31.3.16

Un retrato



Fernando Oliva hizo este cuadro en el que, en sus palabras, estaba yo. Ignoro si continúo dentro. Los años borran y los años manipulan el texto de los recuerdos, el vocabulario exacto con el que levantamos el júbilo de los gozos compartidos, pero el cuadro de mi amigo sigue en la pared. Lo sigo viendo a diario. Hay días en que no reparo en lo que muestra. Otros, sin que nada en especial me fuerce, lo miro con calma, me esmero en buscar en los dibujos, en la críptica caligrafía de su genio de hombre renacentista, mi propia esencia. Carezco de los instrumentos para hurgar en la trama de símbolos como debiera. En algunas cosas me encuentro y me siento a gusto. En la noche, en los libros, en las notas musicales, pero hay asuntos que se escapan a mi gobierno y entonces es cuando echo en falta a mi amigo Fernando. Le llamaré un día. Le diré que venga a verlo. Ubrique tampoco está tan lejos. Mapas que coartan a veces el normal desempeño de nuestras inclinaciones afectivas. 

El hoy tan lento y el ayer tan breve...

La edad es siempre cosa de otros. A veces no se tienen conciencia de que todos esos años que han pasado sean propiedad de uno. Parecen ajenos. Que sean veinte o (yo mañana) cincuenta es de verdad irrelevante. Siempre tiene uno toda la vida por delante. Luego está la ocurrencia de Borges sobre cómo es posible que te preocupe el infinito futuro si perdiste el infinito pasado. Uno avanza en edad sin que intervenga voluntad ajena. Hay días largos que parecen vidas enteras. Días que ocupan la extensión de muchos, en todo caso. No habrá nada mañana que me distinga de quien hoy es un día más joven. En cambio, toda esa suma de días elementales y precisos, compactados en años, hacen asequible la idea de que envejecemos y de que las cosas no son igual y ni uno mismo tiene parecido a quien fue un año antes. El tiempo, mirado con distanciamiento, es un pasatiempo burgués, una especie de salida de tono que buenamente puede pecar de frívola o de patética. Lo de cumplir años acarrea festejos que a veces no deseamos: se acatan porque en el fondo agrada que los demás ocupen un pequeño tiempo en nosotros, y nos echen el brazo al hombro o nos besen o nos abracen o nos digan lo viejos que somos y lo trágicamente veloz que es el tiempo cuando lo descuidamos. Tengo un amigo (pongamos J.) al que le irrita de modo extraordinario dar las gracias continuamente y explicar lo bien o lo mal que se siente y las ganas que tiene de que los cumplan otros y así volver a no estar en mitad de todo, expuesto a ser besado, abrazado, inevitablemente conminado a manifestar su estado de ánimo. A A.B., sin embargo, le parece el mejor día del año. Lo planea con cuidado, organiza con el mayor de los esmeros las cosas que va a hacer o con quién lo festejará. A.B. sufre más que J., en el fondo. Hacer planes siempre es malo. Suelen malograrse. Es mejor que el azar lo impregne todo. No es el que sea lo que Dios quiera, pero se le parece mucho. Hoy ya me han deseado que mañana sea un día feliz. Yo agradezco de corazón esas efusiones sentimentales. Ya sabe uno contentarse con poco y aprecia los detalles pequeños, lo que los que nos quieren improvisan para hacernos ver lo cerca que estamos de ellos. Uno desea amar mucho y que lo amen mucho también, pero en esa trama de novela romántica siempre faltan episodios, escenas de fuste, frases hermosas. Todos albergamos el mismo tierno sentimiento. La gente dura reprime manifestarlo. Los blandos lo aireamos sin pensarlo mucho. Hoy no ha sido el mejor de los días, no, no lo fue; tampoco fue uno malo de los que se recuerdan con tristeza. La idea es ir aprovisionándose de una colección variada de opciones. Los días grises, los rojos, los que huelen a lluvia, los sinfónicos, los aburridos, los de la lujuria, los que hacen que vivir sea un vals. No sé si mañana (una vez que todo amaine) tendré algo más que comentar sobre este irrelevante asunto. Lo que sí es cierto es que nunca voy a cumplir cincuenta años de nuevo. Mi amigo Antonio (a Antonio se le nombra abiertamente) dice que tenemos que celebrarlo. Hoy me ha insistido (él insiste mejor que nadie) en aplazar los festejos y encontrar un día para que yo pague unas cañas. 

30.3.16

hocicar en whitman / spleen redux

no sabemos qué vamos a hacer con el miedo, no sabemos qué vamos a hacer con el vértigo, no sabemos qué vamos a hacer con el tiempo, pero recogemos la basura, la basura de plástico, la orgánica, el papel, y vamos al supermercado, antes de entrar arrojamos el plástico, las raspas del besugo, los huesos del pollo y el periódico de anoche en los contenedores soterrados, ahí va la embajada de las cosas, la mecánica celeste, los blues del delta y las palabras de amor a poco de que despunte el día

en mi pueblo han puesto muchos, se ve el pueblo distinto, el pueblo moderno, un contenedor soterrado dice más de un pueblo que una estatua de pablo neruda en una plaza o un santo en mitad del jardín donde progresan los juegos de los niños

los poetas casi nunca merecen estatua en plaza salvo que, oh azar, oh delicado atropello de las horas, el poeta haya nacido a la vera de esa plaza, en la calle aledaña, en una casa de dos plantas, más bien humilde, donde la concejalía de cultura y bienestar doméstico ha construido un santuario turístico al que vienen frikis del verso endecasílabo, vienen en tromba, leen a whitman, leen al primer keats, vienen alucinados, vienen y declaman capitán oh mi capitán, leen a rilke, todo lo que a me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, leen a vuelaojo versos historiados, se asedian a versos mientras afuera la realidad se adensa en lluvia

dentro de la lluvia está whitman, está neruda, están todos los grandes poetas de los libros, la poesía es una cosa que sucede en los libros, eso es algo que deberá tenerse en cuenta en adelante

no sabemos qué vamos a hacer con las odas elementales, con los versos más tristes esta noche, podemos sacar la basura, depositarla sin protocolo en los contenedores soterrados, el orgánico, el de plásticos, el de papel, esta vez no llevo botellas, pero hay un contenedor verde chillón con una boca menudita por donde el cristal se abisma hacia una oscuridad ruidosa a salvo de de la luz y del fragor de los colores
las horas crujen como la ginebra en el cerebro, las horas duelen como un retrato de baudelaire, las horas en vilo del poeta en lo hondo, abriendo puertas, contando sílabas, destrenzando tramas, pujando como si se alumbrara

mi corazón va al supermercado, llevo en un bolsillo la lista de la compra, el detergente, la cerveza, la leche, el suavizante, llevo en un bolsillo a bill evans, no sé cómo se puede ir al supermercado sin waltz for debby en el bolsillo, sin ese extracto de cinco minutos del cerebro tóxico de un genio con gafas de pasta, cara de matemático y pelo jim morrison antes del sacrificio, pero nada me satisface más que este festín de las palabras antes de ir a la cama, demorándome en un hilo, atendiendo otro que me llama desde dentro

las cosas importantes están en lo hondo, valen cuanto más hondo están, se desvanecen, se fragmentan, se mueren en la superficie, al oro del aire se van muriendo sin que podamos insuflarles un adjetivo, un verbo místico, éxtasis fonético, sublime polvo de letras, lo que whitman con su barba prehistórica, lo que neruda con su cara de profesor de latín, lo que baudelaire con su gesto esquizoide, lo que whitman, neruda y baudelaire sabían

el poeta conoce el ruido del universo, ve en los pasillos del supermercado secretas líneas de texto cósmico que los demás no ven, el ruido sin intención de los átomos de luz que nos embriagan de colores, el poeta está alerta, vislumbra lo que no está, lo inventa, un dios es el poeta, un dios nebuloso y responsable, todos los poetas saben qué ruido hacen las nubes al pasar sobre sus cabezas, aunque no lo sepan inmediatamente o no sepan nombrar con seguridad esa sensación plenipotenciaria, la que da el poema cuando se ha terminado y se aspira el aire y se constata que el universo está bien hecho y la armonía lo empapa todo

el poeta no está en contradicción con el universo, es el único sujeto que no está en contradicción con la mecánica celeste, el poeta ve los arcanos, el poeta entra en un supermercado, saca del bolsillo la lista de la compra, lee los apuntes, la letra extraña, escrita aprisa, la caligrafía de la rutina está en las listas de la compra, es la rendición semántica de nuestra esclavitud en el mundo

uno escribe leche porque una botella de leche o dos o un pack de seis le espera como la noche espera al día, en el extravío de esta crónica de mis vicios me observo con detalle, me declaro ajeno, me miro desde lejos, no me conozco, no sé quién es quien escribe, el que encuentra las palabras conforme las teclea, el que hace años que no ve a su amigo juan porque no sabe dónde está juan, aunque piensa a menudo en juan, en los bares en san fernando, en la cerveza con mucha espuma, en los bocadillos de tortilla de patatas, en las historias del exterior que amenizaban las historias del interior, pienso en juan, pienso en maría jesús, pienso en maría del mar, que me recogía en el panda de un primo y me dejaba a pie horas más tarde, después de haber oído la música acuática de haëndel en un cassette sanyo muy viejo, en una cinta tdk muy vieja, en un piso de alquiler sin muebles casi, pienso en your song cantada en un jardincito urbano con antonio y con auxita, pienso en whitman leído en un ascensor, pienso en baudelaire hace poco días, en el bolsillo de mi abrigo de invierno, el bueno, la edición de las flores del mal que tradujo jacinto luis guereña y editó visor en ese negro mítico que ilumina los ojos de los buenos aficionados a la poesía, pienso en todas esas cosas que no están o que están a trompicones o que sólo están cuando uno hace un esfuerzo verdaderamente considerable para que estén

confío en mí mismo, confío en la memoria a la que le debo mi vida, ignoro qué sería de mí si me fallase, si de pronto se me fuesen muriendo los nombres, el menú interactivo del guión, las corrientes de aire en el piso de la calle de la biblioteca, beautiful girl en samarkanda, jack daniels en el chiringuito oyendo sledgehammer a la medianoche, oyendo las obras completas de mendelssohn o las de dvorak, recuerdo que compré la sinfonía del nuevo mundo y la puse durante un monton de días, el adagio es una pieza que sobrecoge, a mi abuela le encantaba el adagio de la sinfonía del nuevo mundo de dvorak

va uno copiando en la lista de la compra el detergente, la leche, la cerveza, la mantequilla pero no puede ir copiando el afecto, la ternura, la sinceridad, el júbilo, en esas palabras grandes de homilía de la vida es donde está debby, la sobrina de bill evans a la que dedicó el vals que escuché anoche una vez más mientras regresaba a casa lentamente, demorándome en los escaparates, buscando prodigios en el aire, buscando a whitman en el cláxon de la furgoneta que casi derriba a un motorista, marzo es una fiebre de metales metafísicos, una fiebre clara y resuelta

mi amigo k. me ha pedido que deje de escribir en este blog textos automáticos, escribir por escribir, sin ahondar, sin pensar, me dice que no es manera, él cuida esos detalles, k. escribe de otra manera, exhibe un pudor del que yo carezco, me gusta exhibirme, yo no tengo vergüenza, presentarme a la espontánea audiencia, hablar de whitman, hablar de neruda, hablar de baudelaire, hablar sin otro objeto que ocupar el espacio en donde antes de que hubiese palabra únicamente había silencio, el moribundo silencio de los abrazos que se fracturan, el tiempo sin conciencia, las horas como un fardo, las horas sin rellenar de luz, las horas sin bendecir por ningún prodigio de ésos que la belleza ofrece a beneficio de quien está atento y lo recoge, las horas infinitas del tedio vencidas por las horas infinitas de la alegría sencilla de ser feliz unos minutos al menos, somos custodios de una felicidad partida, buscamos a diario la luz entre la sombra del tiempo, somos la herida iluminosa, el milagro paradójico, el despejador de incógnitas en el álgebra teológica, el astrofísico del alma, somos el beso nocturno, somos whitman tumbado en el centro exacto del universo, mirando arriba, mirando dentro, buscando arriba, buscando dentro

a k. no le gusta whitman por sencillo, no hay dentro, no ve dentro, se deja confundir por el peso liviano de las palabras, por su aparente fragilidad, pero dentro de whitman está la clave del universo, la ecuación absoluta, el texto secreto, la llave antológica, dentro del poeta whitman está baudelaire, dentro de nerude está whitman, está baudelaire, está la poesía trágica y la poesía cómica, el verso que blande un grito y el verso que tutela una levísima caricia, estos alivios de sábados por la mañana, oyendo jazz, pensando en juan, en maría del mar, en bill evans, en los años sin fluido, en los años sin dinero en el banco, en los años rosados de paseos por la judería a la vuelta de los pubs gloriosos del centro, en los años de danza invisible, en los años de robert smith diciendo que los niños no lloran, en los años de la universidad frenética de la vida, jugando al billar en el cairo, inventando versos en la clase de pedagogía, comprando discos en simago, viendo fantasmas en los surcos, objetos muy livianos de belleza ectoplásmica, invisible al ojo desatento, sólo presente si te dejas conducir despacio, muy despacio, whitman no es sencillo, qué va a serlo, únicamente hay que ahondar, hocicar, hocicar en whitman

pienso hoy en juan, en whitman, en los países metálicos de la infancia sin libros, en toda esa adolescencia sin sobresaltos en la que pude descubrir al yo vigilante, al yo auténtico que luego, al correr de los años, deviene siempre un yo transeúnte, un yo caótico, el errático escribidor de insomnios, el amanuense febril que en las horas últimas del día se concede el inocente placer de creer que alguien afuera va a tomarse en serio lo que ni él mismo, ya lo advierte k., se toma, pero van los días pasando, los días en su vértigo

no sabemos lo que es el vértigo, lo que son las horas, las bebemos a sorbos grandes, las mordemos con entusiasmo, creemos que las podemos convertir en palabra, decía cortazar que el frío complica siempre las cosas, y en ese plan es uno feliz deseando menos, evitando el frío, buscando a debby en un vals, en la lista de la compra, en los códigos de barras, en el sueño, en la piel del amor que tuvimos a los quince en un verano

k. busca a debby en evans, me enseñó a descubrir el texto dentro del texto, la melodía dentro de la melodía, el tiempo en el tiempo, el espejo en su hondura, pero ahora él se cierra, se aleja, huye, k. es un falso, eres un falso, le cuento, me mira, me analiza, sabe que le conozco bien, llevamos una vida juntos y hemos tenido las trifulcas juntas, alguna desavenencia, livianas frivolidades de dos que se condenaron a entenderse, la rutina del yo que se escinde y va al mundo solo y vuelve dolido, una especie de avatar, qué quieren que les diga, el avatar posible, los poetas nunca merecen estatua en plaza, la adquieren a lo mejor tarde, es posible, la adquieren a título póstumo, en el barrio en donde nacieron, con los vecinos mirando con orgullo, los poetas son una especie aparte, se dejan crucificar por el viento, son capaces de estar una noche en vela buscando el adjetivo perfecto, los poetas beben mundo, hoy he visto la realidad en forma de poesía y he visto al poeta beberse el mundo, abrirse el pecho a media tarde, contar las horas huecas del corazón, las horas fértiles, el atlas del corazón convertido en un discurso analizable morfológicamente, he visto al poeta zarandeado, al poeta manumitido de las reglas, vértice de luz, túnel de luz, secreta voluta de luz perfecta, pienso en todas estas cosas, las pienso ametralladamente, las pienso de dos en dos y de cinco en cinco, sin manejarlas, sin pensarlas realmente, más que pensarlas, las expulso, dentro de mí duelen, adentro me hieren, las libero, las alzo con las dos manos, las alzo con la boca llena de palabras, las escribo sin que me de pudor la escritura, la escritura no debe dar pudor, ninguna escritura, ningún corazón se debe esconder de la luz, se cierra el ojo, se nubla el verbo, se acaban las palabras, se acaba baudelaire tonight, se acaba la tromba fonética y no he escrito nada que pueda luego contar a nadie, en realidad qué podemos contar que de verdad merezca la pena ser contado, constatar y callar, dijo alguien, entresacar alguna enseñanza válida, oponer a la realidad un pequeño acto de insolidaridad tautológica, avituallarse de algunos venenos hermosos, quizá uno se explica en los venenos que se aplica


29.3.16

Árboles


Una metafísica
Todo lo que escribo proviene de la premisa fundamental de que todo puede ser transcrito a la escritura. Algo así a lo que hacen Lynch o Cronenberg en su cine, pero evitando (en lo posible) lo puramente excéntrico. Uno adquiere esa voluntad un poco sin desearla, no forzando. De pronto se te ocurre que deseas escribir y piensas de qué podrías hacerlo. La otra versión es la que aparece un asunto y la escritura se supedita a él, llamándolo, acudiendo a que salga a flote. Lo que interesa es la rendición de una trama o el vertido de un argumento: interesa la bondad del instrumento, su eficacia. De la novela que acabo de leer (El reino, Emmanuel Carrère, Editorial Anagrama) me ha fascinado más la técnica con la que ha sido escrita (una especie de no ficción, de falsa novela, de artefacto de muy dispersos engranajes) que la historia en sí, que hasta (en ocasiones) me ha resultado poco atractiva. La reconstrucción de la vida de los santos (de los apóstoles, de los cultos y de los que no lo eran, de los que difundieron el cristianismo en sus albores) no es un asunto que me fascine particularmente, pero he devorado el tocho entero en pocos días, entusiasmado por el modo en que Carrére (del que no había leído nada) ha resuelto la obra. El jazz es una especie de música que no sólo se preocupa de lo que cuenta (la melodía favorable o no) sino de lo que pone en juego para que esa restitución también fascine. Importa crear. Ese es el punto de partida. Investigar, ahondar en la idea de que la creación es la base de todo, en lo artístico, en lo científico, en lo vital también. Conozco gente creativa a la que me arrimo y a veces, en cosas sueltas que hago, me considero creativo. No porque escriba a diario, que no deja de ser un acto mecánico a veces, útil para mí, al menos, pero mecánico, sino porque formulo la escritura (la rendición de este blog) como una obligación. Todo lo que escribo busca comprender las razones por la que escribo. De hecho, a poco de que se mire en detalle cada entrada de este blog, se colige que hablo en esencia de eso mismo: de la relación entre el autor y su obra. Como una metafísica.



Cosas que han dejado de estar de moda
Constato a diario que se tiene menos educación o que ser educado no es importante o que la buena educación (incluso la buena) está mal considerada. No es nada nuevo. La cultura no tiene el predicamento de antes. Acepto que nunca tuvo uno verdaderamente considerable, pero el de ahora es sencillamente insostenible. Se mira con asombro (con escepticismo, con reprobación a veces) a quien en un bar, en un apartado, despacha la lectura de una novela, en soledad, apurando un café. Se da por hecho que lee porque no tiene otra cosa de más interés que hacer. Se acepta que leer es una de esas cosas que se hacen cuando no hay otra mejor. Sigue produciendo un cierto tipo de fascinación el que, en televisión, en uno de esos concursos de preguntas y respuestas, lo sabe todo, maneja con soltura todas las materias, responde convincentemente o exhibe un dominio incuestionable. A lo sumo, nosotros balbuceamos unas pocas respuestas, nos creamos la ilusión de que toda esa enorme cantidad de conocimientos (conocimientos mensurables, registrables) no le van  a hacer más feliz. Es la felicidad de lo que se habla. De la posible felicidad que la cultura pueda producir en quienes la manejan, en si la educación (los modales, el civismo, las buenas maneras, en definitiva) podrían conciliar nuestra efímera existencia con la comunidad, con la cercana, con la otra, la global, la que de alguna forma no deja de rodearnos e influirnos, 


Efímero
Lo que no cuaja, todo cuanto no dura, las imágenes, lo que recordamos de las imágenes, lo que después nos hace pensar en ellas, en las palabras que usamos para contarlas, en el tiempo que duró ese contarlas.


Xanadú
Sitios que no están, algunos que ni siquiera tienen posibilidad de imponerse a la realidad y perdurar en ella, pero de los que se posee una idea romántica, de una plenitud absoluta, ocupando la entera capacidad de fascinación de la que somos capaces. Como una religión. 


William Blake
Me desperté anoche y conecté la radio. Esa intimidad de las palabras dichas al oído (tengo unos buenos cascos, de los pequeños) y la oscuridad que cierne hacen que uno se esmera en lo que se le cuenta. Hablaban de William Blake. No sé si escuché mucho o poco o si lo escuchado trascendió y lo tengo ahí alojado, perdido en algún lugar de mi memoria, o si podría extraerlo de alguna manera y contármelo de nuevo, como si yo dispusiera la posibilidad de confiárselo a otro. Hablaron de que el infierno no existe para Blake, pero nombraron demonios y luego (merced al sueño) hice que el propio William Blake ingresase en mis fantasías y se batiese en un extraño duelo con todos ellos. Me desperté hoy feliz, pese a todo. Recordé a Blake y me cercioré (en cuanto buenamente pude) de que de verdad fue Blake del que hablaron en la emisora. El Blake alto del primer Borges o el que vino más tarde, ya solo, sin la tutela de Borges, en un campo hace muchos veranos. Podcasts que hacen que la escritura (incluso la que no tiene sostén alguno) fluya. De eso (creo) se trata.


Barney Kessel
Fue en casa de la novia de un primo mío. De eso hace mucho tiempo, pero podría decir qué año, si lo pienso en detalle. No importa la fecha, ni siquiera que fuese una casa u otra, una novia de un primo o lo que fuese, pero no creo que se desvanezca la imagen de un disco de Barney Kessel, un tipo de cara poco o nada agraciado, lejos de los modelos al uso, que se exhibía con su guitarra, en un fondo negro. He buscado esa portada y creo haber dado con ella, pero no estoy seguro, no podría estarlo. Sonó completo. Primero una cara. Luego la otra. Años después me deslumbró el jazz y adquirí discos del propio Kessel o de Joe Pass o de Wes Montgomery, que son (siguen siendo) los principales guitarras del género, a mi (modesto) alcance. No he vuelto a escuchar a Kessel como entonces. Hay veces en que las primeras veces son en realidad las únicas. 

26.3.16

Tom Ripley le pide a Patricia Highsmith que escriba sentada en el borde de una silla



A Carmen Anisa, highsmithiana declarada

Leí que Tom Ripley tardó en venir al mundo. Su madre lo pensó y lo pensó muchas veces. Ninguna de las formas que prefiguraba para su personaje le satisfacía. Lo que Patricia Highsmith no encontraba era la postura. Cuenta que vivía plácidamente en una casa de campo. No tenía preocupaciones importantes. Las normales, las del escritor que no encuentra el tono o el estilo o incluso la trama. Primero hay que dar con el tono y luego viene todo lo demás, pero le faltaba el dolor, la rabia, la maldad incluso. Para alumbrar a Tom Ripley, un hijo de puta fino, uno de esos personajes malignos que arrebatan el corazón del lector desprejuiciado, Patricia tuvo que abandonar la comodidad. Cuanto más confort tenía, menos avanzaba la forja del personaje. Dice que su escritura era flácida. Por eso decidió sentarse en el borde de una silla. En ese posición poco favorable, el cuerpo es el que ordena qué hay que escribir y qué no. La idea confesada es que fuese el propio Ripley el que escribiese la trama, no ella, no el agente externo llamado Patricia Highsmith. Ella quedaría en una especie de corrector, pero la trama la dictaría el personaje. Luego opera el lector, que hace que su asesino (Ripley lo es de modo sustancial) caiga bien, adquiere incluso el rango de héroe, un seductor, una representación ambigua de cierto orden moral poco argumentable, de escaso afecto por las pautas adquiridas por la cultura. Patricia Highsmith tiene esa virtud: logra que la realidad se ponga en duda. Que la apacible normalidad guarde un resquicio de locura, un desatino, un hueco por donde se cuelan (sin que lo advirtamos) todos los demonios. Y la culpa la tuvo la silla, ese forzamiento intencionado del cuerpo. Se escribe bien del dolor desde el dolor. Por eso hay que sufrir para escribir bien. Por eso la paz (el amor, la armonía, la bondad del espíritu) son menos creíbles por el lector inteligente, es decir, por el que ha sentido dolor, por el que ha padecido y ha leído también en el borde de la silla. 

Los huevos rotos


Jean Baptiste Greuze, Huevos rotos, 1756, The Metropolitan Museum of New York


Castigadme como gustéis, no fue mi intención, no quise, de verdad, no quería hacerlo, yo salí de casa, salí como todos los días, me compuse con las ropas de diario, ni muy vistosas ni las que se dejan para casa, cuando nadie nos ve, salí al mercado, la verdad es que no me apetecía mucho, tenía trabajo retrasado, no me culpéis, hay mucha faena en casa, no tengo ninguna ayuda, el hermano es pequeño, y es hermano, y madre ya tiene bastante con lo que tiene, ya lo sé, pero una tiene que quejarse, no está bien guardárselo todo, un día que no te esperes sale todo lo que te has ido guardando, y es peor, creedme, el mercado está lejos, caminé sin alzar mucho la vista, sin ver quién me miraba, sin mirar yo a nadie, iba a lo que iba, como siempre decís, compré los huevos, pagué lo fijado, volví con la cesta, sin alzar mucho la vista, lo justo, sin mirar a nadie, aunque una no puede evitar lo que ve, por eso vine nerviosa, vi un caballero como no vi otro, iba a caballo, vestía como no he visto a nadie, no creo que se fijase en mí, una muchacha con una cesta de huevos, pero tuvo que verme, yo creo que me vio, sentí una punzada, yo no he sentido muchas punzadas, quizá uno, pero me hicisteis entrar en razón, no tengo edad, tengo una casa que atender, un hermano que cuidar, soy joven, pero hay asuntos que no puede gobernar la cabeza, las rige el corazón, fue el corazón el que se me envalentonó, empezó a latir como yo no sabía que pudiera hacerlo, brincaba pecho adentro, me subió un color y luego otro, me azoré, me turbé, me convencí de que no es bueno desobedecer, no iba a llevar a nada bueno que yo saliese a por huevos y volviese ruborizada, turbada, sí, mucho además, así que apresuré el peso, cerré los ojos, no fuera que lo viese de nuevo, cerré los ojos, quizá más de la cuenta, y un señor me embistió, juro que no fue mi culpa, se me echó encima, me derribó, caí, manché de barro mi ropa, hice que los huevos saliesen de su cesta, algunos se rompieron, lloré entonces, lloré mientras los recogía lo mejor que podía y los dejaba en el cesto, como si no hubiese pasado nada, ojalá pudiésemos echar atrás el tiempo, de haberlo sabido, habría ido por otra calle, pero quién sabe, hay caballeros, los hay siempre, van andando o en sus sillas de montar, miran con embeleso, no sé si lo hacen a posta o es que los guía el azar, pero alguno me ha dicho algo, nada que mereciese que yo contestara, me han dicho cosas que no desearía revelar ahora, sobre mi cara o sobre mi pelo o sobre mi manera de andar, yo sólo salgo al mercado a hacer la compra, vuelvo con la carne o con la fruta o con los huevos, entro en casa, me aplico en lo mío, atiendo con esmero mis labores, no debo buscar hombre, ya me lo decís, no lo busco, no sé cómo hacerme entender, por mucho que me explaye, por muy sincera que sea, al final cuenta que se rompieron los huevos, tendré que volver al mercado, iré con prisa, no temáis, volveré en cuanto los tenga, no fueron muchos los que cayeron, compraré los cuatro o cinco que se rompieron, me apresuraré en el regreso, iré por las calles vacías, donde no haya quien me azore, yo no tengo la culpa de que los caballeros me miren, de que anden por las calles sin oficio, como si sólo les hubiese puesto Dios en la tierra para hacer que las mujeres jóvenes temblemos de miedo, porque es miedo lo que siento, miedo o tal vez miedo y curiosidad, más que curiosidad que miedo, ahora que lo pienso, así que salgo ya, no me miréis así, vuelvo enseguida, esta vez no cerraré los ojos, no vaya a ser que vuelva a tropezar y mi torpeza malogre la compra y no traiga huevos, iré con los ojos bien abiertos, alerta, pendiente de que nada me aparte de lo mío, si me dicen algo, desoiré, si me lo repiten otra vez, contestaré como mejor pueda, les diré que sólo soy una moza que va a por huevos al mercado, eso es, que voy a por huevos al mercado, descuidad, quedad tranquilos, salgo ya, estoy nerviosa, no tardaré

El silencio



Lugares que no se entienden en silencio. Podemos no considerar el abandono, pero aguzamos el oído, afinamos el cuerpo entero por si un sonido, da igual que leve, restituye la armonía, la certeza de que no todo está perdido. Las luces, encendidas, alertan de que algo puede suceder. Hay que estar ahí. Todo lo que nos conmueve proviene del asombro.

25.3.16

Europa



Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro.
Jorge Luis Borges, Los teólogos



Es Europa la que arde. Los hunos somos nosotros y los libros eran la herencia con la que debimos construir el futuro, pero dejamos que los quemaran. Siempre se tuvo el miedo a que enseñaran algo que no debía ser conocido. Una especie de secreto. La idea de que todo es frágil y es extremadamente fácil echarlo abajo. Europa ha sido vendida. Quizá nunca fue libre, ni alentó los ideales del progreso y de la democracia y derramó cultura por el mundo. Nos contaron eso, lo leímos en todos esos libros que fueron tirados al suelo. Las baldas están vacías. Nadie se ha preocupado de volver a colocarlos en su sitio. Creemos que el secreto que custodian (alguno habrá) nos acabará perjudicando. Esa es la idea antigua, la que todavía no ha sido retirada, ni discutida con vistas a considerarla absurda. En algún lado de esos libros estará la solución. Seguro que alguien vio todo esto y lo registró. Se ha escrito mucho y se ha leído tan poco. Se escribe más que se lee. Los libros se acumulan y no cumplen con el cometido que se les encomendó. El de hacernos buenos, el de comprender al otro, el de obligarnos a pensar. Se piensa poco o se piensa mal. Toda esa gente, pensando en apariencia, reunida en edificios muy nobles, vestidos con chaqueta y corbata, buscando la manera de que todo se arregle. Somos muchos y no nos entendemos. Bastaría con unos pocos que no se comprendiesen para que el mal persista y hasta amenace con quedarse más tiempo o prosperar y hacerse habitual, hasta que no nos percatemos ni siquiera de que existe. No sé. Se me ocurre que esta noche de jueves santo no hay noticias buenas a las que aferrarse. Como soy un descreído, no tengo tampoco el báculo de la fe. Debe ser bueno tener creencias y esperar que habrá un mañana mejor. También eso debe estar escrito por alguna parte. En alguno de esos libros de las bibliotecas (monásticas no en esta ocasión) o en discos duros, en archivos cifrados, en algún lugar de la nube. Esa información no podrá ser quemada. En el futuro borrarán lo que no les interese con pulsar una tecla. Es tan fácil que siempre habrá alguien dispuesto. Por lo menos los hunos montaron a caballo y arrasaron el jardín antes de entrar en la sala de los libros. Hasta las guerras tienen un protocolo. El mal no está afuera, pugnando por entrar y quedarse con nosotros. El mal está dentro también. No hay manera de saber con quién se mantiene el litigio, dónde está el enemigo. 

24.3.16

La Escuela




Fue cuando leí a Lovecraft por primera vez. O cuando sentí la punzada del amor (debió ser una punzada, aunque ahora no tengo la certeza de que doliese realmente) o cuando encontré los amigos de verdad. No sabría hacer una lista de todas esas cosas que sucedieron en ese edificio, el de la Facultad de Magisterio del Sector Sur en Córdoba, durante los tres años en que viví en ella. En realidad la vida estaba allí. Luego estaba la otra, la de los otros años, la que no tenía nada que ver con los libros de Pedagogía o con las enormes charlas en la cafetería. Eran dos vidas entonces. El sábado pasado paseé mi barrio. Lo hice sin prisa, no pensé en qué calles andaría o cuánto tiempo emplearía. El azar (o tampoco fue el azar) me dejó frente a la Escuela. La miré un rato, no con nostalgia. Es un bloque que no demolieron y al que llevan reconvirtiendo en otra cosa (un edificio de usos múltiples, no sé, algo de eso) desde hace más tiempo de lo que los vecinos imaginaron. Parte de lo que soy ahora, una parte considerable, proviene de ahí. Guardo memoria de muchas de las cosas que sucedieron hace poco más de treinta años. Recuerdo a  Luis Sánchez Corral, a Juan Luengo y a Rafael Padilla. Aparte de enseñarme sus materias, Teoría Literaria, Didáctica de la Lengua e Inglés, me trataron con afecto, me invitaron a café y me animaron a ser un buen maestro. De uno de ellos, de Luis, tengo la idea de que sería feliz viendo mi página a diario. Fue él quien me animó a escribir, quien me habló de Baudrillard antes de que rodaran Matrix. Él se perdió Matrix, que ya estaba en Baudrillard. Se me ocurre que los amigos de entonces (los que no necesito nombrar) estarán ahí (están) para siempre. No sé si leerán esto. Igual suena Sultans of swing en directo, en el Alchemy. O Winding me up. Da igual qué canciones sean. No diré que al pasar el sábado las escuché. No llego a ese extremo. Lo que sí es verdad en que vino todo juntamente. En tromba. Se me aparecieron los libros uno a uno, fueron apareciendo los bares en los que me acuartelé. Creo que he leído Borges completo en cuatro o cinco bares. De todo lo demás, mis amigos saben lo que no se precisa contar ahora.

23.3.16

Un cuento de ciencia-ficción



Gran Via, Madrid, 1953 / Francesc Catalá-Roca


La vida nos recuerda muchas veces al cine. Hay escenas diarias que huelen a fotograma. Todo lo que no somos capaces de extraer de la realidad (quizá por muy vista, por estar tan a mano, por formar parte ineludible de ella) lo extraemos de una fotografía. Rehacemos el hilo narrativo: hay fotografías que hacen pensar en el cine. Como si estuviesen sacadas de una parte del metraje, una deshilvanada, que no informa de la trama. En esta maravillosa instantánea, que invitar a demorarse en su contemplación, en ahondar en los detalles, en imaginarla más que en observarla, se respira cine negro. O muy negro o muy costumbrista, una de dos. En la versión noir el maletero del coche tiene un muerto. Lo aparcaron la noche de antes y el espectador conoce quién lo ha hecho y hasta el porqué. Los que lo ignoran son los que pasan a su lado y conversan sobre el frío que hace o sobre lo difícil que está llevar un sueldo a casa. El que lo aparcó pasará a diario por ahí. No se delatará, no caerá en el error de mirarlo muy a fondo, por si alguien se huele algo. Se extrañará que los municipales no informen de que en la Gran Vía hay un coche abandonado. Lo que no puede hacer es abrirlo, aunque acaricie las llaves en el bolsillo. No serviría para nada. No arrancaría. Se averió y lo empujó como pudo, hasta que lo dejó estacionado de forma que no llamase la atención. Lo hizo bien. El muerto terminará por cantar más pronto que tarde. En cuanto el frío dé paso al sol y el mal olor alerte sobre el contenido del maletero. Es un hombre al que no conoce. Lo mandaron a que lo matase. Se le da bien matar, pero hay contratiempos que podrían malograr su buen nombre en el ramo. O mandarlo a la cárcel (primero) y al garrote (después). La charla de uno de los barrenderos no promete nada bueno. Le dice a un compañero que va a avisar a la policía. Se le ocurre que dentro del maletero hay un cadáver. Lo ha visto en una película de gángsters que vio en el cine hace un par de sábados. Cogen el muerto, lo envuelven en una manta, lo echan al maletero y luego conducen hasta el río y lo tiran allí, le dice. Le parece todo tan extremadamente inverosímil que decide no llamar. Menos hay que barrer, comenta al compañero. Llega un momento en que se establece una intimidad entre el asesino y el muerto. No era ése el sitio en donde debía acabar. Hubiese estado mejor que el coche llegase al río. De pronto sitio que el coche era una especie de dedo acusador. Ha sido él, ha sido él, parecía pronunciar. Si miramos la fotografía con más ahínco, sabemos qué pasará al final. Basta observar con el empeño adecuado. Todo está ahí contado. Al escribir lo único que se hace es restituir las palabras que nos han confiado. Dejarlas registradas en una hoja, en el editor de un blog o en el procesador del ordenador. Nunca admiré al buen escritor sino al buen contador de historias. De igual manera admiro a quienes hacen fotografías como ésta. Estoy seguro de que saben qué pasó. No se limitan a disparar. Encontrar qué fotografiar, buscar el encuadre, rehusar una toma y hacer otra y otra, hasta que se siente la satisfacción de que era ésa la que deseábamos. Curiosamente nunca he podido escribir sobre una fotografía que haya hecho yo. Me fascina (cada vez más) indagar en lo que veo. Me es fácil partir de una imagen para montar una historia que arrancar únicamente de las palabras o de los recuerdos o de lo que he leído o me han dicho. Soy hijo de mi tiempo. Hay novelas (hablo de novelas buenas) que parten de imágenes menos potentes que la de Francesc Catalá-Roca. Ya mismo le estoy pidiendo a mi amigo Joaquín que me abastezca de material. Que me lo ponga difícil, que me lo haga atractivo. El muerto del maletero podría seguir ahí. Seguro que hay una explicación para que lleve desde el año 53 en ese coche, en la Gran Vía. Philip K. Dick daría con la clave. Yo ya sabía que era un cuento de ciencia-ficción.

22.3.16

Los libros de bolsillo de Alianza cumplen 50 años. (Y yo también)



El problema principal es que no se lee. De ahí, de esa evidencia fundacional, provienen casi todos las demás. Al no leer, no se avanza. España es un país que lee muy poco. España es un país en donde la cultura ha sido siempre una cosa de gente rara. Hay una idea mamada desde muy abajo de que lo culto está reñido con lo práctico, con lo que se saca a diario a la calle para ganarse el pan con el sudor de la frente. Qué daño ha hecho ese refrán. Debería ganarnos el pan con el trabajo de las neuronas en la cabeza, pero a eso no se le ha inventado un refrán. Uno bueno, de los de contar en el bar, mientras despachamos una cerveza a mediodía o con el que hacer ver a los hijos lo dura que es la vida y lo caro que es todo.

Lo de leer mal (como el otro día un intelectual de las letras decía en una entrevista radiofónica) no es consignable en este argumentario. Carece de importancia que alguien se siente y se meta Kierkeegaard o Mishima o el teatro breve de los Álvarez Quintero. Recuerdo abuelos de otra época leyendo en los parques novelitas de Marcial Lafuente Estefanía o de Clark Carrados o de Joseph Berna. El hecho de leer es lo que hace que los pueblos se entiendan y conquisten el futuro. Esta semana se cumplen cincuenta años del nacimiento de la colección de libros de bolsillo de Alianza Editorial. También yo cumplo cincuenta. Es curioso que mi iniciación lectora verdadera (la que me deslumbró, la que me hizo sentirme integrado en el mundo) provenga de estos libros. Se han publicado más de dos mil (según leo hoy en prensa) de estos libros de bolsillo. Ahora (ay) los libros de bolsillo van en epub o en mobi. Son otros tiempos. No hay abuelos en los parques que lean novelitas de cien páginas. O los hay y soy yo el que no los percibe, no sé. Ahí descubrí Rayuela, El Aleph, El guardián entre el centeno, La isla del tesoro, la poesía de Benedetti, Así habló Zaratustra y hasta el Necronomicón. 

20.3.16

Hoy fue el Día Internacional de la Felicidad




No sé qué utilidad tiene el Día Internacional de la Felicidad. Tampoco algunos de los demás, todos esos días que alguien decide útiles para festejar algo que, bien mirado, no precisa festividad que lo realce. Está el día del sueño, el día del orgullo zombi, el día mundial del soltero y el día del pensamiento scout. Se escapa de mi capacidad (no crean que mucha) reconocer un sentido a esas efemérides. Se ven huecas, sin que nada desprenda ninguna trascendencia, sin que se aprecie valor en lo festejado. Luego están los días importantes y hay muchos que no deben rebajarse por la inclusión de los desafortunados. Y no es de extrañar que alguno todos días internacionales que ahora expongo exista o de que, en caso contrario, alguien maquine para que lo aprueben y se difunda. 

El día de los haikus, el día de las mujeres sindicalistas, el día de los niños con inteligencia emocional elevada, el día del bebop, el día de la ensalada tropical, el día de las setas no tóxicas, el día de las mujeres con pechos enormes, el día de las clarividencias, el día de las abundancias, el día de las presencias invisibles, el día de las ausencias presentes, el día de las familias que hace más de un año que no se ven al completo (incluyendo primos lejanos), el día de la novela negra, el día de la poesía verde, el día de la cerveza sin pasteurizar, el día de los torpes, el día de los salidos, el día de los integrados, el día de los apocalípticos, el día de los seriófilos, el día de los entrampados, el dia de los benefactores, el día de los beneficiados, el día de la poesía germànica medieval, el día de las sublevaciones, el día de las citas de Paulo Coehlo, el día de los poeta que se parecen a Kavafis, el día de los solos de guitarra de los gloriosos setenta, el día de los lápices de sesenta y cuatro gigas, el día de los cofrades, el día de los imberbes, el día de los amigos de las tabernas, el día de los placeres sencillos, el día de la tortilla de patatas, el día del producto cartesiano, el día del wifi, el día de las aves de rapiña, el día de las erecciones imprevistas, el día de los hombres que fuman tabaco cubano, el día de la sonrisa ambigua, el día del  peligro amarillo, el día de los amores perdidos, el día de la ebriedad, el día de los que cogen un micro y cantan My Way, el día del odio al lunes, el día de los psiquiatras argentinos, el día de las madres confusas, el día de los felices años veinte, el día de la duda metódica, el día de las palabras esdrújulas, el día de los céfiros, el día de las flores del mal, el día de las locuras que se hacen antes de cumplir los veinte, el día de los desencantados, el día de los golpes de efecto, el día de los números primos, el día de los algoritmos neperianos, el día del whisky de malta, el día de los besos con baile, el día de los supervitaminados, el día de los percebes a buen precio, el día de las tapas de diseño, el día de la dignidad de los indignados, el día de los desmemoriados, el día de los euclidianos, el día de los pitagóricos, el día de los samaritanos, el día de los coleccionistas de discos de jazz de los años cincuenta, el día de los intoxicados, el día de los emergentes, el día de los devaluados, el día de la contrariedad, el día de los grandes almacenes en la periferia, el día de los hombres con asma, el día de los niños que dicen buenos días al entrar en la escuela, el día de las mujeres que sonríen, el día de los abuelos que juegan a la petanca en la plaza del pueblo, el día de los devotos de San Alberto Magno, el día de los que en una ocasión amaron y no se vieron correspondidos, el día de los energúmenos reconocidos, el día de los jibarizados, el día de los que leen a diario la prensa deportiva local, el día de la hilaridad, el día de la pesadumbre, el día de los hombres que aman a las mujeres, el día de los zurdos, el día de los políticos con vocación tardía, el día de los comprometidos con la capa de ozono, el día de los que dejan para el fin de semana salir de paseo con la familia, el día de los que nacieron en en luna llena, el día de los secretos, el día de las albricias, el día de las palabras esdrújulas que empiezan con hache, el día de los que echaron de casa, el día de los eyaculadores precoces, el día de los mensajeros del miedo, el día de los sacerdotes de pueblos de menos de dos mil habitantes, el día de las mujeres hirsutas, el día de las regiones oscuras del alma, el día de los barcos que se quedaron atrapados en el hielo, el día de los marsupiales, el día de las tinieblas cayendo sobre nosotros, el día de las borracheras idílicas, el día de los enamoramientos infinitos, el día de los tergiversadores, el día de la convivencia vecinal idílica, el día de los transexuales árabes, el día de los payasos argentinos, el día de los directores de serie B, el día de las novias despechadas, el día de los actores porno en paro, el día de la mugre, el día de los mitos clásicos, el día de los futbolistas extranjeros en la liga española, el día de las tortugas azules, el día de los monos de Gibraltar, el día de las preñadas solteras, el día de los matemáticos sin plaza docente, el día de las formulaciones químicas, el día de los adoradores de Mefistóteles, el día de los que de pequeños disfrutaron de Fu-Manchú, el día de las niñas precoces, el día de los juguetes no sexistas, el día de la vírgenes suicidas, el día de las contemplaciones, el día de los que sintieron la llamada de la fe, el día de los animales exóticos, el día de la concupiscencia, el día de los tímidos, el día de los desposeídos, el día de los dramas de época, el día de los poetas sufíes, el día del blues del delta del Mississippi, el día de la espuma de la cerveza, el dia de la estulticia, el día de los milagros del Nuevo Testamento, el día de los mcguffins de Alfred Hitchcock, el día de la incompetencia, el día de la flaqueza de la carne, el día de los vampiros, el día de las putas, el día de losel día de las nubes, el día de los peces de colores, el día de los rinocerontes, el día de los zoológicos belgas, el día de los machos alfa, el día de la leche pasada de fecha, el día de la ciudadanía echada a la calle, el día de los médicos sin plaza hospitalaria, el día de los abogados sin ningún caso ganado, el día de los cornudos, el día de los convencidos de que la tierra es plana, el día de los que se creen que se abrieron las aguas, el día de las monjas descalzas, el día de los abstemios, el día de los hijos de los espías de la KGB, el día de los desactivadores de bombas, el día de los concienciados por la desertización, el día de los retóricos, el día de los impotentes, el día de los plenipotenciarios, el día de los calumniados, el día de los explotados, el día de los explotadores, el día de los cien mil hijos de San Luis, el día de los que estuvieron en Kentucky y no probaron el bourbon, el día de los que entran en trance con las cantatas de Bach, el día de los justicieros, el día de los antiguos porteros del Logroñés, el día de los paparazzi, el día de los que alguna vez tuvieron una pájara en bicicleta, el día de los afrancesados, el día de los cariacontecidos, el día de los bastardos, el día de los pusilánimes, el día de los que confiesan a diario en misa de doce, el día de los estajanovistas, el día de los implicados en las causas corruptas, el día de los que sacan a pasear el perro y recogen la caca y la echan en una bolsita y luego la depositan en una papelera, el día de los que dan besos sin motivo, el día de los que las prefieran rubias, el día de los drones, el día de los que pagan sin chistar las multas, el día del rap canario, el día de las turbulencias financieras, el día del recuerdos de todos los muertos de los conflictos bélicos, el día de los derechos de los fumadores pasivos, el día de los que componen música sacra, el día de los que coleccionan filatelia búlgara, el día de los niños que leen a Góngora antes de cumplir los nueve, el día de los druidas, el día de las ninfómanas, el día de los soberanistas, el día de los previsores patológicos, el día de los que sufren en el inodoro, el día de los que se comprometen a salvar el planeta, los días de la duda razonable, el día de los profilácticos, el día de los hackers, el día en el que no se debería la tarjeta de crédito, el día de Sherlock Holmes, el día de las pinups, el día de la deconstrucción culinaria, el día de los dulces de leche, el día de los que pierden los nervios a la primera de cambio, el día de los infartados, el día de los pobres de espíritu, el día del parchís, el día del orgasmo múltiple, el día del orgullo sinfónico, el día de los atropellados en los pasos de cebra, el día del tarado consecuente, el día de los despreciados, el día de los convidados de piedra, el día de los eternamente quejumbrosos, el día de los que no tienen nunca nada mejor que hacer, el día de los que creen que les asiste la razón siempre, el día de los que nunca discuten, el día de los que aman al prójimo más que a sí mismos, el día de las mujeres con vello en las axilas, el día de los que sueñan con viajar a 1764, el día de los que pierden la lista del supermercado, el día de los que son buenos, el día de los indios sioux, el día de la marmota, el día de la mixomatoxis, el día de los que nunca jugaron al golf, el día de los que sufrieron en silencio las hemorroides, el día de los plañideros, el día de los lectores del Ulises de Joyce, el día de los que escriben un soneto al día, el día de los lenguaraces. el día de los ninguneados, el día de los que hablan solos y creen que hablarán con Dios un día. 

Añada el amable lector cuáles no puse, cuáles convienen. 

19.3.16

Días buenos, días mejores


No se tiene tiempo para nada o se tiene una idea confusa del tiempo y lo perdemos y más tarde lo perdemos nuevamente al pensar en cómo lo perdimos. Días en los que uno franquea obstáculos sin que se aprecie flaqueza. Días enteros en los que se hace aprisa lo que no requiere velocidad. Días de ir y de venir y de no saber a qué se va y a qué se viene. Días para no recordar nada de ellos. Dias de un gris oscuro. No se sabe bien cómo sortear estas inconveniencias. Se les resta importancia, se aplica la fórmula de siempre hay días mejores y de que el sol sale nuevamente cada día. Se piensa (un poco impelido por esa misma prisa que no se entiende y de la que no nos deshacemos) que mañana será todo distinto o que habrá algo uno de esos momentos majestuosos de belleza plena o de armonía absoluta. Se tienen a ratos o se tienen a ráfagas. Hoy el día ha sido de una limpieza emocional absoluta. Todo transcurrió con una serenidad que hacía tiempo que no encontraba. Será que el cuerpo está cansado o que la cabeza no rige con soltura y se amodorra y encuentra un lugar para sestear y no pensar y dejarse ir. Ustedes ya me entienden.

17.3.16

Unos pasos a lo Hitch



Rehuso la cordura en cuanto puedo. No la aparto del todo, todavía no he llegado a ese estado de bendita locura en el que la realidad es algo accesorio. Tengo los pies en el suelo, pero a veces echo en falta que eleven un poco de vuelo, no mucho, el necesario, el que hace que vivir no sea un contrato firmado, un escrupuloso inventario de cosas a las que se les debe el máximo respeto. Cuando los pies se ponen traviesos es cuando comienza la diversión. Aprecio esa especie de ebriedad gobernable en la que uno decide no seguir las reglas y hace el ganso con absoluto desparpajo. Hay pocas cosas que satisfagan más que hacer lo que a uno le plazca. Está bien escandalizar un poco, sin extremismos. Salirse del guión, no hacer lo que se espera que hagamos. De mí, a diario, se espera que haga muchas cosas, y me esfuerzo en cumplir, en no menoscabar la confianza depositada. Alguna, creo, se me habrá confiado. A lo que aspiro, en lo que me esmero, es en no perder la voluntad de tomarme completamente en broma, no tener nada razonablemente serio. Decía Benedetti (creo) que no es la felicidad lo que más importa, sino la alegría. Estar alegres por encima de todo. Construir después lo que haga falta construir, pero partir de la alegría. No sé si Coelho, con el que compito en psicología barata, habrá formulado alguna máxima elocuente, de las que se ponen en post-its en los frigoríficos. Hitchcock, al que acudo por segunda vez consecutiva en esta semana, se marca unos pasos al salir del set de trabajo. Habrá que aplicarse, hacer los pasos como Hitchcock, ver si sirve, si alivia a quien lo hace o a quien lo mira. 

15.3.16

Alfred Hitchcock habla con Janet Leigh...



Alfred
Lo que te voy a contar no debe asustarte. A todas las demás les asustó mucho. Se fueron y no han vuelto, pero tú eres especial, se ve sin prestar ni siquiera mucha atención que no eres fácilmente impresionable. Lo peor es ver venir el cuchillo. Cuando lo tengas cerca, no sabrás si es una ficción o la realidad lo que te rodea. La idea es que pienses en todo momento que te lo van a clavar. Una vez me corté en la cocina. Era un cuchillo pequeño comparado con éste. A mi mujer casi le sobreviene una lipotimia al ver la sangre manar del dedo. El tajo no dejó de manar durante una hora. Creí que me moría. A la sangre se le tiene poco respeto. Yo hago que nadie la vea, pero amenace con llenar la pantalla. A la mujer, la que blande el cuchillo, no le des más importancia. Es una pobre mujer. Tiene una parte de mujer y otra de hombre. Es una dualidad, querida. La parte de hombre es un hijo que no supo soportar la muerte de la madre. La parte de mujer es la que no supo educar al hijo. Es la educación lo que hace que el mundo gire bien o gire mal. En mi opinión, gire muy mal. No creo que haya girado bien en todos los años que dicen que tiene. A lo mejor cuando Dios lo puso en mitad del universo hizo un par de giros decentes, pero luego se envenenó. Hasta hoy. Si pisas la calle, nada más poner un pie en la acera, te darás cuenta de lo que digo. Piensa un poco, no debes darle mucho tiempo. Todos están locos. La cordura se quedó en uno de esos giros irregulares. Por eso hago películas. Son mi manera de enseñar al mundo lo terriblemente desviado que está. La gente se sienta en la butaca, deja caer la cabeza hacia atrás, desentumece el cuerpo y piensa en que durante dos horas yo le voy a contar una historia. El mundo, en esas dos horas, es la historia que yo les cuente. La que estamos grabando es de un hijo un poco zumbado, tú me entiendes. Si no estuviera zumbado, no tendría a la madre en el sótano, muerta. Es un poco siniestro todo lo que te cuento. En realidad la vida es la que es siniestra, querida. Se tiene de ella la visión equivocada, la visión amorosa, yo te quiero, tú me quieres, todas esas frivolidades de los corazones empalagosos, pero afuera manda el miedo, manda no saber si un coche te va a embestir cuando cruces la calle o si unos maleantes te van a poner una navaja en el cuello para desvalijar tu bolsillo. Lo del cuchillo es lo de menos. Cuando la cortina se abra, tengo una música estupenda. La he pedido a conciencia. Lo que he escuchado me ha parecido soberbio. Es la muerte misma la que suena cuando descorren las cortinas de la bañera y estás tú, desnuda. Luego te mueres. He pensado muchas veces en cómo hacerte morir. La muerte que me satisface no me dejan grabarla. Son unos cabrones, permíteme la salida de tono. Llevo toda la vida censurando mi talento. No se lo he dicho a nadie, pero ya que vas a morir está bien que tú lo sepas y que yo me desahogue. Las otras, las que se fueron cuando les conté la historia del cuchillo, las cortinas y todo eso, no llegaron a esta parte. Te la cuento a ti, luego no vayas a ir por ahí aireando mis confidencias. Les amedrentó que yo hablara de cuchillos y de cortinas que se abren y de tipos vestidos de madres que tienen un cuchillo en la mano y suena una música salida del mismo infierno y luego la sangre. Así que estoy feliz, lo estoy de un modo que hace tiempo que no siento. Me gusta que aceptes que mueras. Más vale saber que te van a mandar al otro barrio cuando la película lleva veinte minutos. No he encontrado ninguna estrella, las rubias son las estrellas que me gustan más, que desee el papel que ahora tú disfrutas. Ahora vamos, vamos a la ducha, quítate la ropa, no te sientas mal, deja que yo planee cómo montar la escena. Lo principal es que te sientas cómoda en el papel. La ropa, déjala ahí. No, nadie te va a ver desnuda. Ni mucho menos. No lo aceptaría mi educación ni la censura. Así que ahora que nadie está pendiente, acércate, ven, no te demores. Pronto vendrán todos. Te voy a contar cómo irá todo. Buscaré un cuchillo, aunque el cuchillo es lo de menos. De verdad que no, que no te hará daño. Es todo muy impostado. Quítate la ropa, no te importe. Somos dos profesionales. Se hará todo con la delicadeza habitual. La cámara registrará la parte necesaria de tu cuerpo para que todo sea creíble. Debemos hacer las cosas creíbles. Empecemos ahora, no tardemos. Te aseguro que la escena dará que hablar. Al final pondremos una doble. Ya la tenemos contratada. Se parece a ti en todo, aunque tú das más en pecho. 

Janet:
Sí, lo que tú digas. (Qué miedo me das, gordo de mierda)

La escena de la ducha de Psicosis tardó siete días en grabarse, dura tres minutos y tiene setenta y siete ángulos de cámara y cincuenta planos.

14.3.16

La luz hace que suene el bebop


De la foto, de la que no sé nada, sólo reconozco a Eric Dolphy y a John Coltrane. Lo que me fascina es la luz. Una vez un amigo me dijo que el jazz es en blanco y negro. El color no existe, no tiene importancia, no se le concede valor alguno. Se puede escuchar sin abrir los ojos en ningún momento. La música, si se le presta ese protocolo, gana en intimidad. A estas alturas uno ha aprendido que es la intimidad la que nos salva del caos y de la barbarie. Puestos a ser más radical, es la belleza la que nos hace mejores personas. La función del arte, la primordial, entre muchas respetables, es la de hacernos creer que la vida es maravillosa. Por eso gustan las películas de Frank Capra o los discos de Dizzy Gillespie. John Coltrane cuenta la parte de la belleza que produce dolor. No el dolor que nos hiere, sino uno soportable, capaz de hacer que pensemos en el mundo y en lo que hacemos en él. No sé mi lugar en el mundo. Habrá alguno. No creo que sea escuchar jazz o ver cine negro o leer poesía española del Siglo de Oro. No son, al menos, únicamente ésas.Todas esas satisfacciones inmediatas que uno se procura, con las que se abastece, no bastan. La cultura sirve para que podamos entender mejor a John Coltrane o a Frank Capra o a Luis de Góngora. Tampoco creo que podamos entrar en Coltrane, en Capra o en Góngora sin una experiencia previa. La cultura es esa experiencia previa con la que se abren mejor las experiencias nuevas. Después de escuchar horas de bebop, soy capaz de reconocer que no sé absolutamente nada de él, y sin embargo, a pesar del bagaje, acudo a él con mansedumbre, con la impresión de que hay cosas de las que todavía no he tenido conocimiento alguno o que hay sensaciones con las que cuento a diario y sin las que no puedo pasar y de las que sé poco o incluso no sé nada. Es esa precariedad de la que hablo. La luz de la fotografía en la que Coltrane y Dolphy tocan My favourite things o Naima hace que en la cabeza empiece a sonar la música. Son cosas extrañas éstas que cuento. Cuánto más extrañas sean, con más soltura las cuento. 



11.3.16


Decir no, acuartelarse, esgrimirlo de modo que nada lo quiebre ni le haga flaquear o hundirse. El no como una bandera a pesar de que ninguna nos entusiasme. No a lo que ofende y a lo que duele, pero también a veces un no circunstancial, no demasiado relevante, ni crucial. El no entonces como un modo de disuasión. Decir no sin ahondar en el porqué. No que cierra lo que promete abrirse. No vetusto, no primario. No porque es más fácil. Siempre exige menos la oclusión. La misma palabra (no) requiere un esfuerzo fonético mínimo. Se dice con una facilidad pasmosa. Después de dicha, el no vibra en el aire, se expande, adquiere un volumen que no esperaba ni quien lo formula. El no ahuyentado todo lo que lo circunda y trata de recomponerlo. No con ínfulas de un no mayor a veces. No verdadero, no hipnótico. No para que los demás sepan lo convencido que se está. El mundo funciona más negando que afirmando. Avanzar (en ocasiones) es un prodigio, un logro meritorio, un milagro tal vez. El no se prestigia también. Su contrario (el débil sí) se retira, permanece alerta, pero no plantea la batalla de antaño. El no ha hecho bien su trabajo. Es porque se está mejor negando, dicen los negadores. Negar es no involucrarse, se niega para no responder. Afirmar siempre es abrir una puerta. Están mejor cerradas. Es más confortable que no entre nadie. Ni que salga. Estamos lo que estamos. Que nadie vaya a venir ahora cambiando. 

10.3.16

Europe's living a celebration...




Hambrunas, pandemias, palabras
Hoy escuché hambruna. Me sonó violenta, sonaba como un disparo. No es una de esas palabras que pasan desapercibidas y excede la frivolidad con la que a veces despachamos ésa otra, hambre, con la que tratamos ocasionalmente y que no solemos tomar en serio. La hambruna es otra cosa. La padecen la gente que no saludamos en la calle, ni la que nos acompaña en las terrazas, en los bares, en la puerta de los colegios. Se tiene de la hambruna una idea escandalosa, compleja, con la que no podemos hacer otra cosa que teorizar, como yo hago ahora, si me permiten. Se habla de lo malo porque no nos afecta o lo hace tangencialmente, de rondón, cuando comemos en la cocina y el telediario informa de que un país la sufre, la hambruna, y enferman o mueren sus ciudadanos. Se colige de esa incontingencia que no son ni ciudadanos. De serlo de verdad no habría hambruna que los exterminase. La escasez generalizada de alimentos, lo que dice la RAE que es hambruna, no debería ser admitida en ninguna sociedad en la que convivan en armonía, en paz. Admitiéndose, a lo visto, sólo tenemos que lamentar el bárbaro mundo en el que decimos convivir. Hace tiempo que en la escuela cuento la misma historia: la de que es el azar el que nos hace nacer en un país como el nuestro (con sus vicios, con sus grietas, con sus pecados) en lugar de otro. Pueblos ésos, los que no prosperan, los que les devasta el hambre o la sed o las guerras, que figuran entre los pandémicos. Son muy curiosas las palabras. Hambruna, pandemia. La una está incrustada en la otra de modo que no es posible concebirlas separadamente.

Schengen ya no mola
La novedad introducida por las políticas tóxicas que imperan ahora es que las hambrunas (o las pandemias) no suceden lejos de donde vivimos. Las tenemos a las puertas, están a punto de entrar en casa, y cree uno que el asunto de la hospitalidad con quienes las padecen se está convirtiendo en un tema de Estado que nadie quiere. Políticas incapaces de mancomunarse a la búsqueda de una solución que frene (o anule) esta riada de refugiados. Duele (si cabe duele más) al reconocer que es el hipotético país de acogida el que, pudiendo, declina o se resuelve inhábil en la mediación del conflicto o en su solucion. Europa (hoy más que nunca) debe afinar su carácter integrador, esa especie de salvaguarda moral que se le atribuye. O será que no es depositaria de ningún bien ancestral. Que no fue en Europa donde nació la cultura. Es eso, la cultura, la que se está desmoronando. Desprestigiando incluso. Es la incultura (entendida así) la que malogra la posibilidad de que los pueblos no rivalicen, no se masacren, no decidan exterminarse o sacrificarse. Repatriar emigrantes, argumentando que la casa está llena o que son maleantes - los habrá, sin duda - quienes se cuelan - no resuelve el problema, aunque lo aparta, lo aleja de las calles familiares, lo reduce a un par de minutos (cinco si la cosa es grave) en los telediarios de la noche. El argumento de que sean legales o ilegales sólo introduce un matiz administrativo, ineludible, por supuesto. Queda en la administración, en su eficacia, que entren, se eternicen en la frontera o sean ordenada y convenientemente repudiados, devueltos a casa, de donde no querríamos que hubiesen salido. Queda que se organice la forma en que todo sea una vecindad multicultural, que no es asunto de fácil encaje. Sólo hay que ver el panorama, advertir los rotos de ese pespunte idílico en el que los distintos se abrazan y conviven.


Adenda / Antielogio del mercado
El mal es el mercado. El mal es invisible; por anónimo, por mediático, es invisible. Se cierran las fronteras para que la casa no se llene. En el fondo, a conveniencia de la moral de cada uno, pero incontestablemente, no existe una casa preparada a fondo para que abastezca a quienes la habitan de nuevas. Lo de aquí cabemos todos o no cabe ni Dios, cantado por la izquierda progre y por los cantautores de la transición, viene a ser lo mismo, es cierto a medias. Como no caben es sin haber elaborado un modo de que quepan. Es en eso, en la falta de ideas, en la imposibilidad teórica (primero) de que todos se integren y colaboren y reviertan en la sociedad que los ampara y en la imposibilidad práctica (después) de que exista una oferta real de trabajo con la que puedan subsistir, medrar tal vez, sin que las (flacas) arcas de los Estados los alimenten. Todo es cosa de que los mercados funcionen. Las guerras las dirigen los mercados. Las hambrunas las crean los mercados. Las pandemias las crean los mercados. El mercado, el gran gobernante, el que dice y espera que, al decir, escuchen, escuchemos. El mercado, cuando se pone bruto, funciona sin respeto a sus asalariados. Los humilla, los pervierte, los jibariza. El mercado, cuando se pone serio, se tambalea, deja de ser mercado, no funciona como mercado, termina por defraudar y no cumplir con lo que se le encomendó. El mercado es el mar que se cobra las vidas de los que van en las pateras. El mercado no tiene las obligaciones que sí tienen los países miembros de la Unión Europea. Visto así, el mercado parece una cosa extraña, una cosa etérea de poco o ningún asiento con lo real. Como si lo real le afectase y le doliese. 


9.3.16

Día Hopper


Gregory Crewdson


Veo a Hopper donde no está. Los días Hopper son involuntarios, no se plantea uno que el día sea Hopper o sea Kavafis o Shostakovich, pero no se puede gobernar esa inclinación, no hay forma de que podamos reprimir la forma en que miramos o el poso que deja lo mirado adentro. Esta fotografía del formidable Gregory Crewdson es Hopper por encima de cualquier otra consideración. Detrás de las ventanas están todas las personas que Hopper pintaba. Están ahí todas, no falta ninguna. Incluso el propio Edward Hopper está en una de esas habitaciones ahora mismo, registrando el mundo. 

El beatle que no estaba



George Martin, no confundir con el George (R.R.) Martin de Juego de tronos, tenía la música de los Beatles en la cabeza al modo en que los directores de orquesta (se fue el otro día Harnoncourt, por cierto) tienen la partitura de lo que su orquesta toca en la suya. Eso de que la cabeza tenga música es una responsabilidad enorme. Que un disco sea registrado como lo desea quien lo compone o lo ejecuta no es sólo labor de que los instrumentos estén afinados o de que los intérpretes tengan la inspiración y la intención de que todo cuadre y funcione. El productor musical (George Martin fue uno de los más influyentes) hace que nada se desvíe de ese ideal en ocasiones algo utópico. Tiene que anticiparlo todo. Saber cuándo suena una guitarra y en qué lugar de la canción alojarla, qué tipo de sonido conviene a lo que suena o, en última instancia, controlar (como si fuese el auténtico padre) el futuro de la criatura que se está grabando. Los arreglos de los Beatles de los últimos discos (Abbey Road, el disco blanco, Sgt. Peppers...) hacen de ellos piezas pioneras en la experimentación, en todo cuanto significa poner la tecnología al servicio de la restitución sonora de calidad. La osadía del señor Martin se advierte en la complejidad narrativa de piezas como A day in the life. Martin empalmó piezas de poco encaje y arrimó la famosa cacofonía orquestal que cierra la canción. Su afición a la música clásica hizo que la incluyese en muchos de sus discos, adquiriendo estos un rango musical inédito, temerario si pensamos que estamos en los años sesenta. Siempre, al verlo en documentales, me pareció un caballero inglés a la usanza clásica. Hablaba con una convicción enorme, explicaba (con mucho amor por lo contado) cómo las máquinas pueden destrozar o salvar una canción. Esas máquinas de las que habla, las que registran las sesiones, las que hacen que las guitarras suenen a guitarras y la batería no se come la línea del bajo o la claridad expositiva de la voz, hacen que la figura del productor (que es una especie de director de cine en cierto modo) sea también la del ingeniero (al que él recluta para la función) o la del guía espiritual (en los Beatles esto funcionó hasta que tiraron del más expeditivo Phil Spector) de la banda.