30.12.16

La escuela que deseamos


Fotografía: Valentín Vega

Miren con atención la fotografía: cuesta entender que de allí saliese una generación deslumbrante y que la de ahora exista porque ellos se aplicaron y encontraron el tesón y la inspiración para encontrar un sentido a sus vidas y, mucho después, hacer que nosotros demos con el sentido de las nuestras. La escuela es un templo al modo en que lo son las iglesias. No se busque fe en quienes la ocupan, en los alumnos, en los maestros. No, al menos, el tipo de fe que se cincela a diario, confiando en creencias que no encuentren asidero en prueba alguna. Aprender es un gozo comparable a creer. De hecho no dudo que la fe religiosa sea también una especie de aprendizaje lento, del que se extrae un saber que alivia o conforta el espíritu igual que lo consuela la cultura. He visitado y he trabajado en las suficientes escuelas como para apreciar ese sentido catedralicio, ustedes me entienden. En ese orden de las cosas, no hay sociedad que piense en sí misma y en cómo avanzar o en cómo no arruinarse que no la mime. Por eso duele que se la zarandee a veces, que quienes la administran antepongan otros intereses, más bastardos, de más rédito inmediato, o sencillamente jueguen con ella, la desmonten y la vuelvan a montar, por ver si les satisface el manejo y los adornos. Duele que a estas alturas, después de tantos años, se la cuestione, se la tome poco en serio, se le dedique tan escaso margen de las arcas públicas. Lo que uno ha aprendido es que no hay futuro que no provenga intramuros la escuela. No existe país que progrese, ninguno en absoluto, en donde la escuela se exponga a los vaivenes de la moda o a las probaturas de sus políticos. Porque son ellos, los políticos, los responsables de que el templo siga en pie y no se venga abajo. A veces parece que no está firme del todo: se aprecian rotos. Si se la mira con esmero, vemos lo que no cuadra, todo lo que (sin entrar en honduras) la rebaja, la jibariza, la convierte en un establecimiento ajeno a la sociedad, escindido de ella, considerado una extensión poco fiable. De hecho somos los maestros quienes no despertamos excesiva confianza en el pueblo que nos confía sus hijos para que los eduquemos o los formemos o como cada uno estime conveniente etiquetar la labor que ejercemos.

Una de las mayores tragedias, de las que no se levanta cabeza con facilidad, es la de no respetar el oficio del magisterio. Se inventan planes, se articulan normativas, se obstinan las mentes del bien pensar en idear un modelo público sostenible, uno que afronta la realidad circundante y prevea la que se cierne. Se hace todo eso, claro que se hace: lo que desbarata las nobles intenciones es la indiferencia de la sociedad hacia la figura del maestro y, por añadidura, hacia el concepto de escuela. Les molesta a algunos que tengamos las vacaciones que se nos conceden o el sueldo que recibimos. Miran con lupa las horas que empleamos. Zanjan airadamente cualquier conversación en la que exista la posibilidad de que el magisterio triunfe como oficio capital, absolutamente relevante y trascendente. Es de idiotas (de muy idiotas, permítaseme ese esfuerzo hiperbólico) depositar en manos de gente a la que, a sus espaldas, cuando no nos oyen o incluso si lo hacen, le encomendamos la formación de nuestros hijos, de todos los hijos disponibles, de los que en adelante ocuparán los hospitales y nos intervendrán en un quirófano o los que se pondrán una toga y defenderán nuestros intereses o los que montarán coches en una cadena de montaje en una fábrica. No hay trabajo que no sea decisivo para que el mundo gire como debe hacerlo. Otro asunto es que nos gane el desánimo y sólo miremos de frente el hoy, esa franja de realidad en la que hocicamos cada mañana. El futuro es de las escuelas como lo ha sido el pasado. Al maestro se le reverencia en Japón, tengo entendido. No hace falta que entremos en ese protocolo, en ese posicionamiento civil. No se busca la heroicidad, no andamos al acecho de que se nos mire como si fuésemos otra cosa distinta a la que somos. Tal vez nos conformamos con poseer la certidumbre de que los demás saben qué responsabilidad manejamos. Que cuando abre la escuela y empiezan las clases se produce un prodigio, un milagro. Debe ser considerado así. Incluso normalizado, sin que nadie crea que hay que endiosar nada, ni que pedimos algo extraordinario, la escuela es un templo en el que los milagros suceden, en la que no dejó de haber milagros desde tiempos de Cicerón, haya bancos vetustos, pizarras a medio caerse, dispositivos digitales de última generación o la sencilla conjunción (mágica casi) del que enseña y del que aprende. Lo hermoso es que el camino es de ida y vuelta.