un problema en la sociedad? Pues que lo solucione la escuela. Se nos encomiendan tantos nobles cometidos que nos aturden, nos dejan sin tiempo de despachar lo que realmente debemos: la lengua, las matemáticas, el inglés, las naturales o las sociales. Nobles materias que hacen de terreno fértil para que después se aposenten y crezcan otras materias de más fuste y un ciudadano pueda ser médico, arquitecto o agente de seguros. Hay días en que no puede uno desprenderse del desencanto, de verdad. No porque enseñemos con menos entusiasmo (yo lo pongo a diario, no tengo duda ninguna sobre eso), ni porque nos falten con más fina grosería al respeto. Lo que duele es que ni siquiera tengamos la asistencia de quienes nos legislan y pagan. Estamos en un estado de fragilidad tan escandaloso que a veces sorprende que las promociones salgan de las escuelas con buenas notas y vayan a la secundaria con la seguridad de que no les recriminarán su ignorancia, ni les reprenderán por su escasa voluntad de trabajo. Eso hacemos los maestros: hacemos que valga el esfuerzo, nos aplicamos en el trabajo de asentar unos valores (los que deben venir de casa, los que nosotros afinamos, los que convertimos en ideales), conseguimos que la cabeza no se despeñe y se oriente bien por el camino difícil que se insinúa en el horizonte
El maestro, el bueno, contagia felicidad. No creo que exista una transmisión de valores, formativos y cívicos, sin que la impregne la emoción de sentirse feliz haciéndolo. El entusiasmo es el combustible de la educación. Educar es conseguir que la voluntad del niño, sus deseos, sus esperanzas, se amolden y se integren con los deseos y las esperanzas de la sociedad en la que está inmerso. Eso de la prosperidad y del mundo mejor que en ocasiones airean los políticos, henchidos de gozo, conscientes de estar diciendo las grandes palabras, no es un milagro, uno de esos prodigios del azar. El mundo, si va hacia un estado mejor del que posee, será por el concurso benefactor de la escuela, que es una especie de gran teatro en el que se mueve el maestro, que es un actor y desempeña todos los matices de la trama. Se adquieren esas formidables cosas si se van buscando desde edades tempranas, si la escuela, la escuela pública, de esa es de la que hablo, fija en su organigrama un pensamiento inamovible, uno que prime la imaginación, la originalidad, que fomente lo creativo frente a lo predecible, que haga madurar a quien estudia incitándole a confiar en el maravilloso juego que supone el estudio si lo hace con la libertad de la imaginación. Pero la escuela de hoy en día cree que la creatividad es un obstáculo, concibe al creativo como un elemento díscolo, poco o nada integrado en la obediencia debida al profesor. He aprendido que la creatividad abre más puertas que el conocimiento. O que lo uno no puede deslindarse de lo otro, en todo caso.
Quizá se le respete más (al maestro) y se le observe más, con todo lo bueno que trae observar con detalle y registrar lo observado, si el profesor permite que el camino no sea únicamente el que marcan las pautas o el que cae del cielo invisible de la administración, tan obcecada en las estadísticas, tan alegre en ir dando palos de ciego. Los palos de ciego a veces sangran. Una de las obsesiones de la escuela es la de crear trabajadores del futuro, personal cualificado en el desempeño de los oficios que hacen que un país progrese. La escuela está pensada, desde donde sea que la piensen, para que restituya a la sociedad personal capacitado para que todo siga girando y no se rebaje jamás la formidable idea del bienestar. Una especie de fábrica, un dispensador de titulados. ¿Sólo eso? ¿Es malo todo eso? No, no lo es. La idea es que triunfe la persona, pero quienes trajinan y ordeñan son los mercados. No, si se aliña con la diversión; si se trabaja con las emociones, si se viste con la originalidad, si se cocina con unos cuantos ingredientes traídos de casa, (sí, la casa, de la que poco se habla y que tanto trae a la escuela, para lo bueno y para lo malo) . Si el maestro es feliz hará que lo que enseñe irradie felicidad, pero la felicidad del maestro, incluso la del más optimista y de una profesionalidad más orgánica, está continuamente zarandeada por quienes lo evalúan, por todos los que experimentan con su trabajo, con su amor indeleble hacia las disciplinas que trata de enseñar y con su absoluta convicción de que está en posesión de la verdad más redonda, la que menos se puede malograr por las embestidas de la injusticia o las modas del poder, la de la escuela como un bien irreemplazable, la de una especie de santuario laico de conocimiento, libertad, progreso y cordura. Falta cordura en el mundo en el que vivimos. Si alguna vez se aprecia que ha vuelto será porque algunos maestros han contribuido a que acuda. Ahora que es verano y están las escuelas cerradas, es un modo de hablar, pienso que nunca han estado más abiertas.
Mientras tanto, ahí andamos. Hoy toca votar. Dejar registro de lo apenados que estamos o de lo ilusionados que quisiéramos estar. Porque votar es una de las obligaciones más duras que existen. Va uno con el corazón un poco herido. Deposita la papeleta sin el entusiasmo de antaño. Eso han conseguido estos políticos que nos quieren gobernar. Casi ninguno se mete en honduras en asuntos educativos. No les interesa, no interesa la cultura, no hay voluntad alguna de que la educación prospere. No saben (no desean saber, no conviene tal vez saber) que es la educación la que hace que los países prosperen y no haya paro (o haya poco) y se conviva felizmente y los parques estén llenos de gente alegre que pasea o saca a sus hijos a que jueguen. Nos faltan gobernantes con una verdadera conciencia de lo que la escuela puede hacer y de lo que no. La meten en faenas que no le convienen. La empujan a oficios que no le incumben. Hasta quitan la Filosofía de los grados superiores. Falta que desalojen la Religión, que impulsen las disciplinas instrumentales (más lengua, por favor; más matemáticas; más inglés, por lo que tiene el inglés de llave para abrir tantas puertas). Falta que nos escuchen. Sobran los registros, la burocracia estajanovista, la necesidad de que todo esté convenientemente estabulado. Y mientras, en televisión, está al caer, un programa en prime time donde seremos los maestros los protagonistas. Creo que va a ser más malo que bueno.

El colegio de la foto es el mío desde hace 20 años pronto. La foto, también

22.6.16

La escritura de los sueños

En lo que sueño abundan los lobos. Hace pocas noches volví a soñar con ellos. Uno fatigaba un bosque castigado por un sol absoluto. Otro, liberado de las obligaciones de la sangre, parecía una especie de patriarca, una especie de rey lobo al que acudir para solicitar consejo. No sabría explicar los motivos de ese lobo, los motivo de ninguno que ocupara mis sueño. De hecho, en los sueños, aprecio su voluntad novelística, su firme gesto creativo. Los sueños que recordamos son como el último sabor de una pieza de carne en la boca. Luego es el tiempo o la contaminación de otros sabores lo que malogran la restitución fiable de lo soñado. Y ahora el lobo, convertido en un texto, no me dice nada. No tiene sentido ninguno que yo lo recobre aquí y lo haga perdurar. Quizá la literatura sirva únicamente para hacer que perduren las cosas. Como un registro que aspira a trascender sobre otros registros. Como si el lobo, al eludir la manada, hubiese pedido, en el limbo mágico del sueño, que lo rescatara de su condición de bestia y le brindase otra de más fuste, la de palabra. En el fondo, somos símbolos, indicios de otra cosa que no sabemos nombrar. Hay una teología en los sueños, un limpio deseo de alcanzar un estado de las cosas infinitamente más lustroso y durable que éste. Trenzado los sueños, ajustado al puzzle arcano que prefiguran, se dibuja una trama personal, una íntima, la única que quizá nos represente, por encima de lo que hacemos en el tráfago del día. Valen más las noches, lo que la noche escribe cuando dormimos, que todo lo que hacemos durante el laberíntico día. 

Religiones / Literaturas

Religión
De creer en algo, en caso de que algo sobrenatural me turbara, creería en cien dioses en lugar de en uno. La gente que ha creído en cien dioses no se ha preocupado de los dioses en que creen los demás. Ni siquiera la posibilidad de que alguien que no creyese en ninguno de ellos. El politeísmo da más juego teológico que el monoteísmo. La ventaja de esos dioses complementarios es que tienes con ellos un trato más cercano. Del Dios único se tiene la impresión de que pueda perderse entre tanta solicitud y no termine por centrarse. Un dios imperfecto, nada o casi nada atento a la demanda que su influjo depara. Los pueblos del ancho orbe empezaron con dioses que se declaraban especialistas en las cosechas, en la fertilidad o en la lluvia. Los romanos colonizaron medio mundo sin vender la moto de la divinidad. Llegaban, dejaban el latín, imponían un cónsul y se iban a poner sello en otro confín, pero no perdían el tiempo en imponer la religión que practicaban en Roma. Siempre ocurrió que lo etéreo, lo que no tiene asiento en lo real, hace que flaquee lo visible, todo lo que puede ser cuantificado, resuelto en hechos, manifestado en evidencias tangibles. La misma literatura es una especie de ejercicio malabar entre lo etéreo y lo real también. Uno lee y se alcanza cierto rango de espiritualidad, entra en un lugar que no existe, se borra de la realidad (tan cabrona a veces) y se refugia en la ficción. La literatura va a resultar ser la religión más fiable del mundo. 


Literatura
He leído en casi cualquier sitio en donde pudiera abrirse un libro. Ninguno se me antojó incómodo con un libro en las manos. Dicen que quien lee vive más feliz. Dicen esto y dicen más cosas los que elogian el libro como oficio y tienen ya un protocolo de slogans estupendos, de los que en post-its se adhieren al frigorífico y dan lustre al noble electrodoméstico. Yo mismo, en alguna de esas epifanías librescas, he caído en la proclama entusiasta de la bondad del libro. Incluso he hablado (algunas veces, lo mío no es hablar, no sé qué es, pero hablar lo hacen otros mejor)  en público sobre lo maravilloso de la lectura y me he sentido embajador de un país invisible, creyendo no haber estado a la altura. Es que me da un reparo enorme elogiar a lo que no debería elevarse elogio alguno. No avanza la sociedad que no lee, no progresan sus cuentas, no es tomada en consideración afuera. Hay países que sí respetan al lector y al escritor, que no escatiman partidas de los presupuestos en la creación o en el sostenimiento de bibliotecas públicas o en la garantía de que el libro está al alcance de todas las capas sociales, incluso las que no tienen con qué pagarlos. Porque un libro, por mucho que cueste, no es caro, pero hay quien, por mucho que deseen, no pueden entrar en una librería y elegir sin que les duela al alma qué ración de asombro y de belleza y de inteligencia va a llevarlos esa noche a la cama. Podrían empezar no gravándolos de esa forma tan perversa. Podrían privilegiar la lengua, la bendita lengua española, en las escuelas al punto de que no haya otras disciplinas que malogren un número suficiente de horas para la adquisición eficiente de su riquísimo caudal del conocimiento. Podrían promover iniciativas que hagan disfrutable la cohabitación del libro electrónico y el tradicional, sin que uno parezca un intruso malévolo y el otro, a la luz de los tiempos, una rémora renunciable, cosa del pasado. 

19.6.16

La cerilla de la escritura

Nunca tuve fotogenia, no se me ve bien en fotografías, no me reconozco, si me apuran. Advierto parecido con quien observo a diario en el espejo, pero hay algo impostado, una especie de falsedad consensuada, consentida a fuerza de ser tan abrumadoramente lógica. No sé los demás. Si también se ven con escepticismo, calibrando si aceptarse o no. Ayer vi unas fotografías en las que luzco con diez años menos en las que no hubo nada que me hiciera admitir que era yo el representado, el protagonista. Mi relación con la fotografía es visceral, me tomo a broma, no me reconozco. Es como si fuese otro, y en ocasiones es otro, no el que piensa y se reconoce a sí mismo en lo pensado. Anoche, volcando fotos de un disco duro a otro, ordenando un poco el caos, pensé que prefiero ejercer de fotógrafo. De hecho, en la mayoría de las fotos que ordené (cientos de ellas) no aparezco. Sucede así también en las fiestas a las que he ido. Si hay oportunidad (suele haberla) yo soy el que pone los discos, quien escucha las peticiones y maneja la mesa de mezclas. Lo hice de joven y ahora, en esta edad difícil, ni corta ni todavía muy provecta, procuro llevar la música y elegir cuándo hacer que suene una u otra. Así lo que evito es ponerme en la pista de baile y hacer lo que no sé o lo que menos me atrae. Escribir es otra cosa. Aquí pido la palabra. Siempre la consideré mía, siempre tuve con ella esa intimidad. Quizá todo sean consideraciones banales, de las que ocupan un rato en la cabeza y después, a poco de pensadas, se desvanecen, no ocupan el tiempo que se emplearía en asuntos de más fuste. A mi amigo K. le fascina que haya posibilidad de escribir de todo y que a todo se le arrime la cerilla de la escritura. Pero al final (le digo) lo que cuento es que lo narrado acaba ardiendo, no perdura, se fija en la atención de quien lee y después desaparece poco a poco o tal vez con más brusca evidencia. Otro amigo, J.A., decía ayer preferirse anónimo, sin casi hacerse ver, como si le guiara la timidez, cuando no es así. Que esa voluntad suya provenía de la experiencia que dan los años (cincuenta y poco los suyos) y que se sentía feliz entendiéndose a sí mismo. Yo me entiendo a ratos, por días. Carezco (creo que felizmente) de la facultad de saber las razones por las que ando y la certeza de saber al lugar al que voy. Sé (me conformo con eso) que procuro recorrer el trayecto con honestidad conmigo mismo, intentando (en lo posible) no herir a nadie y, de camino, granjeando cierto afecto de quienes me cruzo. Escribir es buscar también que se le quiera a uno o que uno, al escribir, se quiera y se sienta hospitalario con lo que va contando. 

17.6.16

La caja y el gusano / Dos tramas

Trama uno / La caja

Una vez metí un gusano y unas cuantas hojas del roble que detrás de mi casa en una caja de zapatos. Al principio observaba sin afecto alguno las evoluciones de esa criatura aburrida. Disfrutaba con la idea de que yo no era un gusano y nadie abría la tapa de una caja de zapatos para contemplar mis evoluciones. Buscando a quién agradecer esa felicidad, pensé en Dios. Siendo como soy creyente y respetuoso con los preceptos de la confesión a la que pertenezco, no quise rebajar el nombre de Dios con la visión del gusano, por lo que me esforcé en no mirarlo como un ser superior sino como si ambos fuésemos iguales y yo hubiese tenido la suerte de estar fuera de la caja. Al principio, me conformaba con apreciar si las hojas iban a menos y, en consecuencia, si el gusano iba a más. Y así fue durante los primeros días. El asunto del tamaño no me importó al principio. Tampoco que yo tuviese la limpia facultad del pensamiento. Dicen que el cerdo o el delfín son animales inteligentes, pero igual no se han puesto a estudiar a fondo las meninges del gusano. Sería fascinante que el gusano, en adelante le llamaremos Jorge Alberto para ir progresivamente haciendo que surja el afecto y tal vez, en el término del relato, un verdadero amor, se devanase la mollera, una mollera pequeña sin forma especialmente de mollera, discurriendo en la naturaleza de su observador. Ya digo que tal vez lo haga y lo que no está a nuestro alcance es extraer esa información relevante. Hay más cosas que no sabemos que las que tenemos a recaudo.


Con el tiempo advertí que el gusano se esmeraba en pasar desapercibido. Escondido debajo de alguna hoja grande o entre varias de tamaño menor, se quedaba quieto nada más percibir que yo abría la caja. Daba igual que yo lo hiciese con absoluto sigilo o violentamente, por sorprenderlo más bien. Nunca estaba a la vista. Me convencí de que era algo normal en los gusanos, pero pregunté y hasta me acerqué a casa de un amigo que tenía otra caja de zapatos y un par de decenas de gusanos alojados en ella. Me la abrió y vi con envidia que los gusanos iban y venían sin que nuestra presencia los alterase. El mío, mi Jorge Alberto, debía ser la clase de gusano retraído o esa otra sensible que no se inclina por exhibirse, ni siquiera por llevar un tipo de vida normal, a pesar de que se le recluya en una caja de zapatos. Quizá le conviniese la cercanía de sus semejantes, pero me incomodaba tener que repartir mi atención por treinta gusanos. Como si eso perjudicara la visión perfecta de una solo. Zanjado el asunto de darle o no amistades a Jorge Alberto, decidí retirar las hojas de roble. Un poco sin interés y otro con perplejidad, lo hice una mañana. Sin hojas,la caja volvía a recuperar su rango de caja de zapatos. Dejé al gusano en una esquina, sin alcanzar a comprender todavía nada. No volví a abrir la tapa de la caja hasta bien entrada la tarde. No fue una decisión fácil. Temí que hubiese muerto, temí algo peor, que languideciera, que diera el estertor ante mis ojos. Alegremente observé que se movía. Ningún desplazamiento brusco. Muy poco perceptibles movimientos. Arqueos diminutos. Es curioso advertir esa voluntad suya de supervivencia. La nuestra, a poco que se piensa, no difiere mucho. Nos abren o nos cierran la caja. Se nos concede la compañía de semejantes. Nos dejan solos, en ocasiones. Sólo por ver cómo evolucionamos. Si andamos o estamos quietos. Si miramos hacia arriba, en busca de una explicación, o anclamos la vista abajo y damos la impresión de que no somos importantes o de que nadie gana con vernos y apreciar lo que se nos va ocurriendo. No hay una hoja de roble con la que refugiarnos. Lo que hemos hecho es inventarnos una. Cerramos los ojos, fantaseamos, rezamos, especulamos la posibilidad de que no exista la caja y de que nadie la abra o la cierre. Hay quien no admite que una mano (qué mano habrá, cómo será esa mano) manipule la luz y arroje hojas o las retire a capricho de su voluntad arcana. Hay quien sólo piensa en esa mano, en cómo maneja la trama de la caja. 


Trama dos / El gusano


Aunque nadie lo ha escuchado, el niño gusano, en su caja de zapatos, ha pedido que un punzón agujeree la tapa. Es mejor tener dos agujeros a sólo disponer de uno, y tan pequeño. La caja es roma en las aristas. Por los golpes. Por el abandono también. Por el agujero el niño gusano se deja ver de cuando en cuando y de esa forma percibe el mundo. No hay vez en que, al asomarse, no sienta agradecimiento y comprenda, de un modo que no sabría explicar, su lugar exacto en ese mundo y festeje esa verdad y se esmere en recordarla.

El amo es un amo gigantesco a los ojos del niño gusano. Es el amo mundo, el amo Dios y el Amo Carcelero también. Un amo todo ojos y boca. Un amo que mima al niño gusano con hojas limpias de lechuga y piensa que estaría bien cambiarle la caja. Ahora una más amplia que tenga vistas. El niño gusano respira ya penosamente. Hará falta otro agujero. O dos. O un ciento. Y si hacer agujeros no beneficia la respiración y el bienestar del niño gusano, hasta podría retirar la tapa. En un gesto rápido. Un manotazo. El niño gusano vería menos enorme al amo Mundo. Advertiría que también su amo tiene una tapa. Azul o gris o negra según se tercie. En la cautividad en la que siempre ha estado, el niño gusano no aprecia estas sutilezas del mundo. 

Llegará el día, piensa el niño gusano, en que el amo olvide traer las hojas de lechuga, las que en su paciencia de gusano mordisquea en la oscuridad, ufano de su oficio y de su destino. O el día en que su trama sencilla de gusano flaquee y los ojos no se abran y las palabras, en la cabeza, no fluyan. El día en que no haya cielo que observar ni amo al que agradecer las atenciones. Se preguntará, de un modo que no sabría explicar, su lugar exacto en ese mundo y festejará que la fe, tan costosa, le ofrezca la eternidad, la salvación, la visión limpia del mundo desde una altura más feliz. La respiración se va haciendo costosa. Le produce dolor tragar el aire viciado. Siente que le queman los pulmones que no tiene. Que el amo mundo, allá arriba, dice algo que no entiende.

13.6.16

Jack Torrance toma un whisky con Kubrick en el Overlook



Un whisky con Kubrick en el Overlook. Lo toma Jack Torrance antes de derribar la puerta con el hacha. Creo que no tengo una frase mejor en la que resuene tres veces la letra k,, firme y estimulante, Lo que me fascina de la fotografía del rodaje de El resplandor (The shining, 1980) es la posibilidad de que afuera el mundo no exista, de que todo sea nieve y silencio. La nieve intimida a su modo, se impregna en el carácter de quienes la observan o la pisan o la odian, y hace que las tramas novelísticas en las que aparece sean de corte agresivo, estén adornadas de muertos y la música que la amenice sea minimalista, de violines muy levemente acariciados, de guitarras lamentándose continuamente. El invierno cobra sus peajes. El frío es la oscuridad a la que acudían los románticos y los góticos para contar sus miedos o para hacer que otros los tuviesen. Lo fascinante de El resplandor es la posibilidad de que todo haya sucedido y un velo nos lo enturbiase. El modo en que King dosifica la retirada de ese velo y el modo también en que lo aparta con violencia y deja que todos los demonios afluyan. Sólo de beber y no escribir hace de Jack un chico aburrido. Seguro que sí. 

10.6.16

besos puros con intención de atlas

primero me quitaré el paisaje,
el paisaje antiguo y el nuevo,
preguntaré si la vida ocurre cuando no la ocupa el paisaje,
habrá entonces tal vez un solitario temblor tendido en la sílaba
como un sueño,
un amor previsto o percutido o un amor fugado
que dicte ebriedad a las palabras,
seré una sombra, dejaré que los perros me habiten,
dejaré que el vértigo fluya,
el vertigo con la fiebre juntamente,
el tiempo es un trono de niebla,
un dado de espuma,
toda esa altura posible en una plenitud sin volumen,
hablo solo, me escucho, creo que todavía puedo seguir así unos años,
saludo con gestos elementales 
pájaros levemente levógiros 
que mordisquean el aire y me miran alucinados,
hay una conferencia de pájaros, 
un hombre vocea dentro, muerde adentro,
muere en ese interior de poca luz o de ninguna,
el dolor cabe en un pen drive,
son dolores pequeñitos, escasos,
la piel es un espejo donde loca, insensata, 
la luz se suicida en una fanfarria de sombras,
escribo lo que una parte de mi cabeza va dictando,
es curioso lo que hace la cabeza sin que nosotros tengamos un conocimiento fiable, 
de hecho qué es fiable, la luz no es fiable, no es fiable la voz con la que hablo,
la tos es fiable, el dolor es fiable, morir es fiable, 
la vida la sabemos, tenemos la propiedad de su empeño,
afuera se mastique un desvanecimiento, 
un alud caprichoso de adjetivos,
abismo para aturdirnos,
quedarnos después así como idos,
como cuando bebemos bourbon en el ático 
y Miles Davis en Montreux con sordina acompaña cada trago 
con un apunte de genio,
esta es la escritura invisible, 
la escritura de los pájaros, la inmediata, 
la que cuesta menos porque sale del pecho como un grito,
pero cuesta respirar, duele respirar, acabaremos muertos de respirar tanto,
cuesta ser uno mismo y no contradecir el corazón,
la cabeza va a lo suyo, inventa frases, pone en mis dedos lo que todavía no he pensado,
cuesta el verbo y cuesta hasta la luz que se empecina en despertarme,
cuesta igual contemplar la noche dentro de unos zapatos también cuesta,
dormir como un perro cartesiano que olisquea, asalvajado, telúrico,
huesos en sus ladridos,
he aquí el perro primario, el único perro posible, el primero de todos los perros,
cuando me borro los signos primordiales de la lucha,
semejo un perro
el hombre lírico, el hombre puntal del hombre, la voz ya cimiento de una fuga,
sol izado,
sol ido,
sol machacado por un verso imprudente que lo succiona
y entonces la oscuridad establece su reinado infame 
durante los breves minutos que tardas en evacuar el miedo 
y regresar al tacto flamígero del sexo perfecto bajo la luna intacta,
escribo en la distancia,
a salvo de la métrica, a salvo de las especulaciones,
primero me quitaré el paisaje, la luz decantando el verso,
me borraré de cuajo las palabras minuciosas 
y luego las palabras divinas para quedarme en tránsito,
pediré que el viaje sea largo, como dijo el poeta,
este viaje de lienzos pobres,
este fondo de armario súbitamente nítido,
este pantalón de tweed en mis veinte años, 
en la facultad del tiempo,
comprobando el fulgor de los años, 
el terrible arpegio de la vida, la vida se inicia en la ropa,
en los que se nos va poniendo,

en ese paisaje,
en lo que más tarde elegimos nosotros,
hay quien muere sin haber elegido una corbata,
una corbata noruega,

quien muere sin haber sentido la punzada del amor, ah el amor,
sin haber leído versos de Neruda,
sin haber reflexionado sobre el origen del mundo,

sin haber estado acunado por el cosmos,
el origen del mundo
está en la vulva torrencial de la sangre,

en la fiebre del amor, en el vértigo del amor, en la luz completa del amor,
a mí que gusta muchísimo flipar con el envés de las palabras,
anoche soñé,
bendita ilusión,
y todo eso, uno elige cómo perderse,
ir entonces desalojando el ánimo,
azuzando contra él todos los fieros demonios,
uno se malogra en esos accidentes diminutos,
en esa concentración escandalosa de puro azar mecanicista,
el azar es el que guía las palabras,
es el dios del verbo,
el azar nos escribe,
el azar manufactura los días,
el azar con su gramática arcana,

el azar escribe, no me busquen, yo no estoy, hoy no está
emilio calvo de mora villar,
el azar aparece en los posos del café,

en  el dibujo del barro cuando la lluvia lo encuentra,
nos bebemos el azar cuando besamos a nuestra esposa 
en el tálamo apoteósico de los sueños alejandrinos,
cuando besamos al hijo puro y limpio,
cuando entregamos el beso al padre o a la madre,
que no entienden nunca este desvarío que no previeron,
no sabemos qué cosa se nos cuenta cuando se nos cuenta algo,
si las virtudes de la cosecha o el morbo de la ceniza,
en esto vamos creciendo, ahí estriba, intacta, la festividad de la decadencia,
los días forjan su vasta memoria en nuestra carne exvota,
en la piel ardida por los besos,
besos puros con intención de atlas,
besos con cuerpo o pesos sórdidos de amante experto 
que arranca gemidos como distraídos pájaros 
en el fondo carmesí de la entrega,
todas esas caricias alumbran el milagro de la reencarnación,
uno se reencarna en uno mismo y parece que es el antiguo,
el ya mirado, pero es advertidamente otro,
el que revisa su voz y halla en la voz el peso canalla de los años,
ese limbo fundado en la memoria,
ese no saber en este mundo,
pero no querer estar en otro,
esta precisión homicida,
yo sé que quien ha amado mucho, quien ha sufrido mucho, 
carece de alma, la ha ido perdiendo en esas aventuras del espíritu,
o posee un alma que no se puede sentir ni medir ni rendir a la eternidad,
dios está en el viaje, no en la salida ni en la llegada,
se advierte a dios como se aprecia el amarillo académico de una metáfora,
vivir es siempre muy sencillo, pero hoy tengo la mano rápida 
y martilleo el teclado hp inalámbrico 
mientras la familia hace sus cosas y yo dejo ya de inventar intoxicaciones,
he hallado el equilibrio y ahora publico entrada 
y miro el blog recién enfangado con este aleve apostasía de mi mismo,
con este sustrato mineral y patológico de voz pública,
voy a prepararme un café, 
voy a darme arrobo en lo que entiendo,
festejar el vuelo, 
creer en las alas,
pedir que nunca me deje intimidar por el silencio, 
pedir volver, pedir volar, pedir sobre todo la posibilidad de que nos deje pedir de nuevo

9.6.16

Tres principios de incertidumbre

I/ Nietzsche

En 1.882 Friedrich Nietzsche, aquejado de un problema óptico severo, ideó un método para no perder el antiguo hábito de la escritura, tan fatigosa y esclava del mecánico ejercicio de manuscribir palabras en una hoja y fijar la vista hasta devastarla. Compró una máquina de escribir Hansen, el modelo Writing Ball , una maravilla de la época. De hecho, la primera construcción mecanográfica de la Historia. Ya nada más empezar a usarla notó que los dolores de cabeza menguaban y, como consecuencia,  redobló  su volumen de trabajo.  Lo que estimula mi asombro, siempre lúbrico a poco que se le motiva, es el modo en que la irrupción de la máquina de marras, su concurso estimable en la prosa del autor, influyó en su forma de escribir. Fue un compositor amigo de Nietzsche quien advirtió la mudanza en el estilo. La prosa caligráfica de antes, proclive a los arabescos mentales, muy concienciada del valor de la narrativa, del texto trabajado hasta el desmayo, derivó a una más áspera, exenta del anterior vuelo semántico. La idea (razonó Nietzsche) es fruto también del instrumento que la plasma. De hecho el filósofo pasó del trozo trabado y largo al apunte seco, del capítulo denso al ejercicio malabar de su última época. Dejó el cuerpo grueso de sus antiguas elucubraciones y pasó, sin aparente fractura, a una especie de cuerpo fascicular, menudo, hondo a pesar de su deliberada flaqueza orgánica. Si la prosa de Nietzsche era previamente un virtuoso ejercicio de arabescos, metáforas y largos párrafos encabalgados (Nietzsche amaba la literatura) como paladines del cansancio intelectual luego se hizo (a partir de la injerencia de la máquina) aforismo, pequeño ejercicio de menor fuste sintáctico. Todo por teclear, por no saber ir con la velocidad de antsño, por acondicionar la inercia de las ideas a las duras exigencias de las teclas. Me pregunto yo, al hilo del ahora, cómo sería un blog manuscrito, que hallazgo se ha quedado en el limbo del ingenio, perdido por la imposición del teclado y su transcripción fantasmagórica a una pantalla de ordenador. Y algo más: ¿a qué enfermiza prosa, por enclenque, hubiese llegado Nietzsche de haber tenido a mano un editor de blogs, un procesador de texto, toda esta maquinaria maravillosa de los cachivaches ofimáticos?


Va uno incluso más lejos. ¿Cómo será la escritura del futuro? ¿En qué diferirá de la de ahora? Ya no es el manido (y acabado) argumento de que la novela ha muerto o de que está a punto de morir, ni siquiera otro también muy traído en el que se postula que todo está escrito y que no hay nada nuevo bajo el sol inmutable. De lo que se tratá es de bosquejar una literatura que sobrevendrá en el hipotético futuro, del que sospechamos cosas, pero del que no es posible conocer nada.

II/ Borges


La máquina de Borges fue la Kodama, una groupie sensible y culta, que engolosinó la soledad amorosa del maestro argentino y lo apartó un poco de los laberintos y de los espejos. El dictado entusiasta y engolado de Borges (sólo hay que oír sus conferencias grabadas, sus entrevistas para televisión) probablemente confieran a su literatura una arquitectura sintáctica determinada (visible a partir de El libro de arena) que no aparecía en El Aleph o en El jardín de senderos que se bifurcan.) La ceguera marca una forma de narrar y la visión, el apercibimiento óptico de las grafías manumitidas al folio en blanco da otra. No hay un paso intermedio: no es posible aferrarnos a la hipótesis de un escritor que prescindiera de la fatiga que supone verter en un formato su obra. Al escribirla, al abandonarla en un recinto logístico, existe una pérdida. También la hay, de un modo absolutamente irreprochable, al ser entregada de forma oral. No sé si es cierto que todos escribimos mejor que hablamos. Yo, en particular, tengo una oratoria deplorable. Caigo en la cuenta, conforme hablo, de que no he escogido el verbo preciso o que podría haber sido más sucinto (si conviene la economía) o más retórico (si conviene explayarse). 

He tenido amigos de una soltura lingüística admirable a los que nunca vi escribir un texto con vocación literaria. Manejaban el vocabulario adecuado y adornaban lo dicho con cierto empaque estilístico. Ocupaban su ocio en asuntos que no tenían absolutamente nada que ver con el lenguaje, con la literatura por añadidura. A uno de ellos, al que tengo como el más cercano y querido, le da rubor escribir, le produce zozobra, le parece que no estaría  a la altura, le crea (cuando está obligado a hacerlo) una responsabilidad que no asume. Quizá, si se extiende el modelo que propugna involuntariamente mi amigo, tengamos un futuro de lectores portentosos, de oradores capaces y no habrá la legión de escritores que hoy tenemos. Porque somos legión y la oferta (ay) está sobrepasando la demanda.


III/ Cervantes

Cervantes, escribiendo a pluma, interrumpiendo de continuo el flujo narrativo para abastecerla de tinta, escribió un Quijote preciso, uno entre los infinitos Quijotes posibles (y en esto huelga decir que acudo a Borges nuevamente). ¿Será la caprichosa/azarosa circunstancia de su escritura la causante del resultado final? Sin duda ninguna. Tal vez la literatura que nos conmueve, la que nos alegra o nos perturba, la que nos procura el júbilo que la realidad tozudamente se obstina en esquilmarnos o la que complementa más armoniosamente la más alta experiencia de vivir sería otra (y bien diferente) si quienes la forjaron hubiesen dispuesto de otros instrumentos para registrarla. Es el instrumento (a veces) el que orienta el texto, el que lo guía o incluso el que lo dicta. El otro esperando a que me recogieran, escribí el móvil un texto que luego volqué en mi red social. Creo que salió un texto urgente, feroz. Uno identificable, a poco que luego uno se fije en cómo está tratado. Como aquel principio de la física teórica que Heisenberg regaló a sabios y ociosos que venía a decir que era materia imposible medir el lugar y la velocidad de una partícula puesto que los instrumentos de medición alteraban irremediablemente esa posición y ese movimiento. ¿Y si no hablamos únicamente de física teórica? Tal vez era de literatura de lo que hablaba Heisenberg. 


8.6.16

No haber sido fantasma y otras consideraciones especulativas

No haber visto una película húngara en un cine de verano.
No haber leído a Mann en un balneario.
No haber escuchado la quinta de Mahler en un festival vienés.
No haber aprendido lenguas germánicas medievales.
No haber sido Jimi Hendrix en Woodstock.
No haber despachado mate con Borges en un zaguán porteño.
No haber tenido la voluntad de haber aprendido a tocar el piano.
No haber bebido bourbon con Bukowski en un tugurio.
No haber escrito un haiku en Japón.
No haberle dicho a Truffaut lo que tendría que haberle preguntado a Hitchcock.
No haber convencido a Robin Williams para que no se retirase tan pronto.
No haber escuchado las variaciones Goldberg tocadas por Michel Petrucciani.
No haber asistido a ningún concierto de The Rolling Stones.
No haber vivido en Londres, ni haber pensado en Wendy y en sola que está.
No haber terminado las tres novelas que he empezado.
No haber ganado el premio Loewe de poesía.
No haber conversado con Cortázar sobre cronocopios y famas.
No haber dormido en hotel Chelsea.
No haber sido instruido en las bondades del campo.
No haber tenido ninguna educación para el dolor.
No haber dicho tantas cosas que dije, no haber escuchado tantas que escuché.
No haberme retirado del oficio de amar en alguna ocasión.
No haber sentido al oído la voz de Dios todavía.
No haber estado en el delta del Mississippi, en un antro en donde toquen blues sucio,
No haber amado más, no haber comprendido que siempre es posible amar más.
No haber sido licántropo, no haber sido fantasma, no haber sido el hombre del saco.
No haber registrado los sueños que en ocasiones recobran su trama en mi cabeza.
No haberme empleado con los amigos, no haber abrazado a algunos que ya no veo.
No haber conversado con mi amigo Antonio sobre la bondad del género humano después de ingerir una cantidad escandalosa de cerveza.
No haber contado a nadie que amé a Kim Novak.
No haber visitado el Louvre, no haberme perdido un día entero en el Louvre.
No haber confesado a nadie que por la noche, cuando voy conciliando el sueño, elijo cuál el mejor momento del día.
No haber amado profundamente a la flacucha de la Hepburn.
No haber votado a Podemos, no haberme arrepentido.
No haber estrechado la mano de Antonio Muñoz Molina, no haberle dicho que admiro su constancia y su honestidad.
No haber caído en la cuenta de que quizá convenga dejar de escribir, no haber sentido de verdad la necesidad de dejar de hacerlo, no haberme convencido de que ya está todo dicho y que sólo me esmero en disimular el bucle en el que ando.
No haber tenido un foxterrier y haberlo sacado a pasear por la Gran Vía.
No haber haberme ido de casa con una amiga que me lo propuso.
No haber amanecido en Islandia.
No haberle dicho a Lynch que no me gusta Laura Dern.
No haber participado en un certamen floral con un poema sobre el pubis angelical de las ninfas de mis sueños.
No haber invitado a casa a Hilario Camacho y haberle dado las gracias por hacer poesía y cantarla.



5.6.16

Novelas

Me da esta mañana por pensar en todos los personajes de novela que sabes que van a morir a poco de que las empiezas o en todos los que no encontrarán el amor o en los que no les sonreirá la fortuna o en esa legión de personajes que no encuentran su lugar en el mundo. Pienso también en el autor, en todos los autores de todas las novelas del mundo, en la responsabilidad que tienen cuando hacen avanzar las tramas y escogen un camino y desechan otro. Y luego entreveo mi propia trama y percibo todo lo que tengo de personaje, en los caminos que se escogen y en los que no, en la incertidumbre de fondo de no saber nunca si la novela es de amor sobre todo o la anima cierta intriga, no mucha, si se me permite opinar, la justa, sin la estridencia de otras que uno admira en la vida de los demás o en las vidas leídas, noveladas, echadas a andar a sabiendas de que acabarán en tragedia.

2.6.16

un hombre en la oscuridad

hoy he visto al hombre del saco, al gran hombre de las pesadillas de los niños, al jefe de los atormentados y de los crédulos, he visto la luz tambalearse en la sombra, he visto el verdadero rostro del tiempo, estaba esculpido en un rostro baladí, en uno sin atributos remarcables, incluso en uno neutro, de una atonía ejemplar, pero era posible ir más adentro, penetrar en lo que registraba el ojo y pasearse por el origen del universo, por el mismísimo big bang, con su pedo cósmico, con su gran arcada plenipotenciaria, cuando el dios rudimentario, el caprichoso, contempló el vacío y lo contempló otra vez y decidió crear a oscar wilde y a las aves palmípedas, porque ahí estaba ya todo pensado, es imposible que yo no estuviera previsto cuando se produjo el chasquido fundacional, no es posible que dios no supiese ya todo lo que vendría después, supiese del hueso trascendental con el que los hombres primeros descubrieron el arma fundacional, supiese las palabras que le dijo Julio César a Bruto, supiese de los crímenes de Whitechapel, supiese de los indignados tomando las plazas de las ciudades, miradme recorrer la oscuridad absoluta, buscando la luz, no hemos dejado de buscarla, da igual que esté lejos, no importa que la luz sea un veneno y nos abrase su dulzor en la boca, no habrá palabras que podamos decir, ni gestos que hacer, no habrá un poeta que sepa contar la trama celeste, ninguno que sirva de modelo, ni siquiera todos los poetas del mundo, puestos boca abajo, zarandeados, abiertas sus cabezas, derramada toda la sangre que circula por sus cuerpos, podrán afinar lo suficiente como para bosquejar un principio y avanzar, a tientas si hace falta, por la senda intuida, la de las baldosas amarillas y la de los cráteres, la de la verdad infame y la de las mentiras maravillosas, hoy he visto al hombre del saco, al gran hombre de las palabras trágicas, porque no había otra cosa que una tragedia en las palabras que iba diciendo, una tragedia antiquísima, quizá no ha habido otra cosa sino tragedia, y el hombre de hoy ha venido a contarnos el episodio cercano, el que nuestras pobres cabezas pueden entender, la mía entiende lo justo y lo entiende de un modo precario, he visto cabezas que parecen entenderlo todo, ves la cabeza y entonces comprendes que ahí dentro está dios, dios gramatical, dios seminal, el gran dios de los discursos del panteísmo y de la revolución industrial, el dios de san juan de la cruz  y de janis joplin, ay, hombre terrible, qué nos has contado, qué bonita paradoja la tuya, la nuestra, en el fondo, bien mirado, bien pensado, mirar y pensar juntamente, somos la misma paradójica cosa, sí, estamos hechos de la misma oscura sustancia, somos el que lee y el que escribe, el catón y el libertino, llevamos dentro la semilla del bien y la del mal, llevamos dentro al mismo incómodo inquilino, un bicho cabrón, señor, eso anda ahí, está la noche echándose encima y crosby, still, nash and young me cuentan historias rurales, ninguna que yo no conozca, la sustancia repartiéndose por el mundo, llegando a todos los rincones, dios mío, dios mío, dios más mío que de nadie, qué delirio, qué vértigo, qué fiebre, al gran hombre de la luz le diré, si lo veo otra vez, que me instruya y me guíe, que me aleccione o que me conforte, hace falta alivio, una mano en la espalda, un abrazo sincero, uno largo, a mí me gustan los abrazos, a mí me gustan los besos, no hay día en que no piense si ha habido algún abrazo, si alguien me besó o si yo, llevado por mi afecto limpio, he besado a alguien, si besáramos más, ay, el mundo giraría mejor, hay que darle al beso la importancia que merece, porque besamos sin entender lo que hacemos, se besa sin comprender el alcance de ese gesto, a ver si hay camino de vuelta y no estoy descarriado del todo, si hay todavía posibilidad de que me atraviese la inocencia, no hay día en que no la busque, pero está el big bang y están los coches de choque en la línea primera del poema, está mi amor de los quince años con sus pezones violentando la tela del bañador azul, está el libro que me hizo amar a todos los demás libros, en la literatura está el origen del bien y del mal, la historia del hombre está registrado en los libros, anoche me dormí con uno de paul auster, trata de alguien que fabula, adoro fabular, me parece que no hay oficio más entretenido, ninguno que lo iguale en eso, en entretenimiento, la literatura entera es una voluntad firme por no aburrir, por hacer que el tiempo no transcurra como suele o que la realidad no fluya como suele

los ruidos blancos



de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger, en una terraza de un bar, de las palabras a medio decir, en un sueño, de los golpes que no suenan nunca y que aplazan la felicidad y dan al día el tono gris, el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, suenan en mi cabeza de poeta de jueves una pieza de the cure, un himno, el humor es siempre un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda o una mosca a la que importunas, la vida está llena de moscas que huyen, la vida está llena de manos que bailan en el aire, a la caza de la mosca atrevida, me dan lo mismo las moscas, lo que me importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del mercadona clamando justicia, pidiendo un mendrugo de hacendado, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, escribiendo en plan disperso, muy temprano, que es cuando la cabeza todavía está en el sueño y las palabras no nos pertenecen del todo, porque son propiedad del sueño, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, sabiendo de donde parto y mirando al lugar a donde acudo, no va a ser posible, al menos no de momento, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando en qué ponerme, porque hoy va a ser un día largo y mi cabeza necesita desconectar, perderse, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si es la cabeza crápula o la admirable y entera, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que se mete tres episodios seguidos de bates motel o la que escucha el ruido que hace la lluvia en las persianas, si supiéramos qué hacer con los ruidos tendríamos un poema, quizá haya uno alojado en los huecos que van dejando los ruidos cuando no suenan, debe ser eso, al ruido se le concede siempre la mayor importancia, pero hay ruidos inocuos, ruidos de una trascendencia muy poco representativa, ruidos que apenas distraen, aunque a la larga, si se piensa bien el asunto, ese acopio de ruidos logra su objetivo y termina por malograr tu equilibrio, te levantas pensando en todos esos ruidos pequeños que has ido acumulando, los ruidos, al igual que los poemas, están alojados en tu cabeza, no se han ido, persisten, valoran la posibilidad de no irse nunca y aflorar cuando menos lo esperas, te dan un sobresalto, suenan sin que estén, aparecen cuando no hay evidencia alguna de que deban estar ahí, no sé, uno puede seguir escribiendo así hasta la hora de comer, pero no es nunca posible, siempre están las obligaciones, que son más trascendentes que los ruidos blancos, los que no están y, sin embargo, acuden, dan resaca después, la resaca de la incertidumbre, de ese no saber nunca a qué atenerse, si a la realidad o a su reverso, si al silencio o al ruido, si a los gestos o a las palabras, no tenemos casi nunca las dos mitades, nos falta adiestramiento para ser frida kahlo y pintar en la cama mientras la vida fluye y ocupa la luz en la ventana y todo se impregna de dios, será que dios es también un ruido, uno que se incrusta después en la cabeza y no la abandona, no se plantea salir, decide hacer ahí casa, convertirse en inquilino insobornable

1.6.16

Días limpios, días tóxicos, días a lo Tom Waits


A la vida la manejan mil dolores pequeños. Se va uno haciendo a capear lo adverso o a intimar con lo que nos rebaja, con todo lo que hiere, Hay días a los que los salva una brizna de luz, un solo de Chet Baker, una línea en un poema de José Hierro. Días también que se escapan sin que haya nada que podamos considerar enteramente nuestro. Se me ocurre ahora que a todo le concedemos la importancia que no tiene. Incluso las cosas que trascienden, las que de verdad parece que están ahí para perdurar, acaban exhibiendo su flaqueza, esa debilidad que se aprecia a poco que se las mira con detalle. Hasta lo malo, lo que no parece que tenga nada beneficioso, nada que nos convenga o nos conforte, posee su lado positivo. Hoy (un día altamente tóxico por unas u otras razones, un día altamente inflamable) he comprendido (quizá lo he comprendido otra vez, porque era algo que ya sabía de alguna manera) que al final todo amaina, todo se acaba depurando. Lo que no he hecho es escribir. Sólo este rato, este rato pequeño. Hay que escribir a diario, hay que dejar constancia de las cosas, hay que contar lo que se ha visto o lo que se ha escuchado. Sólo así se entiende. Y en ocasiones ni aún así. También hay días crípticos, con inclinación a no tomarnos en serio. Días de Tom Waits en la barra del bar, esperando a que se le dispense otra cerveza. Mañana más y mañana mejor. Hoy, a ratos, ha sido todo muy duro.